Músico: palabra que engloba actitud, aptitud y determinadas habilidades -incluidas las sociales- pero que, sin embargo, queda demasiado grande a algunos artistas, especialmente a los del andamio. El problema ya no es que haya mamarrachos que den el pego, sino el analfabetismo patético con el que te das de bruces cuando te asomas a la cruda realidad, alimento de egos que parece infinito.
En el panorama rockero hispano tenemos algunos desgraciados ejemplos. Personajes que, incluso procediendo de barrios obreros, siendo trabajadores como el resto, gente que las ha pasado canutas para ganarse la vida y/o hacerse un hueco o hasta un nombre, con sus estupideces pasan por encima de compañeros de oficio (o afición, es igual) sin ningún respeto. Juro que esto es lo último que me hubiera gustado denunciar, aunque se de antemano que da lo mismo.
Pongamos que haya que probar sonido a las cinco de la tarde, que los técnicos no hayan comido para tenerlo todo listo a esa hora, que se vaya con el tiempo justo, que sea un cartel con tres grupos, que las “estrellas” de la noche tengan que probar primero, que no compartan su backline y haya que alquilar otro deprisa y corriendo sin avisar, que haya que adaptar el escenario a sus imposiciones y que los músicos estén allí a la citada hora, todos excepto ya sabéis quienes.
Pongamos también que, hartos de esperar, el resto de gente vaya preparando su backline, ese que no comparten las “estrellas”, descarga y traslado de un montón de pesados bultos, montar batería, micros, amplificadores, efectos, puesta a punto de cada elemento… todo tiene que empezar a las 00:00 h. puesto que hay actos institucionales programados a esa hora.
Finalmente aparecen pasadas las siete y media, con más mierda encima que en la plaza de las palomas, además de un considerable pestazo a garrafón. Uno de ellos, aparentemente sobrio, se sube al escenario y recrimina a los presentes haber montado el equipo sin esperarles, dando orden de desmontarlo todo y colocar su equipo primero y en mejor sitio. Tras el consiguiente rifi-rafe que, por prudencia, no fue más allá de cuatro voces, se decide ignorar al elemento en cuestión, incapaz de mantener una conversación coherente más que por los efectos etílicos, por la inoperancia de su única neurona disponible.
Traen una furgoneta con sus cosas, la aparcan junto a un lateral con el portón trasero abierto y pegado literalmente al escenario. Solo hay que pasar al interior, sacar los bártulos y llevarlos a unos 4 metros aproximadamente, pero ellos que se han hartado de comer mierda (aunque ahora parezca que la llevan toda encima) tienen los cojonazos de esperar a que se los descarguen, y se plantan de brazos cruzados en medio del escenario, estorbando a los demás y paralizando todos los preparativos. La jet ha aterrizado en el rocanrol.
Son ya más de las ocho y todavía no ha probado nadie, es más, todavía no se ha montado y chequeado su equipo. La desesperación cunde en el resto de músicos que no saben si coger los trastos y largarse o tirarlos al pilón y luego llenarlo de agua. Menos mal que son currantes, decía alguien. Aquí se va a romper alguna crisma hoy, decían otros. Finalmente se decide pasar de tontos, probar sonido y terminar con el esperpento, echando del escenario a los tocapelotas, quienes se fueron a mamarla al bar de la esquina, no sin antes interrumpir, descolocar y posar para los fans. ¿A que queda muy guay y muy rockero? Ya, y también muy insolidario, irrespetuoso… en fin, es inútil, dejémoslo.
Con un mosqueo importante de músicos, técnicos, organización y demás gente, se termina de probar a las nueve y media, pero los bártulos de Malmsteen, Vai, Sheehan y Portnoy siguen en la furgoneta. Alguien pide el favor a dos fornidos paisanos, previo pago de los servicios a prestar, y éstos sacan 6 ó 7 bultos de la furgoneta que depositan exactamente 4 metros más allá. Unos tres minutos de reloj aproximadamente.
Sin haberse manchado (juas!), las estrellas terminan de probar sonido a las 11 y cuarto de la noche, retrasando media hora un acto previo al concierto, mientras bajan del escenario haciéndose los graciosos y pidiendo de beber y de “fumar”, amenazando con no subir a tocar si no hay cerveza. Finalmente salieron a tocar, con la misma mierda encima que habían traído y con todas las luces apuntando a su batería (los otros baterías tocaron “de oído”, porque no veían un carajo), eso sí, “deleitaron” al personal con su arte, sus habilidades, su actitud y sus aptitudes, como si fueran de verdad.
En condiciones normales debería dar lo mismo que sean más simples que el mecanismo de un chupete, al fin y al cabo es Rock and Roll (que diría alguien), pero que, encima de que hacen con las manos lo mismo que tú con un pie, que son el grupo más cutre de la historia del Rock de este país y que llevan haciendo el ridículo la tira de años, siguen arrastrándose por ahí creyendo que son la pera limonera, y todo esto refrendado por un puñado de cutres como ellos que les jalean, que es lo que realmente desespera.
Ya lo sé, esto es solo un ejemplo de los cientos que ocurren a diario por ahí. Algo que no es nuevo, que se da desde que el mundo es mundo, que se seguirá dando, y que exactamente la misma historia se haya repetido con los mismos protagonistas 16 años después (hay cosas que no cambian). Bien, ¿y qué?, hay gente que nunca lo ha hecho y nunca lo haría. ¡Son auténticos! Gritaba un cabezahueca relleno de Mahou cinco estrellas en medio de la actuación. ¿Auténticos? Te han engañado chaval, otra mentira más.
Alvar de Flack (indignado)
