Editorial Septiembre 2020 “La excepción que confirma la regla”

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Se nos acaba el verano. Este año, la situación tan excepcional que estamos viviendo hace que sea, en el mejor de los casos, el verano más raro de nuestras vidas. Para mucha gente es, directamente, el peor verano que nunca habrán tenido.

Dejando a un lado las consideraciones personales, tanto de salud como laborales, en el plano estrictamente musical hemos vivido el peor verano de nuestras vidas. Las cancelaciones masivas de conciertos y festivales, así como las feas expectativas de futuro hacen que cualquier análisis que se haga deba ser forzosamente pesimista.

Dicen que las cosas se valoran más cuando se pierden. La falta de conciertos en directo hace que nos demos cuenta de que son una parte importante de nuestras vidas, ya sea desde el punto de vista de los espectadores o, en aún mayor medida, de los músicos, técnicos y cualquier otra persona vinculada laboralmente a esta actividad.

Durante este verano la gran mayoría de los conciertos han sido cancelados. Únicamente se han salvado honrosas excepciones, en las que grupos y promotores han tenido que hacer encaje de bolillos para poder llevar a cabo un concierto cumpliendo escrupulosamente con las medidas de seguridad obligatorias.

Yo he tenido la fortuna de haber podido asistir a uno de ellos. Un concierto organizado con mimo en un pequeño pueblo de la provincia de Ávila, con el beneplácito del Ayuntamiento local. Y yo, que tengo el culo pelao de asistir a conciertos desde hace casi 40 años, me sentía casi como un novato, con ilusión por asistir a mi primer concierto en muchos meses y por unas sensaciones, tanto en la previa como durante el show, a las que me enfrentaba por primera vez en un evento de estas características.

El concierto tuvo lugar en el campo de fútbol local, un local muy adecuado para las circunstancias actuales. El escaso par de cientos de personas que allí nos congregamos nos fuimos acercando a la entrada guardando minuciosamente la distancia de seguridad. Por supuesto, todos con nuestra mascarilla puesta. Una vez en la puerta mostramos en el móvil nuestra entrada comprada con anticipación. Antes de entrar, una simpática chica de la organización nos tomó la temperatura con una pistola/termómetro y nos ofreció un chorrito de gel hidroalcohólico para desinfectarnos las manos. Una vez cumplido el protocolo, nos acompañó a nuestras sillas numeradas. Mi acompañante (un afamado batería de rock con el que mantengo una gran amistad) y yo nos sentamos en nuestras sillas, separados dos metros de los espectadores más cercanos. Así estaba dispuesto todo el aforo, con todo el público sentado y desperdigado por el recinto, en una disposición cuadriculada que permitía ver y escuchar el concierto cómodamente sin contacto con otras personas.

Antes de empezar el concierto, por megafonía se nos recordó la prohibición de levantarnos de nuestras sillas, salvo para ir al servicio o a pedir alguna bebida a la barra. Siempre con la mascarilla puesta, por supuesto. No pude evitar sonreír al darme cuenta de que era la primera vez en mi vida en la que se me pedía no moverme en un concierto de rock. Una sonrisa triste, sin duda.

Disfruté mucho del concierto. La calidad del grupo en escena, el buen sonido y la espléndida visibilidad del escenario desde nuestra posición hicieron buena parte. La comodidad también, cada vez valoro más los conciertos que se pueden ver cómodamente sentados, tras tantos años de ver conciertos de pie, incluso de puntillas. Las ganas de disfrutar de un concierto en directo tras meses de sequía hicieron el resto.

Salí contento del concierto, pero la sensación posterior fue agridulce. Fui consciente de haber asistido a una excepción que no será fácil repetir a corto plazo. Dentro de poco, las condiciones meteorológicas impedirán hacer conciertos en recintos al aire libre como este campo de fútbol y las opciones para organizar eventos serán mucho más difíciles.

Ojalá pronto podamos recuperar nuestras vidas. Por supuesto, por nuestra salud (tanto física como mental), nuestros trabajos y nuestra normalidad en todos los sentidos. Pero también por la supervivencia de una de nuestras pasiones: la música en directo.

Texto y foto: Santi Fernández “Shan Tee”