HALFORD “Crucible” (2002)

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halford_crucibleHace dos años nadie daba un duro por Rob Halford. Su carrera con Fight subió como la espuma con “War of words” y tan pronto como sacó “A small deadly space” se difuminó. Two no corrió suerte parecida ya que medios y fans prejuzgaron negativamente la “peligrosa” amistad del antiguo frontman de Judas Priest con el líder de Nine Inch Nails (igual que se habló mal de “Voyeurs” sin siquiera haberle prestado una escucha, se veía todavía peor que se juntase con un gurú de la música noventa como Reznor más por imagen “antiheavy” que por conveniencia comercial -ironías de este mundillo-). “Resurrection” lo cambió todo. Halford deseaba recuperar a su audiencia metálica con un disco de heavy a la antigua usanza y en gran parte lo logró. Razones sobraban ya que el álbum era un revulsivo frente a la saturación de power que había en el mercado y, pese al escepticismo de muchos, las doce canciones transmitían una sensación de vitalidad que acallaba la mínima réplica. Una gira culminada con la presencia en la tercera edición de Rock in Rio y la publicación de “Live insurrection” hicieron el resto.

Con estos antecedentes Halford saca a la luz “Crucible”, su segundo trabajo en estudio junto a la formación que tan buen resultado le dio en “Resurrection”. Bajo la batuta de Roy Z, que repite en las funciones de producción, “Crucible” se constituye como un disco más duro y elaborado que su predecesor. Recuperando el look sado (enfundado en cuero, gorra de chulo, gafas de sol enormes y látigo en mano), Halford deja en ridículo a cualquier Joey DeMaio que trate de arrebatarle el título de “Metal God” que por derecho propio posee.

“Park Manor” concede un minuto de relax antes de que “Crucible” estalle en el equipo de audio con la banda entregada en una demostración de potencia. Mientras Bobby Jarzombek golpea violentamente los platos, Lachman y Chlasciak afilan las guitarras al máximo para ofrecer una sesión inicial de cuatro cortes vertiginosos. Rob Halford opta en esta ocasión por descansar de entrada los agudos estridentes, con los que se recreará más tarde en “Betrayal” y “Handing out bullets”. Una vez más queda claro desde el primer momento que el quinteto ha sabido conciliar el sentimiento del metal clásico y los cánones actuales. Con “One will” levantan un ápice el pedal, tal y como hacía “Made in Hell” en el debut. El ritmo se desacelera, otorgando mayor espacio a las melodías y regalándonos un himno que a buen seguro será celebrado en los conciertos venideros (“one will live tonight / one will die tonight / one will stand and one will fall….one in victory / one in misery / only one will take it all”). “Betrayal” contiene el feeling de los Priest más poderosos y la agresividad de los riffs cortantes de los Annihilator de Jeff Waters, convirtiendo esta pieza en puro thrash por su velocidad y garra. “Handing out bullets” acaba esta primera tanda manteniendo intacta la identidad que se ha labrado Halford en estos dos álbumes: temas directos y enérgicos que tumban a muchos grupos noveles.

“Hearts of darkness” relaja los ánimos tras el cuarto de hora de infarto anterior. Sin dejar de lado su estilo, se atreve a experimentar complementado el compás parsimonioso del principio con una parte intermedia extraña pero rica y que le da al tema un toque distintivo. No han pasado ni cuatro minutos y nos cae encima otro puñado de trallazos. “Heretic” y “Golgotha” retoman el ritmo vibrante del comienzo, apoyando el peso de las canciones sobre unos estribillos con el gancho justo para encandilar al oyente. Unas guitarras feroces y el doble bombo de Jarzombek anuncian la llegada de “Wrath of God”, equiparable a “Betrayal” en cuanto a que incita a menear la cabeza como un poseso, pero con Halford reservando inexplicablemente la garganta. “Weaving sorrow” pasaría por un remake de “Locked and loaded” y se aleja algo del sonido del disco, aunque no alcanza el nivel de la citada.

“Crystal” y “Sun” llevan un paso más allá lo que el combo hizo en “Resurrection” con “Twist”. Unas estructuras complejas e inclasificables, llenas de armonías enrevesadas y cambios inesperados, invitan a pasear por el universo introspectivo del “Metal God”. Estas composiciones dotan al disco de mayor heterogeneidad en comparación con la ópera prima. Será difícil resistirse al encanto de las melodías de “Sun”, originales y fascinantes donde las haya. El hecho de que Roy Z se haya involucrado en la creación de las canciones es primordial y “Crystal” posee los rasgos “apocalípticos” con los que el productor-guitarrista adornó “The chemical wedding”. En la misma circunstancia se encuentra “Trail of tears”. A falta de medios tiempos claros, ésta suple la carencia con un dramatismo épico que trae a la mente de nuevo “Chemical” y que podría trasladarse sin problemas a la voz de Bruce Dickinson. Inmejorable para cerrar “Crucible”.

Dentro de la edición especial (en cartón con la portada –vacía y muy sosa, por cierto- en relieve) se incluyen dos temas extra. “She” es la balada que necesita el disco. Aunque nada novedosa, Rob borda esta clase de piezas desnudando el alma como en sus mejores tiempos con Tipton, Downing y Hill. El segundo bonus track, “Fugitive”, no aporta nada al conjunto del disco y pasa totalmente desapercibido.

Con “Crucible” Halford se decanta por un heavy metal más fuerte que el de “Resurrection”. Asimismo, se intuye un esfuerzo por buscar nuevas fórmulas en “Hearts of darkness”, “Sun” o “Crystals”. ¿Pegas? La principal es que los temas de este segundo trabajo pierden frescura respecto a los “Drive”, “Temptation” o “Slowdown”. Volviendo con Bruce Dickinson (quien en su momento pasó por unas circunstancias similares a las de Rob), se puede establecer un paralelismo entre sus dos últimas obras en estudio y las dos de Halford. Es una cuestión de gustos el preferir una u otra (en mi caso me quedo con “Resurrection”), pero de lo que no cabe duda es que Halford ha hecho diana por segunda vez consecutiva y se afianza en su empeño por recuperar el trono que abandonó allá por 1991. En cuanto a los rumores de reunión con sus antiguos compañeros y por lo que pueda ocurrir más tarde, recurramos al “carpe diem” para saborear el estado de gracia compositivo que vive Halford en solitario y del que no puede alardear Glenn Tipton para con sus chicos.

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J. A. Puerta