Editorial diciembre 2017 “Entre todos la mataron y ella sola se murió”

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Que el Rock está en crisis es algo tan repetido como cierto. Con una añoranza excesiva a la gloriosa década de los ’80, suspirando por una bonanza que ni fue tan gloriosa ni duró 10 años, hace mucho tiempo que el rock sobrevive con las quejas de todos los estamentos implicados. Y, en una época en la que las disputas no son por parte del pastel sino por sus migajas, es inevitable que cada parte eche las culpas a las demás.

Aquí ya hemos denunciado comportamientos que consideramos inadecuados por algunas de esas partes. El público no se libra, porque aun respetando profundamente el hecho de que cada cual se gasta su dinero en lo que considera oportuno, nuestro público ha perdido el respeto que siempre tuvo a nuestros grupos, desde un pirateo generalizado que haya llevado a la anécdota la venta de discos, hasta la actitud en los conciertos. No voy a ahondar en el tema porque ya está suficientemente analizado en pasados editoriales.

Los grupos también se llevan su parte de culpa. Generalizar siempre es un error, pero es demasiado común que los músicos se miren únicamente su propio ombligo y se sientan unos incomprendidos porque el resto del mundo no les vea como las estrellas que son. Si el público no va a verles es porque son unos ignorantes y si reciben una mala crítica en un medio es porque el periodista en cuestión no tiene ni idea o, como mucho, está mediatizado por algún motivo para no reconocer lo buenos que son. También exigen a promotores y managers una compensación irreal con la capacidad de convocatoria del grupo.

Promotores y managers tampoco ayudan, en muchos casos, a solucionar el problema, bien al contrario. Piensan que los medios estamos a su servicio, que nuestra obligación es apoyarles, publicitarles sus discos y sus conciertos, de forma gratuita y sin rechistar. Siempre con opiniones positivas, por supuesto, bajo presión de incluirte en alguna lista negra. Y aun así, salvo en grupos y conciertos de pequeño calado, las acreditaciones se toman como un “pago en especie”, no como para facilitar la tarea a quien acude a cubrir un concierto para trabajar, tomar las mejores fotos posibles y redactar posteriormente una reseña lo mejor que sepa. Piensan que un evento en Facebook es suficiente para promocionar un concierto y que los medios estamos a su servicio.

Las salas de conciertos tampoco se libran. Suelen pensar que el público está compuesto de borregos a los que se les puede tratar de cualquier forma. Que pueden cobrar un mini de cerveza en vaso de plástico a precio de un Moët & Chandon y que pueden jugar con los horarios como les plazca. Una vez terminado el concierto, echan al público a empujones para limpiar la sala y exigen a los grupos que desalojen el escenario sin dejarles un respiro.

Desgraciadamente por la parte que me toca, en el colectivo de Medios de Comunicación especializados en el rock también hay mucha tela que cortar. Históricamente, los Medios nos hemos dividido entre los Profesionales (contados con los dedos de una mano, todos los conocéis) y los Amateurs, entre los que siempre ha estado The Sentinel. Desde sus inicios, en esta web no hemos vivido del periodismo musical ni lo hemos pretendido. En nuestros 16 años largos de historia hemos pasado épocas mejores y peores, hemos aprendido a pescozones y nos hemos hecho un pequeño hueco en este apretado mundo del rock. Hemos cosechado muchas alegrías y algunas penas, muchas satisfacciones y algunos desaires, pero así es la vida.

Desde hace unos años a esta parte hay una tercera categoría en los Medios de Comunicación. Raro es el disco que sale al mercado o el concierto que se organiza que no recibe multitud de solicitudes de discos de promoción o acreditaciones, según el caso, por parte de medios totalmente desconocidos o inexistentes. Con la tecnología actual, abrir un blog en internet es cuestión de media hora. Un nombre atrayente con terminología tópica, un logo y ya estamos listos para pedir discos y acreditaciones. Después, una crítica con una redacción lamentable y llena de faltas de ortografía, cuando no semi-plagiada de la crítica de otro medio o de la hoja de promoción, sirve para cumplir el expediente. En los casos más sangrantes, la solicitud de disco o acreditación se hace en nombre de un medio inexistente o ya desaparecido, con la esperanza, muchas veces fundada, de que después el grupo o sus representantes no se molesten en comprobar su veracidad o si la reseña posterior llega a ser publicada.

Esos medios son los que nos dejan en mal lugar a los demás. A los que llevamos mucho tiempo en esto y, para mal o para bien, tenemos ya una cierta reputación. Podemos ser mejores o peores, pero no engañamos a nadie.

Músicos, managers, periodistas, dueños de salas… Todos los que nos dedicamos a esto, en cualquiera de los estamentos, de vez en cuando estamos tentados a tirar la toalla. Pero como la Ley de Murphy tiene dos caras, cuando peor están las cosas llega ese evento, ese concierto, ese disco, esa entrevista que nos recuerda que estamos aquí por pasión y que el rock, con todo lo que conlleva, es lo que siempre nos ha dado la vida.

Así que así seguiremos, hasta que el cuerpo aguante.

Santi Fernández “Shan Tee”

PD: La foto que acompaña este editorial corresponde a la despedida de José Martos, histórico batería que, fruto de muchas de las cosas que se analizan aquí, ha decidido colgar las baquetas. Vaya desde aquí nuestro apoyo, cariño y comprensión a uno de los músicos más nobles que hayamos conocido.