Recuerdo que cuando compré el disco lo primero que me llamó la atención fue que en ningún sitio de la carpeta pusiera nada absolutamente, ni nombre del grupo, ni logotipo ni créditos ni nada de nada, solamente unas fotos sin sentido aparente que no hacían más que engordar en halo misterioso que siempre rodeó a Led Zeppelin. Los títulos estaban escritos en la funda de papel que protege el disco, junto con parte de la letra de “Stairway To Heaven”. Pero ni incluso ahí figuraba el nombre del grupo, solo unos símbolos que representaban a cada uno de los miembros del grupo, Robert Plant (voz), Jimmy Page (guitarra, mandolina y cuerdas varias), John Paul Jones (Bajo y teclas) y John Bonham (Batería), aunque de esto, me refiero a lo de los símbolos, me enteré mucho más tarde.
El caso es que yo ya había escuchado el disco mucho antes de comprármelo. Un grupo de gente, mayores que yo, lo ponía una y otra vez en la piscina de mi pueblo todas y cada una de las tardes del verano del setentaypico, mientras se fumaban algún que otro cigarrito de la risa (eso también lo supuse mucho más tarde) frente a unos críos que escuchaban atónitos toda esa cantidad de sonido que salía de su radio-cassette Sanyo gigantesco y entre los que me encontraba yo, naturalmente. A base de escucharlo una y otra vez me lo aprendí. Algún tiempo después conseguí que me lo grabaran en una cinta (por la otra cara el “Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd y algunas cosas de Patti Smith) que castigué sin piedad en una birria de aparato que tenía para escuchar las cintas de un curso de inglés al que nunca hice ni caso.
Cuando tuve posibilidad me hice con él en vinilo. Todavía lo tengo por ahí entre el montón de discos que no pongo desde hace 15 años, cosas de la comodidad del CD (y ahora del mp3), con sus huellas del paso del tiempo y del culo del vaso de alguna mezcla de las que yo bebía en su momento. La relación entre el disco y yo siempre fue -y
será- excelente, quiero decir que sigue estando en el top-N de los más escuchados en mi casa desde hace muchos años, y ahora se lo pongo a mis hijas para que sepan qué significa la palabra Rock porque, aunque sea evidente su calidad de clásico, parece que el tiempo no pase por él. Uno más de los misterios que le rodean.
El “disco sin título” se empezó a grabar a finales de 1970 y se terminó en febrero de 1971. La cosa transcurrió en tres estudios distintos (Island y Headley Grange en Gran Bretaña, y Sunset Sound de Los Angeles) en función del sonido que se quería conseguir, y tras un gran trabajo de Jimmy Page como productor, fue publicado en noviembre de 1971.
El contenido del disco era una mezcla entre las diversas tendencias plasmadas en los tres discos anteriores, por un lado la cara más bronca del grupo con temas guitarreros y contundentes, y por otro su gusto por lo acústico y folk en plena vorágine hippy, todo rodeado de un halo misterioso tanto en lo musical como en la propia imagen del grupo. Este fue -y sigue siendo- uno de los grandes atractivos de esta obra, llena de leyendas y chascarrillos a medio camino entre lo esotérico, lo conceptual y lo psicodélico.
Pongámonos en situación, abro la carpeta, saco el disco del encarte, coloco con cuidado la aguja sobre el surco de la cara A y suena “Black Dog”. El “frito” del disco apenas permite escuchar con nitidez el riff de Page pero da igual, es de los que quedan grabados en la memoria por los siglos de los siglos. Esta es una de sus canciones mejor armadas en cuanto a guitarras de ritmo. En general siempre me pareció que éste es el disco con mejores guitarras de toda su discografía, no solamente por el sonido, también por la ejecución. Cuando después escuché otros discos de Led Zeppelin cambió mi idea sobre la forma de tocar de Page, digamos que se me cayeron un poco los palos del sombrajo, aunque con el tiempo he visto en él otros aspectos dignos de destacar, y si no siempre me quedará este disco…
“Rock and roll” es el siguiente tema en sonar. Cientos de versiones, muchas de ellas ejecutadas por grandes grupos, y todavía no he escuchado ninguna con el feeling de la original. Elevaron a la categoría de clásico imperecedero una cosa tan básica como esta, simplemente genial.
El disco sigue con “The Battle Of Evermore”, acústica con colaboración especial de Sandy Denny, cantante por aquella época de Fairport Convention, un grupo de folk inglés que estaba en pleno auge. El final de la primera cara lo ocupa “Stairway to Heaven”, para muchos la obra cumbre del grupo en toda su carrera. ¿Qué se puede contar de este tema que no se haya dicho ya?, pues nada, simplemente escucharla y dejarte llevar por su crescendo para desembocar en el desenfreno total sobre el que se dibuja el mejor solo de Page con Led Zeppelin. Sencillo y efectivo.
La cara B se inicia con “Misty Mountain Hop”, con las teclas en primer plano marcando un riff cansino y heavy, y un pedazo de ritmo de lo más pesado a cargo de Bonham. “Four Sticks” está tocada con cuatro baquetas (de ahí el nombre) en la que el ritmo se basa en el charles y los timbales, de hecho no hay ni un golpe de caja, cosa muy poco usual en la música de Led Zeppelin. “Going To California” es otro momento tranquilo del disco, acústico, con Page tocando la mandolina, Jones la guitarra acústica y Plant haciendo virguerías con su voz en uno de los momentos más sentidos del disco.
El final del disco es para “When The Levee Breaks”. Entrar a una tienda de instrumentos y no encontrarte a algún aprendiz de guitarrista probando algún modelo mientras chapurrea el “Smoke On The Water” de Deep Purple es tan raro como no encontrarte a un batería haciendo lo propio mientras ejecuta el inicio de esta canción. Lo realmente impresionante de este tema, aparte de su base heavy, es el sonido de la batería, grabada en el hueco de la escalera de Headley Grange, situada sobre una base reflectante (piedra) y sin micros en los parches, solamente dos que recogieron el ambiente general del instrumento y que estaban situados a unos 8 metros de altura. El resultado fue un sonido poderoso, mil veces sampleado e imitado. Es mi tema favorito del disco y, probablemente, de toda su obra.
Termina el disco. Da igual que fuera número 1 en las listas de prácticamente todo el mundo civilizado, que contenga algunas de las canciones-himno imprescindibles para entender la historia del Rock o que se hayan vendido varias decenas de millones de discos. Lo que realmente importa es que han pasado 36 años desde que se publicó y sigue impresionando de la misma forma. Seguiremos pinchándolo, continuará emocionándonos cada vez que lo hagamos y servirá de Catón para generaciones futuras.
[youtube]http://youtu.be/Ba8Fp240xP8[/youtube]
Alvar de Flack
