Editorial Diciembre 2025 “Ventas de discos”

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Que ya no se venden discos es algo de todos conocido. Desde hace tiempo, ni los grupos ni las discográficas tiene en la venta de música en formato físico una fuente de ingresos que les permita su subsistencia. La propia industria, con una serie de movimientos torpes y enfocados en su día al corto plazo, firmó su sentencia de muerte hace ya años. Y el público, una vez acostumbrado a que tener música para escuchar debía ser gratis, ya no se movió de ahí. La piratería, descargas ilegales (e incluso algunas legales) dejó paso al consumo de música en streaming. Esto, unido a que los reproductores de CD cada vez son más escasos, está significando la paulatina desaparición de este formato. ¿Para qué comprar un CD si lo tenemos disponible en Spotify y, además, no tenemos dónde reproducirlo?

El CD vino para sustituir al vinilo y resulta que va a tener una vida mucho más corta. De hecho, mientras las ventas de CDs caen en picado año tras año, los vinilos mantienen una línea que, aunque de perfil bajo, tiene una tendencia algo positiva. A primera vista parecería algo impensable: son mucho más grandes y, por tanto, difíciles de almacenar en cuanto tengas una cantidad algo elevada. Necesitan un equipo de música más sofisticado para sonar bien y, por supuesto, no son susceptibles de uso en coches (los CDs cada vez en menos modelos) y ningún tipo de reproductor portátil. Sin embargo, los vinilos son apreciados por los verdaderos melómanos, aquellos que apreciamos la música mucho más allá de un mero entretenimiento. Son más bonitos, las portadas y libretos más grandes ofrecen un placer visual más allá del musical y, además, está el eterno debate de si suenan mejor o peor que los CDs.

Entonces, si los discos ya no se venden… ¿cómo sobreviven todos los actores de esta industria, antes boyante?

Las víctimas más evidentes han sido las tiendas de discos. La gran mayoría han desaparecido y las pocas que quedan se agarran a las pocas ventas que aún quedan y, sobre todo, al material accesorio a los grupos: camisetas, merchandising, calendarios y ventas de entradas físicas para conciertos.

Los grupos basan ahora su subsistencia en los conciertos, más que nunca. Es su única fuente de ingresos, lo que hace que no sean viables los proyectos que no tengan vertiente en directo. Cada vez veremos menos proyectos basados en grabaciones discográficas que no conlleven gira posterior. En mi colección tengo verdaderas joyas del pasado que hoy no serían posibles. Otra cosa que hemos perdido por el camino.

Esta caída estrepitosa de las ventas de discos está produciendo que cada vez haya más bandas que decidan no editar sus discos en formato físico, ahorrándose los costes de fabricación, almacenaje, etc. Incluso estamos volviendo a los inicios, allá por los ’50 y ’60, cuando los grupos no sacaban discos completos sino canciones sueltas, singles independientes que, en la actualidad, necesitan ser acompañados por un video-clip en Youtube para ser compartidos en redes sociales.

En este análisis debemos separar a los grupos “pequeños” de los “grandes”, con todo el respeto y siendo consciente de la inexactitud de los términos. Pero todos me entendéis, hablo de la diferencia entre grupos de salas y de grandes recintos.

Los grupos “pequeños”, con más ilusión y pasión que perspectivas económicas, se graban sus discos costeando las grabaciones de su bolsillo, con los mejores medios que su situación financiera les permita, para después editar tiradas muy limitadas que venden ellos mismos en sus conciertos para, en el mejor de los casos, intentar recuperar la inversión, cosa que pocas veces sucede.

Los grupos “grandes”, sin embargo, siguen teniendo el apoyo de las pocas compañías discográficas que aún se mantienen activas, quienes siguen costeando grabaciones en buenos estudios, hacen costosas campañas de marketing y mantienen presupuestos elevados para cada nuevo lanzamiento de sus artistas.

La pregunta es obvia: si ya no se venden discos ¿cómo se recupera esta inversión?

La respuesta es clara: Llevándose un porcentaje de las giras de sus artistas.

En el pasado, las discográficas invertían en un grupo, financiaban la grabación de sus discos y costeaban sus campañas de promoción. Y a cambio, se llevaban buena parte de los ingresos por la venta de esos discos. Hoy día, al no existir esas ventas, negocian con cada grupo un buen porcentaje del coste de las entradas en cada concierto.

Esto ha tenido consecuencias: si los grupos tienen ahora en los conciertos su única fuente de ingresos y de ahí también tiene que salir el beneficio de las discográficas, el coste de tickets para cada concierto debe subir. Y lo ha hecho, en más de un 300 % en los últimos años. Ya no nos sorprende que los grupos “grandes” pongan sus entradas a 120 € (para únicamente poder verlo de lejos o en las pantallas de vídeo) o a 180 € si quieres ver al artista suficientemente cerca. O a 200 €, 300 € o 500 € si quieres estar en un lugar privilegiado del recinto.

Y, curiosamente, estas entradas a precios desorbitados se agotan en minutos, con muchos meses (incluso más de un año) de antelación. Así que, con la Ley de la Oferta y la Demanda en la mano, los promotores siguen subiendo los precios año tras año porque saben que los tickets se venden igualmente.

Moraleja: ¿No se venden discos? La realidad es que si eres de los que acude de forma más o menos habitual a este tipo de conciertos “grandes”, te estás hinchando a comprar discos. Lo que pasa es que no te los dan. Cada vez que compras una entrada de más de 100 € para un concierto, estás “comprando” varios discos del grupo, aunque no los veas. Le estás pagando a la discográfica y al grupo por esos discos que antes pagabas en la tienda y te llevabas a casa.

Son los tiempos que corren y no los podemos cambiar. Ahora tú decides si formas parte de esa rueda o no.