Editorial Octubre 2009

¡ Comparte esta noticia !

Decían los Buggles, aquel engendro de Geoff Downes y Trevor Horn (ex-Yes), que el vídeo mató en su día a la estrella de la radio, pero el tiempo ha demostrado que no, que las “estrellas de la radio” sobrevivieron al sistema 2000, al Beta y al VHS. Y, si me apuras, hasta al DVD y el Blu-Ray.

Quien realmente ha matado a la radio y sus estrellas ha sido Internet. Bueno, eso y que a algunas cosas sólo ha tenido que rematarlas porque ya estaban moribundas por insostenibles. Pero siendo grave lo anterior (no sé, digo yo…) también ha acelerado procesos que, de forma natural, deberían haber durado toda la vida. ¿Qué vida?, pues la de cada uno de nosotros/as.

Por ejemplo, si con la marcha normal de compra y escucha de discos, a estas alturas de la vida deberíamos tener trillada y asimilada toda nuestra colección de música (que no debería pasar de unos cuantos cientos o algún mil que otro, porque materialmente es imposible sacarle partido a más), la mayoría del personal que frecuenta estos sitios de internet tiene ya, en el soporte que sea, toda la música que debería haber escuchado en toda su vida, y probablemente en varias vidas más.

Esto tiene de bueno que conoces cosas, que puedes “coleccionar” archivos virtuales… en fin, que puedes hablar “con conocimiento de causa”, aunque esto último, por favor, no lo cojáis literalmente. Pero el tiempo demuestra que también harta, cansa, hastía, satura y, sobre todo, impide escuchar música con tranquilidad o, al menos, la tranquilidad que se necesita para disfrutar de ella y no andar agobiado porque tienes pendiente no se cuantos discos y se te van acumulando y no te da tiempo y vienen más y… joder, que estrés!!!. Es decir, más o menos con el ritmo normal o, si queréis, con el ritmo que llevábamos en tiempos de las K7, el vinilo y los primeros CDs.

Pero ¡ojo! que no es sólo cantidad, que Internet también mata el halo de misticismo que rodeaba a cada banda, el “factor sorpresa” que te agitaba el gusanillo en conciertos y nuevas publicaciones, y tantas otras cosas que han pasado a la historia por un exceso también de información o, si se quiere, por un atracón de información o por un “no saber sujetarse las ganas de saber…” que dirían otros.

Cosas de la tecnología, que también puede ser usada de forma inadecuada, aunque te des cuenta con el tiempo y la experiencia. Pues todo esto, como decía, tiene algunos daños colaterales como por ejemplo el aburrimiento del que hablaba antes. Llega un momento en el que estás tan harto de todo que necesitas un descanso mental y, a veces, ese descanso implica darte cuenta de que estás mejor descansando que estresándote con ver tanto disco en la estantería o el disco duro, y el resultado es desalentador para los nuevos valores musicales: al final vuelves a escuchar lo de siempre, lo que te gusta, lo que ya conoces, lo que escuchabas hace nosecuantos años por muy hortera que suene, y dejas los experimentos para otro momento de esos que cada vez tienes menos porque el estrés diario y tal… en fin, más estrés.

Una pregunta cursi: ¿Se puede morir de amor?. Probablemente Bécquer tuviera respuesta afirmativa aunque la Ciencia no tenga conclusiones definitivas, pero ¿y de amor a la música?. Pues yo creo que se puede morir musicalmente por exceso de música, valga la rebuznancia. Los excesos no son buenos. Pero para eso están los periodos sabáticos, vacaciones y tal, para tomar aire, cargar las pilas y volver, aunque a veces cueste más de la cuenta. Si se tiene una vida excesivamente rodeada de música, como si es de cualquier otra cosa, llega un momento en el que necesitas sacudirte como los perros y resoplar, de lo contrario tienes el síncope asegurado.

En fin, que la saturación no llegue a nuestras vidas, aunque le esté rondando. Una retirada a tiempo es una victoria, pero sin llegar a eso es mejor dosificarse. Y esto lo digo yo, que me paso siete pueblos en cuanto me dejan.

Alvar de Flack