Editorial Noviembre 2017 “Dejad que los niños se acerquen al rock”

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Uno de los problemas más preocupantes en la escena rockera es la falta de relevo generacional. Dejando a un lado los grandes conciertos multitudinarios en los que acude gente de todo tipo y pelaje, la verdadera escena se vive en los conciertos pequeños y medianos, esos que cada día se organizan en locales de todo el país para bandas, consagradas o no, que no alcanzan la limitadísima categoría de “grupos de estadio”.

Estos conciertos sufren de, salvo excepciones, una capacidad de convocatoria limitada. Aún así, recuperando la primera frase de este editorial, el problema ya no es tanto la falta de asistencia, sino la edad media del público habitual. Basta echar un vistazo a la mayoría de los conciertos para comprobar que muchos somos los mismos que llevamos 20 ó 30 años acudiendo a este tipo de eventos.

Hace tiempo, un músico de renombre de este país me contaba una anécdota: En la conocida serie de TV “Padre de familia”, los protagonistas veían la televisión y aparecía un vídeo-clip de Whitesnake. Uno de los personajes preguntaba “¿esto qué es?” a lo que el otro personaje respondía “música de padres”. Esta escena refleja cómo el rock ha dejado de ser ese movimiento musical ligado a la juventud para ser ahora un estilo destinado a una franja de edad mucho mayor, tanto por los músicos como por sus seguidores.

Esta situación ha sido agravada durante años por la prohibición de la entrada de menores de edad a la mayoría de recintos donde se organizan los conciertos. Afortunadamente, por fin la situación está cambiando y cada Comunidad Autónoma va aprobando leyes que permiten a los niños asistir a los conciertos. Al menos en Madrid, cada vez es más habitual encontrarse con menores disfrutando de la pasión de sus padres. Esta es la mejor manera de “crear cantera”, de enseñarles a los niños algo diferente de lo que les ofrece la televisión y la PlayStation. Quizás así algunos de esos niños hereden la pasión de sus padres, y si no es así al menos tendrán la experiencia de conocer lo que es un concierto de rock y valorarán la música en directo.

Llegados a este punto, es necesario recordar algunas normas básicas. Que los niños puedan ir a los conciertos no puede hacernos creer que hay que tratarlos como adultos. Como en cualquier otra situación de la vida, los niños necesitan unos tratamientos y protecciones especiales, para cuidar su salud y su educación. Algo que todos los padres que se animen a llevar a sus hijos a un concierto deben tener muy claro. Evidentemente, estos cuidados deben extremarse cuanto más temprana sea la edad de nuestros hijos. Aunque ambos sean menores, no son iguales las precauciones que hay que tomar con un crío de 3 años que con un jovenzuelo de 17. Aquí van unos ejemplos:

Afortunadamente, en los recintos cerrados está prohibido fumar. Esto redunda en beneficio de todos, en especial de los más jóvenes. Los tiempos en los que había más humo que oxígeno en el ambiente han pasado a la historia, afortunadamente. Desde aquí animo a que se lo recordéis a quienes crean que pueden saltarse la prohibición a la torera. Más aún si hay niños cerca.

Los grandes Festivales son una prueba exigente de resistencia física. Además de disfrutar de muchos grupos, se crea la necesidad de pasar muchas horas en un lugar poco adecuado. Por mucho que los niños puedan disfrutar de un concierto, pasadas unas horas el agotamiento hará presa en ellos. Se me rompe el corazón cuando veo un niño dormido en los brazos de su padre o su madre, durante un concierto. El descanso adecuado en un niño es tan necesario como una buena alimentación, así que se deben evitar las maratonianas jornadas de conciertos enlazados.

Precisamente la alimentación y la hidratación es algo que también hay que cuidar. Los niños deben comer y beber más a menudo que los adultos. Ir a un concierto con niños exige tener en cuenta estos aspectos. Deben beber mucho agua y evitar en la medida de lo posible, siempre dependiendo de su edad, la comida basura que se ofrece en los conciertos.

Es imprescindible proteger los oídos de los niños con tapones adecuados. Esto es innegociable. El aparato auditivo de los niños está, como el resto de órganos de su cuerpo, en plena formación, por lo que es más sensible al volumen y a las frecuencias más altas. Lo que para un adulto es molesto, para un niño es dañino. Las consecuencias pueden ser irreparables, por lo que no hay ninguna excusa para no ponérselos. Si el niño se niega a ponerse tapones, debemos salir del concierto, así de simple.

Es necesario también elegir un sitio adecuado para los niños. Un lugar donde vean y escuchen el concierto de la mejor forma posible, sin agobios ni apreturas. Evitar las zonas donde haya empujones o una cantidad excesiva de público que les haga estar apretados. Y, por supuesto, lo más lejos posible de cualquier zona en la que pudiera haber un pogo, para evitar una desgracia.

Siguiendo estos consejos y utilizando el sentido común, no habrá problemas con los niños en los conciertos. Ojalá los veamos cada vez más y nos insuflen ese soplo de juventud que tanto estamos necesitando. Quizás hayamos perdido ya una generación (salvo excepciones), así que deberemos poner nuestras esperanzas en la siguiente. De lo contrario, el rock morirá definitivamente cuando lo hagamos los que actualmente seguimos en la brecha.

Shan Tee