LINKIN PARK / REDMAN / ADEMA + Lunes 8 de septiembre de 2003, Palacio Vistalegre (Madrid)

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En un principio estaba previsto que la actuación de Linkin Park fuese teloneada por una única banda, Adema, pero cuál fue mi sorpresa cuando la semana antes veo que van a ser tres formaciones las que abran el evento.

THE ATARIS debieron comenzar a las seis y pico de la tarde y por aquel entonces todavía me encontraba de camino a Vistalegre, así que van a disculpar que no aparezca nada reseñado acerca de su show.

A las siete y pocos minutos, justo cuando entraba en la plaza de toros cubierta / palacio de deportes y espectáculos varios, observé que el 95% del personal que abarrotaba las instalaciones eran jóvenes que no alcanzaban la mayoría de edad, algo previsible por otra parte. ¿Recambio generacional o efecto de los 40? Por los gritos histéricos de la chiquilla que tenía al lado, nada correspondidos con conocimientos de la música del grupo, no sabría decirlo a ciencia cierta. La afluencia de público iría incrementándose a lo largo de la tarde-noche hasta que no cupo un alma más en aquel lugar.

ADEMA salían al escenario con las espaldas cubiertas por un gran telón de fondo y una acústica desastrosa. El quinteto echó los restos y no se le puede achacar falta de voluntad, pero las dos guitarras saturaban hasta hartar. De lo que pude intuir dentro de esa masa amorfa de sonido, saqué en conclusión que poseen los ingredientes básicos para triunfar en el mercado americano dado el estándar actual: mezcla de ritmos machacones condimentados con saltos sincronizados, un poco de rapeo y un buen puñado de glucosa. No es una propuesta muy diferente a la de Linkin Park, pero no me precipitaré y esperaré a oír su “Unstable” para juzgar. Lo más anecdótico es la imagen tan rara de sus componentes: un cantante, Mark Chavez, cuyo propósito de proyectar la energía de su hermanastro Jonathan Davies se veía truncado por la cara de chico bueno que parecía sacado de UPA Dance; un guitarrista con unas maneras deathsters que echaban para atrás y otro con pinta de rockero indomable; un bajista voluminoso con cara de malo-malísimo que luego resultaba estático y torpón de movimientos; y un batería que parecía haber visionado cientos de videos de Motley Crue con Tommy Lee. En otras condiciones hubiera sido provechoso, puesto que agradaron y se vieron respaldados por la calurosa entrega de la gente, pero con ese rebote infernal de riffs en el que se acertaba lo justito no amortizaban un solo euro de la entrada.

A continuación, lo único que colocaron encima de las tablas fue una cabina de disc-jockey, mientras los roadies probaban unos micros insistentemente. ¿Qué demonios harían estos REDMAN? Hip-hop puro y duro. En fin, la cuestión es que enfrente teníamos a una panda de raperos a la vieja usanza (doce años los contemplan) soltando parrafadas y cien tacos por minuto al compás de un sampler. Reconozco que al poco tiempo comenzó a resultarme cansino y poco interesante, pero pasado un rato me percaté de que los tipos se habían metido en el bolsillo a todo Vistalegre con provocaciones y juegos de yo-canto-y-tu-me-sigues. Estaba a la vista que le estaban haciendo la cama a Linkin Park: había pasado la hora de concierto, anunciaban continuamente que la siguiente era la última, volvían loca a la seguridad intentando volar por encima de las primeras filas y se negaban a abandonar. Al final, corte de sonido y a marcharse sin rechistar. Musicalmente poco puedo opinar por ser terreno pantanoso para mí, pero como espectáculo y ejercicio de frontmen se ganaron todo mi respeto, además de corroborar aquello de que en el hip-hop los músicos negros no tienen rival; al menos en esta velada fue así.

Por fin llegaba el turno de LINKIN PARK. No obstante, se produjo un inexplicable retraso de tres cuartos de hora que impacientó al más despreocupado. Por suerte el disco de Audioslave hizo la espera más llevadera.

Después de preguntarme mil veces cómo sonarían estos chicos en directo y hasta qué punto conseguirían plasmar la esencia de los temas en vivo, la duda se iba a disipar. Joseph Hann subía a un palco de proporciones estratosféricas en comparación con la plataforma que sustentaba la batería. El DJ se puso a manipular los platos para que la intro de “Don’t stay” diera paso a la aparición del resto de sus compañeros.

“Somewhere I Belong” y ”Lying From You” evidenciaban que la tónica a adoptar no iba a variar: Bennington y Shinoda intercambiándose las voces constantemente y Delson con sus auriculares bien vistosos correteando a lo largo de un escenario gigantesco. Los cantantes dotaban al show de un dinamismo vertiginoso, cogiendo Shinoda una guitarra para secundar al único seis cuerdas de vez en cuando. Sin embargo, fácilmente podrían ser el blanco de cualquier crítica: ataviados con sendas gorras y ropa casual y encasillados en muecas raperas nada originales, lo cierto es que no transmiten la más pequeña sensación de carisma. Indudablemente cumplen con su rol, pero de seguir así ni siquiera siendo dos harían sombra a un Dave Lee Roth a medio gas.

Junto a temas de “Meteora” como ”From The Inside””Faint””Figure.09” y ”Numb”, interpretaron casi en su totalidad su debut “Hybrid theory”: ”In The End””With You””Points Of Authority” o ”Papercut”. Del remezclas “Reanimation” recuperaron una versión de ”Pushing Me Away” que no alcanzó la intensidad de la original, aunque igualmente se llevó una gran ovación.

“Crawling” o ”Runaway” eran recibidos como clásicos contemporáneos que, guste o no, van a marcar a una quinta. Linkin Park demostraron que, pese a la limitación de alardes técnicos, con unas composiciones cuyos estribillos son auténticos himnos pueden en directo con todo lo que se les ponga por delante. Se llevaron de calle a un público vendido en cuerpo y alma a la causa que enloquecía cuando Chester Bennington se abalanzaba sobre las vallas en ”By Mysef”.

Se tomaron un breve descanso para regresar con dos bises: ”A Place For My Head” y ”One Step Closer”, con Mark Chavez de Adema y uno de los cantantes de Redman convidados al final de fiesta. No había pasado ni una hora y cuarto y se despedían visiblemente emocionados por la respuesta que les había brindado Madrid. Sí, efectivamente, la actuación había sido un completo éxito, pero, ¿hora y pico sólo? Lo mismo pensé yo. El hecho de tener dos discos cuya duración apenas sobrepasa lo que duró el concierto los excusa en parte, pero salí de allí sin sentirme compensado por los 28,80 euros que había pagado por mi ticket. Más cuando la acústica, similar a la de la Cubierta de Leganés, tampoco acabó de ayudar, pese a mejorar sensiblemente respecto a las bandas que abrieron. Supongo que no se puede pedir todo, pero incluso con esos mismos problemas Kiedis, Flea, Frusciante y Smith lograron la proeza de ofrecer uno de los mejores shows del año, sino el mejor.

Texto: J.A. Puerta