Editorial Mayo 2009: “El valor de mis discos”

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Últimamente estoy algo melancólico. Días atrás me dio por desempolvar mis viejos vinilos, ojearlos y disfrutarlos entre las manos. Hace tiempo que el plato donde disfrutaba de estos discos pasó a mejor vida, y el nuevo equipo de música que sustituyó al anterior ya no cuenta con este histórico elemento. Todos estos discos los tengo ya en formato CD, sea por lo legal o por lo criminal, así que no los necesito para escuchar la música que contienen. Pero me gusta saber que están ahí, me siento bien pensando que tras haber cumplida su misión, con todo lo que me dieron en mi adolescencia y juventud, no les he abandonado, ni les he malvendido (o bienvendido…) en EBay.

Recuerdo con claridad la época y circunstancias en que compré cada uno de ellos. La ilusión con la que iba a la tienda, ojeaba las portadas y finalmente me decidía por el objetivo a adquirir. Una vez en casa, el ritual de limpiar de polvo el vinilo, poner la aguja sobre el disco y escucharlo mientras escudriñaba los detalles de la portada. Descubrí que Indiana Jones había firmado en la pirámide de “Powerslave” o que las ventanas del edificio de “Physical Graffiti” permitían variar la apariencia del disco con sólo cambiar de posición las fundas interiores. Anécdotas como el fallo de imprenta en la primera edición española de “For Those About To Rock”, que le hizo ser pieza de coleccionista codiciada en todo el mundo, o los Picture-Disc que algunas bandas ponían a la venta como el súmun de la exclusividad.

En definitiva, un disco era un objeto valioso. Algo que agradecías en tu cumpleaños o en tu carta a los Reyes Magos. Y que tenía un valor mucho mayor que el de la música que contenía.

La llegada del CD, que con tanta ilusión acogimos, fue el primer paso hasta el fin, aunque no supimos verlo. Las evidentes ventajas que traía (mayor facilidad de almacenamiento y de transporte y que no sonaban patatas fritas de fondo cuando llevabas unas cuantas escuchas) aumentaron con el paso del tiempo y la aparición de los lectores de CD en coches y ordenadores. Su menor tamaño, sin embargo, restó importancia a la presentación, por mucho que haya CDs presentados en bonitos digipacks que intenten mitigar esa pérdida. Se disparó la posibilidad de copia, y la aparición del mp3 parece que va a ser la puntilla que termine por hacer desaparecer la propia producción de CDs.

Hoy en día, gracias a internet, al intercambio de mp3 (legal o no), todos tenemos mayor y más rápido acceso a más cantidad de música. Las oportunidades de un grupo para grabar un disco se han disparado también. ¿Estamos mejor? Yo creo que no. Hay tanta cantidad que la calidad no puede abrirse paso. Las ventas de discos han bajado tanto que ninguna Compañía se arriesga a apostar dinero con un nuevo grupo, aunque haya garantía de calidad. La autoproducción se ha convertido la única vía de un grupo para editar su trabajo, obligando a sus miembros a compatibilizar su esfuerzo con un trabajo al margen de la música. Las excepciones son muy escasas, árboles que no deben impedirnos ver el bosque.

Echo de menos unos tiempos que no van a volver. Por eso me resisto a desprenderme de esos vinilos que con tanta ilusión fui comprando. Ellos, como mi vieja chupa de flecos o mi chaleco lleno de parches, son parte de mi vida. Algo que no entenderán los jóvenes cuya discografía está contenida en 2 teras de mp3.

Por eso, no me preguntéis cuánto vale mi colección de vinilos. No tiene precio.

Shan Tee