Editorial Agosto 2017: “La Voz”

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En este mes de julio que acaba de terminar he tenido ocasión de conocer por dentro el programa “La Voz” de Telecinco. Asistí como acompañante de un cantante de rock con el que me une una gran amistad, permitiéndome vivir de primera mano los entresijos del programa, uno de los de mayor audiencia de nuestra televisión, además de apoyar con todas mis fuerzas a este gran artista, cuyo nombre no puedo publicar por exigencias contractuales del programa.

He de ser sincero: Nunca me ha gustado “La Voz” ni otros programas similares. Creo que utilizan la excusa de la música para crear un reality show, que es el verdadero fin del programa. A fin de cuentas, eso es lo que vende, ya que por desgracia la mayor parte de nuestra sociedad manifiesta un claro desdén hacia lo que el rock and roll representa, algo que se podría extender en mayor o menor medida a los demás estilos. El programa no está destinado a los melómanos, sino a los seguidores de los realities. Valga un dato esclarecedor: cada canción que se interpreta en el programa está recortada de sus 4 ó 5 minutos originales a apenas minuto y medio, durante el cual se baja el volumen en varias ocasiones para escuchar opiniones de participantes, presentador o jurado. Después sí se emplea el tiempo suficiente (y más) para la verborrea de cualquiera de los presentes. Un programa “de música” que es incapaz de ofrecer una canción entera no puede catalogarse como tal.

Después de estar 12 horas seguidas dentro de los estudios de Mediaset (los “talents” estuvieron, además, otras 12 horas el día anterior), uno se da cuenta de la envergadura del programa. Hicimos varias entrevistas y algunos “paripés” que sirven para después construir el programa, además de muchas horas muertas de espera. Hasta aquí, normal hasta cierto punto. Sin embargo, las sensaciones que me ha producido el programa una vez visto por dentro hacen que “La Voz” me guste AÚN menos que antes. Hablando con otros concursantes y sus familias se comprende el gran esfuerzo económico, de tiempo y de energía que supone participar en un concurso como este, sobre todo para aquellos (la mayoría) que se tienen que desplazar desde fuera de Madrid. Algunos de ellos son habituales de este tipo de concursos, realmente obsesionados por triunfar en uno de ellos. Otros van con la ilusión de triunfar como alguno de sus ídolos. Y otros, los menos (entre los que se encuentra “mi talent”), por vivir una experiencia y conocer este mundillo por dentro. Todos ellos, sin excepción, preparan su participación con ilusión y mucho, mucho trabajo.

Para llegar a estas “audiciones a ciegas”, los participantes han debido pasar 3 casting y firmar un contrato leonino por el cual ceden sus derechos durante un año. Es el precio que hay que pagar por contar con el hipotético futuro apoyo de la cadena.

Llegado el momento, después de 2 días de dedicación absoluta al programa, cada participante se lo juega todo en minuto y medio frente a 4 jueces (se hacen llamar “coaches” pero su labor es de juez) que deciden en el momento si cada participante merece pasar a la siguiente fase o no. Mi sensación, después de escuchar a unos cuantos participantes, es que cualquiera de ellos tiene más nivel musical que aquellos que les juzgan.

Mis percepciones iniciales se vieron confirmadas. Por un lado, el programa trata la música como un “producto” y no como un arte, lo que me genera un problema de base. Y por otro, la diversidad de estilos de los participantes y su éxito en el programa denota unas preferencias claras hacia el flamenquito, la copla y el pop simplista. El rock sigue siendo algo que no encaja bien, casi algo exótico.

Si bien como persona me sentí muy a gusto con todos aquellos con los que compartí ese día, venidos de otras partes de España, con otros gustos musicales pero con la misma ilusión, como rockero me sentí en todo momento como pez fuera del agua, siempre con esa extraña e incómoda sensación de estar en un sitio al que no perteneces, cuya inclusión es artificial y con la que no conectas.

Por casualidades de la vida, el programa se grabó el mismo día que en Rivas se celebraba el festival Garage Sound. Terminada la grabación e ignorando el cansancio y las pocas horas de sueño, me crucé Madrid para disfrutar de la parte del festival que pude. Llegué justo a punto para ver a Extreme, pero fue durante la excelente actuación de Thunder cuando fui realmente consciente: una enorme banda de rock estaba ofreciéndonos un concierto elegante y de calidad, lleno de canciones atractivas expuestas en su estado natural: el escenario. Y yo estaba allí, rodeado de gente como yo, que disfrutaba del rock en directo y de un grupo experto sobre las tablas. Y sentí que allí sí encajaba, que ese sí es mi sitio. El rock es otra cosa, por eso no encaja en un reality show de televisión, su sitio natural es el escenario. Y su público es ese que aprecia la música, que escucha las canciones enteras, que se fija en los solos de guitarra, la labor del batería y está deseando corear aquellos estribillos que conoce, o descubrir aquellas canciones que no le suenan.

Zapatero, a tus zapatos. El conocimiento siempre es bueno y me alegro de haber podido conocer por dentro “La Voz”. Ahora puedo despreciar el programa con mayor conocimiento de causa y, al menos, valorar más a aquellos artistas que intentan triunfar en él, por su empeño y determinación.

Eso sí, no me verán más por allí. Quien quiera encontrarme, que me busque en un concierto de Rock.

Texto y foto: Shan Tee