URFAUST “Geist Ist Teufel” (2004)

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Reseña originalmente publicada en catalán en El Rock-Òdrom

A veces, las obras de arte más perturbadoras son las que menos se esfuerzan por serlo. O, dicho de otro modo, las que saben que el ingrediente principal del horror es la mezcla de elementos crípticos o sobrenaturales con manifestaciones humanas, prosaicas, casi inofensivas. Tal vez venga de ahí la tendencia de muchos directores de películas de terror a llenar sus filmes de muñecos encantados, payasos asesinos y criaturas que no levantan ni un palmo del suelo y ya poseen el don de la nigromancia. Tal vez por eso el gato negro de Poe es un felino doméstico y no una pantera feroz e imponente: la locura somete a sus víctimas ganándose su confianza. No ataca con brutalidad; las mece con dulzura, hasta que ya es demasiado tarde.

El Black Metal, al menos en sus inicios, a menudo se entendió como una expresión desacomplejada de muchos de los valores condenados por la sociedad “cristiana” (suponiendo que tal término no solo se refiriese a una visión religiosa del mundo, sino también moral): la violencia, el individualismo, la superstición… El deseo de profundizar en esas temáticas implicó, desde el principio, la ramificación de la escena. Para empezar, están los inquietos, a quienes aquella rebelión adolescente sirvió de liberador punto de partida para explorar sistemas de valores alternativos fuera (¡e incluso dentro!) del cristianismo: por ejemplo, Ulver, grandes admiradores primero del folklore nórdico pagano y, después, de la obra del místico visionario William Blake. En segundo lugar, los nihilistas, que llevaron al paroxismo el rechazo absoluto del orden moral establecido, de manera que la única salida viable parecía ser el exterminio nuclear de la humanidad entera y, en última instancia, de sí mismos; de ahí surgen, a mi parecer, dos propuestas dispares: el Black Metal depresivo y el War Metal. Y por desgracia, en último lugar, estarían los fachas, los que decidieron contraponer a la moral cristiana otra moral supuestamente contestataria que, al fin y al cabo, continúa defendiendo una misma clase de purismo conservador, inmovilista y servil.

En cualquier caso, a principios de los dos mil, ese proceso de diversificación interna se encuentra en su momento álgido, hasta el punto de que me atrevería a afirmar que hoy en día representan la década más importante para la evolución del género. A grandes rasgos, en el aspecto puramente sónico podríamos trazar una gruesa distinción: por un lado están conjuntos como Craft o Armagedda, celosamente fieles al estilo tradicional; por el otro, excéntricos chalados como Forgotten Woods o Lifelover, grupos que, pese a gozar de una profunda vinculación con los instintos fundacionales de la escena, optan por desvincularse de la ortodoxia estética y empiezan a introducir en el Black Metal el influjo de lenguajes musicales ajenos: el Rock Gótico, el Shoegaze, el Ambient, el Noise, e incluso la Electrónica.

El disco que hoy nos ocupa, “Geist ist Teufel”, del dúo neerlandés Urfaust, encajaría en esta segunda corriente. Pero no os confundáis: el hecho de que hoy en día existan agrupaciones como Deafheaven (merecedores del dudoso honor de haber protagonizado el peor directo que he presenciado en mi vida) no quiere decir que estemos ante una excrecencia pop del Black Metal originario. Aquí no encontraremos bucólicos acordes mayores, ni megavirtuosismos jazzísticos, ni pretensión alguna de ser otra cosa que lo que este álbum es: una sesión de cacofonías sucias y salvajes, interpretadas desde las mazmorras de la psique humana.

Publicada en el año 2004 (y reeditada desde entonces en múltiples ocasiones) esta grabación es el segundo trabajo del grupo integrado por IX y VRDRBR, pero podríamos considerarlo el primero: la demo debut, “Urväterlicher Sagen”, solo contaba con la participación de uno de los miembros, y consistía en un puñado de pistas de música ambiental de sintetizadores, reaprovechadas en “Geist ist Teufel”.

Lo dejó muy claro VRDRBR en una entrevista: «Hacemos lo nuestro poniéndole alma y actitud; nos sale de dentro, y eso es lo que para nosotros significa el Black Metal; para otros, puede representar llevar maquillaje cadavérico, un millón de crucifijos invertidos en la cara, sangre y pinchos […] Pero para nosotros, en “Urfaust”, tiene un sentido más espiritual».

No podría estar más de acuerdo. Desde los primeros minutos de la intro, es evidente que no estamos escuchando un disco de metal negro típico: las rítmicas notas graves de una orquesta fantasmagórica dan paso a una voz que canturrea, entre gargajos, un discurso incomprensible. Es como si un carcelero deforme hubiera venido a recibirnos para acompañarnos a una celda húmeda y oscura.

La segunda pista, “Die kalte Teufelfaust” (“El frío puño del Demonio”) nos disipa todas las dudas: lo que tenemos entre manos es algo especial. Una guitarra desgarrada (una bacanal de frecuencias agudas) marca el compás primitivo de una lenta danza macabra, e irrumpen en la canción unos chillidos de animal silvestre, un falsete estridente que a menudo sobrepasa el límite de volumen del máster y distorsiona audiblemente el sonido de nuestros altavoces; nadie dijo que el Black Metal estuviera hecho para los audiófilos. Y es ahí donde, por primera vez, hace acto de presencia el auténtico rasgo distintivo de esta banda: un canto entre tabernario y operístico, a medio camino entre un tenor lírico de segunda división y un guiri borracho perdido a las cinco de la mañana por la Vila Olímpica… ¡sencillamente, perfecto! Lo que a IX podría faltarle en delicadeza y capacidad de afinación lo compensa con creces con la pasión con que entona sus melodías grandilocuentes, llenas de resabios monacales y neoclásicos, que añaden nuevas dimensiones armónicas a la austera base de acordes distorsionados.

Poco podríamos imaginarnos que, habiéndonos sumido en un trance hipnótico con la parsimoniosa marcha de la canción anterior, saldríamos de él de golpe y porrazo: “Drudenfuß” (“Pentagrama”), la tercera pieza del disco, evidencia que a esas alturas de la grabación los Urfaust ya se habían trincado, por lo menos, un par o tres copas de ginebra cada uno; no en vano, el grupo ha llegado a destilar su propia versión de ese brebaje para regalarla con los vinilos; si no me creéis, googlead: “Teufelgeist gin”. En fin… “Drudenfuß” es más hipnótica aún si cabe, pero no por su lentitud cíclica, sino por su incansable arranque de baile campesino que nos anima a dar brincos en honor de Satanás. El guitarrista rasguea una melodía alegre, festiva. La mitad de las notas se le ahogan, o se le escapan un semitono por delante o por detrás. ¡No importa lo más mínimo! Creo que, lejos de obstaculizar nuestro disfrute de la canción, dichas características no hacen más que complementar la energía demencial y obsesiva del tema principal.

A continuación, como refuerzo a la simetría del álbum, nos topamos con otro himno pausado, “Auszug aller tödlich seinen Krafte” (“El extracto de todos sus poderes mortíferos”). Las líneas vocales de IX alcanzan aquí proporciones épicas, recorriendo toda la amplitud de su registro, que no es poca. Cuando llega a las notas más altas, hacia la mitad de la canción, se le quiebra la voz, y sus aullidos quedan finalmente suspendidos en el aire, convertidos en un vibrato espectral, inesperadamente limpio y preciso. La pista desemboca en un falso final en forma de ruido industrialoide, entre lo que parecen un violín frotado con furia y los chasquidos mecánicos de una fábrica. La guitarra y la batería interrumpen la experimentación con un ataque insistente y avasallador, y la canción se deshace entre alaridos delirantes y caos percusivo.

Y así, se cierra el círculo: “Geist ist Teufel” (un título de traducción difícil, interpretable como “El espíritu/la esencia [de todas las cosas] es el Diablo”) imita la estructura de la introducción, pero ahora no es un lacayo jorobado quien nos canta, sino las almas de los difuntos, felices porque les hemos hecho compañía a lo largo de este trayecto inhóspito. De a trozos, intercalada en los comentarios vocales de IX, una majestuosa capa de instrumentos de cuerda se expande, beatífica, y hace que la canción oscile entre la tragicomedia siniestra y el romanticismo dolorido.

Todo eso no hace más que anticipar el colofón de la obra: una outro de quince minutos de acordes brillantes, etéreos, que mutan a un paso casi imperceptible. Aunque yo habría recortado esta última pieza a la mitad, creo que por lo menos cumple su función en el desarrollo dramático del disco: es como si acabásemos de emerger del averno y, agotados por el viaje, nos acostáramos sobre un prado luminoso para recuperar el aliento y meditar sobre todo lo que hemos visto. Nos sentimos como un Dante de andar por casa, recién huido del Noveno Círculo de los Alcoholizados Necróticos.

Urfaust lo consiguieron: unieron la vanguardia con el espíritu (que es la esencia, que es el Diablo) del Black Metal. No tuvieron miedo de arriesgar: lo que podría haber sido un desastre total, un disco claramente producido por dos colgados del Brabante septentrional en el garaje de su casa, repleto de cánticos melodramáticos e interludios raros, consiguió transmitir una energía mucho más oscura y espeluznante que los cuatrocientos clones de Darkthrone que se pasan la vida compitiendo a ver quién se saca una foto con una espada más gorda, sin saber siquiera que un mandoble, como su nombre indica, se sujeta con ambas manos, y no con una sola. Anotaros el dato, porque a lo mejor también os puede servir para evitar aspersiones indeseadas en los inodoros públicos… ¡Dejad el lavabo tal como os gustaría encontrároslo!

Vímet