Editorial Octubre 2026 “Historias de vinilos y formatos”

¡ Comparte esta noticia !

Es un hecho evidente que los tiempos cambian, la tecnología avanza y los hábitos y costumbres han de adaptarse a esta evolución que trae la modernidad, aunque no siempre sea un cambio a mejor. En esta ventana mensual para la reflexión que me brinda el editorial de la web, hoy pensaba en la evolución del soporte físico en el que disfrutamos de nuestra gran pasión: la música.

En las últimas décadas hemos visto como llegó el CD para sustituir al vinilo y a las cintas de cassette. Lo consiguió con las segundas, pero el vinilo resistió a duras penas para, en los últimos años, recuperarse al menos para los melómanos y coleccionistas, que han conseguido evitar su muerte. Después llegó el mp3, las descargas (legales e ilegales) y, en última instancia, las plataformas de streaming, que han arrinconado al CD hasta el punto de dejarlo agonizando. Echando cuentas, la vida del CD ha sido más breve que la del vinilo, a quien venía a sustituir.

Pensando todo esto, hace unos días me encerré en la habitación donde guardo con orgullo mi colección de vinilos y los estuve ojeando. Digo bien: “ojeando”, sin escucharlos, simplemente disfrutando de sus portadas, sus libretos interiores, con sus fotos y sus letras, que podía leer sin el microscopio que exigen los libretos de los CDs.

Cada aficionado a la música tiene su propia colección y todos la tenemos ordenada según unos criterios propios. En mi caso, guardo en zonas distintas los CDs y los vinilos. En cada zona, por orden alfabético según el nombre del grupo y, para discos de la misma banda, por orden cronológico según fueron saliendo al mercado. Independientemente del estilo del grupo en cuestión. Además, en un cajón aparte, tengo guardados los singles, ordenados con el mismo criterio.

Mientras lo hacía, me fijé en la diversidad de formatos. Hoy día, los lanzamientos en mp3 o publicados en Spotify no tienen más límite que la voluntad (o presupuesto) de cada grupo. Con los formatos físicos no es así. Cuando Sony y Phillips crearon el CD, decidieron que su capacidad fuera de 74 minutos y 33 segundos. Lo justo para poder albergar completa la “Novena Sinfonía de Beethoven”. Posteriormente esta capacidad se ha ampliado y la tecnología actual permite incluir 80 minutos de música en un CD, aunque raro es el disco que lo apura al completo.

En los vinilos, sin embargo, todo es mucho más ajustado. En el caso de un LP (Long Play), la capacidad de almacenamiento es de 22 minutos por cara, para mantener una buena calidad de sonido. En algunos casos se pueden encontrar LPs que extienden su capacidad hasta los 25 o 30 minutos (como máximo), pero el volumen baja y se pierde calidad de graves y rango dinámico, ya que el surco es tan estrecho que la aguja no puede penetrar en él de manera óptima. Su régimen de giro (velocidad a la que da vueltas) es de 33 r.p.m. (revoluciones por minuto).

Un error común es hablar de “los surcos” de un disco de vinilo. Realmente sólo hay un surco en cada cara, que tiene forma concéntrica de fuera a adentro. Debido a ello, la zona más interior, que corresponde a la última canción de cada cara, es la que más sufre esta disminución de graves y rango dinámico. Esta es una de las razones por la que se empezó a utilizar esa zona del disco para meter la inevitable balada de los discos de Rock, un tipo de canción que precisa de menos potencia.

Además de los LP (Long Play), ya he hablado de los singles, cuyo nombre técnico es SP (Single Play o Short Play), en los que sólo hay una canción por cara y giran a una velocidad mayor, 45 r.p.m., y necesitan colocar en el tocadiscos un adaptador para el interior, ya que el agujero del medio es más grande. Hay casos (yo tengo algunos) en los que puede haber dos canciones por cara, pero son excepciones. Por norma general, la cara A contiene la canción más promocionada del LP al que pertenece (que sea la mejor ya es discutible) y la cara B cualquier otra del disco o un tema inédito que no haya podido ser incluido en el LP correspondiente, normalmente por falta de espacio.

Y, por último, hay un formato muy apreciado por los verdaderos seguidores de un grupo en concreto. Si ya teníamos los LP (Long Play) y los SP (Single Play), también existe un formato intermedio muy interesante. Los EP (Extended Play). En estos casos, el tamaño físico es el mismo que un LP, pero sólo tiene dos o tres canciones por cara, lo que permite que el surco sea mucho más ancho y, por tanto, la aguja penetra más profundamente y el resultado es una calidad de sonido mucho mayor. Son verdaderas joyas cuyo valor se aprecia en su totalidad al pincharlos en una de las cadenas de Alta Fidelidad que antes ocupaban un espacio de prestigio en el salón de nuestras casas y que hoy, salvo excepciones, han pasado a la historia. El contenido de estos EPs era muy valorado, puesto que además del tema principal (el más promocionado del LP, igual que los singles), las otras tres canciones suelen ser temas inéditos, grabados con otras mezclas (e incluso otros solos de guitarra) o, a menudo, grabaciones en directo del grupo en la gira correspondiente al disco anterior. En una época en la que los grupos sólo podían ofrecer su música en estos formatos, era una oportunidad única de escuchar estos extras.

Como curiosidad, algunos de estos EPs se reproducen a 33 r.p.m. (como los LPs) y otros lo hacen a 45 r.p.m. (como los singles). Según sea de una forma u otra, se llama “Mini-LP” o “Maxi-Single”. Por extensión y adaptación del lenguaje, a día de hoy se mantiene el nombre de EP para referirnos a los discos de poca duración, aunque técnicamente ya no existan estas limitaciones.

Y sí, los tiempos cambian, la tecnología avanza y nuestras costumbres se adaptan. Pero añoro los tiempos en los que escuchar un disco consistía en limpiarle el polvo con un paño, ponerlo en tu equipo HI-FI y escuchar aquellos 20 minutos seguidos mientras mirabas el sobre interior con las fotos y las letras. ¿Nostalgico? Puede ser ¿abuelo cebolleta? Seguro. Pero que me quiten lo bailao.

Santi Fernández “Shan Tee”