GARBAGE – Miércoles 12 de junio de 2002. Sala La Riviera, (Madrid)

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Garbage se estaban haciendo de rogar. Después de tirarse meses en las carreteras americanas, abriendo los shows del Elevation Tour de U2 en primera instancia y como cabezas de cartel de su propia espectáculo más tarde, el desembarco europeo se había centrado casi exclusivamente en Reino Unido, rellenando la agenda con alguna fecha suelta en Alemania y Francia. De este modo, el verlos con su show al completo, antes de actuar en los festivales de verano (Roskilde, Glastonbury, Espárrago, etc.), suponía un aliciente extraordinario.

Lo mismo debió pensar la gente que abarrotó La Riviera. Fruto del bombardeo de publicidad que lanzó la firma patrocinadora del evento, del interés que despertaba la banda o de la imagen cool que todavía rodea a Manson, Vig y compañía, lo cierto es que la sala presentaba un aspecto envidiable. Mucho calor, eso sí, lo cual obligó a abrir una zona del techo para dejar entrar un poco de aire y los últimos rayos de luz del día, que nos acompañarían en los primeros compases del concierto.

Con un cuarto de hora de retraso sobre el horario previsto, se apagaban las luces y la música de fondo. Entre silbidos, expectación y griterío se destapaba la batería, cubierta por dos placas de cristal (o plástico, qué se yo) en el frontal, y hacían acto de aparición los músicos. Steve Marker, ocultos sus ojos bajo unas gafas de sol que no se quitó en todo el concierto, tomaba posiciones a la izquierda, provisto de un surtido de guitarras y teclados que serían cruciales a la hora de interpretar con total fidelidad los arreglos que adornan los temas del quinteto. Duke Erikson, de aspecto dejado por la barba de días y la camiseta poco vistosa que portaba, se convertía junto a Shirley en el amo del escenario. Transmitía seguridad, presencia y fuerza cuando atacaba un acorde de guitarra. El bajista, Dan Shulman, posaba retraído detrás, como si con él no fuera la cosa. Mientras, me extrañaba del nuevo look que lucía Butch Vig: de pelo corto y sin perilla. Y, como no, la sacerdotisa de esta ceremonia: Shirley Manson. Fue salir y la gente cayó rendida a sus pies. Un simple gesto o una mirada bastaban para dejar entrever el carisma que posee esta chica. Arrolladora e impasible ante la petición de saludos de sus fans, se tornaba natural al leer sin contemplaciones la chuleta que alguien le había colocado pegada al suelo con frases en castellano y reírse de si misma cuando no entendía lo que ponía en el susodicho papel.

“Push It” abría la velada, avisando de la hora y media de grandes estribillos que se nos venía encima. Sin tiempo para reponerse, se escucha una musiquilla sugestiva…”I’ll tell you something / I am a wolf but I like to wear sheep’s clothing…”. “Temptation Waits” se adueñó de los allí presentes y no daba lugar a titubeos: esto iba camino de ser memorable.

“Androgyny” puso un poco de cordura (y de parón a los sudores, ya que aquello parecía por momentos una olla a vapor). Nos recreamos con las melodías del primer single de “Beatiful garbage” a la vez que Shirley comenzaba su recital personal subiendo unos cuantos tonos más de lo registrado en el álbum. Esta canción no sería la excepción, ya que cada uno de los diecinueve temas que desgranaron sonaron tan fieles a sus versiones de estudio que disiparon cualquier duda acerca de la calidad de la banda en directo. Marker programaba la caja de ritmos de manera que secundaba el tempo de batería con una sincronización milimétrica.

Shirley aprovechó “Special” para lanzar mensajes de agradecimiento en nuestra lengua, un detalle pese a la escasa práctica del idioma (después invitó a Erikson a repetir la hazaña diciendo algunas palabras, aunque lo suyo sí fue totalmente ininteligible). A partir de aquí fueron interpretando todos sus hits: la gente se volcó en “When I’ll Grow Up”, coreando la famosa melodía a pleno pulmón; “Cherry Lips”, el segundo sencillo extraído del nuevo trabajo, que me recuerda horrores a Aqua (aunque Shirley la cantara con su registro habitual, eliminando esa vocecita ingenua); o “I Think I’m Paranoid”, todo un himno que no puede faltar en el repertorio. En medio de tanto éxito, se descolgaron con “I Just Wanna Have Something To Do” de Ramones, un tributo debidamente adaptado a sus parámetros.

Entre tanto, Shirley desvelaba el secreto: Butch Vig se encontraba en casa recuperándose de una infección en el oído. ¿Quién era el tipo que machacaba el kit a base de mamporrazos y demostraba un control del puesto que perfectamente hubiera desbancado al mismo Vig? De nombre Matt Chamberlain, el chico fue uno de los platos fuertes de la noche ya que desprendía una potencia impropia a priori en un grupo pop.

“Hammering In My Head” puso el toque industrial en el show. La agresividad de ésta continuó en “Shut Your Mouth”, donde las estrofas rapeadas del comienzo se vuelven un ataque verbal cuando Shirley escupe lo de “shut your mouth / try not to panic / just shut your mouth / if you can do it”. En el otro extremo, las historias de desamor de “Cup Of Coffee” o “Milk” aportaron una nota de serenidad: la letra de la primera, ya de por si cruda y triste, supieron reflejarla con mucho feeling; la segunda brillaba con todo su esplendor, y es que Shirley sigue manteniendo ese aura sensual cuando susurra una frase como “I am lost / so I am cruel / but I’d be love and sweetness / if I had you”. Poco a poco iba acercándose el final de la primera parte y tanto “Parade”, que podía visualizar en la voz de Sonia Aurora de Echobelly por las vibraciones positivas que contagia, como “Stupid Girl” incitaron a la gente a pedir más. Así, “Vow” puso el punto y aparte con Duke Erikson devolviéndonos las mejores guitarras que jamás han tenido Garbage (virtuosismo cero compensado por un uso de pedales y sonidos que enriquecen los temas sobremanera). Tras éste, uno de los instantes imborrables del concierto, se dieron un pequeño descanso antes de arrancar los bises.

“Supervixen” “Only Happy When It Rains” se encargaron de poner la guinda. “Garbage” se veía justamente retratado en el set list y calmaban la sed de los que esperábamos impacientes una representación más sustanciosa de aquel disco. Agotados, los miembros de la banda se despedían escuetamente, los focos se encendían y la outro rompía el ritmo trepidante vivido hasta entonces. Sin embargo, la gente quería más y los berridos del respetable debieron hacer mella porque, cuando muchos dábamos por finalizado el show, salió Shirley Manson sonriendo medio alucinada medio complacida. Habían desenchufado el equipo y debían semi-improvisar algo. Ya de vuelta los cinco, se marcan un “Queer” desnudo, sin tecnología ni electricidad que valgan. Con las guitarras a pelo y La Riviera en pleno afinando lo mejor posible, Shirley no podía creerse que el público se desviviera de esa forma. Pero ahí no acabó la cosa: una vez los roadies prepararon de nuevo los instrumentos, volvieron a sorprendernos con “#1 Crush”. Pasado esto, el K.O. fue total. Garbage eran laureados como auténticos héroes.

La sensación de satisfacción general sació la espera de más de tres años entre gira y gira. En mi caso, que era la primera vez que los veía en vivo, el impacto fue aún mayor. Ni siquiera recordé la ausencia de Butch Vig y la caída del set de “Breaking up the girl” y “Silence is golden”. Garbage dieron toda una lección de profesionalidad y entrega y Madrid fue testigo de un show sobresaliente. Chapeau!

Texto: J.A. Puerta