El verano llega a su fin, y muchos pueblos de la geografía española celebran sus fiestas patronales. Azuqueca de Henares es uno de ellos, y este año tuvo a bien organizar un concierto de Rock la mar de interesante. La cercanía a Madrid era un aliciente más para que muchos nos acercáramos desde la capital para ver a estas leyendas vivientes del Rock español. El día anterior nos enteramos que, además de los grupos “grandes”, dos bandas locales iban a abrir la velada, así que ya nos hicimos a la idea de que aquello no iba a acabar muy pronto, precisamente.
Llegamos a una hora prudencial, esperando encontrarnos al primer grupo a punto de salir a escena. Y cuál no sería nuestra sorpresa cuando al acercarnos al escenario vimos la imponente figura de Eduardo Kinderman sobre las tablas. ¿Qué pasa aquí? Pues que en esos momentos se estaba efectuando la prueba de sonido de Julio Castejón y los Trípodes, y la cosa no pintaba muy bien. Me acerqué al escenario y por señas me identifiqué ante Eduardo, que me espetó a que esperara a que la prueba finalizara para que pudiéramos hablar tranquilamente.
Mientras Julio se encabronaba porque aquello no conseguía sonar en condiciones, me fijé en las características del recinto: Un amplio escenario cubierto por mucho equipo (tres baterías y un cerro de amplificadores y cables le daban aspecto de laberinto), con un techo de uralita que nos protegería de una hipotética lluvia, pero que causaba pesadillas al técnico de sonido. El lugar destinado al público también estaba cubierto, y la parte opuesta al escenario eran barracones de las típicas peñas de las fiestas, con unos paneles de uralita que terminaban por devolver el sonido al escenario. Un desastre.
Quise creer que cuando aquello se cubriera de público, esos rebotes cesarían, y con esa esperanza me dispuse a darme uno de los placeres que esta vida nos ofrece: me fui a comer algo. Para ello me interné en los chiringuitos festivaleros que estaban anexos al lugar, y pronto me envolvió ese pegajoso olor a fritanga tan característico. “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”, pensé, así que pedí un bocadillo de chorizo frito. Con dos cojones. A día de hoy aún me está repitiendo el chorizo. Me di un breve paseo por el recinto ferial para comprobar que aquella feria era como cualquier otra: una plaza de toros prefabricada, puestos de algodón dulce, sorteos de perritos piloto, cachivaches para sentirse como en una batidora… no faltaba de nada.
Volví al escenario. En esos momentos había finalizado la prueba de sonido, y Eduardo Kinderman estaba buscándome. Me acerqué a saludarle, y nos dimos un abrazo. Con su tamaño cercano al del Yeti yo parecía un pitufo a su lado, así que debo agradecerle que me dejara respirar. Pronto aparecieron el resto de los Trípodes y nos enganchamos en una animada charla en la que enseguida comprobé su grandísima valía personal. Un diez para ellos.
Eran ya las 11 de la noche y empezaba uno de los grupos locales. me situé cerca del escenario, a ver qué me encontraba…
KARNAK
Según me enteré posteriormente, Karnak vienen de quedar segundos en un concurso de rock organizado en Azuqueca, abierto a bandas de todo el territorio nacional. El grupo lo forman María Araujo (voz), Alfredo Almenara (guitarra), Héctor Bonilla (guitarra), Sergio “Jotero” (bajo), Roberto Feijoo (batería) y Juanjo López (flauta, teclados), todos ellos muy jóvenes y residentes en Azuqueca, lo que convirtió su concierto en una fiesta llena de complicidad con alguna de las peñas que se acercaron a ver su actuación.
Su idea de la música es bastante común hoy en día, con un heavy metal cercano al power con la medieval presencia de una flauta, nos recordaba inequívocamente a los Ñu de “Nessa”. El grupo demostró buenas maneras, aunque evidentemente le queda mucho camino por recorrer.
La cantante María tiene posibilidades, aunque se mostró demasiado estática en escena, lo que se podría aplicar al resto de componentes excepto a Sergio “Jotero”, el bajista, al que se veía de muy buen humor y con muchas ganas de juerga, ganándose al público con su simpatía.
En la media hora larga de que dispusieron ofrecieron lo mejor de su repertorio propio, con la inclusión de un par de versiones, una acertada “El guardián de tu piel” (Beethoven R.) y una menos brillante “Power” (Helloween). Se notaba que estaban en su pueblo y que estaban en fiestas, y el jolgorio que montaron con alguna de las peñas presentes era manifiesto. Desde aquí les deseamos suerte en este camino pedregoso que es a veces el heavy metal.
Tras su actuación, se avisó que el otro grupo local que iba a actuar, Algo Razonable, no iba a poder hacerlo dado que el día anterior su cantante había sufrido un accidente, así que nos dispusimos a disfrutar del resto de la velada.
Faltaban 10 minutos para la medianoche cuando se apagaron las luces y los músicos tomaron posición sobre el escenario, bajo la atenta mirada de un público que ya abarrotaba el recinto: Eduardo Kinderman (bajo) y Paco Benítez (guitarra) en los extremos, Carlos Parra (teclados) más centrado, Tony Sánchez (batería) sobre una tarima en la parte central, y delante de él, Julio Castejón tras unos teclados. Yo soy muy malo para calcular audiencias, pero se hablaba de 4.000 personas, cifra que se me antoja algo exagerada, aunque bien es cierto que allí no cabía ni un alma más. Varias generaciones nos encontrábamos allí, desde tarras bastante veteranos con sus hijos hasta jovenzuelos uniformados con las camisetas de sus peñas.
Una introducción diferente a la del disco da paso a “El corazón de la manzana”, y la primera alegría la siento al comprobar que los esfuerzos previos por conseguir un buen sonido habían sido satisfactorios. Y también acerté al pensar que con el aforo completo se iban a evitar esos rebotes tan molestos procedentes de la parte posterior del recinto, así que no había nada que nos impidiera disfrutar del concierto.
Y bien que disfrutamos, porque Los Trípodes son una banda muy competente, conjuntada y con mucha calidad, y si a eso le añadimos un cerro de canciones muy brillantes, tanto las clásicas de Asfalto como las correspondientes a esta nueva etapa, tenemos algo que nadie se debería perder. Alguno de los presentes se mostró impaciente y empezó a pedir a Barón Rojo, aunque luego comprobé que únicamente quería dar la nota.
El siguiente tema fue “Vidas paralelas”, una de mis canciones preferidas del último disco, plena de emoción y sentimiento. Me sorprendió favorablemente el hecho de que había mucha gente que conocía y coreaba estas nuevas canciones, indudablemente menos rodadas que los clásicos de Asfalto que vendrían más tarde.
A estas alturas el concierto ya era un pleno éxito, y eso se reflejaba en la cara de los músicos, a los que se veía disfrutar plenamente del concierto. Julio y los suyos seguían defendiendo en directo este “El Corazón de la Manzana”, que Julio nos recomendó al considerarlo algo “diferente” a lo que se suele escuchar a diario en la radio. Estuvo muy comedido, ciertamente. Una extensa versión de “El viejo del spray”, quizás el tema más trabajado del disco, eliminó cualquier atisbo de duda sobre la calidad instrumental de cada uno de los componentes de los Trípodes, destacando la espectacular interpretación al bajo de Eduardo Kinderman.
Tras esta trilogía de canciones del último disco, Julio abandona sus teclados, se cuelga una Gibson Les Paul y se acerca al borde del escenario para atacar con el primer tema de Asfalto: “Déjalo así”, perteneciente al doble LP del mismo nombre, sonando mucho más rockera que en el disco.
A estas alturas el público estaba totalmente entregado, la mayoría no estaban allí por casualidad aprovechando las fiestas, sino que tenían muy claro quien estaba sobre las tablas, y los que habían aprovechado las fiestas estaban encantados. Una chica de apenas 16 años cerca de mí espeta un “tío, no sé quien eres, pero cómo mola!”. Julio, te has ganado una fan!!
Cuando termina el tema, Julio anuncia que van a retroceder mucho más en el tiempo, con una de las canciones “malditas” del primer LP: “Ya está bien”, que pone los ojos en blanco a los fans más antiguos de la banda, incluido un Enrique Cajide que se encuentra entre el público. Tras ella, Julio vuelve a sus teclados para interpretar una deliciosa “El hijo de Lindberg”. ¡Cuánto sentimiento desprende esta canción!
Vuelta a la actualidad con un tema de denuncia sobre el lamentable estado infantil en muchos países iberoamericanos: “Meninos da Rúa”, cuya impactante letra no es fácil de seguir en el ambiente de un concierto, más si cabe al ser cantada gran parte de ella en portugués. Aún así, Julio se esfuerza por ponerse en la piel de aquel niño que reclama algo de amor.
Tras ella, Julio se vuelve a colgar su guitarra para deleitarnos con una extraordinaria versión de “Adiós al Sol”, con un espeluznante final a dos guitarras entre él y Paco Benítez, logrando uno de los momentos de mayor clímax musical de la noche. Sin embargo, el único problema destacable de sonido lo tuvimos que sufrir en “Más que una intención”, uno de los temas más esperados de la noche, ya que los teclados de Carlos Parra apenas se oyeron, ni en el riff inicial ni en el solo, lo cual deslució en gran parte este temazo.
Quizás para darse un poco de respiro, Julio comentó que 25 años antes hubo un festival en este mismo pueblo, congratulándose que tanto tiempo después, componentes de dos de aquellos grupos repitieran escenario (refiriéndose también a los hermanos De Castro).
Un corto pero efectivo solo de guitarra a cargo de Paco Benítez dio paso a un pletórico “Es nuestro momento”, cantado por el propio guitarrista, que dejó a todo el público a punto de caramelo para la traca final, que tal y como el público estuvo pidiendo en diversas fases, no podía llegar de otra manera que con un emotivo “Días de Escuela” cantado a voz en grito por todos los presentes.
La satisfacción reflejada en el rostro de los músicos era espejo de la que teníamos entre el público, poco importó que faltaran a la cita temas clave como “Rocinante” o “Canción para un niño”, no se puede meter más sentimiento en hora y cuarto de concierto que el que pudimos disfrutar esa noche. Estoy deseando repetir.
Era ya la 1:30 de la madrugada cuando las luces se apagaron para dar la bienvenida a Barón Rojo. A pesar de lo tardío de la hora, nadie se había movido de su sitio, incluidos varios niños que acompañaban a sus padres. Está claro que se hubiera llenado un recinto aún más grande. Es lo que tiene este grupo, a pesar de que sus últimos discos no terminen de enganchar, su directo sigue siendo atronador, y su poder de convocatoria es muy elevado.
Abrieron el concierto con “Los desertores del Rock” y en la cabeza de todos estaba la hipotética dedicatoria del tema a Sherpa y su intento de reunir la formación original. En todo caso, no hubo ningún comentario de la banda al respecto. Lo que sí hubo es una respuesta inmediata y contundente del público hacia la banda estrella de la noche, a pesar de que algo fallaba: Lamentablemente, el sonido no era tan “redondo” como el que había disfrutado Julio Castejón. Había más potencia de sonido, pero la guitarra de Armando estaba exageradamente por encima del resto de instrumentos y de la voz, algo que se mantuvo a lo largo del concierto y que en gran medida deslució el show.
Sin un momento de respiro empalmaron con “Herencia letal”. La banda, entregada desde el primer momento, da imagen de bloque sin fisuras, con un Angel Arias pletórico dando, junto con Vale Rodríguez, el soporte necesario para el lucimiento de Armando de Castro y, en menor medida, de Carlos de Castro. Estaba claro que no iba a ser una noche para experimentos, y “Las flores del mal” se encargaron de continuar la ristra de clásicos que se sucedieron sin pausa durante toda la noche.
Los temas se sucedían sin apenas respiro, con extensos desarrollos instrumentales y una energía que se transmitía al público y que éste devolvía de inmediato. “Rockero indomable” continuó la saga, y tras ella “Incomunicación” introdujo una novedad (al menos yo no lo había visto anteriormente) al emplear Carlos de Castro una armónica en medio del tema. Excelente recurso, sin duda.
El espectador impaciente que pedía a Barón Rojo durante la actuación de Julio Castejón se hace notar ahora pidiendo que tocaran “Más sexy”, la tema más conocido de que hicieran los hermanos De Castro antes de salir escopetaos de Coz. Definitivamente, este tío venía a dar la nota, y es ampliamente ignorado por el resto de la concurrencia.
Armando nos avisa que ahora viene una canción peligrosa… porque la va a cantar él, y ataca con “Anda suelto Satanás”, aquella versión de la canción de Luis Eduardo Aute que apareció en el primer LP de Barón Rojo.
Tiempo para el protagonismo de Ángel Arias, que efectúa un solo de bajo al que pronto se le une Vale Rodríguez. El estado vocal de Carlos de Castro todos sabemos que no es el mejor, así que fueron comunes los extensos solos y temas instrumentales, socorrido recurso para dar descanso a una garganta fatigada.
Carlos anuncia la primera “perversión” de la noche, y no podía ser otra cosa que el homenaje que le dan a una de sus reconocidas bandas preferidas: AC/DC con su tema “What’s Next To The Moon”, que suena atronador. Carlos de Castro hace lo que puede para llegar a los altos tonos que marcara Bon Scott, aunque desgraciadamente no podemos valorar correctamente su esfuerzo porque allí la guitarra de Armando lo tapaba todo.
Quizás para descansar de ese esfuerzo vocal, se embarcan en un largo período instrumental, marcado por “Buenos Aires”al que le sigue un solo de batería a cargo de Vale Rodríguez, pletórico de fuerza, aunque quizás demasiado largo. Y es que esto de los solos cada día está más desfasado..
La siguiente en sonar es una de mis canciones preferidas de la carrera del Barón, la deliciosa “Se escapa el tiempo”, que permite un nuevo lucimiento de Armando y Ángel Arias.
Tras esta canción, una de las más melódicas, cambio de tercio para atacar con una de las más contundentes: “Hermano del Rock and Roll”, cantada por Armando y vociferada a pleno pulmón por todos los asistentes (hay que ver qué bien queda este tema en directo). El final se empalma con una curiosa introducción que da paso a uno de los temas más esperados de la noche, “Concierto para Ellos”, ese homenaje a los “caídos” del Rock que nunca puede faltar en el repertorio de Barón Rojo, y que aprovechan para el típico juego con el público de “yo canto y vosotros repetís” que no por repetido deja de ser efectivo.
Un breve guiño al “Another One Bites The Dust” de Queen da paso a “Cuerdas de acero”, ese homenaje a la guitarra eléctrica que apareció en “En un lugar de la Marcha” y que, en una extendida versión, empalmó con un largo solo de guitarra de Armando, al final del cual se incorpora el resto del grupo para darle un repaso a las “Czardas” de Monti (el que no localice la melodía por el nombre, que le de otro repaso al “Barón al Rojo Vivo”)
Vuelta al pasado más antiguo con el tema con el cual Barón Rojo se presentó en sociedad en aquel ya lejano 1981: “Con Botas Sucias”, ese ataque feroz a la Compañía CBS, ahora absorbida por SONY… “tienes 11 años y pareces una vieja…” me transportan a una época en la que yo tenía 15 años y descubrí el Heavy Metal de la mano de, entre otros, Barón Rojo. Aquí el tiempo pasa por todos, pero afortunadamente ellos siguen ahí arriba y yo sigo aquí abajo. El tema se alarga bastante, e incluyen en él retazos de “Land Of A 1.000 dances” y “Whole Lotta Love” así como otro jugueteo con el público.
Presentaciones de los miembros de la banda a cargo de Carlos de Castro, y Armando aparece con una guitarra de doble mástil (12 cuerdas en el superior) para tocar la balada por excelencia del heavy español: “Siempre estás allí”, que suena tan emotiva como siempre.
Cuando el tema está terminando, cambian a una introducción a dos guitarras que tardé casi 2 segundos en reconocer: los acordes que en su día interpretó Colin Towns (teclista por aquel entonces de Ian Gillan Band) que dan paso a “Resistiré”, el tema que les abrió las puertas de Europa y que es recibido con euforia por todos los que estamos allí.
¿Es la despedida? No, sólo unos momentos para recuperar el aliento, y vuelven al escenario. Carlos da las gracias a todo el público asistente, y agradece en especial a una de las peñas de Azuqueca, que se había molestado en construir un enorme avión, un Fokker Triplano rojo, idéntico al del barón Manfred von Richtoffen, apodado el Barón Rojo, de quien la banda sacó la idea del nombre y el logo, y lo había colocado cerca del escenario.
En un detalle que le define como persona, Ángel Arias se cruza todo el escenario para acercarse a un niño de apenas 11 ó 12 años que lleva todo el concierto en primera fila junto a su padre (recordad que son las 3 y media de la madrugada) y le da una púa de recuerdo.
Una breve introducción a la batería y ya tenemos ahí “Breakthoven”, tema con el que comienzan los bises, que es directamente empalmado con “Larga Vida al Rock and Roll”, con todo el público ya en estado de éxtasis. Desde luego, lo que nunca se les puede reprochar a Barón Rojo es la entrega ante su público, ni que escatimen tiempo de concierto!
Llega la segunda “perversión” de la noche, y una nueva instrumental: se trata del “Difficult to Cure” de Rainbow, tema inspirado en la 9ª Sinfonía de Beethoven, con una magistral interpretación de Armando con la “slide guitar”.
Estamos ante la recta final del concierto, y como diría algún entrenador de fútbol, el grupo “echa el resto”, con la interpretación del tema “Barón Rojo” que es coreado a tope por las gargantas que aún no se habían rendido. El tema lo empalman con “Son como hormigas”, que suena atronador. Son casi las 4 de la mañana y, ahora sí, hay que terminar el concierto, y para ello eligen uno de los temas más intensos de su carrera: “Hijos de Caín”, con el que punen punto final a 2 horas y media repletas de clásicos.
No hay duda, se podrán poner peros a los lanzamientos discográficos de Barón Rojo, pero la intensidad, la pasión y la entrega que le ponen en sus conciertos no está al alcance de cualquiera.
Por muchos años.
Texto y fotos: Santi Fernández «Shan Tee»


