Editorial Febrero 2026 “La familia del Rock”

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El Rock no es solo un género musical. El Rock es ese colega que aparece cuando todo va mal, te pasa el brazo por el hombro y te dice: “tranquilo, sube el volumen y seguimos adelante”. Porque si algo ha tenido siempre el Rock, desde los sótanos sudorosos hasta los escenarios gigantes, es espíritu de familia. Una familia ruidosa, desordenada, con camisetas negras, cerveza caliente y discusiones eternas sobre si el vinilo suena mejor que el streaming… pero familia al fin y al cabo.

Aquí no hay apellidos nobles ni herencias millonarias. Aquí la herencia se llama riffs, y pasa de generación en generación como un secreto sagrado. El padre que le pone AC/DC al crío en el coche. El chaval que descubre a Iron Maiden y ya no vuelve a ser el mismo. El veterano que te suelta “yo vi a Rainbow en el 82” como si estuviera hablando de una aparición divina. Y tú lo escuchas con respeto, aunque lo haya contado veinte veces.

Porque el Rock crea tribus. Te cruzas con alguien con una camiseta de Judas Priest y, sin conocerlo de nada, ya sabes que podrías dejarle el cargador del móvil, la última cerveza o incluso tu sitio en primera fila. Eso no pasa en cualquier sitio. Eso pasa en esta familia extraña que se reconoce por parches, chupas de cuero y miradas cómplices cuando suena el primer acorde.

Las salas han sido siempre el salón de casa. Lugares pequeños, oscuros, con el suelo pegajoso y el sonido a veces discutible, pero con un alma imposible de replicar. Ahí se han forjado amistades, bandas, romances imposibles y discusiones legendarias sobre quién tocó más rápido o más fuerte. Y, aunque ahora tengamos festivales enormes y pantallas gigantes, el corazón del Rock sigue latiendo ahí, en ese escenario bajo donde el cantante casi te pisa el pie.

El sentimiento de familia también se nota cuando uno cae. Cuando un músico enferma, cuando un técnico lo pasa mal, cuando una sala está a punto de cerrar. Entonces el Rock saca su lado más humano. Conciertos solidarios, camisetas benéficas, mensajes de apoyo. Porque aquí se puede ser duro, macarra y ruidoso, pero nunca indiferente.

Y ojo, que como en toda familia, también hay broncas. Las hay épicas. Clásico contra moderno. Virtuosismo contra feeling. Analógico contra digital. El eterno debate de “antes era mejor”. Pero al final, cuando suena un buen tema, todos asentimos con la cabeza al mismo ritmo. Y eso, amigos, es más fuerte que cualquier discusión.

El Rock también enseña valores que no vienen en los manuales. Lealtad. Resistencia. No rendirse cuando nadie apuesta por ti. Subirte a una furgoneta destartalada para tocar por gasolina y bocadillos. Seguir ensayando aunque el local huela a humedad y derrota. Creer en tu banda como otros creen en equipos de fútbol o en religiones antiguas. Porque para muchos, el Rock no es hobby: es forma de vida.

Y luego está el humor interno. Ese que solo entiende la familia. Las bromas sobre baterías que siempre llegan tarde o demasiado pronto. Los cantantes que se creen dioses del Olimpo. Los guitarristas afinando durante veinte minutos mientras el público envejece lentamente. El técnico de sonido que jura que “ahora sí, ahora suena perfecto”. Todo eso forma parte del folklore. Y sin eso, esto no tendría gracia.

El Rock te acompaña en todas las etapas. Te hace sentir invencible a los veinte. Te recuerda quién eres a los cuarenta. Y te mantiene joven de espíritu cuando el cuerpo ya protesta, rozando los sesenta, como es mi caso. Porque no importa la edad cuando el riff entra limpio y potente. En ese momento volvemos todos al mismo punto: al primer flechazo musical.

Por eso decimos que el Rock es familia. Porque no te pide nada a cambio, solo que seas tú mismo. Porque te acepta con tus defectos, tus camisetas viejas y tu voz desafinada en los coros. Porque siempre hay un sitio para uno más en esta mesa larga de amplificadores, cables y añejas historias.

Hace pocas semanas tuve la oportunidad de ver el documental “Canciller, el templo del Rock”, en un cine madrileño. Y me emocioné. Con lo que vi en el documental y con las caras de otros asistentes que, igual de emocionados, sentían como yo que estaban viendo en pantalla parte de su vida. Entre el público vi muchas caras conocidas. Algunos ya convertidos en amigos después de tantos conciertos y tantos eventos en común. De otros no sé sus nombres, pero sus caras me sonaban, por el mismo motivo. Y todos ellos, con ese brillo en los ojos que mostraba que, sin serlo, éramos familia.

Cuando se publique este editorial, estaré a punto de dedicar uno de mis programas de radio al documental y, por tanto, a la Sala Canciller. Y, con ello, a todos aquellos que empezamos este viaje juntos hace más de 40 años y con los cuales siento una conexión especial. Y en este caso no es un hilo rojo. Es una cuerda de acero.

Santi Fernández “Shan Tee”