De los cuatro, mejor dicho, de los ¡cinco!, seguramente el más radiado, más vendido y más valorado por los degustadores y los medios españoles, sí, porque al otro lado de la frontera no le pillaron la esencia. Y es comprensible ya que el rock urbano es eso, rock -de- y -para- el barrio, ya cuesta entender algunas letras si no se es vecino, como para querer exprimirlo si se es extranjero, difícil.
Ya cargados de energía positiva gracias a la buena acogida del directo, y sabiendo que lo próximo que hicieran se esperaría como el que espera al helicóptero del Tulipán, se ven con ganas de subir a lo más alto y grabar en Londres, en los super-mega-hiper estudios Kingsway. La subida de caché estaba asegurada, además contaban con la producción del cotizado Carlos Narea. “Volúmen brutal” se grabó allí y mira la repercusión internacional que tuvo. Pero, como digo, no se acogió con igual fortuna y se estamparon de lleno contra la prensa inglesa, con la cutre-revista Kerrang! para ser exactos. Al carajo con el estatus internacional. Al menos Rosendo se llevó de allí el gustazo de conocer a Rory Gallagher, que no es poco.
El sonido de “Corre, corre” es, en general, más maduro que los anteriores, sobretodo el de las guitarras que, ya sin teclas por medio, toman todo el protagonismo junto a los repetitivos y adictivos estribillos marca de la casa. Menos, se me permita, ‘punkeros’ y más accesibles a la prole, incluidos tanto los radio-oyentes de Los 40 Principales, los tele-videntes de Musical Express (by Angel Casas) como los rockeros de raíces profundas. Se hicieron muy grandes, quizás demasiado para la filosofía del grupo.
Las letras siguen siendo irreverentes, inconformistas y protestantes, reflejo de la vida diaria del currante medio. Directo a un lugar especial en nuestros archivos cerebrales, en el apartado de míticos, llega el clásico “¡Corre, corre!” gracias al cual muchos nos negamos a aprender la lección y esquivamos el guante siempre incansable y acechador. “Sorprendente” puede que sea el más conocido del álbum, el que más ha sonado y suena, vaya. Recuerdo que la primera vez que la escuché me dije, primero, “joder, que bien suena esto”, y segundo, “menuda gilipollez de letra”. Y lo sigo diciendo. Hubiera sido cojonudo para la historia que Teddy Bautista produjera el siguiente tema, “No se vende el rock & roll”. “Tenemos una historia y algo que decir, que no se vende nada el rock and roll.”, quizás no en aquellos añorados años. “La fina”, que ni era fina ni ná, es una especie de blues de la cantina, una historia de bar ahogada en tubos de cerveza. Otra de las míticas es, sin duda, la repetitiva “¡Que tire la toalla!”, tema que me resultaba ideal para poner punto y final a mis grabaciones en las cintas de 90, siempre reñida con el “Esta es una noche de rock & roll” de Barricada. Y ese señor importante que sigue sin tirar la toalla, ¡tirala ya, hombre, tirala!
“Entre las cejas” es de esos temas que te suben el ánimo y te recuerdan lo que de verdad es importante. Junto a la machacona batera y esos inconfundibles guitarrazos se huele de lejos la olvidada libertad. El montaje que es esta (nuestra) vida consumista se ve reflejado en “No lo entiendo” para acabar con “¡Qué desilusión!”, la tercera y última exclamación, el último grito que Leño darán en un estudio.
Siempre he querido tener una hebilla igual a la que se luce en la portada, esa portada sospechosamente parecida a la del “Too fast for love” de los Mötley Crüe, con la misma insinuación aunque mucho más sencilla y casta, tal y como era su música. Rock urbano, -esto- es rock urbano, maneras de vivir.
Y este leño se lo ha endiñado,
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Didac Bello «Crucificado»
