DRY RIVER “2038” (2018)

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Espectaculares. Impresionantes. El virtuosismo al servicio del buen gusto. Los adjetivos se nos acaban al hablar de Dry River, uno de los mejores grupos que han surgido en la última década en nuestro país. Se dieron a conocer con “El Circo de la Tierra” (2011) y su segundo disco, “Quien tenga algo que decir… que calle para siempre” (2014), fue su consagración. Rompiendo moldes, los de Castellón demuestran en cada entrega que son capaces de reunir todas las virtudes que se les podrían pedir a un grupo puntero: buenas canciones, técnica impecable de todos sus músicos, un juego de voces con mucha riqueza y una amalgama de estilos cuya suma produce una catarsis de sensaciones.

Su tercera entrega fue en directo, “Rock & Rollo… ¡y caña!”, cuyas imágenes en DVD muestran que el grupo en directo es todo un acontecimiento, como he tenido ocasión de comprobar personalmente.

Dicho todo lo anterior, tenía muchas ganas de descubrir con qué nos iban a sorprender en el nuevo disco, comprobar si la banda iba a ser capaz de mantener el listón a tan gran altura. Tras escucharlo con atención varias veces, os puedo asegurar que Dry River ha cumplido ese reto con creces.

Vayamos con los datos objetivos: La banda la componen Ángel Belinchón (voz), Carlos Álvarez (guitarra, teclado, piano y coros), Matías Orero (guitarra y coros), David Mascaró (bajo y coros), Martí Bellmunt (piano, saxo tenor y coros) y Pedro Corral (batería). En cuanto al disco, se compone de 10 temas, algunos de ellos generosos en su duración, en un disco que no tiene desperdicio.

En este tercer disco de estudio, Dry River han insistido en las virtudes que nos sorprendieron en las anteriores entregas, ahondando más en ellas si cabe y yendo un paso más allá en cuanto a orquestación. Mantienen y aumentan si cabe la instrumentación excelsa y unos bonitos y trabajados juegos de voces, herencia de Queen (una de sus grandes influencias), con unas líneas vocales lideradas por Ángel Belinchón, ampliando su registro para demostrar que puede adaptarse a la perfección a la diversidad de estilos que se entremezclan en los temas.

A veces los grupos de rock progresivo se pierden en sí mismos y sus composiciones se tornan complejas, algo que espanta a los que no están muy avezados en el estilo. Afortunadamente, Dry River no caen en este error, sino que logran mantener la frescura dentro de la complejidad del momento. En otras palabras, temas largos en los que hay mucha “chicha” para asimilar, se escuchan con una sonrisa en vez de con el ceño fruncido.

El motivo es que el rock progresivo que practican está enriquecido por más estilos que siempre llegan para sumar: soul, hard rock, country y el aroma a Queen que siempre les ha acompañado. Cada tema en sí mismo es una historia intensa y emocionante que, sobre todo en aquellos más largos, tienen espacio suficiente para jugar con la intensidad, el tempo y el estilo. Buenos ejemplos son la inicial “Perder el norte”, la más teatral “Camino” y “Peán”, una joya progresiva de más de 10 minutos que cumple con todos los condicionantes: partes con fuerza, otras dulces y giros sorprendentes que nos enganchan para no perder la atención en ningún momento.

Evidentemente todo esto no se consigue sin unos músicos de altísimo nivel, capaces de tocar no sólo con una técnica muy depurada, sino con muy buen gusto, pues su intención no es hacer una exhibición de virtuosismo sino perfeccionar su música hasta llegar al más alto nivel: Unas guitarras espléndidas, teclados grandiosos, una base rítmica soberbia y la guinda en forma del saxo que Martí Bellmunt incluye en algunas fases del disco

La versatilidad del disco combina temas trepidantes y contundentes como “Rómpelo” y “Fundido a negro”, al lado de la exhibición de sentimiento que ofrecen la balada blusera “Al otro lado” y el precioso medio tiempo “Me va a faltar el aire”, realmente emocionantes. El vídeoclip de este último, añadido al final de estas líneas, explica el motivo del nombre del disco.

Más sorprendente es “Me pone a cien”, el corte más alejado del rock, un híbrido entre electrónica y casi pop, con un poco de soul, otro poco de jazz y vientos funkies para un tema algo chocante.

El disco se completa con “Cautivos”, con una base de guitarras acústicas que le dan un aire al mítico “’39” de Queen, al que posteriormente se le añade un piano de vodevil muy interesante. Como punto final, el alegre “Con la música a otra parte” es el perfecto colofón para este trabajo, que finaliza con un más que interesante un duelo de guitarras antes de cerrar la escucha total del disco.

Un disco para escuchar muchas veces, a ser posible con auriculares o en un entorno de pocas distracciones, para así ir descubriendo los mil y un detalles que se van mostrando en cada escucha.

Uno de los discos del año, sin duda.

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Santi Fernández “Shan Tee”