Uff… no sé hasta que punto King Diamond era consciente de la responsabilidad que conllevaba hacer una secuela de “Abigail”, su álbum emblema y una referencia obligada en lo que a historias conceptuales dentro del heavy metal concierne. Me da que no debo ser el único que cuando oyó por primera vez eso de “We are gathered here tonight to lay to rest Abigail LaFey…”, aún no teniendo ni idea de lo que significaba, se estremeció ante el horror que desprendían aquella música y las tonalidades de la garganta de King. Pues bien, quince años después sale publicada la continuación del macabro relato que marcó el comienzo de los mejores años de la carrera de King Diamond. La trama gira alrededor de un Jonathan LeFay melancólico, postrado en silla de ruedas y que vive en el pasado, quien se encuentra con la reencarnación de Abigail. Venganza, incesto, un árbol familiar que nos obliga a examinar bien los parentescos entre los personajes, el “otro yo” de Abigail, una niña de corta edad encerrada en una cripta, que sale cada noche en busca de su madre, fallecida tiempo atrás, y un largo etcétera se reúnen en una narración tenebrosa y retorcida que King ha sabido retomar con maestría.
Los músicos que acompañan a King Diamond y Andy LaRocque han vuelto a cambiar para este trabajo. En primer lugar, la incorporación más sonada es la del bajista Hal Patino, quien graba de nuevo con el “rey” tras haber girado en el tour de “House of God” y haber vivido en primera persona la época de “Them”, “Conspiracy” y “The eye”. El segundo guitarrista es Mike Wead, que entró en las filas de Mercyful Fate en “Dead again” y ahora pasa a la formación en solitario del vocalista danés. El nuevo fichaje es Matt Thompson, un tejano con diecisiete años de experiencia a sus espaldas, que sustituye a John Hebert a la batería.
Con el paso del tiempo, King Diamond apenas se ha inmutado ante las idas y venidas de las tendencias metaleras y su forma de escribir no ha cambiado un ápice. Quizá con algo menos de chispa, todavía recurre a su heavy metal complejo, de multitud de cambios de ritmo y estrofas múltiples que rompen con la estructura convencional a la hora de componer canciones. Continua jugando con los registros de su voz, usando esos falsetes propios de él. Los solos de guitarra se intercalan en distintas ocasiones dentro de un mismo tema con la misma brillantez de antaño, pues el equipo LaRocque-Wead se compenetra perfectamente.
El álbum se abre con “Spare this life”, una introducción que comienza de la misma manera en que acababa “Funeral” de “Abigail”: “I, O’ Brien of the Black horsemen…”. Lluvia que precede a una tormenta, King metido en el papel y un ambiente tétrico sobrecogedor como en la primera entrega predisponen a entrar de lleno en la historia. “The storm” no tarda en sonar y las guitarras de LaRocque y Wead apenas dejan lugar para un respiro, ofreciéndonos algún pasaje épico de presentación, si bien tampoco puede decirse que iguale la garra de “Arrival” (¿quién no alucinó en su momento con las primeras estrofas de aquel tema y el cambio de voces de King, “Through the summer rain of 1845 / the coach had finally arrived”?). “Mansion in sorrow” sigue un ritmo “al galope” que engancha rápidamente, heavy del clásico obra de Andy LaRocque, aunque con un estribillo un tanto fácil e ingenuo. Sin tregua viene “Miriam”, un corte con melodías diversas que da otra vuelta de tuerca a las ya complicadas composiciones del grupo. Variedad de ritmos, potencia y un fragmento central de la mejor cosecha de King Diamond hacen el resto. “Little one”, al igual que “More than pain”, es un simple lance del relato que musicalmente pasa de puntillas por el álbum. “Slippery stairs”, en la onda de “Mansion in sorrow” (se nota de nuevo la mano de LaRocque al escribir sus temas) pero más completa y mejorada, da paso a un instante minúsculo de tranquilidad con “The crypt”, donde lo más destacable es la interpretación de King, con un tono de gravedad en la voz al comienzo que no se le conocía, y un guiño oculto a las notas que introducían “Black horsemen”. “Broken glass” y en menor medida “The wheelchair” contienen unos teclados que aportan mucha riqueza a las canciones, inusual hasta ahora puesto que es un recurso que la banda no ha explotado jamás de esa forma. “Broken glass” posee algunos de esos riffs pesados y reiterativos que Hank Shermann toca con frecuencia en Mercyful Fate y que raramente hemos apreciado en King Diamond como tal. No obstante, quedan de maravilla. Por su parte, “The wheelchair” es una pieza ideal para escenificar en vivo ya que recoge el trágico desenlace de Abigail y Jonathan. La recta final es toda de “Spirits”, inspirada y que ya por su estribillo se justifica ella sola: “Spirits flying through the air / spirits crossing over to the other side”. Para escuchar y deleitarse. “Mommy”, sin embargo, llega a sobrar, de tempo pausado y sin gracia alguna, excepto un solo de Mike Wead realmente excepcional. Con el outro “Sorry dear” se cierra el trabajo.
No puedo dejar olvidados dos detalles: por un lado, la portada y el diseño artístico de Travis Smith, fieles a la línea de las mejores ilustraciones del “rey diamante”, “Abigail” y “Them”; por otro, las alusiones indirectas que hay a elementos de otras historias, como es el caso del ojo de “The eye”, Lucy de “The graveyard” o la omnipresente silla de ruedas que hizo suya la abuela de “Them” y “Conspiracy”.
Si “Them” tuvo una segunda parte sublime en “Conspiracy”, “Abigail” no podía quedarse atrás. El álbum tiene ideas interesantes, momentos indudablemente buenos y sigue la senda creciente de “House of God”. Como proyecto ambicioso y arriesgado cabe felicitar a King, además de lo que significará llevarlo a un escenario en la gira que se aproxima. Siempre es reconfortante disfrutar de un álbum conceptual acompañando la música con los textos en mano y metiéndote en la historia de terror que narra. Pero, siendo justos, no resiste comparación con el trabajo original de 1987 en el que está basado. En esos términos lo de “segundas partes nunca fueron buenas” no habría que tomárselo al pie de la letra, pero sí se acercaría algo a la verdad.
J. A. Puerta
