
Supongo que la mayoría de vosotros pensará que escribir sobre un álbum tan celebrado como “Appetite For Destruction” es tarea fácil. Después de todo no es un oscuro disco de una banda maldita de los ‘70 que nunca alcanzó el éxito que quizá merecieran, o del último descubrimiento de la escena garajera danesa. No, se trata de uno de los discos más amados, odiados, discutidos, ensalzados y vilipendiados (pero nunca entre los ignorados) de la historia del género que algunos todavía nos gusta llamar Rock’n’Roll. Claro, si lo que te interesa es repetir lo mil veces dicho o cortar y pegar de cualquier otro texto sobre el disco en cuestión, entonces la cosa está clara. Pero si tu intención es ESCRIBIR sobre él, capturar la atención tanto del joven lector que ha oído hablar de “Appetite…” pero aún no se decidió a bajarlo de la red (porque pensar en comprarlo es mucho suponer), como del treintañero cuya adolescencia fue marcada a fuego por la banda de las pistolas y las rosas (tanto si hace tiempo que dejó de llevar mallas como si mantiene la misma ilusión por el Rock que en sus años mozos…) entonces la tarea se complica sobremanera. Porque has de ofrecer no sólo algo nuevo e interesante que haga que la lectura merezca cinco minutos de atención de tantos y tan variados asiduos a cualquier página de Internet de popularidad media, sino algo A LA ALTURA de la leyenda. ¿Qué no decir de “Highway to Hell” o “Sgt. Pepper’s” que no se haya dicho ya? ¿Os parece igual de sencillo ahora? Pues eso.
Tendríamos varias opciones. Desde luego una crítica estrictamente musical seguro que se nos queda corta (¿o no?, ¿cuántas de este tipo habéis leído?). Sí, claro que habría que hablar del sobrenatural trabajo de guitarras de Izzy y Slash, intercambiando fraseos absolutamente salvajes mientras cabalgan sobre los algunos de los riffs más brillantes de todos los tiempos. Del nunca bien ponderado trabajo de la base rítmica, que le da el toque de furia incontrolada que tanto impresiona. De la sensacional producción de Mike Clink, uno de esos casos en los que la sintonía banda-técnicos parece mágica de tan acoplada. De cómo lo que en principio parece un caos de Hard Rock y Punk con la fiereza a volumen once escupido sin piedad sobre el oyente acaba empastando en una resultante perfectamente coherente desde el primer tema hasta el último. De cómo es uno de los discos que es más alucinante escuchar con cascos, cuando descubres capa tras capa la absoluta brillantez cómo compositores e intérpretes de lo que en un principio a cualquiera le podrían parecer cinco macarras venidos a más. Y de cómo ello le hace aún hoy, casi veinte años después de su publicación, un disco perennemente fresco, actual, eterno, sin que la inyección de adrenalina que siempre proporciona haya bajado ni una centésima. Sin olvidar que habría que reabrir polémicas mil veces debatidas (y jamás cicatrizadas) entre expertos o simplemente entre colegas: ¿Adler o Sorum?, ¿es la voz chillona y cortante de Axl la guinda sin la que el disco no sería tan perfecto o el pero que le hace no estar a la altura de un “Exile on main Street” o un “Pet Sounds”?, ¿era Izzy el verdadero genio en la sombra o fue un trabajo en equipo?…
Por supuesto, el paladar exigente no se quedaría ahí, todo eso ya lo ha leído un trillón de veces. Cabría entonces ampliar la mirada e irnos a la historia: en el relato de cómo cinco yonquis casi vagabundos logran poner de rodillas a toda la industria discográfica con un disco que dinamitaba el tinglado montado en torno a la cultura del sintetizador allá en los horteras ‘80. Narración que, como todos sabemos, se transforma en fábula de pérdida paulatina de la inocencia, pecado y caída (y demencia, podríamos añadir) al
modo Scorsese. Sería recomendable también recordar el contexto: los narcotizados EE.UU. de la era Reagan, en los que ellos irrumpieron violentamente como antihéroes del reverso oscuro del sueño americano. Evocaríamos el panorama musical del momento, en el que los tentáculos de la industria amenazaban con devorar definitivamente el espíritu del Rock’n’Roll, y el talento parecía definitivamente sentenciado al exilio del underground, y de cómo ellos lo arrasaron enfundados en cuero y tejanos. Quizá añadiéramos un sesudo estudio sobre su genealogía musical, fuertemente enraizada en el Rock de tradición stoniana y el Hard Rock de Aerosmith, AC/DC y Led Zeppelin, pero tamizado de la mala hostia del punk original de unos Ramones o unos Pistols, llevando al cenit lo que antecesores directos como Hanoi Rocks, Mötley Crüe o W.A.S.P. habían emprendido no sin éxito. Y no podríamos olvidar cómo abrieron la puerta a muchos otros grupos de su generación de los que hoy afortunadamente seguimos gozando pese a todo. E incluso podríamos especular que las bandas de la que les siguió (la que protagonizó a principios de los ‘90 el auge del rock alternativo, el último gran momento que ha dado el rock) quizá hubiesen permanecido en las catacumbas como pasaba en los ‘80 de no haber devuelto ellos el Rock a primera plana de atención y ventas. Haríamos memoria de las rivalidades con otros grupos, principalmente Metallica, la otra banda que cambió el curso de la historia en aquellos días. No podría faltar, sin embargo, citar los parabienes de multitud de sus compañeros de oficio, ya fueran contemporáneos, antecesores o continuadores, para quienes “Appetite…” fue un antes y después tan fundamental como para el resto de millones de fans. Llenaríamos páginas con los siempre socorridos datos: los records que batieron, los discos que vendieron, los escándalos que protagonizaron. Y para remachar este fresco histórico, habríamos de rememorar una última vez que todo ello lo hicieron poco a poco, creciendo boca a boca, labrándose una reputación intachable como banda imbatible en directo, pues nunca podemos olvidar que a pesar de que “Appetite for destruction” es uno de los plásticos más vendidos de la historia no fue un éxito inmediato, de hecho no llegó a número uno en ventas hasta casi un año más tarde de su edición. Todo ello, señores, con un solo disco.
No obstante, el lector medio seguramente no quedaría impresionado ante tal despliegue. Sólo resta una última opción: la nostalgia. Puede que contara cómo a mis tiernos doce años ellos fueron los responsables de que me entrara el veneno del Rock’n’Roll, sus tradiciones y mensajes, de que me contagiasen la pasión por la música, de cómo hice mías las ansias de libertad que aquellas canciones me transmitían y lo convertí, nada más y nada menos, que en mi vida. Trataría de arrancar la media sonrisa al recordar tantos ratos con amigos con los que compartías el amor por aquellos cinco tipos, tantas discusiones sobre el mínimo aspecto de su vida o su música, creer que bebíamos “Nightrain” cuando era Don Simón, o que salíamos con “Michelle” cuando ella se llamaba Blanca. Cómo crecimos soñando ser como ellos, e incluso cometimos sus mismos errores cuando nos pasamos con esta o aquella sustancia, por no mencionar los, en su inmensa mayoría, infructuosos intentos de seguir sus pasos con la guitarra de tuno de tu padre. Como estabas plenamente seguro de estar viviendo algo histórico con ellos, como tus padres lo habían vivido a tu misma edad con los Beatles o los Stones. Y seguro que acertaría a pesar de la baja estofa y la baratura de tal apelación, pues al fin y al cabo millones de jóvenes de todo el mundo vivimos entre finales de los ‘80 y principios de los ‘90 una trayectoria casi calcada gracias a ellos y a aquel disco, mientras casi otros tantos no tan jóvenes recuperaban la ilusión por esta música/forma de vida. Y en suma, concluiríamos que ellos fueron los últimos GRANDES con mayúsculas y que gracias a ellos yo estoy hoy delante de un teclado y tú leyendo esto en la pantalla de un ordenador.
Con todo, un porcentaje importante de lectores se mantendrá impasible, pues, en efecto, tampoco será el primer artículo que lea, ni probablemente será el último, que le recuerde tan memorables momentos. Pues bien, a mí sólo me queda algo que decir para hacer que tu lectura merezca la pena. Y es que no hace mucho que leí en otra página
de la inconmensurable red de redes un debate donde algunos participantes manifestaban que “Appetite For Destruction” es un disco sobrevalorado (¿soy el único al que carga esta palabreja?), que está bien sin más, que no hay motivo para tanto revuelo, que hay otros menos conocidos que le pasan por la izquierda. Bien, no clamaré al aire, ni gritaré contra su herejía, ni arrancaré mis cabellos, ni siquiera les amenazaré con romperles los dientes como hacíamos los heavies en los días en los que “Appetite…” era casi indiscutido (porque sí, siempre se ha discutido este disco como siempre se ha discutido a todos los grandes, ¿o acaso querido lector no se ha llevado las manos a la cabeza a ver como algún imberbe despreciaba a los Beatles o AC/DC?). No, simplemente creo que este disco es juzgado con demasiada subjetividad, la que demuestro en estas líneas la primera. Pero es que esa es precisamente la medida de su grandeza. Como todas las grandes obras de arte, levanta encendidas pasiones. Citando a un buen amigo mío, la unanimidad es significativa. Y del mismo modo que ni los Posies, ni Pentagram, ni aquel grupo que grabó una maqueta en el San Francisco de los ‘60 ocupan demasiada de la atención de la inmensa mayoría de los que amamos el Rock’n’Roll, “Appetite for destruction” continua llenando miles de páginas y haciendo correr ríos de tinta entre los fans de todas las edades, insisto, a casi veinte años de su salida a la venta. Alguien como yo, para quien una parte importante de su vida gira en torno a esta galleta, continuará clamando hasta que el tiempo acalle su voz que es el mejor disco de la historia del Rock’n’Roll, simplemente porque condensa y representa el estilo mejor que ningún otro en todas sus coordenadas: la ferocidad de la cara más dura del Hard Rock en “Welcome to the jungle”, la suciedad que devolvió el punk en “It’s so easy”, el regustillo a himno de rock americano FM’s que te deja “Paradise City”, la sensibilidad de las grandes baladas de “Sweet Child O’Mine”, la dramática intensidad de “Nightrain”, la crapulencia que supura “Mr. Browmstone”, el deje a sleazy facilón de “Out ta get me”, la sabrosa melodía casi power-pop de “Think About You”, la mirada del macarra con punto tierno a lo Bogart de “My Michelle”, la experimentalidad de “Rocket Queen”, la actitud altanera y arrogante de las rock stars que se intuye en “Anything Goes”, el feeling de la herencia del blues… El alfa y el omega, todo lo que el rock había sido hasta ese momento y gran parte de lo que siempre será resumido en doce canciones. Pero más aún siendo, a pesar de ello, un disco que no cierra, abre caminos, ensancha la perspectiva hoy como en 1987.
Pero muy bien puede haber otros que no lo amen con todas sus fuerzas como yo, que simplemente lo respeten, los que reconozcan su valía o importancia histórica aunque pongan otros álbumes por delante, los que clamen que no necesitan oírlo para saber que es una mierda, los que crean que es un disco comercial y que se vendieron tras aquellas magníficas primeras maquetas y ese inencontrable EP en directo que -por supuesto- sólo elegidos como ellos tienen, los que andan buscando el enésimo heredero de aquel trono que dejaron huérfano para que salve el Rock’n‘Roll a pesar de que no duren más allá de dos discos, los que piensan que después de 1975 (siendo generosos) no se ha hecho nada que merezca la pena, los que ven en él una medianía al lado de ese grupo que lideró la escena de Toledo (Ohio) en los últimos ‘60 o que no aguantarían un asalto ante ese novísimo quinteto de fotocopias cutres de Black Sabbath. Todos ellos continúan debatiendo con pasión y nunca con indiferencia de “Appetite For Destruction”, y eso no es más que la prueba más fehaciente de su vigencia. Consuela saber que cuando todos nos hayamos ido, cuando el juez insobornable que es el tiempo, ese que pone a cada uno en su lugar, quite y dé razones, “Appetite…” aguantará el tipo junto a un puñado de discos imprescindibles, manteniendo intacta la llama del Rock’n’Roll aunque sea entre los últimos pocos resistentes, llevando la luz y la memoria a nuestros nietos, que ellos seguirán amando, odiando, discutiendo, ensalzando y vilipendiando un disco que sólo puede ser considerado como capital. Y eso está bien.
Lemmy
a) Primero la parte aséptica:
Primer disco de Guns N’Roses, grabado en varios estudios de California (USA) y publicado por Geffen Records el 10 de agosto de 1987. Producido por Mike Clink con mezclas de Michael Barbiero y masterización de George Marino. Los dibujos de la primera portada (censurada por contenido de violencia sexual) fueron de Robert Williams. Para la segunda y definitiva se aprovechó también uno de sus dibujos sobre fondo negro.
Se hacían llamar “La banda más peligrosa del planeta”, y estaba formada por W. Axl Rose (William Bruce Bailey), voz; Slash (Saul Hudson), guitarra; Izzy Stradlin (Jeffrey Isbabelle), guitarra; Michael “Duff” McKagan, Bajo y Steven Adler, Batería.
La grabación dura 53:26, y contiene los siguientes temas:
1. “Welcome to the jungle” (Guns N’ Roses) – 4:32
2. “It’s so easy” (Arkeen/Guns N’ Roses) – 3:21
3. “Nightrain” (Guns N’ Roses) – 4:26
4. “Out ta get me” (Guns N’ Roses) – 4:20
5. “Mr. Brownstone” (Guns N’ Roses) – 3:46
6. “Paradise city” (Guns N’ Roses) – 6:45
7. “My Michelle” (Guns N’ Roses) – 3:38
8. “Think about you” (Guns N’ Roses) – 3:49
9. “Sweet child O’ mine” (Guns N’ Roses) – 5:54
10. “You’re crazy” (Guns N’ Roses) – 3:16
11. “Anything goes” (Guns N’ Roses/Weber) – 3:25
12. “Rocket queen” (Guns N’ Roses) – 6:14
Como curiosidad, “Welcome to the jungle” nació cuando Axl se encontró a un vagabundo que le dijo: “Sabes donde estás? Esto es la jungla y vas a morir”. Parece ser que le impresionó lo suficiente como para escribir la canción. “Nightrain” es el nombre de una bebida alcohólica americana de bajo coste, empleada metafóricamente para hablar de la vida misma. De los efectos de la heroína hablan varias, como “Mr. Brownstone”, “Paradise city” (Take me down to the paradise city where the grass is green and the girls are pretty), y en otra medida también “My
Michelle”, dedicada a una amiga común de Slash y Axl llamada Michelle Young, también adicta a las drogas.
“Think about you” fue inicialmente escrita por Axl para su entonces novia Erin Everly, pero también refleja los problemas del grupo con el alcohol y las drogas. “Sweet child O’mine” fue escrita para la misma mujer, y en “Rocket queen” Axl se lo montó con una stripper en el estudio, fue grabado el ‘excelso’ momento y los sonidos de aquello se pueden escuchar en la canción.
El disco tuvo una repercusión mediática importante, reflejo de las enormes cifras de ventas. Parece ser que en la actualidad pasa de 10 millones de discos vendidos. “Sweet child O’mine” alcanzó el Nº 1 del Billboard en 1988 y se mantuvo en él durante tres semanas. “Welcome to the jungle” también entró en el top-10 (concretamente en el Nº 7) en el mismo año, y en 1989 “Paradise city” llegó hasta el Nº 5.
b) Ahora la parte sin asepsia: Lo puedes llamar “Sleazy”, “Rock macarra”… como te de la gana, pero es evidente que con o sin ayuda mediática, ese tipo de rock caló hondo en gran parte de la afición.
Tengo que decir que a mí mi fu ni fa, no era precisamente lo que yo buscaba en la música, aunque recuerdo el momento en el que me pasaron este disco, recién publicado, en plena clase de Fitotecnia General (I.T.Agrícola), grabado en una TDK de 60 que conservo por ahí todavía. Mi compañero (Hola Jesús, ¿dónde andas tío?) me dijo: “Escucha esto porque van a ser los más grandes y me dices lo que opinas”. Al día siguiente le di mi opinión en plena cafetería (mejor que en clase): “Psá, no suena mal pero no me dice gran cosa…” y seguí escuchando a mis Krokus en el walk-man mientras le daba vueltas al azúcar del café. Aquello era en octubre de 1987.
Hoy, en febrero de 2006, muchas escuchas después y tras pasar una época en la que podías encontrarte sin problemas el solo de “Sweet child O’mine” entre los garbanzos del cocido, me sigue pareciendo lo mismo, habiendo pasado por una etapa de manía personal y otra de indiferencia absoluta. Quizá la diferencia más importante es que ya no los considero músicos mediocres haciendo Rock and Roll guarro, sino una máquina de hacer dinero concentrada en un personaje que genera más pena que la gloria que obtuvo.
Alvar de Flack
De vez en cuando un disco pone patas arriba el mercado, provoca un vuelco en los usos y costumbres de los aficionados y hace tambalearse un sistema más o menos asentado. Sin lugar a dudas, “Appetite for Destruction” es uno de esos discos. Como siempre sucede en estos hitos históricos, la calidad musical del disco es únicamente un factor más en esta revolución. La actitud, imagen, mensaje o, simplemente, aparecer en el momento adecuado cubriendo una necesidad existente, son elementos que influyen igualmente en este desmesurado éxito.
El disco salió al mercado en 1987, pero en un principio pasó desapercibido. No fue hasta el año siguiente cuando la ola (el tsunami, diría yo) llegó hasta nuestras costas. Mis días por aquel entonces se repartían entre el Servicio Militar y largas jornadas jugando al mus en el bar de la Facultad de Económicas. De repente, me empezaron a llegar comentarios sobre la nueva sensación llamada Guns’n’Roses. No tardé en conseguir el disco, alguien me lo grabó. En las primeras escuchas me pareció que sonaba a Aerosmith, con un cantante híbrido entre Steven Tyler y Robert Plant. Pero, sobre todo, me impresionó el guitarrista, ese tal Slash del que nunca supimos si tenía ojos, pero cuya forma de tocar la guitarra me cautivaba. Lejos de los guitar-hero de academia que salían detrás de cada esquina imitando a Yngwie Malmsteen, el estilo de Slash sonaba conocido y personal a la vez.
Los “heavies” de la época (qué poco me han gustado siempre estas etiquetas) pronto aceptamos a Guns’n’Roses como la nueva sensación del momento. Su actitud macarra y provocadora chocaba con el amansamiento que parecía haberse producido en el Hard Rock, y recuperaba el espíritu salvaje y trasgresor que siempre ha acompañado al Rock.
De forma increíble, el resto de la Sociedad siguió el mismo camino. Sorprendentemente, a aquellos que llamábamos “pijos” con desprecio les dio por incluir a Guns’n Roses
en una de sus modas pasajeras. Y lo hicieron con fuerza. De repente, todos los que habían renegado siempre del Rock y los pelos largos se hicieron fans incondicionales y jugaban a ser macarras. El disco sonaba en locales de moda y el look macarril de Axl Rose se veía imitado sin pudor por doquier. No era la primera vez que un grupo “nuestro” traspasaba estas fronteras, pero a diferencia de Def Leppard, Europe o Bon Jovi, estos Guns’n’Roses estaban “sin domesticar”.
El grupo se hizo inmenso. Axl Rose y Slash se hicieron megaestrellas en un abrir y cerrar de ojos. Su presencia se requería en toda fiesta, jam session o colaboración que se preciara. Estrellas consagradas de la talla de Alice Cooper o Tom Petty se peleaban por tocar a su lado, y cada estornudo de Axl era anunciado como una noticia mundial.
¿El disco era para tanto? Pues depende. Sonaba (suena aún hoy) fresco, personal y conocido a la vez. Apoyándose en las influencias de Aerosmith, llevaron su música mucho más allá. La personal voz de Axl Rose destacaba entre tantos cantantes iguales de tantos otros grupos similares. Slash imprimía de magia cada solo y Duff McKagan le daba el punto punkarra y salvaje que necesitaban.
El disco está repleto de clásicos en sí mismos: “Welcome to de Jungle” es una patada en el intestino, en ella se resume gran parte de la actitud y potencial de la banda. Radiada hasta la saciedad en la radio del momento (no solamente en programas rockeros), hizo que el disco entrara por la puerta grande. El resto del disco no tiene desperdicio: “It’s so easy”, cantada por Duff, muestra el lado cercano al punk que siempre acompañó a la banda y que llevó a editar años más tarde aquel mediocre “The Spaguetti incident?”, las atrayentes “Nightrain” o “Mr. Brownstone” con el constante lucimiento de Axl y Slash… y sobre todo, dos temas que impactaron de forma definitiva: “Paradise City”, cuyo estribillo quedará para los anales de la historia del Rock como uno de los más coreados y la dulce “Sweet child o’mine”, quizás la mejor canción del disco, que consagró definitivamente al disco y a la banda como uno de los triunfadores del final de la década.
Como decía al principio, de vez en cuando hay hitos en el camino del Rock que tienen nombre propio. Uno de ellos se llama “Appetite for Destruction”. Quizás Guns’n Roses haya sido el último grupo que haya conseguido traspasar las fronteras del estrellato, y a pesar de que en estos últimos 19 años sus componentes hayan tirado por la borda su grandeza con sus peleas, escándalos, fracasos y decepciones, siempre nos quedará en la retina la imagen de Axl y Slash comiéndose el mundo desde un escenario.
Shan Tee
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