Poco tiempo ha transcurrido desde que Blaze editara “Silicon Messiah”, su debut en solitario tras la salida precipitada del seno de Iron Maiden en 1998. En poco más de tres años ha consolidado un proyecto creíble y ello gracias a una formación que arrinconan las limitaciones del frontman: Steve Wray y John Slater (guitarras), Rob Naylor (bajo) y Jeff Singer (batería). Unido a esto, Andy Sneap, el productor de la grabación, ha sacado lo mejor de la banda, tal y como hiciera el año pasado en “Violent revolution” con los germanos Kreator.
El álbum se abre con “Forgotten future”, la intro de rigor, previsible y de significado puramente testimonial. Tras ésta, aparece en escena como un torbellino “Kill and destroy”. El riff agresivo, la entrada de batería posterior que se funde con unos punteos de guitarra heavies al uso y la voz de salvaje de Bailey entrando a matar son elementos suficientes para darle una primera oportunidad al disco. Desde este primer corte se vislumbra la constante que va a marcar el resto del álbum: heavy metal directo, basado en ritmos pegadizos, solos elementales y con el punto justo de melodía para que los temas suenen vitales y hábilmente desprovistos de la pomposidad del power épico actual. En resumen, un estilo en el que la voz de Bailey se muestra con soltura y bien ubicada. “End dream”, “The tenth dimension” y “Stealing time” mantienen esta tónica de sencillez. Lejos de hacerse empalagosas, cada nueva escucha invita a repetir y no cansan en absoluto.
El eje de “Tenth dimension” se encuentra en la parte central, donde la banda alcanza su máximo nivel. Por un lado, “Leap of faith” destapa el estilo tosco de Blaze cuando se trata de hacer canciones fuertes. “Nothing will stop me”, sin embargo, cuajaría como el decimocuarto corte de “The X factor” por su ambiente sofocante y desesperado. Es la clásica pieza que caracterizó la época del cantante en el seno de la “doncella”: comienzo sosegado e inquietante que evoluciona “in crescendo” hacia un estribillo intenso y adictivo. Por otro lado, los medios tiempos del plástico son de veras sugestivos. “The truth revealed” actúa como antesala de “Meant to be”, tocando la fibra sensible en sus escasos dos minutos de duración. La segunda crece en dramatismo según se desarrolla, desembocando en un último tramo, dominado por una voz femenina, tan emocionante y bello como imprevisible (vamos, que se lo hubiera adjudicado a los primeros Anathema). “Land of the blind”, en cambio, conjuga la fluidez de los tres últimos trabajos de Bruce Dickinson con ciertos guiños de rock noventa en el tratamiento de las guitarras.
La recta final está liderada por “Speed of light”, genuino heavy metal acelerado, con alardes nulos de originalidad pero sólido y dentro de lo que demanda cualquier amante clásico del género. “Stranger to the light” clausura la obra con algo de hastío, por debajo de lo que la precede y a la que le sobra algún minuto. Genera una atmósfera que más que la angustia pretendida, provoca aburrimiento.
En las primeras ediciones de “Tenth dimension” se acompaña un segundo compacto con diferentes bonus de audio y MP3. De éstos sobresalen las versiones en vivo de “The launch”, “Tough as steel”, perteneciente a Wolfsbane, y “Futureal”, menos atropellada que la original al ralentizar la cadencia y agregar algunas guitarras dobladas.
Blaze se desquita con este segundo trabajo del amargo recuerdo que dejó en su paso por Iron Maiden. Es más, resurge de sus propias cenizas en un momento en que aquellos que lo defendían tibiamente cuando pertenecía al clan Harris alaban sin paliativos el regreso de Dickinson una vez pasado el vendaval, pareciendo ignorar a Bailey. Unos músicos jóvenes y un estilo que se adaptan a su timbre de voz, unos temas frescos y nada ambiciosos, pero que suenan fabulosamente, y la libertad de no tener que soportar ataduras ni presiones externas harán que parte de sus antiguos detractores den crédito a su capacidad. Doy fe.
J.A. Puerta
