SKID ROW “Skid Row” (1989)

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skidrowPocas formaciones han tenido una trayectoria tan corta y fructífera al mismo tiempo como Skid Row. Con tan sólo tres discos en estudio, la solidez y la evolución coherente de las que hicieron gala son razones de peso para dedicarles un espacio en este apartado de clásicos. Enmarquemos el momento. Sunset Boulevard brillaba como nunca lo hizo. En las emisoras de medio mundo sonaban (o estaban a punto de hacerlo) “Fallen angel”, “Long cold winter”, “Kickstart my heart”, “Pour some sugar on me”, “Dirty love” o “Wild and wonderful”, mientras que la todopoderosa MTV elevaba a los altares a una decena de bandas de imagen ligeramente glammy e inconfundibles ecos heavies.

Cuando “Skid row” salió a la calle en 1989, la prensa trató de encender una agria polémica entre Skid Row y Guns n’ Roses, dado que los niveles de éxito que cosechaban ambas bandas alcanzaban cotas elevadísimas. Todo esto duró poco tiempo ya que la senda que seguirían unos y otros sería bien distinta, además de compartir juergas y gira mastodóntica un par de años más tarde. Estaremos de acuerdo en que “Appetite for destruction” es la obra de referencia del rock’n’roll contemporáneo. Si todavía hay quien lo pone en tela de juicio, que se pregunte por qué Axl Rose sigue levantando polvareda con cada movimiento que hace y está en boca de detractores y fieles por igual. El debut de Sebastian Bach y los suyos quizá no fuera tan ambicioso como aquel, pero el deambular por el filo que separa el hard rock del heavy metal lograba marcar una diferencia más que notable con los Guns. Para disipar cualquier duda, “Slave to the grind” (¿quién no se acuerda de “Monkey business” o del tema que daba título al disco?) y más tarde “Subhuman race” (cuyo sonido se aproximaba a las tendencias coetáneas, con una marcada influencia de Pantera y sucedáneos) ponían las cartas encima de la mesa.

El grado de importancia que alcanzó el grupo con “Skid row” se puso de manifiesto con la participación en el famoso Moscow Music Peace Festival de 1990 celebrado en el estadio Lenin, donde descargaron junto a Motley Crue, Ozzy Osbourne o Bon Jovi entre otros. A ésta hay que sumarle dos apariciones en el festival de Donington, ambas en unos privilegiados segundo y tercer puesto de cartel respectivamente: en 1992 detrás de Iron Maiden y en 1995 calentando el ambiente para unos Therapy? y Metallica en la cumbre de su carrera. Además, cabe recordar el mini-LP de versiones, “B-sides ourselves”, que editaron en 1992, en el cual rendían merecido tributo a sus héroes personales: Judas Priest, con Rob Halford colaborando en “Delivering the goods”, Ramones con un “Psycho therapy” rabioso (y de puro caos en vivo) o una interpretación de “C’mon and love me” de Kiss memorable.

Describir el contenido del plástico resulta mucho más sencillo que explicar las sensaciones que genera. “Big guns”, “Sweet little sister”, “Rattlesnake shake” o “Can’t stand the heartache” están cortadas por el mismo patrón: composiciones breves, de una chulería casi insultante y eternamente adolescentes que completan un trabajo de menos de cuarenta y minutos. Pero ya se sabe: si lo bueno breve… Máxime cuando uno se encuentra con once cañonazos que no permiten bajar la guardia. Cuando llegamos a la altura de “Youth gone wild”, estamos sumidos en un estado de euforia cegador. El himno del álbum (y de la banda) iba asociado a la filosofía rebelde del quinteto, cuyas letras eran mundanas historias de calle: las mujeres, la vida nocturna, el rock’n’roll y el ir contracorriente por sistema. No podía ser de otra forma.

A la insurrección rockera de los setenta le salía competencia y no es casualidad (más bien causalidad) que un solo como el de “Here I am” o que el riff de “Makin’ a mess” pareciesen salidos del duo Perry / Whitford. Añadamos los ingredientes que delatan la década de diferencia – sonido heavy y un tanto sobreproducido (brillante y bien limpio) – y ahí lo tenemos: los teloneros perfectos de Aerosmith para el tramo americano del tour de “Pump”. Dave “Snake” Sabo y Scotti Hill ponían patas arriba cuanto se encontraban por delante. En directo el grupo era un torbellino, pura pasión, infinitamente más sucio que en sus discos. Tanto los dos guitarristas como el bajista Rachel Bolan, el punk de la banda (reconocido apasionado de The Ramones y Sex Pistols) y al que siempre recordaré con la cadena que unía los piercings de nariz y oreja, y el batería Rob Affuso formaban un tándem único. Capítulo aparte merece Sebastian Bach, el líder indiscutible del combo. Aparte de provocar reacciones de histeria en las féminas de por entonces, el frontman se descubrió como un filón de voz. El registro grave y violento de su garganta, capaz de enzarzarse en terrenos agudos cuando se lo proponía, constituía una seña imprescindible en la personalidad de Skid Row.

La facilidad que siempre tuvieron para componer temas que fundían una sensiblería casi inocente con una fuerza desbordante se hace patente en “I remember you” y “18 and life”. Imposible no emocionarse con estas piezas. “Piece of me” anticipa lo que vendría en el futuro: una banda con una proyección claramente heavy que podía mostrarse verdaderamente agresiva cuando se lo proponía. El video-clip que acompaña la canción no podía ser más explícito: el quinteto tocando en directo mientras sus seguidores hacen mosh como si estuviéramos hablando de una panda de thrashers. Cierto es que el ritmo endiablado al que se movía el corte incitaba a menear el cuello cual headbanger. Y, ¿qué decir de “Midnight / Tornado”? Que es el plato de cierre ideal para convertir este primer disco de los americanos en todo un clásico.

¿Qué será de ellos en el futuro? Es duro hacerse a la idea de que Seb hace tiempo que no está en el seno de la banda. Un nuevo trabajo y una formación retocada, puesto que Affuso también abandonó el barco tras la disolución de Ozone Monday, son el presente. El tiempo dictará. Lo que sí ha quedado claro con el pasar de los años es que Skid Row fueron unas víctimas del cambio. Injusto, desde luego.

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J. A. Puerta