Para un amplio sector de la población, la música sólo es un entretenimiento. Un mero aditivo con el que divertirse, bailar en una discoteca, sala de fiestas o festival (dependiendo de la edad del protagonista) o simplemente tener de fondo mientras se hace cualquier otra actividad. Quizás ese sea uno de los motivos por los que el “negocio” de la música esté agonizando.
Hasta hace 30 años, incluso esas personas compraban algún disco de vez en cuando, normalmente motivados por algún single de éxito que les llamara la atención. La piratería ya existía, pero las grabaciones de vinilo a cassette que nos hacíamos entre amigos no parecían amenazar a una industria que por aquel entonces era muy boyante.
Y llegó el paso del vinilo al CD. Y con él, la posibilidad de hacer una copia exacta del original. Las grandes corporaciones que habían comprado casi todas las Compañías de Discos vieron el negocio a corto plazo en la fabricación y venta de CDs grabables, vendiendo millones de unidades. Habían cavado su propia tumba. La piratería se disparó, apareció el “Top manta” y la posibilidad de conseguir los discos a precios irrisorios. No eran los originales, pero sonaban igual.
El próximo 14 de julio se cumplirán 30 años del nacimiento del MP3, de la mano del ingeniero italiano Leonardo Chiariglione. Y ya nada fue igual. La posibilidad de comprimir la música en ficheros fácilmente copiables y reproducibles en cualquier tipo de dispositivo y la masificación de internet cambiaron para siempre el negocio de la venta de música. O lo hicieron desaparecer, mejor dicho. La facilidad para compartir estos ficheros abrió la puerta a multitud de sitios de descarga en los que cualquiera podría acceder a los discos de forma gratuita. La piratería se disparó a unos niveles inasumibles por quienes (Compañías y músicos) quisieran rentabilizar la grabación de discos.
Hubo muchos intentos acabar con ello. Metallica y su guerra con Napster fue el caso más sonado. Les llovieron muchas críticas en su día por parte, incluso, de sus propios seguidores. Pero el tiempo les ha dado la razón. Todo el mundo era capaz de robar impunemente la propiedad intelectual de los músicos.
Y cuando parecía que nada podría parar la piratería, surgió un fenómeno que está acabando con ella: El streaming. Rizando el rizo, ya no es necesario descargar un disco, ni siquiera hace falta “tenerlo”. ¿Quieres escuchar toda la música de cualquier artista? No hay problema: Spotify, Youtube y resto de plataformas te la ofrece gratis y de forma inmediata, mientras que sus autores (compositores e intérpretes) les conceden sus derechos sin apenas retribución por parte de estas plataformas que se han hecho millonarias a su costa.
Las consecuencias de todo esto ya la conocemos. Salvo contadas y heroicas excepciones, las tiendas de discos han desaparecido. Las pocas Compañías que quedan apenas se mantienen a flote y los músicos han perdido la esperanza de recuperar la inversión de cada nuevo disco que, con una ilusión sorprendente a estas alturas, deciden sacar al mercado.
En el otro lado de la balanza estamos los que sentimos la música como algo especial en nuestras vidas. Somos los “melómanos”, término en desuso pero ideal para definir a quienes tenemos una conexión casi espiritual con la música que escuchamos. En el Rock hay mucho de eso, al igual que en el Blues, el Jazz y, por supuesto, la Música Clásica. Quizás me equivoque, pero no creo que haya muchos melómanos en el Reguetón o el Techno actual.
Quizás seamos una especie a extinguir. Al menos así lo siento yo. Disfrutamos de la música a un nivel más profundo. Le dedicamos el tiempo y la atención suficiente y no nos importa que un tema dure muchos minutos, que tenga una larga introducción, que el estribillo no llegue hasta bien entrada la canción o, directamente, no exista. Los que valoramos el trabajo de cada instrumentista, los arreglos y detalles que sólo se descubren con varias atentas escuchas. Y que disfrutamos teniendo el libreto en las manos mientras escuchamos la música, leyendo las letras, buscando en los créditos para ver si conocemos a alguien que aparezca en los agradecimientos. Buceamos en la historia de los grupos y de sus componentes. Nos interesamos en sus trayectorias, su formación y todos los detalles posibles de los creadores.
Y, sobre todo, sentimos la música. No sólo la escuchamos. Creamos un vínculo personal con ella que la hace parte de nosotros. Y la música, agradecida, viene en nuestro rescate cuando la necesitamos. En los buenos momentos y en los malos. Todos tenemos alguna canción que tenemos asignada a un antiguo amor, al actual, a una situación concreta, unas vacaciones o un momento jodido.
Y es en esos momentos jodidos cuando más se aprecia la ayuda de la música, que nos acuna en sus brazos y nos da cobijo. Tanto como el abrazo de un amigo. Poder dejarse llevar por un disco, por una canción que nos llegue especialmente, es la mejor terapia para, por un lapso de tiempo, sentirse en un mundo onírico en el que no caben las desgracias personales.
Lo digo por experiencia.
Santi Fernández “Shan Tee”


