Como cada mes, me enfrento al reto de escribir el editorial con el síndrome del folio en blanco, sin saber muy bien qué contaros. Esta cita mensual se ha convertido en una ventana en la cual expresarme ante los lectores de la web, hablando de algún tema de actualidad en la música o, simplemente, reflexionando sobre algo que me haya sucedido a mi o al entorno musical que nos une.
Sinceramente, en esta ocasión no encuentro un tema lo suficientemente atractivo como para hacer una disertación medianamente interesante. Mis circunstancias personales apenas me permiten centrarme mucho en lo musical, ya que las desgracias en temas de salud llevan un tiempo persiguiéndome con dureza.
Sin embargo, esta situación me hace valorar aún más lo que el mundo de la música me aporta. Como he dicho en algunas ocasiones anteriores, el Rock puede llegar a ser (lo es, de hecho) uno de los refugios en los que guarecerse cuando pintan bastos.
Cuando escribo estas líneas aún tengo pitándome los oídos por un concierto reciente de Magik, el último grupo del histórico Manolo Arias, en un pequeño garito de la capital madrileña. Y dejando a un lado lo musical, ya que pronto habrá oportuna reseña del concierto en la web, en este editorial quisiera destacar la sensación que obtuve en el plano humano. El garito, no muy grande, estaba lleno de los habituales a los que nos gusta el Hard Rock clásico, como no podía ser de otra forma, con lo cual yo ya conocía a muchos de los asistentes. La mayoría de ellos se acercaron a mi para interesarse por mi situación, cosa que agradezco enormemente, dejándome la sensación de que, al fin y al cabo, esta es mi otra familia.
Hace poco menos de 25 años recibí la invitación para unirme a esta web, entonces desconocida y regida por un grupo de amigos con mucha ilusión. En aquellos primeros años apenas conseguíamos acreditaciones, teníamos que deletrear el nombre de la web (una url bastante más farragosa que la actual) y nuestra presencia en el mundo del Rock era testimonial. Ayer, mientras tantas personas se acercaban a saludarme, no pude evitar pensar en aquellos años y en lo que han cambiado las cosas. Las circunstancias me han llevado a manejar en solitario este barco, en el que apenas quedan puntos en común con aquel que empezó la travesía a la vez que arrancaba el milenio. En este tiempo, The Sentinel ha ganado unas cosas y ha perdido otras. Es algo diferente, sin duda, no necesariamente mejor ni peor.
Siguiendo con el símil naval, en este mes de abril me llegará una tormenta en lo personal que me tendrá apartado un tiempo indeterminado de toda actividad. Si todo sale bien, serán sólo unas semanas en las que el barco estará sin capitán, pero espero recuperar el timón lo antes posible.
Tened por seguro que, durante este intervalo, el mundo del Rock será uno de los apoyos en los que me sostendré. Buenos discos, buenos libros y, sobre todo, la cercanía de buenos amigos que este entorno me ha proporcionado.
Larga vida al Rock and Roll y a quienes estamos unidos por ello.
Texto: Santi Fernández “Shan Tee”
Foto: Ernesto Estébanez Boatas
