7 Años después de publicar “Painkiller”, con Tim “Ripper” Owens sustituyendo a su ídolo Rob Halford, se atrevieron a publicar este engendro en el que cualquier parecido con Judas Priest era puñetera coincidencia. No quedaba ni rastro del grupo, el cambio fue brutal. “Painkiller” ya supuso una reorientación de su música un tanto más agresiva, pero con “Jugulator” le dieron una vuelta de tuerca más al sonido borrico.
Caña burra sin contemplaciones, a veces sin mesura, casi industrial, eso era el nuevo sonido: Un trabajo vocal sobresaliente por parte del nuevo, quien dejaba a la altura del betún a su predecesor y maestro, una batería demoledora como el trabajo más bestia de Scott Travis, sonidos gruesos de guitarra, melódicamente nulo, solos anárquicos más efectivos que técnicos y, sobre todo, temas que procedentes de otros podrían conformar un disco aceptable, pero que viniendo de Tipton, Downing y Hill y llamándose Judas Priest hacían de este disco un truño decepcionante.
Desde el punto de vista de un seguidor-tipo de los Judas clásicos, cada corte parecía exactamente igual al siguiente, como si hubiera sido grabado en blanco y negro, monótono, sin melodía, sin matices, sin nada de nada, una absoluta castaña. Desde otro punto de vista, más adaptado los sonidos extremos quizá, el disco era un auténtico bombazo sonoro. Por supuesto lo más duro que habían hecho hasta el momento, pero aparte de eso, era la demostración de que son los maestros inspiradores también de grupos que triunfaron con propuestas más heavies, tipo Pantera o Metallica.
Por cambiar, lo hicieron hasta de logotipo. La portada -horrorosa- iba en consonancia con el interior, había que desechar todo lo que recordara al calvo, como reafirmando la nueva identidad del grupo. Fue la constatación de la crisis ocurrida desde la marcha de Rob Halford, decadencia que se vio agravada con el siguiente lanzamiento en estudio, “Demolition”, con el que tocaron fondo.
“Bullet trains” y “Cathedral spires”, curiosamente los dos últimos, eran los temas más inspirados de un disco que, analizado en el contexto histórico de Judas Priest, es preferible olvidar, pero que por sí solo podría ser un excelente ejercicio de metal moderno. Personalmente lo tengo por ahí en la estantería, muerto de asco, aunque hoy me lo he puesto para hacer esta reseña y no parece tan inaguantable como cuando lo compré.
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Alvar de Flack
