Editorial Febrero 2017: “¿Estamos a lo que estamos?”

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editorial_febrero2017Durante el mes pasado he tenido oportunidad de asistir a dos conciertos ajenos al rock. Al menos al hard rock & heavy metal que tradicionalmente conforma mi menú de opciones en lo que respecta a la música en directo. Ambos conciertos se hacían en locales de pequeño/mediano aforo en los que yo ya había estado anteriormente.

En ambas ocasiones he experimentado algo que ya tenía casi olvidado: el público que asistía al concierto estaba pendiente de lo que ocurría en el escenario. Esto, que parece una perogrullada, hace tiempo que hemos perdido en los conciertos de rock. El silencio que guardaba este público cuando el cantante se dirigía a la audiencia para presentar los temas, el ambiente entrañable durante las baladas y temas acústicos, y la actitud de los integrantes del público contrastaba frontalmente con el comportamiento habitual en los conciertos de rock, en el que gran parte del público se pasa el concierto charlando y de risas con los colegas. Por supuesto, cada uno se divierte como quiere, pero no encuentro mucho sentido gastarse el dinero de la entrada para luego no prestar atención al grupo que se está esforzando por dar lo mejor de sí. Esta situación se agrava en los momentos citados al principio: cuando el grupo calla para que el cantante se dirija al público y en los temas acústicos. En esos momentos, nuestros cantantes tienen que competir con un murmullo generalizado de gente que está charlando de sus cosas. En los conciertos acústicos, esta situación es constante, llegando a llevar al traste el rendimiento de los artistas.

Sin paños calientes: esta actitud es una falta de respeto tanto a los músicos que están sobre el escenario como a la parte del público que sí quiere estar atento al concierto, sobre todo en esos momentos en los que no hay los decibelios suficientes para obviar los murmullos. Por supuesto, toda generalización es mala, pero esta actitud es lo suficientemente extensa como para que suponga un problema.

Esto no ha sido así siempre. Recuerdo con nostalgia los tiempos en los que el público del rock era ejemplar: apasionado, amante de la música y deseoso de vivir las sensaciones que sólo la música en directo proporciona. No sé desde cuándo esto se empezó a torcer. Supongo que muchos de los asistentes a pequeños conciertos están ya de vuelta de todo, con cientos de bolos a sus espaldas. Ciertamente, en los conciertos pequeños siempre vemos las mismas caras. El efecto sorpresa cada día es menor y la atención se diluye. Pero no deberíamos caer en el hastío y convertir un concierto en un evento social. Hay tiempo de sobra para charlar con los amigos y contarnos nuestra vida, pero durante el tiempo de concierto deberíamos estar atentos. Todos disfrutaríamos más, tanto el público como el propio grupo.

La foto que acompaña este editorial no tiene nada que ver con lo expuesto anteriormente. En ella aparece Susana Ruiz, extraordinaria cantante que hace años puso su voz en Santa Fe, junto a Juanjo Melero, y que después demuestra día a día su gran talento en múltiples proyectos de estilos diversos. Un reciente accidente la tiene apartada de la escena de forma temporal pero, si me lo permitís, quería aprovechar la oportunidad que me brinda este editorial para enviarla toda nuestra fuerza y desearla una pronta recuperación. El mundo de la música necesita voces como la suya.

Shan Tee