ASFALTO – Sábado 9 de marzo de 2019, sala La Riviera (Madrid)

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Entre todas las múltiples formaciones que ha tenido Asfalto en su longeva trayectoria, hay dos que destacan sobremanera sobre las demás: Una corresponde a la grabación del mítico primer LP y que, lamentablemente, pronto se deshizo. La segunda es, sin lugar a dudas, la que facturó sus dos discos que mayor impacto, tanto a nivel de popularidad como de ventas. Mediaban los ’80 y la inclusión de Miguel Oñate dio un aire nuevo a Asfalto, añadiendo su talento y su gran voz a un grupo que funcionaba como un reloj, cuyo engranaje formado por Julio Castejón, Jorge García Banegas, José Ramón Pérez “Guny” y Enrique Cajide funcionaba con precisión.

Aquellos dos discos, “Más que una intención” (1983) y “Cronophobia” (1984) engancharon a muchos rockeros de mi generación, despertando (como es mi caso) un amor al grupo que se mantiene hasta nuestros días.

Sinceramente, la primera vez que escuché hablar de esta reunión, aunque fuera efímera, con la formación mítica que grabó estos discos, no me lo creí. En los años que llevo al frente de esta web he tenido la oportunidad (y el placer) de entrevistar a varios de sus componentes, por separado. Y también he tenido varias charlas con la mayoría de ellos que no han transcendido, ya que quedan en la privacidad de las conversaciones amistosas. Y si algo se podía sacar en claro eran las posturas enfrentadas que harían imposible la reunión. Sin embargo, puntuales acercamientos y colaboraciones en algunos conciertos parecían hacer ver que no todo estaba perdido.

Y finalmente se confirmó, con el empeño personal de Johan Cheka, ex cantante de Cráneo y desde hace años manager de la banda madrileña. Uno a uno fue convenciendo a todos los participantes y organizando un evento que debería tener la magnitud que merecía la ocasión. Debía hacerse a lo grande, con los mejores medios y en un recinto tan grande como prestigioso como La Riviera en Madrid.

Con todo confirmado, se pusieron a la venta las entradas y se agotaron con bastante rapidez, algo que confirmaba el interés despertado en el público por ver, después de 35 años, una de las formaciones más míticas que ha dado el rock nacional.

Llegado el día del concierto, sentí ese cosquilleo en el estómago que sólo se produce en los eventos especiales. Uno, que ya tiene el culo pelao de ver conciertos, estaba como aquel jovencito que vio por primera vez a Asfalto en los ’80. Ahora con más experiencia, más kilos y menos pelo, pero con el mismo corazón ilusionado por ver a uno de los grupos de mi vida.

Accedí a La Riviera y localicé a mis amigos. Las 3 primeras canciones estaría en el foso de fotógrafos, pero luego volvería con ellos para disfrutar del concierto en su compañía. Antes de ello me di una vuelta por la sala, saludando a quienes conocía. Algunos, compañeros habituales de conciertos. Otros se desengancharon de esto hace años cuando la familia y las obligaciones “adultas” les hicieron desistir, pero que no querían perderse este evento.

Llegado el momento, me coloqué en el foso de fotógrafos y esperé a que se apagaran las luces. Eran las 9 cuando la sala se oscureció, el escenario se llenó de ese humo molesto al que tanto odiamos los fotógrafos y comenzamos a escuchar unas notas conocidas. No pude por menos que sonreír al reconocer las 5 notas de la película “Encuentros en la Tercera Fase”, mientras los músicos tomaban sus posiciones en el escenario: Jorge García Banegas a los teclados, José Ramón Pérez “Guny” al bajo, Julio Castejón a la guitarra y Miguel Oñate como frontman. ¿Y en la batería? Cualquiera que conozca a fondo la trayectoria de Asfalto sabrá que Enrique Cajide abandonó definitivamente su faceta de músico tras “El planeta de los locos” (1994), por lo que tras 25 años sin subirse a una batería no podía enfrentarse a tocar en un concierto, limitándose su presencia a algo testimonial en los bises, dato que en las entrevistas previas al concierto el grupo había aclarado pero que podía llevar a engaño en el resto de publicidad previa al concierto, cartel incluido, en el que se prometía la formación íntegra que grabó los discos.

En su lugar, el batería elegido para la ocasión fue José Martos, extraordinario instrumentista en cuyo amplio currículum, además de bandas propias como Niágara y Atlas, puede presumir de haber sido miembro integrante de Barón Rojo y Topo. Ahora con Asfalto completa una trayectoria difícilmente igualable. A la postre, viendo el resultado, su elección no pudo ser más acertada. Aun así, en la parte central del escenario había dos baterías. Una de ellas estuvo sin uso durante todo el concierto, señal inequívoca de que en algún momento del concierto disfrutaríamos de los dos baterías tocando a la vez alguna parte del repertorio.

Retomando la narración del concierto, Jorge García Banegas pronto enlazó las notas de “Encuentros en la Tercera Fase” con “El regreso”, primer tema de la noche. Su elección no pudo ser más acertada, ya sea por su temática en la que se cuenta precisamente el encuentro con un extraterrestre, como por el título, que podría también anunciar el regreso de esta mítica formación en un mismo escenario.

El público estaba volcado desde las primeras notas. Este concierto cumplía los deseos que todos los presentes albergábamos desde hace años. Miguel Oñate saludó a la concurrencia y presentó la siguiente en caer, “Que siga el show”, también coreada por todo el público.

Quienes pensaran que el concierto iba a ser únicamente un ejercicio de nostalgia, pronto se encontraron con la feliz realidad de que aquello sonaba realmente bien. La base rítmica sonaba intachable, con Guny perfecto y preciso y José Martos inmenso, con su dura pegada y depurada técnica al servicio de todos estos clásicos de Asfalto. Jorge García Banegas, quien en este tema (y en otros posteriores) utilizó el teclado portátil que le permite moverse por el escenario, también rayó a buen nivel. Quizás alguna entrada tarde en ciertos temas, seguramente algo agobiado por todos los sonidos que debía cambiar en su set de teclados, pero en general muy bien.

Sin duda, los dos miembros que más expectación generan, cumplieron con creces lo que se esperaba de ellos. Julio Castejón, liberado en casi todo el concierto de su habitual doble función de guitarrista y cantante, pudo centrarse totalmente en su guitarra y estuvo sublime en la mayoría del concierto, con pequeños fallos puntuales, pero siempre con su feeling habitual. Y Miguel Oñate… comentarios como “brutal” o “inmenso” eran habituales a mi alrededor. Si bien sus movimientos en escena son más comedidos que en el pasado, su estado vocal es inconmensurable. Esta circunstancia, conocida para los que de vez en cuando le vemos tocar en solitario en locales de pequeño aforo, sorprendió enormemente a quienes le tenían perdida la pista. Igual (o mejor) que en sus mejores tiempos, dejó con la boca abierta a toda la concurrencia.

El concierto siguió con “Es nuestro momento” y aquello no decaía ni un ápice. Con semejante repertorio no hay momento bajo y más con los músicos en tan buen estado de forma. Mención especial en este tema al solo de Jorge García Banegas, la atronadora batería de José Martos y a la gran voz de Miguel Oñate.

Tras este tema tuve que abandonar el foso de fotógrafos y regresar con mis amigos, mientras mis oídos disfrutaban de “Joven ruso” en una versión muy cañera, sobre todo por parte de la guitarra de Julio Castejón y la batería de José Martos.

Ya colocado en mi posición para el resto del concierto, desde la parte superior donde se divisaba bien todo el escenario y se veía una emocionante estampa de La Riviera a reventar de gente, el siguiente tema que sonó fue “Concierto fatal”, con ese siempre bonito dueto vocal entre Julio Castejón y Miguel Oñate. Desde mi nueva posición tuve la misma sensación que a pie de escenario: aquello sonaba de lujo. Es cierto que el sonido en un concierto siempre depende de la posición elegida, pero desde mis dos ubicaciones sólo puedo contar alabanzas sobre la calidad de lo que llegaba a mis oídos.

“Desaparecido” llegó a continuación, con el público entregado. Aquello era gloria. En mitad del tema me fijé en alguien cercano que me miraba como extrañeza al ver a aquel tipo con cámara de fotos colgada al cuello y tomando notas en una libreta mientras cantaba desatado eso de “ganaron la batalla con la fuerza, perdieron la guerra contra la razón, se creyeron dueños del futuro y el paso del tiempo les aplastó”. Y es que por mucho que quisiera almacenar en mi mente cada detalle del concierto para poder contároslo, mi corazón corría desbocado al son de los temas que marcaron mi juventud.

“Frente al espejo” fue un momento para recuperar el resuello. La bonita introducción de teclados a cargo de Jorge García Banegas y, de nuevo, Miguel Oñate clavando su interpretación, nos llevó a uno de los temas tiernos de la noche.

Era la calma que precedía a la tempestad. “Contrarreloj” fue un huracán que arrasó La Riviera. ¿Quién dijo que Asfalto eran blandos? Sería injusto destacar a alguno de los músicos, porque fue uno de los temas de la noche. Mi libreta de notas casi sale volando y temí por la cámara de fotos (que cuesta una pasta). Inolvidable.

Igualmente, contundente y cañera sonó “Tenías razón”, aunque durante este tema ocurrió una de las anécdotas de la noche: cierto descontrol que hizo que Miguel Oñate se perdiera y dejara que el público cantara sólo una de las estrofas, para retomar más tarde el hilo de la canción, con las risas de alguno de sus compañeros de grupo. Miguel pidió disculpas al término de la canción, pero nadie se lo tomó a mal. Cosas del directo y del rocanrol, que diría aquel. Por cierto, el público, de 10.

Una introducción a la batería de José Martos nos hizo llegar a “Richi (estrella del Rock)”, con un Oñate inmenso, con un despliegue de facultades asombroso. El estribillo, bien conocido, fue cantado a coro por todo el público que abarrotaba el recinto. Buenos también los solos de teclados y de guitarra por parte de Jorge García Banegas y Julio Castejón.

Curiosa fue la interpretación de “Secuestro legal”, cantada a dúo por Julio Castejón y Miguel Oñate, tal y como aparece en el disco. Después de tantos años en los que las posiciones parecían irreconciliables, la magia que de forma conjunta desprende esta formación es difícilmente igualable.

Tras esta historia en el que la policía no queda en buen lugar, llegó el momento más emotivo del concierto. Julio Castejón se colocó frente a un piano, mientras se daba la bienvenida a Enrique Castejón, hijo mayor de su progenitor y que apoyaría el siguiente tema con una guitarra acústica. Nada menos que “El hijo de Lindberg”, esa emocionante historia que nos puso los pelos de punta. Julio estuvo brillante, primero en solitario a piano y voz y después acompañado por el resto del grupo, en otro de los momentos de la noche. Sinceramente estremecedor.

Enrique Castejón se despidió y en su lugar se presentado a un invitado especial: Un gran músico como Lorenzo Azcona, saxofonista de prestigio que en su día grabó un solo precioso en “Tiempo gris”, otro delicioso tema que no podía faltar. Esta preciosa balada sonó tan emotiva como siempre, con Miguel Oñate bordándola, un solo de Julio Castejón lleno de feeling… pero cuando le llegó el turno a Lorenzo Azcona… ¡su saxo no se escuchaba! No es cuestión de que estuviera bajo de volumen, sino que nada de su sonido llegaba hasta nosotros. ¡Qué lástima! ¡y qué injusto tanto para el grupo como para el propio Lorenzo! Afortunadamente, cuando Miguel Oñate le despidió, nos dejó caer que volvería a estar en el escenario más tarde.

“La batalla”, con una preciosa introducción de teclados y una parte central con la batería de José Martos en pleno apogeo, dio paso a uno de los temas más esperados de la noche. “Buffalo Vil”, interpretado con una caña inusitada. Tanto que a mí me dio la impresión de que a José Martos se le fue un poco la mano y llevó al resto del grupo con la lengua fuera. Su parte central en la que el tema reposa, con ese bonito solo de guitarra a cargo de Julio Castejón, dejó en bandeja a Miguel Oñate para que se luciera, acompañado por las miles de voces del público, en una de las partes más entrañables de la carrera de Asfalto.

Estábamos avisados de que el concierto contendría íntegros los dos discos grabados con esta formación. De aquellos dos trabajos se quedaron fuera en su día sendos temas debido a la limitación de tiempo en los vinilos. Esos dos temas fueron la dulce “Dinos qué fue” (una historia que continuaba el relato de “Rocinante”) y la más cañera “Justo y traidor”. Ambas sonaron esta noche, recuperando un sitio que sólo las limitaciones del formato original las privaron de estar al lado de sus compañeras de LPs.

Un riff de teclado inconfundible arrancó uno de los temas más esperados de la noche: “Más que una intención” fue la apoteosis final. Inmensa, gloriosa, no sé quién estuvo más entregado, si el grupo o el público, que cantó a una cada verso de este clásico del rock nacional. La banda, sabedora del calado de este tema, alargó su parte central. Otra ocasión en la que no podríamos destacar a ninguno de los músicos por encima de los demás. La parte central con Oñate cantando sobre el bajo de Guny, el riff de teclados de Jorge García Banegas, el brillante solo de guitarra de Julio Castejón o la energía perfectamente sincronizada de José Martos… fueron definitivamente mucho más que una intención.

La ovación del público fue atronadora y el grupo se despidió dando por finalizado el concierto. No se lo creían ni ellos, claro. El habitual paripé para recuperar fuerzas y darse el gustazo de ser reclamados por el público terminó con la banda de nuevo en el escenario. En ese momento, Miguel Oñate tomó el micrófono y presentó a Enrique Cajide. Una atronadora ovación dio la bienvenida al orondo baterista, quien saludó emocionado al público y se sentó en su batería, que había estado desocupada todo el concierto ocupando la posición central del escenario. Cajide se sentó, cogió sus baquetas y atacó con fuerza la entrada de “La paz es verde”, otro de los temas más emblemáticos de la carrera de Asfalto. Sin embargo, algo no me gustó. José Martos estaba en la otra batería, pero lo que tendría que ser una contundente versión a dos baterías, no sonaba como debiera. Yo sólo escuchaba una de las dos baterías, y no era la de Enrique Cajide, algo que se hacía especialmente evidente en los breaks. Enrique Cajide, debido a su importancia crucial en la historia de estos dos discos de Asfalto, tocaba con el protagonismo que le proporcionaban los focos. Sin embargo, era la batería de José Martos, en casi total oscuridad, la única que sonaba. Comprendo los motivos que hicieron tomar tal decisión, pero es algo que no me gustó y como tal creo que debo reflejarlo. Aun así, creo que la mayoría del público quizás no se diera cuenta de ello. La calidad y emoción del histórico tema hizo el resto.

La despedida definitiva fue con el único tema que faltaba de los discos homenajeados, “Nada, nadie, nunca”, en un fin de fiesta en el que también participó Lorenzo Azcona, al que afortunadamente ahora sí se le escuchaba el saxo y pudo hacer un solo en el que desquitarse del problema anterior.

Extasiados, la banda se reunió en el borde del escenario para despedirse y agradecer al público su entrega. Por mi parte quedé totalmente satisfecho. Fue un concierto para dar un gusto a la nostalgia, es innegable, pero también para disfrutar de unos temas inmortales interpretados por la gloriosa formación que les dio vida hace 35 años. Y además, demostrando estar en plena forma, algo que muchos dudaban.

Dado el éxito de convocatoria y que las entradas se agotaron con tanta antelación, se ha programado un segundo concierto en las mismas condiciones, pero en otra sala: el 27 de abril en la sala Mon, también en Madrid, habrá otra oportunidad para los que se quedaron fuera o para los que quieran repetir. Ni unos ni otros se arrepentirán.

Texto y fotos: Santi Fernández “Shan Tee”