Corría el año 1991 cuando, al norte de nuestras fronteras, por una parte unos descafeinados Helloween dejaban a medias a su público con un flojeras “Pink Bubbles Go Ape” (que no cumplía las expectativas puestas en el grupo tras los afamados “Keepers” ni por asomo); por otra, los dioses del metal Judas Priest habían tocado techo compositivo con el letal “Painkiller”, y tras un proceso judicial que les implicaba en el suicidio de dos jóvenes norteamericanos seguidores de la banda (y del cual salieron absueltos finalmente) se embarcaban en una un tanto decepcionante gira en la que el Metal God acabaría saliendo por la puerta de atrás en busca de nuevas sensaciones.
Pues bien, bajo este marco contextual y tras dos trabajos previos (“In Control” y “Open The Gate & Watch”), aparecía el tercer long-play de unos hasta entonces casi desconocidos Heaven’s Gate, curiosamente llamado “Livin’ In Hysteria” (con una portada digna de mención a cargo del genial Richard Corben). Y citábamos a las calabazas y a los de Tipton & Downing pues si bien los primeros perdían fuelle a marchas forzadas y los segundos cerraban un período de vacas gordas, la banda del hoy por hoy afamado Sascha Paeth (que ha metido las zarpas en productos de bandas de renombre actuales como Angra o Rhapsody) cogían el testigo de ambas y parían lo que es para muchos un auténtico clásico del HEAVY METAL en mayúsculas.
La banda, formada por el citado Sascha Paeth (guitarras/voces), un genial vocalista de nombre Thomas Rettke (alumno aventajado de Halford), Bonny B. (guitarras/voces), Manni Jordan (bajo) y Thorsten Müller (batería), nos tiraba de espaldas desde el primer surco del plástico, con ese arranque a galope tendido del que abre, “Livin’ In Hysteria”, donde dejaban patente que ni los músicos eran unos aficionados ni el cantante un gritón porque sí. Atención especial a los duelos de guitarra típicamente judaicos y al desenfado de los Helloween más festivos (los coros femeninos en plan gospel del interludio son buena muestra). Seguían sin tregua el hipercabalgante “We Got The Times” y “The Never-Ending Fire”, este último con intro fogosa incluida y de cadencia más lenta, con unas melodías de guitarra difícilmente olvidables y un Thomas Rettke que parece el hermano pequeño de Rob Halford.
“Empty Way To Nowhere” marchaba a paso de doble bombo juguetón por parte de Müller (hace lo que quiere el tío) y con un estribillo pegadizo a más no poder, mientras que “Fredless” hacía las veces de instrumental-cañón, de esos pocos que disfrutas como un enano y se te hace realmente corto (tal vez porque en realidad lo es –escasamente supera los dos minutos-). Buena demostración de maneras, sí señor.
Un aporreo alternativo de timbales y caja abría contundentemente “Can’t Stop Rockin’”, de aire hímnico y marcha lenta y densa, todo lo contrario que “Flashes”, un trallazo de principio a fin en el que las guitarras del dúo Sascha/Bonny te sobrevuelan los sesos y el doble bombo te golpea como un mazo constante. El punto tranquilo y emotivo lo ponía “Best Days Of My Life”, un baladón con intro de piano que mostraba que no todo en el heavy es caña, priva e ir apedreando gatos por ahí. Y como cierre dos pelotazos: “We Want It All”, algo así como el “I Want Out” de Heaven’s Gate, realmente quedón y pegadizo, y el rápido y efectivista “Gate Of Heaven”, que pone el broche de oro a un disco redondo de principio a fin (por eso está aquí).
Lamentablemente, su sucesor, “Hell For Sale!”, no salió tan bien parado (pese a que calidad seguía habiendo, se veía falta de inspiración e ideas nuevas), y el grupo vio truncada su ascensión, quedando relegados a la siempre incómoda y maltrecha segunda fila. No obstante queda la esperanza de que nos vuelvan a sorprender con otro trabajo de similares características. De no ser así, siempre tendremos a nuestro alcance un disco como este para deleite de los oídos, ya que gracias a dios nuestra música, a diferencia de la de muchos, no pasa de moda.
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David Fernández «Bubba»
