Antes de escuchar el disco suponía que de los Guns n’ Roses del “Appetite For Destruction” no quedaría mucho, y tengo que reconocer que incluso me hacía ilusión (a mí el “discazo” del 87 siempre me pareció la gran mentira del Rock and Roll), “a ver si hay suerte y no se parece ni por el forro”, me dije. Y, efectivamente, se parece lo mismo que un huevo a una castaña, pero en la caída en picado del tipo este, Axl, ha atravesado la red de seguridad y se ha estampado contra el cemento.
Que se han gastado una pasta en él es obvio, porque suena cada instrumento en su sitio, todo muy limpito y muy bien colocadito y tal. ¡¡¡Sólo faltaría que con el tiempo que se han tirado grabándolo y apañándolo la cosa no sonara!!! Claro que suena, pero ¿a qué? Pues yo realmente no lo sé, una guitarra por aquí, una vieja con almorranas berreando por allá, una máquina haciendo un bucle por otro lado, miles de efectos en todos sitios, solos de guitarra cansinos y canciones que recuerdan a todo menos a G’n’R. Esto último, que supongo habrá defraudado a los seguidores del grupo (o del engendro este, el Axl), ni es bueno ni malo, sino todo lo contrario, pero el caso es que es así.
Es un disco en el que se mezclan varios estilos o, mejor dicho, elementos de muchos estilos distintos, y que da como resultado un producto diferente, que podría servir a un grupo de estos de nuevo cuño cuyo objetivo en la vida es apadrinar el número uno en los nosecuantos principales, pero que para un nombre como el de G’n’R (o el del engendro este, el Axl) se queda muy corto. Vamos, que pesan más las tres letras que toda la pasta que se han gastado en este ladrillo.
La mayoría de vendedores de humo que pululan por las ondas hertzianas, revistas del ramo y webzines internáuticos suponían que vendría a reverdecer laureles de una banda (o de la cosa esta, el tal Axl) que tuvo un momento de gloria y se fue diluyendo entre broncas, egos y discos mediocres cual artistas del montón. Sin embargo, la cruda realidad es que ni fu ni fa. Un disco con canciones que no pasarán a la historia y que solamente se podrán tragar si el asco que genera el macarrilla de su cantante es menor o igual a la curiosidad por ver en qué ha empleado 15 años y varios millones de dólares.
Lo mejor del disco, su versatilidad: se puede usar como laxante, como somnífero para noches difíciles o para espantar a las visitas que se beben tu cerveza y se comen tu jamón.
El tostón del siglo.
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Alvar de Flack
