Desde hace tiempo vengo notando entre músicos y aficionados una preocupante desconexión del estado de las cosas. El rock está como está y no como nos gustaría que estuviera, y creo que ya no hay forma de cambiarlo. De nada sirve lamentarse de tiempos pasados, de pensar que merecemos más o de negar la realidad.
Y la realidad es que los discos ya no se venden, los conciertos ya no se llenan y el necesario relevo generacional que debería haberse producido en décadas pasadas no ha tenido lugar. Sobre esto ya hemos hablado en editoriales anteriores y son hechos irrefutables. A lo que voy en este editorial es a la negación de esta realidad y a las quejas endogámicas que escuchamos y leemos continuamente a músicos, periodistas y rockeros de a pie.
La conclusión a la que se llega después de un análisis despojado de visceralidad es que cada vez somos menos. Eso sí, los que continuamos inmersos en el mundo del rock lo hacemos con pasión, amando este tipo de música y lo que ello conlleva. Esto es suficiente para colmar nuestros gustos, llevarnos muchas satisfacciones y sentirnos cómodos en un entorno que tantas satisfacciones nos ha dado y que tanto nos llena. Pero, lamentablemente, no lo es para sostener una escena desahogada y permitir que el rock sea una actividad económicamente rentable.
Salvo excepciones, los músicos de rock deben buscarse una actividad laboral al margen de la música que les permita garantizarse la subsistencia. Suele ser la opción más sensata y, aunque el mercado laboral está mal, también depende de la formación, experiencia y contactos de cada uno al margen de la música. La alternativa habitual consiste en dar clases a otros músicos o aspirantes a serlo, normalmente con menor técnica y experiencia. Existen muchas academias donde se ofrecen estos servicios, además de las propias clases particulares que muchos músicos organizan en sus propias casas. El exceso de oferta de profesorado (habitualmente sin titular) produce que pocos son los que con estas clases consiguen llegar dignamente a fin de mes. Además, no es lo mismo ser buen músico que buen profesor de música, encontrándonos con multitud de casos en los que el alumno sólo consigue tirar su dinero o, como mucho, engordar su “curriculum” nombrando a su profesor entre sus “méritos”.
Son frecuentes las quejas sobre la falta de rock en televisión o los abusivos alquileres que las salas exigen en su contratación. De nuevo un análisis frío nos da una única conclusión: televisiones y salas de conciertos tienen un único objetivo, y éste es económico. Siempre encontraremos algún empresario romántico, normalmente de la vieja escuela, que valore su amor por la música. Lamentablemente, cada vez quedan menos y cada vez les va peor. El problema vuelve a ser el mismo: no podemos exigir a una sala que pague un caché digno sin cobrar alquiler, si después en el concierto hay 10 personas y más de la mitad son invitados. Las cuentas no salen, y también hay que ponerse en la piel del empresario que tiene su negocio y busca su rentabilidad.
¿No hay programas de televisión dedicados al rock? Lamentablemente no. Ni siquiera tenemos programas dedicados a la música en general, al margen de concursos de nuevos talentos que, al más puro estilo karaoke, “lanzan” a nuevas estrellas con la condición de apropiarse de sus beneficios. Y los pocos programas que existen tienen unas audiencias tan paupérrimas que justifican esta situación. Programas con música en directo como “Los conciertos de Radio 3” o cualquier otro programa con videoclips o grupos invitados que hay en las cadenas menores son las ovejas negras de las programaciones. No interesan al público, es la realidad. Si se programara un espacio de música y tuviera una audiencia elevada que generara ingresos publicitarios, todas las televisiones tendrían alguno de ellos.
Desengañaos, la televisión no está en contra de los pelos largos y las guitarras distorsionadas. Simplemente huye de los programas que no son rentables.
Otra consecuencia de esta situación es el abandono cada vez más frecuente de músicos con larga tradición. Aquellos que vivieron tiempos mejores y que están desengañados con la situación actual. O, simplemente, músicos de mayor o menor renombre que, a estas alturas, montan un grupo de versiones. “Ya que no voy a ganar dinero, voy a divertirme”. Una fórmula que está funcionando y que les permite seguir tocando sin las presiones de grabar e intentar vender un nuevo disco.
Hay que dejar de buscar excusas y de mirar con envidia otras actividades. Es habitual escuchar con desprecio el sueldo de los futbolistas, por poner un ejemplo. Pensadlo de esta forma: ni Messi, ni Ronaldo ni Fernando Torres ganan una millonada por jugar al fútbol. El motivo de esos sueldos enormes es que consiguen que cada fin de semana haya 60.000 personas dispuestas a verles pagando entradas muy caras, y millones más dispuestas a verles por televisión. ¿Cuantos músicos son capaces de conseguirlo? Todos aquellos que lo consiguen tienen la misma retribución o mayor. Messi o Ronaldo son los jugadores mejor pagados del mundo, pero son pobres de pedir al lado de Paul McCartney, Mick Jagger… o Lars Ulrich. En el otro lado de la balanza, un jugador de un equipo pequeño al que sólo van a verles sus amigos y familiares y unos pocos aficionados, tiene que pagar por jugar igual que los músicos que tienen que pagar por tocar. Las cosas son así y no se pueden negar.
Tenemos que ser conscientes de nuestra actual capacidad de convocatoria. Hacer un acto de contrición con la suficiente autocrítica, dejar de mirarnos el ombligo y pensar sinceramente.
Como músico ¿qué capacidad de convocatoria tengo? ¿Cuánta gente hay deseando que mi nuevo disco salga a la venta? ¿Cuántos de ellos se lo comprarán? ¿Cuántos vendrán a mis conciertos y se pagarán la entrada? Por supuesto, desechad invitaciones, compromisos o amistades.
Como medio de comunicación ¿Cuántos lectores / oyentes tengo? ¿Qué capacidad de promoción puedo ofrecer?
Como espectador ¿Cuántos discos compro? ¿Cuántas entradas de conciertos compro? ¿Cuántos grupos no masivos suscitan mi interés y hago algún desembolso económico con ellos?
Si sois sinceros, veréis que en todos estos casos las cifras son muy bajas. Desechad el público invitado en los conciertos, los “me gusta” de Facebook (palmaditas en la espalda virtuales) y los elogios gratuitos. La realidad es que la sostenibilidad económica de músicos y medios es prácticamente nula, en la prácticamente mayoría de los casos.
Eso sí, lo que nadie nos podrá quitar nunca son las ganas y la pasión con la que amamos el rock. Eso hace que el músico siga haciendo música, y nosotros sigamos al pie del cañón para contarlo. Pero siempre con los pies en el suelo. O así debería ser.
Sirva este editorial también para desearle la mejor recuperación a uno de mis ídolos musicales de toda la vida: Bruce Dickinson. Ojalá salga vencedor de su lucha contra el cáncer y no le queden secuelas.
Santi Fernández «Shan Tee»
