Todavía no alcanzo a comprender el motivo que me llevó a soltar casi cuarenta y siete euros para presenciar un concierto; no un festival, sino un concierto con cuatro bandas en cartel. ¿Se han parado a pensar los promotores de espectáculos el disparate al que están llegando? Gozan de la suerte de tener como clientes a unos ciegos tan apasionados, pero esta escalada de precios se hace cada vez más incomprensible y, lo peor, más insostenible para nuestros maltrechos bolsillos. Súmese el dato de las barras situadas dentro del recinto: un vaso de agua del grifo cotizaba a unos «módicos» dos euros, ahí es nada.
Arribó un servidor en numerosa compañía a las seis y pico, hora en la que estaban actuando los madrileños PLASTIC CIRCLE, de los cuales poco pude sacar en claro. Todo lo que degusté fue un tema supuestamente titulado «Stranger» y una versión de «Paint It Black», si el estribillo no me engañó en exceso, porque las estrofas estaban maquilladas de tal forma que no intuía el archiconocido riff principal de la susodicha. Frivolizaría si los encuadrara de alguna manera, así que todo lo que puedo comentar de la banda es que la puesta en escena era más que correcta: imagen cuidada al milímetro, ansias por triunfar en su corto espacio de tiempo y show ensayado (o tablas detrás, porque no parecían unos meros debutantes). La única pregunta que me sigue rondando es: ¿a cuento de qué el cantante se dirigía al respetable en inglés?

No pienso negar que la idea de ver a Linkin Park en directo me atraía muchísimo, aún a riesgo de parecer el abuelito de Heidi en medio de aquel paraje. No obstante, cuando supe que In Flames serían los responsables de sustituir a los jóvenes superventas, me froté las manos a sabiendas del recital de caña que brindarían. Y ese pensamiento no se apartó un ápice de lo que de hecho ocurrió en torno a las siete de una tarde insoportablemente calurosa.
Vistiendo a juego la misma indumentaria que mostrara en el tour de «Clayman», entraba el quinteto en el plató de una película que iba con ellos desde hacía pocos días y se notaba que les había cogido tan de improvisto que los rostros entusiastas no eran de pura cortesía. Porque eso fue lo que derrocharon In Flames: entusiasmo. Gran parte del público que se encontraba en el estadio no sabía exactamente a qué se enfrentaba con estos suecos, pero «Cloud Connected» y «Clayman» le puso las pilas pronto. Mientras tanto, la bandera patria de magnas proporciones que cubría sus espaldas conseguía desenrollarse tras varios minutos de intentos en vano y dotaba al espectáculo de cierto colorido escénico.
La tercera fue de nueva cosecha, titulada «Watch Them Feed», que particularmente no me convenció. No conozco el resultado en estudio, pero aquí sonó simplemente cañera y no resaltó ningún matiz al que poder aferrarse. Entre ésta y los arranques que últimamente se marca Anders a lo Jonathan Davis, los más pesimistas se irían a casa con cierto resquemor, para mí infundado, por la orientación futura que puedan tomar.
Tras «Episode 666», un Anders barbudo dedicó «Pinball Map» al destino que quiso que esa tarde estuvieran ellos ocupando el puesto de Linkin Park. Supongo que las gracias vinieron propiciadas por una respuesta que ni ellos mismos se esperaban y el gesto del cantante hincando la rodilla en señal de alabanza así lo demostraba.
Durante la hora bien aprovechada que tuvo el grupo, un sexto miembro se dedicó a grabar con una pequeña cámara de video cada gota de sudor de sus colegas y las caras del público entre tema y tema. Jesper, Björn y Peter se intercambiaban las posiciones constantemente y Daniel permanecía imperturbable en su kit con ese estilo tan poco espectacular que exhibe (lo cual no quita que cumpla su cometido). «System», «Bullet Ride», «Gyroscope» y «Only For The Weak» incendiaron aún más a la concurrencia, que formaba círculos de «baile» para no perder las buenas costumbres. Se veía que In Flames estaban completamente listos para afrontar la venidera gira norteamericana como cabezas de cartel ya que la coordinación de cuellos y la forma física eran máximas.
«Drifter» y la recién estrenada como EP, «Trigger», eran las siguientes y las reacciones que veía a mi alrededor eran de lo más variopinto: un calco de Boris Izaguirre, impasible a lo que estaba asistiendo, que daba mejores lecciones de inglés que Benny Hill; o un púgil (¡con camiseta de Los Suaves!) que se quitaba a los «contrincantes de baile» a mamporrazo limpio y que no cejaba en su empeño hasta que éstos besaban el suelo.
A falta de un «Food for the gods» que alzara bien alto la enseña de los maestros At The Gates, «Behind Space» suplió la ausencia con una pizca de death melódico que resultaba extraño a plena luz del día. Llegaba la hora de la despedida y los técnicos de sonido pusieron a prueba la guitarra solista en «Black & White» y «Colony» con intención de poner en sobreaviso a la banda.
Era la segunda vez que los veía en menos de un año y me dejaron con las mismas ganas de más. Si tengo que definirlos en una palabra: inconmensurables.
El desgaste de adrenalina azotado por In Flames obligó a reposar a los siguientes en la lista, Stone Sour, que hicieran lo que hicieran tenían el alma vendida a un papel de secundarios.

Aparte, no es que el proyecto liderado por Corey Taylor diera una imagen más allá de lo que es: una banda paralela, aún contando con once años de existencia a sus espaldas. «Get inside» dio entrada al repaso de su homónimo y único álbum hasta la fecha, definiendo la constante que marcaría el resto del show: la de un sonido metálico que no deja lugar en vivo a las sugerencias rockeras que se entreven en el disco. Sonaron tan potentes que a duras penas alguien que no los hubiera escuchado con anterioridad pudiera imaginarse algo distinto de una formación metalera americana actual por el machacante binomio guitarras-batería. Unido a este hecho, los hiperactivos movimientos bruscos del cantante (que no paró de menear la cabellera en un headbanging brutal y tirar botellas de agua medio llenas al aire) y unas presentaciones donde sólo había referencias al público con sucesivos ‘motherfuckers’ no ayudaron mucho a desvincular mentalmente al front-man de Slipknot.
Esto no quita que Taylor se despojara de su máscara, física y emocional, para dejar fluir una faceta vocal más interpretativa que la de costumbre. Lo cierto es que, pese a que le costó entrar en calor, en «Monolith» o «Inhale» transmitió el punto de feeling que poseen. Igual podría haber ocurrido con «Bother», que la tocó en solitario acompañado únicamente de su guitarra. Se arrancó unos punteos blueseros con más voluntad que tino y comenzó a cantarla. El error garrafal lo cometió al querer hacerse el gracioso con la palabreja que aprendió en español, ‘huevos’, e introducirla en cualquier parte de la letra. Si se propuso romper la magia del tema, doy fe de que lo consiguió. No quedó ahí la anécdota y, ante la presión popular, enseñó los dichosos huevos en una ocasión, además de despedirse arrancándose la camiseta y enseñando su trasero. Corey pretendía dejar huella y lo logró, aunque sus bromas a veces rozaran la payasada.
No fue una mala presentación, pero Stone Sour se me antojaron pequeños en comparación con la grata impresión que me causó el par de escuchas a su trabajo. Desde luego, Corey y Jim Root no han sabido imprimir la personalidad y el carácter que Joey Jordison ha cuajado en Murderdolls. Aunque en el fondo, que su actuación quedara eclipsada y fuera un mero trámite ese domingo tuvo mucho que ver con la desafortunada e inmerecida posición en que tuvieron que tocar.

METALLICA SET LIST
Intro: The Good, the Bad & the Ugly
Fight Fire With Fire
The Four Horsemen
Ride The Lightning
Fade To Black
Fuel
Frantic
Creeping Death
St. Anger
Seek & Destroy
Master Of Puppets
Damage Inc.
(1er bis)
Harvester Of Sorrow
Nothing Else Matters
Blackened
(2º bis)
Sad But True
Enter Sandman
A veces sobran las palabras y ésta es una de esas veces. Quien haya leído con un poco de atención lo escrito arriba, lo entenderá a la primera.
A estas alturas el triunfo de Metallica en su última venida a España es vox populi. Lógico, ¿cómo no van a arrollar con un repertorio como éste? Ni siquiera hace diez años, cuando brindaron un irrepetible maratón de tres horas bajo la lluvia vallecana, hubiera soñado con un set como el que esta noche ofrecieron, dividido en tres bloques: el primero con una selección matadora de «Kill’em all», «Ride the lightning» y «Master of puppets»; un segundo, un tanto camuflado en mitad del anterior, de su nueva obra y una excepción de «Reload»; y un tercero basado en «…And justice for all» y «Metallica».
Dado que sería inútil extenderme en previsibles expresiones de lo encantados que estuvieron los asistentes desde el momento en que la intro de «Ride The Lightning» pasó de ser una ilusión fugaz a convertirse en la realidad de encontrarse frente al primer corte del álbum hasta el estertor de «Enter Sandman», centraré la actuación en cuestiones más contextuales.
El escenario era grande: provisto de un espectacular juego de luces y de un sencillo telón de fondo con la calavera insignia de la banda por todos lados; a cada extremo de la Tama de Lars Ulrich, una pared de amplificadores; y, el gran fallo vistas las desproporcionadas magnitudes del recinto, sin pantallas gigantes desde las que apreciar los pormenores del show. No han cambiado mucho las cosas en este aspecto, lo visual en el caso de Metallica es un complemento a la materia prima: la música.
El retraso de media hora sobre el reloj pesó mucho y en el instante en que los focos se apagaron y «It’s a long way to the top (if you wanna rock’n’roll)» seguía sonando, ya no sabía si de veras era la intro o al de mesa se le había pasado quitar el compacto del aparato.
«The good, the bad & the ugly» disipó la incertidumbre. Las dos horas daban comienzo… muchos no daban crédito a sus oídos cuando dieron cancha al frenesí de «Fight Fire With Fire» desde el primer minuto y más tarde las gargantas desafiaban la memoria voceando lo de ‘flash before my eyes / now it’s time to die’. La pirotecnia, las explosiones y los fogonazos de fuego en la mega-acelerada «Fuel» enmudecieron a más de uno con un buen susto; artilugios que utilizaron en un par de ocasiones para dar un pequeño plus de brillo a la cita (aunque fueran poco al lado de los castillos que se trajo Björk de Valencia tres semanas atrás, parecían las Fallas). Kirk Hammett y James Hetfield cambiaban de guitarras como de púas. Hetfield se pasaba de un micrófono a otro cuando le apetecía y sobó bien los tres que tenía a su alcance. Robert Trujillo secundaba a Hetfield en las frases rapeadas de «St. Anger». Hablando del bajista, James lo dejó para el final de la presentación de los miembros del grupo, dándole la bienvenida a la familia y presentándolo en sociedad como ‘señor Roberto Trujillo’. Lars, por su cuenta y riesgo, se puso a tocar «Run To The Hills» desoyendo a sus compañeros y en un santiamén rompieron los huesos de los allí presentes con «Master Of Puppets» sin coitus interruptus, enterito de arriba a abajo. El batería también protagonizó las notas iniciales de «Nothing Else Matters», tomando prestada la tarea de Hammett y su guitarra; luego sería James quien se quedara solo interpretándola. Robert se encontró con alguna dificultad en «Sad But True» y se vio obligado a cambiar de bajo. Y, tras «Enter Sandman», el cuarteto agradeció de largo el recibimiento obtenido en la capital, tomándose su tiempo para saludar, observar la estampa de Madrid rindiéndose a sus pies y tirar púas y baquetas a mansalva.
De cada uno de los músicos saqué mis conclusiones. James irradia ilusión por estar de nuevo en la carretera. Al igual que sus compañeros, se chupó cada milímetro del escenario y, si bien esos kilos de más que luce le restan algo de presencia, supo ganarse al público con un discurso descaradamente preparado. Kirk, sin embargo, parece sacado de una foto del tour ’91-’93: greñas, de negro absoluto y animando como en aquellos días. En cuanto a vitalidad, me recordó al mismo del último tramo de aquella gira del «black album», que colideraba la banda sin complejos. Lars fue la oveja negra. Con las baquetas se le veía más torpe y su actitud no parecía estar a la altura de los tres restantes. Acababa las canciones de pie, rematando un platillo con desgana y cansancio, y no aparentaba la más mínima garra. ¿Qué decir de Robert? Bajo la batuta de Ozzy Osbourne o en las filas de Suicidal Tendencies destacaba, pero en Metallica se sale. Honestamente, pensaba que aportaría lo suyo, pero no tanto como le vi en directo. En diez años ha pasado de telonero a cabeza y su evolución ha sido apabullante. En esta formación se le notó infinitamente más motivado que con las anteriores (al menos, lo que el que suscribe ha presenciado de cada una de ellas): sus personalísimos gestos y forma de tocar el bajo crearon escuela y las ovaciones que se llevó no fueron en absoluto gratuitas.
Como equipo, Metallica se mostraron irrebatibles. La prueba fue «Seek & Destroy», donde James y Robert evidenciaban una complicidad rara de ver en compañeros que llevan poco tiempo trabajando en común y las vibraciones positivas que despedía el grupo se contagiaban con facilidad a la grada.
Contradiciendo mis presagios, que no daban por ellos más que algunos breves destellos del pasado, comprobé que aún queda vida en Metallica.
Texto: J. A. Puerta
