A mi nunca me ha importado Eurovisión. Es curioso porque, al menos en mi caso, ese festival / concurso / show televisivo es un evento que le gustaba a mis padres y ahora le gusta a mis hijos. Y yo estoy en medio, sin haber participado nunca del revuelo que se forma cada año con ello.
Entre los recuerdos de mi infancia están las noches de Eurovisión, en las que yo jugaba en mi habitación hasta que mis padres me avisaban de que iban a empezar las votaciones. Era lo único que me causaba emoción, ver la competición entre los países para ver cómo iba quedando España, en un sentimiento más deportivo que musical.
Tengo claro que para que una canción triunfe en Eurovisión lo que menos importa es la calidad estrictamente musical de dicha composición. Lo fundamental es una buena performance, un buen show, con bailarinas, pirotecnia, coreografías, vestuario y demás parafernalia que pasan de ser elementos accesorios a protagonistas en la actuación.
Es habitual que amigos y familiares ajenos al Rock me hagan la misma pregunta: “si tanto te gusta la música, ¿por qué no te gusta Eurovisión?”. Pues precisamente por eso, porque Eurovisión no trata de música, sino que se premia al mejor show o, aun peor, al país que convenga apoyar por otras circunstancias, ya sea por afinidad geográfica o incluso por motivos políticos.
Desde hace unos años, además, está abierta una polémica sobre las implicaciones políticas dentro del certamen. Con buen criterio se excluyó a Rusia desde el momento en que comenzó la guerra de invasión a Ucrania. Sin embargo, la participación de Israel se permite a pesar del genocidio con el que está masacrando a la población palestina. Este no es un problema político, sino humanitario.
Sin duda, Israel sigue teniendo carta blanca para participar en Eurovisión porque uno de los principales patrocinadores del evento es la empresa de cosméticos Moroccanoil, con sede en Israel. A pesar de tener tambien sede en Nueva York, Moroccanoil es una empresa israelí, con la mayoría de su producción de aceite de argán proveniente de Israel. Y su patrocinio millonario les permite tener poder sobre el festival. Triste, pero cierto.
Por ello, a pesar de que las normas del festival, firmadas en contrato, prohíben cualquier tipo de referencia política en las letras de las canciones participantes, no han sido pocos los artistas que han expresado su desaprobación hacia el genocidio que está efectuando Israel y su desacuerdo por que se les permita participar. Un buen ejemplo es el vencedor de esta edición, el austríaco Johannes Pietsch, en sus declaraciones tras ganar el festival: “Es decepcionante que un país que está provocando una guerra participe en Eurovisión. No está bien que se promocionen. Si excluyes a Rusia, excluye también a Israel. Es exactamente lo mismo”. Se puede decir más alto, pero no más claro.
Pese a todo, no hay que perder de vista dos datos: Israel quedó segunda en el festival y que, en el voto popular en España, reservado al público que (pagando, claro está) decide votar a un país u otro, Israel fue el país más votado. Todo ello debido a razones políticas y no musicales.
Voy a ser claro. En mi opinión, posicionarse a favor de Israel en su masacre a Palestina sólo puede hacerse desde la ignorancia (en el sentido literal, es decir, falta de conocimiento sobre la materia) o la maldad de la persona. O ambas cosas a la vez, que también puede ser. Como he dicho antes, no es una cuestión política sino humanitaria.
Y sobre la participación de España, tengo claro que el artista que cada año participa en nuestro nombre no me representa, ya que mi sentimiento y mis gustos musicales están en las antípodas de lo que significa Eurovisión. Por supuesto que me gustaría que ganase España, al igual que en los Juegos Olímpicos me gustaría que ganasen nuestros representantes en deportes como el piragüismo en aguas bravas, hockey hierba o cualquier otro deporte al que no hago caso el resto de los cuatro años del ciclo olímpico.
En este caso, la participación de Melody, rescatada de nuevo tras su éxito infantil de 2001 “El baile del gorila”, se ha demostrado ser un fiasco. Su participación en Eurovisión se ha saldado con el puesto 24 (de 26), tras los votos de los jurados profesionales y populares de todos los países. Hasta Rodolfo Chikilicuatre con esa mofa que se llamó “Baila el chiki-chiki” quedó mejor (puesto 16º) que ella.
Reconozco que no vi el festival. Nunca lo hago. Sólo he visto pequeños retazos en la tele, ya que nos los hacen tragar hasta en el telediario. Mejor harían dando cobertura a artistas con más talento y figuras de la cultura de las que sentirnos orgullosos.
Afortunadamente, ese no es mi mundo. Ya he dedicado suficiente tiempo a reflexionar sobre el tema. Si me lo permitís, voy a ponerme un buen disco y a prepararme, que esta noche tengo concierto en una pequeña sala madrileña. Ahí sí estoy en mi salsa ¿alguien se apunta?
Santi Fernández “Shan Tee”

