MEAT LOAF – Sábado 28 de diciembre de 2002, King Center (Melbourne, Florida, U.S.A.)

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Aprovechando nuestra última estancia por tierras de la Florida, nos dispusimos a sondear el calendario de conciertos en la zona entre mediados de diciembre y mediados de enero. Al tratarse de fechas plenamente vacacionales, el panorama se vislumbraba poco animado y bastante desolador musicalmente hablando, ya que como dijo un familiar mío “los metaleros también celebran la Navidad” y, por tanto, la escasez de conciertos de Rock durante esas fechas era manifiesta. No obstante, tras bucear entre lo poco que había apetecible, nos quedamos barajando las dos únicas opciones que resultaban atractivas: Meat Loaf y Cheap Trick. Para colmo, los dos conciertos se celebraban el mismo día en distintos lugares del estado, así que había que decidir forzosamente entre uno y otro. Pero al final tampoco es que hubiera mucho lugar para la indecisión, ya que el inefable texano ganó por goleada la improvisada votación que mantuvimos.

Meat Loaf se encontraba en esas fechas encarando el tramo final de su gira invernal americana denominada “Just Havin’ Fun for the Holidays» que, como su nombre indica, no tenía como motivo la presentación de ningún material nuevo, sino el mero y siempre saludable hecho de desengrasar la maquinaria y dar una serie de conciertos sin más excusa que el simple placer de hacerlo. Dentro de este tour, eran varias las citas a lo largo del estado de la Florida pero, por diferentes compromisos personales, sólo nos era posible asistir al concierto del día 28 en la ciudad de Melbourne (no confundir con la australiana del mismo nombre). Así que dicho y hecho. Tras la desagradable sorpresa que supuso el desembolso de la bonita cantidad de 60 dólares que costaba la entrada anticipada, cortesía de la organización pseudo-mafiosa Ticketmaster, nos lanzamos a la carretera rumbo a Melbourne, localidad de unos 150.000 habitantes situada a 350 Km. al norte de Miami, junto a la costa atlántica. Cuando llegamos al villorrio, servidor no paraba de preguntarse el porqué de la extraña elección de este aburrido lugar en mitad de ninguna parte para la celebración de un concierto de Rock de estas características. Este sería más bien el lugar ideal soñado por el jubilado americano medio y aficionado a la pesca, pero en lo que se refiere a animación, he visto más marcha en algunos velatorios… Aunque luego, una vez visto el concierto, el misterio se me antojó mucho más comprensible…

Llegamos a las inmediaciones del King Center con bastante antelación (como las costumbres locales mandaban), y enseguida pudimos apreciar lo lujoso y moderno del recinto, un teatro multiusos de capacidad media-alta provisto de todas las comodidades imaginables, una auténtica maravilla de instalación con un aire señorial y respetable que a mí, sin embargo, no hizo más que confirmarme la sensación de que esto no iba a ser para nada un concierto de Rock al uso. ¡¡¡¡Y vaya si no lo fue!!!! Nada más entrar, sin cacheos ni revisiones que valgan, nos recibe un amable y sonriente señor mayor de etiqueta que, tras cortarnos la entrada, nos dedica una serie de agradables palabras de bienvenida. A continuación, más parabienes por parte de una integrante del fan club de Meat Loaf, que por lo visto es bastante activo y se involucra mucho en todos los movimientos del artista, y acto seguido por fin puedo echar un vistazo al lugar donde me he metido. El hall parecía un casino de lujo, todo tapizado de alfombras, lámparas barrocas, cuadros con pinta de ser muy “chic” en todas las paredes y un ambiente general de postín, con puestos que vendían joyas carísimas, barras donde se servían vinos de primera, etc…. ¡Y qué decir de la parroquia asistente! Yo a estas alturas ya flipaba un poco, la media de edad de los presentes era de 50 años (no exagero), la mitad vestidos como para la boda de su hija y la otra mitad con el uniforme típico del buen redneck (esto es, gorra con visera o sombrero stetson, ropa vaquera, camisa de cuadros y botas de montar).

Ni que decir tiene que los únicos latinos-turistas mochileros en la sala éramos nosotros y tampoco vi a nadie con atuendo rockero ni nada que se le parezca (servidor con camiseta de Slayer y playeras blancas parecía una especie de manchurrón negro en una pared recién pintada). Ayudados por una de las numerosísimas abuelas acomodadoras (todas eran amables viejecitas de 70 años para arriba vestidas de esmoquin), ocupamos nuestros asientos en la parte alta del anfiteatro y nos dispusimos a esperar el comienzo del show. Como es lógico, estaba prohibido fumar e introducir en la sala cualquier tipo de bebida o comida, así que mientras tanto nos entretuvimos mirando las dos pantallas gigantes de vídeo, en las cuales nos volvían a recordar constantemente que no se podía fumar ni beber y también nos anunciaban próximos conciertos en ese local (pocos días después actuarían allí los Beach Boys, David Crosby o el mago Copperfield entre otros). Poco a poco el impecable patio de butacas fue tomando color y al final el aforo se cubrió casi en su totalidad, sin llegar al lleno por los pelos (unas 2.000 y pico personas sobre un total de 2.500 que calculo que cabrían a plena capacidad). Y por fin, a las 8 justas de la tarde y con puntualidad más suiza que estadounidense, se apagaron las luces y la sala enmudeció aún más (los concurrentes ya estaban bastante callados de por sí).

Llegados a este punto, permitidme señalar dos cosas antes de continuar con lo que fue el concierto propiamente dicho. En primer lugar, pedir disculpas por extenderme tanto en los preliminares, pero como el ambiente circundante era tan curioso y atípico, consideré interesante dar algunos detalles antes de ponerme a analizar el show de Meat Loaf en sí. Y en segundo lugar, y más importante, aclaro que no soy precisamente un seguidor de este hombre, he escuchado las cuatro típicas canciones más famosas y poco más. Por eso, si alguien busca en esta crónica el repertorio exacto detallado y pormenores de ese tipo, tal vez sería mejor que dejase de leer aquí. Simplemente voy a describir lo que vi y escuché, y también mi opinión sobre ello, desde un punto de vista de espectador – observador que no sabía muy bien donde se había metido.

Dicho esto, el primer movimiento que apreciamos en el enorme escenario tras el apagón fue aparición del bajista Kasim Sulton, miembro clave de la banda de Meat Loaf durante gran parte de su carrera, quien se colocó en el centro del tablado y, sentado en un taburete, ofreció un corto set propio de 3 canciones acompañado sólo de una guitarra acústica… Pues que queréis que os diga, este hombre tiene una dilatadísima trayectoria como músico y es un excelente bajista (como luego pude comprobar), pero en lo que respecta a cantar a pelo en plan desenchufado me pareció flojísimo. No sé si es que estoy ya sordo, pero me pareció que cantaba fatal y desafinando enormemente. Afortunadamente, durante su tercera canción, el resto de la banda (a excepción del plato fuerte) fue saliendo a escena y terminó la ejecución del tema ya con la aportación de todos los demás músicos, lo cual disfrazó un poco el cariz algo alarmante que habían tomado las cosas nada más empezar.

A continuación, la cosa mejoró ya notablemente, pues le tocó el turno a Patti Russo, la vocalista que últimamente acompaña a Meat Loaf en sus aventuras musicales (de lo demás no sé ni me importa). Ella también se marcó una breve actuación como cantante principal y la verdad es que llenó el escenario por completo, interpretando magistralmente un par de temas rocanroleros muy buenos y bien resultones, entre ellos una estupenda versión del “Tie Your Mother Down” de Queen. Para mí esta fugaz intervención de Russo como solista fue tal vez lo mejor de la noche, ya que hizo gala de una voz impresionante y de una solvencia sobrada como frontwoman que ya quisieran muchas estrellitas de plástico que todos conocemos.

Tras dejarnos Patti con tan buen sabor de boca momentáneo, se produce un nuevo apagón y un par de roadies colocan en puntos estratégicos del escenario unos tambores iluminados individualmente con brillantes luces anaranjadas simulando fuego. El efecto visual está muy logrado, y el silencio y la oscuridad reinantes acrecientan la expectación del personal, que ya empieza por fin a mostrar signos de vida y a caldear con sus gritos el ambiente. Y es en esta tesitura cuando por fin hace su aparición el señor Marvin Lee Aday, “Cacho Carne” para los amigos, el cual sale de las tinieblas sin mediar palabra y comienza a recorrerse el escenario de lado a lado arengando al respetable (y nunca mejor dicho) a base de gestos efusivos. Patti Russo y Pearl Aday (hija del interfecto que actúa como corista en su banda) comienzan a golpear los tambores con un ritmo tribal y a ellas se acaba uniendo el mastodonte de Dallas, creando así una vorágine de percusión que desemboca en el primer tema musical de la velada interpretado por la banda, ya sí, al completo.

Aquí hago un nuevo inciso para comentar algo sobre la formación que Meat Loaf llevaba en esta gira, ya que los cambios de personal son algo habitual en la carrera de este músico. Aparte de los miembros ya mencionados (Kasim Sulton al bajo, Pearl Aday a los coros y Patti Russo como cantante de apoyo y partenaire escénica), a los tambores estaba John Miceli, al teclado Mark Alexander y a las guitarras John Golden (rítmica) y Damon La Scot (solista), el cual a la sazón estaba pasando sus últimos días en el seno del grupo, ya que, apenas una semana después, el line-up sufrió un sonado cambio en ese puesto, entrando como reemplazo de La Scot nada menos que Paul Crook, guitarrista que formó parte de Anthrax y de la banda en solitario de Sebastian Bach durante los últimos años. No sé yo mucho de las habilidades técnicas de Crook, pero de lo que no hay duda es de que La Scot le ha dejado el listón bastante alto, ya que me pareció un guitarrista excepcional, llevando el peso netamente rockero de la actuación en todo momento y haciendo un despliegue de técnica y buen hacer a las seis cuerdas digno de una figura de primer nivel. Su forma de tocar y también su apariencia (melena larga rizada, camiseta y jeans negros ajustados) delataban una inspiración claramente metálica y, tras haber visto sus valores en vivo, me parece un músico a tener en cuenta en sus próximas aventuras en solitario o con otras bandas (en etapas anteriores pasó por las filas de gente como la Trans-Siberian Orchestra y POLYN8).

Bueno, retomando el concierto que nos ocupa, las dos primeras canciones que Meat Loaf despachó fueron dos prolongadas piezas pertenecientes a su antigua etapa de principios de los 70 como intérprete de diferentes musicales en Broadway, música elaborada, melódica y de largo desarrollo, con subidas y bajadas constantes como los cánones del género mandan. El sonido era bueno en general, con la salvedad de que la batería se saturaba un poco en los graves y que la guitarra solista se escuchaba bajísima durante los primeros compases del show, quedando casi como un ruido amortiguado de fondo, algo de lo cual pronto se dio cuenta el propio Damon La Scot, quien solucionó el problema ajustando los controles de su backline (en este caso sería mejor decir sideline), tras lo cual aquello empezó a sonar mucho mejor ya de forma afortunadamente definitiva.

En otro orden de cosas, el enorme escenario no presentaba apenas ninguna parafernalia ni montaje espectacular, sólo tres grandes plataformas sobre un fondo negro, una en el centro para la batería y dos a los extremos para sendos teclados, si bien una de ellas permaneció desocupada durante gran parte del concierto. En un estrecho espacio entre las plataformas se colocaban las vocalistas y el resto de los instrumentistas ocupaban sus puestos por delante de ellas, pero dejando siempre casi todo el escenario para el “jefe”, que era quien lógicamente manejaba el cotarro. Al propio Meat Loaf en principio lo vi en una aceptable forma física, con el pelo muy corto y vestido totalmente de negro, con camisa ancha de seda que disimulaba un poco su inalterable mole. Sus aptitudes vocales también estuvieron a la altura, aunque con limitaciones, ya que en ocasiones le costó llegar a las notas altas pero lo solventó dignamente.

Conforme avanzaba el concierto, fui fijándome en cada uno de los demás músicos por separado y las conclusiones son variadas. Entre los mejores sin duda estuvieron el ya mencionado Damon La Scot a la guitarra solista y Kasim Sulton, quien como bajista borró la imagen negativa que me había creado de él al escucharlo berrear en solitario en la primera parte del show. Por su parte, el teclista Mark Alexander y, sobre todo, el guitarrista rítmico John Golden (con tinte de pelo similar a su apellido) ocuparon un papel de apoyo secundario en general y no tuvieron mucho espacio para el lucimiento. El baterista John Miceli es un reputado músico de estudio y ha tocado también con otros pesos pesados como Blue Oyster Cult y Rainbow (con éstos en la postrera etapa del disco “Strangers in us all”), pero a mí sinceramente no me pareció nada del otro mundo. Tocó bien, pero daba la sensación de que se contenía mucho, ya que estuvo demasiado comedido y medía cada golpe como si quisiera reservar fuerzas. Respecto a las dos vocalistas femeninas, cualquier parecido entre ambas es mera coincidencia. Mientras que Patricia Russo es una cantante e intérprete como la copa de un pino, Pearl Aday (y que me perdone su papi) me parece que está ahí por eso mismo y poco más. La pandereta la toca bien, pero en la parte final del show cantó ella sola un tema en plan Blues idóneo para el lucimiento a poco que tuviera una buena voz, y el resultado fue bastante malo hablando llanamente.

Bueno, continuemos con el desarrollo del concierto como tal, que la paciencia del lector tiene un límite y creo que lo estoy rozando…

Tras la incursión en Broadway antes reseñada, la banda interpretó un tema que desconozco durante el cual don Marvin nos hizo una semblanza de la historia de su tierra natal texana, engarzándola con fragmentos narrados de su propia vida, al mismo tiempo que Patti y Pearl mostraban al público unos paneles donde se veía escrito un resumen de lo que iba contando el propio Meat Loaf. Y a partir de este momento fue cuando, a mi modesto entender, el show empezó a torcerse, ya que tras la tercera canción, Mr. Aday empezó a desvariar cada vez más, alargando interminablemente los temas y haciendo todo tipo de pausas absurdas durante las cuales se dedicó a vacilar al público con bastante descaro y chulería. Puede que a los lugareños este tipo de humor les resultara gracioso, pero a un servidor le pareció de muy dudoso gusto y sólo sirvió para que el personaje en cuestión empezara a cargarme bastante. Encima, la música pasó por completo a un segundo plano y aquello se convirtió claramente en un espectáculo cómico individual al estilo televisivo del “Club de la Comedia” pero en versión gringa. Ignoro si las actuaciones de Meat Loaf son siempre así, pero lo que yo vi ese día se parece mucho más a una especie de teatro con acompañamiento musical a ratos que a un concierto de Rock´n´Roll (que era lo que se supone que yo había ido a ver, ya que para lo otro prefiero a los Payasos de la Tele, que para mí gusto lo hacían mejor). Tal vez os parezca que estoy siendo muy duro, pero es que aquello me recordó, salvando las lógicas distancias y sin querer comparar, a los famosos “pasajes extra-musicales” de Manowar, sólo que en un plan más supuestamente fino. Quizás fue mía la culpa por esperar otro tipo de concierto de este hombre, pero no fui yo el único que salió del teatro con esa misma impresión negativa.

Un dato muy gráfico de lo que comento es que el concierto en total duró nada más y nada menos que 3 horas 3… Ni un minuto menos… Pues bien, en todo ese tiempo, Meat Loaf interpretó apenas 10 temas: los dos comentados fragmentos de obras de Broadway, 4 ó 5 del legendario disco “Bat out of hell”, el hit-single “I´d Do Anything For Love…” de la segunda parte de dicho trabajo y una versión de “Johnny Be Goode”, que fue la que cerró el concierto. Y todas estas canciones, a excepción del cover de Chuck Berry, se vieron alargadas e interrumpidas por las gracietas del susodicho hasta extremos tediosos. Tal vez esto fuera un mero recurso para camuflar las carencias físicas del cantante y darle cuartelillo entre canción y canción para que recuperara el resuello, ya que la edad (54 años le contemplan) y los excesos (unos cuantos también le contemplan) no perdonan, pero para mí aquello ya tomó un tono decepcionante que no hizo sino acentuarse conforme transcurrían los minutos.

Como muestra del tipo de humor que se gasta el texano, os comento por ejemplo que en un momento dado se bajó del escenario y se dirigió a un anciano de 75 años que había sentado en primera fila (no había ningún tipo de vallas ni medidas de seguridad entre las tablas y el patio de butacas) y lo sacó a bailar tras burlarse un buen rato de él y preguntarle todo tipo de detalles de mal gusto sobre su vida privada y sexual. El pobre hombre aguantó dignamente el chaparrón, y sin duda Meat Loaf escogió una víctima fácil o tal vez formara parte del show, porque yo no paraba de imaginar que si eso se lo hiciera realmente a un desconocido que no tuviera un buen día, la cosa bien pudiera haber acabado mal y con toda razón. Durante su par de incursiones entre el patio de butacas, siempre elegía a parejas entradas en años y se dedicaba a mofarse de los maridos haciendo chistes sobre cuernos con un humor realmente pesado y desafiante. No se trata de no tener sentido del humor y no aceptar bromas, se trata de que el tono cargante y chulesco no me pareció nada apropiado y sí totalmente fuera de lugar, ya que porque él sea una estrella del Rock y estemos en su propia espectáculo no hay que reírle todas las gracias y chorradas insultantes que se le pasen por la cabeza. Se supone que estábamos allí para escuchar música… O tal vez no?

Luego, ya de nuevo sobre el escenario, también desplegó varios numeritos con mayor o menor fortuna. El toma y daca de alto voltaje sexual que se marcó con Patti Russo estuvo bien, el de derramar botellines de agua sobre John Miceli durante el solo de batería de éste tiene su pase, pero las constantes y fastidiosas peroratas donde contaba su vida desde que era un bebé me sobraron por completo. Por no hablar de que parecía tener una extraña fijación con la palabra “fuck”, a la cual incluso dedicó un soliloquio de lo más absurdo. En fin, a todo esto, la música seguía brillando por su ausencia y tuvimos que soportar un largo rato más de chistecitos hasta que por fin al señor le dio por retomar el concierto en condiciones.

Tras la interpretación de “I´d Do Anything For Love”, el show entró en su recta final en forma de mini set acústico, para el cual todos los miembros de la banda tomaron posiciones en la parte delantera del escenario y, tras las respectivas presentaciones uno a uno, se alinearon sentados en unos taburetes para ejecutar un par de temas en plan desenchufado (entre ellos la pieza Blues a cargo de Pearl que comenté antes). Después de este breve inciso, todos recuperan sus puestos originarios y arremeten con “Bat Out Of Hell”, devolviéndonos por fin la vibración eléctrica que tanto tiempo llevaba perdida en el océano de gilipolleces varias ajenas a lo musical que habíamos padecido durante buena parte de las 2 horas anteriores. Y como cierre definitivo del concierto (no hubo bises como tales, ya que no llegaron a retirarse nunca de escena), empalmaron con la estupenda versión del “Johnny Be Goode” de Chuck Berry, sin lugar a dudas el momento de mayor intensidad rockera de la noche y que sonó festiva y gloriosa, aunque no lo suficiente como para neutralizar el mal sabor de boca que a algunos nos había dejado la mayor parte de lo anterior.

Así, con los inmortales acordes de Papá Charles como testigos, el concierto llegó a su fin. Mis conclusiones sobre el mismo han quedado claras y no me voy a demorar más, que creo que ya me he pasado bastante. Tan sólo que personalmente me parece un abuso pagar 60 dólares para escuchar 10 canciones constantemente interrumpidas por charlas y payasadas gratuitas en un espectáculo alargado artificialmente hasta las 3 horas para que el desembolso económico no parezca tan descabellado.

Está bien claro que Meat Loaf no es Motörhead ni The Ramones, hasta ahí llego y nunca he pretendido que lo fuera (soy un gañán pero no tanto), la cuestión es que lo que yo vi en este concierto tiene mucho de teatro cómico musical con escasa gracia y poco de Rock´n´Roll. Se trata de lo que tú busques en cada momento, y yo sinceramente no me esperaba algo así. Mea culpa.

Texto: Antonio Vetterli