Hace unos cuantos años, pongamos por ejemplo 25, alguien decide montar un grupo con tres o cuatro colegas del alma que comparten afición. Compras una guitarra con la paga de un mes y un amplificador con el sueldo de tres, te prestan el sitio para hacer ruido y poco a poco vas invirtiendo en el grupo, que se traduce básicamente en chismes y cables por todas partes de forma que no puedes dar un paso sin el peligro de clavar los dientes en alguna fuente de alimentación.
Vas componiendo canciones que al principio suenan a “Soy una taza, una tetera…” en versión overdrive, pero que luego se van haciendo más elaboradas hasta llegar a lo que tú crees que es tu propio estilo (cuatro días más tarde), aunque un buen día (el quinto) te des cuenta de que alguien ya lo hacía antes de que supieras lo que es eso del estilo y se te caigan los palos del sombrajo. Da igual, seguimos perfilando el estilo y punto.
Te llaman para tocar donde da la vuelta el aire, alguien le pide prestado al amigo del vecino de un primo tuyo una especie de vehículo autopropulsado a motor (de cuatro tiempos, eso sí: admisión, compresión, explosión y escape) con un agujero en forma de caja en el que metes los bártulos y te lanzas a la aventura de recorrer esos baches rodeados de asfalto que pueblan las carreteras de esta nuestra provincia, pongo por caso, con la sana intención de interpretar bonitas melodías músico-vocales para una selecta audiencia de un pueblo en el que lo más parecido al Rock que han escuchado es el “Ay cordera!” de la Charanga del Tío Honorio, que en paz descanse.
Sales a pedrás del pueblo porque has tocado de todo menos pasodobles, aparte de que las mozas te miran con cara de “ven tonto, ven, que te voy a dar pan” y a ellos les hace poca gracia la competencia forastera. Es entonces cuando te planteas dedicarte mejor a tu faceta artística en estudio y registrar para la posteridad tus maravillosas composiciones en un cuatro pistas chusquero con los potenciómetros rascando por la mierda… perdón, solera, acumulada con los años.
Grabas, te equivocas, repites, te vuelves a equivocar, vuelves a repetir, ahora resulta que no se ha grabado nada, no importa, repito otra vez, mezclo dos pistas y las paso a una para meter otro micro por la otra… en fin, artesanía en estado puro, y al final te sale un churro de grabación en una cinta de cromo que te suena a gloria y enseñas a tus colegas. Incluso te da la posibilidad de hacerle una portada con el rotring y el cartabón e intentar colársela a alguna independiente por si suena la flauta.
El caso es que las pasas canutas pero disfrutas como un cochino en un patatal con tus amigos, incluso luego lo cuentas entre cerveza y cerveza y tienes tema para echarte unas risas años después.
Bien, pues esto hoy en día lo cuentas y se parten la caja. Ahora los músicos se conocen por Internet en algún foro, compran los instrumentos de primeras marcas por cuatro perras en alguna tienda virtual alemana, componen en casa y ensayan de higos a brevas en algún local perfectamente aislado, con bar, escenario en el que tocan ¡¡¡con luces y todo!!! y estudio de grabación en el que funden, mezclan, remezclan, remasterizan y llenan de efectos lo que previamente han grabado en sus ordenadores con el Cubase. Lo pasan a un CD, diseñan una portada con algún programa informático de los que sólo les falta doblar la carátula, encargan enecientas copias y las venden. Incluso algo de dinero queda después de pagar la fabricación, el IVA, a la tienda, a la discográfica, al distribuidor y a la SGAE.
Luego el grupo de deshace por incompatibilidad de tendencias y se recicla en otro de similar forma.
No sé, pero a mí me da que alguna cosa se está haciendo mal…
Alvar de Flack
