Editorial Octubre 2017 “Los conciertos del Abuelo Cebolleta”

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Año 1983, más o menos. Todo empieza por un colega que ha escuchado en la radio que viene tu grupo favorito. Ese que nunca ha venido aquí porque España no suele entrar en las giras internacionales. Flipas. Piensas “no me lo puedo perder” e informas al resto de amigos. Te enteras del precio de las entradas y haces un cálculo de tu economía para ver si hay que suplicar en casa que te adelanten algo de efectivo.

Un mes antes del concierto vas a comprar la entrada, normalmente a Discoplay o a Madrid Rock. Además de comprar la entrada te tiras un par de horas viendo los discos (vinilos, por supuesto) y si hay suerte y la economía lo permite, te compras un ejemplar por el que llevabas tiempo suspirando. Si no tienes suficiente dinero para una novedad, vas a la estantería de Ofertas y te llevas algún disco antiguo a un precio muy moderado. La entrada del concierto es grande y en color, así que cuando llegas a casa la guardas a buen recaudo en un sitio especial.

Falta una semana para el concierto. A partir de ese momento, sólo escuchas música del grupo que vas a ver. A todas horas, si puede ser.

Faltan 2 días para el concierto. Quedas con los amigos con los que vas a ir y trazas el plan para llegar. La hora, siempre con mucha antelación, y la boca de metro donde quedar.

Llega el día del concierto. Te vistes adecuadamente: chupa de cuero, camiseta del grupo que vas a ver, muñequera con tachuelas, vaqueros desgastados y, por supuesto, zapatillas deportivas. Sabes que las vas a necesitar.

Entras en el metro. En el vagón van rockeros con tu mismo uniforme, que se van añadiendo según pasan las estaciones. Todos van al concierto. Algunos se ríen y son escandalosos, otros van en silencio. Los demás usuarios del metro nos miran con algo de recelo, en algunos casos incluso miedo.

Quedas con los colegas. Hay uno que tarda más de lo normal. “Que le den, nosotros nos vamos…” Pero le esperamos. Al final llega y se lleva la bronca de los demás. Llegamos a las inmediaciones del recinto donde va a ser el concierto. Hay una cantidad ingente de rockeros en las inmediaciones haciendo una pseudo-cola alrededor de la puerta. Las litronas van y vienen, y huele indefectiblemente “a concierto”. Los más cercanos te pasan la litrona llena de babas y un cigarro gordo hecho a mano del que sale ese olor “a concierto”. Dependiendo del respeto que tengas a tu salud aceptas o rechazas el ofrecimiento.

La policía llega, en “lecheras” o a caballo. Les ves llegar y vas calentando en la banda. En un momento dado, sin motivo aparente, la policía carga. Sales a correr, recordando la buena decisión de haber ido al concierto con zapatillas deportivas. En los ’80 estábamos todos en forma, por la edad y por el ejercicio.

La carga cesa y te pones en la nueva cola. Quizás ya sea una cola más definida, quizás no. Abren las puertas y la cola avanza. Cuando vas a entrar, alguien intenta colarse por las bravas. A veces lo consiguen. Doblas tu entrada estratégicamente para que el portero corte el menor trozo posible y poder guardarla de recuerdo.

Entras al recinto. Esquivas a 3 ó 4 tíos tirados en el suelo del pedo que llevan. No se van a enterar de nada, pero ahí están, ya en el concierto después de haber pagado su entrada. Al abrir las puertas, los primeros de la fila se han pegado otro sprint para ponerse los primeros, junto al escenario. Cuando tú llegas, ya hay medio aforo lleno. Sigue entrando gente. El aforo se completa. Sigue entrando gente. Hay tanto humo que apenas se ve el escenario. Sigue entrando gente hasta que el aforo, más o menos, se duplica.

Se apagan las luces y salen los teloneros. Sólo tienen 3 focos y el sonido está a la mitad, pero todo el mundo presta mucha atención porque hoy no son muy conocidos, pero en 3 años pueden volver como cabezas de cartel. Normalmente aciertas.

Terminan los teloneros y comentas que han estado de puta madre. Algunos llevan aún más octanos en sangre, y la falta de oxígeno debido a la saturación de gente y al humo del ambiente hacen que haya más compañeros tirados por las esquinas.

Sale el grupo principal. Te cantas todas las canciones, sin excepción. Hay dos solos de guitarra y uno de batería, bastante largo. El cantante hace cantar al público, que responde al unísono. Todo el mundo está pendiente del concierto, nadie se pone a hablar de otra cosa ni te interrumpe. Cuando llega “la balada”, todo el mundo saca los mecheros y se hace un silencio sepulcral. Se te pone la piel de gallina.

El concierto acaba y no se mueve nadie, aclamando a las estrellas hasta que salen a hacer los bises.

Termina el concierto y estás exhausto. El metro ya ha cerrado y te toca hacerte una caminata hasta “el búho” (autobús nocturno). Incluso hasta tu casa.

Al día siguiente estás deseando hablar con tus amigos para comentar el concierto. Cada detalle que has visto, cada tema que has disfrutado. Lamentas las canciones que no han tocado, pero comprendes que no pueden tocar todas. La entrada la has guardado para siempre como un tesoro.

A los dos días se empieza a ir ese pitido de oídos.

Más de 30 años más tarde, sigues yendo a ver a los mismos grupos. Ni ellos ni tú estáis ya en forma. En muchos casos sólo queda un miembro de aquella formación que viste en los ’80. La mayoría de tus amigos dejaron de ir a conciertos, pero alguno aguanta. En el público, muchos somos los mismos que íbamos en los ’80, con más barriga y menos pelo. Las entradas las compras por internet a precio de caviar iraní. Las descargas en tu ordenador y las imprimes por tu cuenta, concepto por el cual te cobran “gastos de distribución”. Llegas al concierto en tu coche o en transporte público, sin apreturas. Entras a la sala de forma holgada, porque el recinto está prácticamente vacío. Al menos no hay humo, algo hemos ganado. Está prohibido fumar, aunque algún gilipollas se cree más listo y más “fuera de la ley” y se pasa la prohibición por el forro.

Salen los teloneros y apenas hay gente. Nadie les hace caso. Acaban y justo antes de que comience el grupo principal, los que estaban en los bares cercanos entran en la sala, con muchos huecos por todas partes. Con suerte hay un 50% de aforo. Sale el grupo a tocar y nadie se mueve, la actitud del público es pasiva, la mayoría se tira todo el concierto charlando de sus cosas con el de al lado o tirando fotos y grabando vídeos con el móvil. No hay solos. Llega “la balada” y hay una escandalera de las conversaciones del público que apenas se escucha lo que hay en el escenario. El cantante nos mira con cara de querer que aquello acabe pronto.

Y acaba pronto, porque hay que desalojar la sala para que entren los bakalas a su sesión de discoteca, los rockeros estamos de prestado en corral ajeno. Desalojamos deprisa, porque la última nota del concierto coincide con el primer empujón de los de seguridad para que salgas a la calle.

Llamadme nostálgico, pero yo me quedo con los viejos tiempos.

Shan Tee