Editorial agosto 2020 “Re-escalando”

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Ni “desescalada” ni “nueva normalidad”. El virus sigue aquí y, como era de prever, nos está atacando en una nueva oleada. En el momento de escribir este editorial, las cifras de contagios y de “rebrotes” están sufriendo una escalada más que preocupante. Los ingresos hospitalarios aún están en cifras asumibles, pero todos los estamentos sanitarios se están preparando para una posible nueva avalancha como la que sufrimos en marzo.

Dejando a un lado las devastadoras consecuencias que esta pandemia está produciendo a nivel mundial tanto para la salud como para la economía, lamento profundamente que esta desgracia no esté sirviendo para unir a la gente, sino todo lo contrario. Siempre es más fácil ver a toro pasado las decisiones que se tendrían que haber tomado en su momento, con la información que tenemos hoy. Es deprimente ver cómo las redes sociales se llenan de odio, de irascibilidad y de ataques por motivos políticos e incluso personales. Siempre ha sido más sencillo encontrar culpables que soluciones, y así nos va.

En el apartado puramente musical, que de eso va esta web, las perspectivas no son nada halagüeñas, sino todo lo contrario. El estado del rock, sobre todo en su vertiente en vivo, ya estaba sujeta con alfileres, y esta crisis puede ser la puntilla. Según estaba la situación, un cierre de un par de meses ya hubiera sido un verdadero problema, así que cuanto más se prolongue la imposibilidad de hacer conciertos en condiciones normales, peores serán las consecuencias. Y no nos engañemos, esto va para largo.

En este verano se están haciendo algunos conciertos respetando las vigentes medidas de seguridad. La época estival permite utilizar espacios abiertos como plazas de toros y campos de fútbol para mantener al público sentado a una distancia segura. Esta es la alternativa que se ha utilizado en muchos pueblos, cuya gestión municipal es más sencilla que en las grandes ciudades. Así se están pudiendo hacer algunos espectáculos en vivo, desde obras de teatro a conciertos. Como es lógico, cuando pase el verano esta opción irá desapareciendo y los locales cerrados (salas, sobre todo), tendrían que tomar el relevo ¿habrán sobrevivido para entonces?

Esta crisis se va a llevar por delante a muchas pequeñas empresas (y no tan pequeñas). La suspensión de pagos (ahora llamada “concurso de acreedores”) es una amenaza para aquellos promotores que han visto canceladas TODAS las giras que tenían programadas, debiendo, como es lógico, devolver el dinero de las entradas. El problema radica en que mucho de ese dinero ya estaba invertido en la gestión del concierto y no va a ser fácil reembolsarlo a los frustrados espectadores.

En el caso de las salas, las condiciones actuales hacen inviable su subsistencia. ¿Podrán estar cerradas y “congelarse” hasta revivir cuando sea posible? ¿o sus dueños tendrán que buscarse otra actividad que le dé de comer y olvidarse de su querida sala para siempre? Tiene pinta de lo segundo.

Por si fuera poco, haciendo un ejercicio de “videncia”, vamos a jugar a ver el futuro. Dando por hecho que 2020 es un año perdido para la música en directo, salvo contadas excepciones, vamos a ser optimistas y suponer que en 2021 hemos superado la pandemia. Que se ha encontrado por fin un tratamiento eficaz y una vacuna para curar a los enfermos e impedir que haya nuevos casos, respectivamente. En este caso, muy optimista (quizás demasiado), todos los grupos que hayan cancelado sus giras este año querrán retomarlas. Todos los grupos que han cancelado sus conciertos en 2020 querrán hacerlos en 2021, porque muchos tendrán discos que presentar. A todos ellos habría que sumar aquellos que, de forma natural, tendrían que haberse celebrado en 2021. Tendríamos el doble de oferta de la habitual, que ya suele ser mucho mayor que la demanda. Toda esa oferta tendría que ser gestionada por las salas que queden en pie después de esta debacle. Y, sobre todo, todas esas entradas (repito, del doble de conciertos de lo habitual) deberían ser compradas por un público incluido en una sociedad con unos niveles de paro disparados por la brutal crisis económica provocada por la pandemia.

Dicen que un pesimista es un optimista bien informado. Yo lo intento razonar y me gustaría pensar que todo va a ir mejor. Pero no me sale.

Ojalá me equivoque.

Santi Fernández “Shan Tee”