Editorial Mayo 2019 “Un mundo perfecto”

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En un mundo perfecto habría muchas cosas que no tendrían lugar. En un mundo perfecto no habría sitio para el sufrimiento, para el dolor, para la envidia. En un mundo perfecto no habría sitio para el cáncer ni para cualquier otra enfermedad cruel que nos ataca sin piedad. En un mundo perfecto no habría hambre, no habría guerras, la población no se dejaría la vida en el mar para intentar escapar a su destino.

En un mundo perfecto no habría paro, todo el mundo tendría un salario decente que le permitiría llegar a fin de mes, tener una vivienda digna e, incluso, darse algún pequeño capricho de vez en cuando.

En un mundo perfecto iríamos a votar para elegir al mejor y no al menos malo. Y los candidatos nos pedirían su voto en base a sus virtudes y no amenazando con los defectos aún mayores de sus rivales.

En un mundo perfecto, quien tuviera talento sería reconocido por su valía y su trabajo sería recompensado.

Pero no vivimos en un mundo perfecto. Hay cáncer, hay enfermedades, hay guerra y hambre, hay gente que muere en el Mediterráneo cada día mientras los que mandan miran a otro lado. Mucha gente las pasa canutas para llegar a fin de mes y nuestros políticos nos meten miedo constantemente con aquello de “vótame a mí que los otros son aún peores”.

Y hay mucha gente con talento y mucha valía que no consigue despuntar por mucho que lo merezca.

Hace poco tuve la oportunidad de comprobar esta última afirmación. Fue un concierto de los muchos que hay en garitos de toda España. Un caso concreto que podía extrapolarse a muchos otros. Me encontré con una banda que no conocía (The Grassland Sinners) que me dejó anonadado. Y pensé en la cantidad de bandas excelentes que están por descubrir, esperando su oportunidad.

En ese cartel también estaba Bárbara Black. Una voz extraordinaria, un grupo muy competente y una puesta en escena magnífica. Con disco y medio (por aquello de ser un EP) bajo el brazo y ganas de comerse el mundo. Finalizaban Monterrey, un grupo relativamente nuevo, también con disco y medio bajo el brazo, pero formado por expertos músicos bregados en mil batallas, ahora en un nuevo proyecto al que intentan dar vida con la ilusión de unos debutantes.

Los tres grupos lo dieron todo en escena, intentando contentar a las poco más de 100 personas que nos dimos cita en la sala, un local dedicado al Rock que ya ha anunciado su cierre por la habitual poca asistencia que no le permite subsistir. No escatimaron ni un ápice de ganas, de energía ni de talento, peleando por sus grupos a sabiendas de que las lentejas se las tendrán que ganar en un trabajo al margen de la música. Que sus discos, por muy buenos que sean, se venderán casi a coleccionistas y que muchos de los “seguidores” del rock se los descargarán de forma ilegal sin importarles el daño que eso produce a una escena moribunda.

Estoy convencido de que esta situación se repite cada día con otros grupos, en otros locales de otras ciudades. Lejos de ser un alivio, ahonda en la frustración de quienes sentimos el rock como parte de nuestra vida.

No estamos en un mundo perfecto, pero desde aquí quiero darles las gracias a estos tres grupos, como a tantos otros que pelean cada día en el local de ensayo o en una sala medio vacía. Porque su talento y su trabajo no caen en saco roto. Porque en un rincón de esa sala siempre habrá alguien disfrutando con su música y llenando su corazón de sentimiento. Quizás ese corazón esté roto por alguna de las imperfecciones de este mundo, a veces tan cruel. Porque la música, cuando se siente de verdad, puede ser la mejor medicina.

Por todo ello, GRACIAS. A los músicos, sea cual sea su nivel, que nos ofrecen lo mejor de sí mismos. Y a todos los que, de una forma u otra, siguen peleando cada día porque el rock no muera y nos siga aplacando el alma. A veces es por placer, otras por pura necesidad.

“Entre la multitud, caras y rostros, yendo y viniendo. Guitarras, estrellas, melodías sin final”

Texto: Santi Fernández “Shan Tee”

Foto Bárbara Black: Nat Enemede

Foto Monterrey: Mar Fuentes Magdaleno