Editorial Octubre 2016: “Llegó el final, cesó el clamor”

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Nací indiferente en un mes primaveral. Concretamente, junio de 1966. Mes 6, año 66: estaba destinado a ser rockero. Cuando “Larga vida al Rock and Roll” vio la luz, el 27 de abril de 1981, yo era un tierno infante a punto de cumplir los 15 años, pero ya me había picado el gusanillo del rock, un mundo recién descubierto que me enganchó con fuerza. Y hasta ahora. Las conversaciones con mis amigos, tan ilusionados e inexpertos como yo, y las ansias de conocer más a fondo esta música me hacían engancharme a los programas de radio de la época (“El Búho Musical” de Paco Pérez Brian y el “Disco-Cross” de Mariano García”).

Allí conocí a Barón Rojo. Y con toda la ilusión del mundo y un sablazo a mi abuela, conseguí comprarme aquel “Larga vida al Rock and Roll” en el Discoplay de los sótanos de la Gran Vía, lugar de peregrinaje habitual que albergaba muchos de nuestros objetos de deseo.

El disco me lo aprendí de memoria, literalmente. Con la ayuda de los gurús de la radio, aprendí a interpretar las letras de “Con Botas Sucias”, “Los desertores del Rock” y el resto de los secretos del disco.

La carrera de Barón Rojo avanzaba vertiginosamente, al mismo ritmo que yo me enganchaba más al rock en general, y al grupo en particular. Con ellos compartí la ilusión del enorme éxito de “Volumen Brutal”, el cual me compré el día que salió. Sus experiencias en Inglaterra, en los Kingsway Studios de Ian Gillan, su participación en el festival de Reading y sus conciertos en los míticos Marquee y Greyhound, con la participación de Bruce Dickinson y John Sloman, me llenaron de orgullo. Barón Rojo era nuestro embajador en el rock europeo, y los rockeros de la época sacábamos pecho ante los logros de “nuestro” grupo. También me aprendí hasta el último surco de “Volumen Brutal” e incluso investigué quiénes eran Janis, Lennon, Allman, Hendrix, Bolan, Bonhan, Brian y Moon.

Éramos muchos los que hicimos cola en Discoplay para comprar “Metalmorfosis”. Me temblaban las manos cuando aquellos músicos, mis héroes, me firmaron el disco. Una vez en mi tocadiscos, me emocioné con “Siempre estáis allí” como si la hubieran escrito pensando en mi. Y me sentí poseedor de un tesoro cuando descubrí el single regalo con “Invulnerable” y “Herencia letal” que venía dentro del vinilo.

Debuté con Barón Rojo a lo grande. Asistí a uno de los dos conciertos de los que salió “Barón al Rojo Vivo”, así que una de las gargantas que se escuchan en el público es la mía. A partir de ahí vi al grupo en directo en multitud de ocasiones, siendo la mejor en la presentación de “En un lugar de la Marcha” en el ya desaparecido Rockódromo de la Casa de Campo.

Los años pasaban y yo iba entendiendo más de música, gracias a aquellos programas de radio, libros y revistas especializadas, charlas con los amigos y, sobre todo, escuchar a los que sabían más. Barón Rojo seguía siendo mi pasión, junto con Asfalto, Topo, Banzai y otros grupos de la época.

“Tierra de nadie” fue un aviso. Contenía algunos grandes temas mezclados con otros que bajaban mucho el nivel. El principio de la cuesta abajo hasta llegar al agujero en el que cayeron los siguientes discos: “No va más” y “Obstinato”. Y se produjo la ruptura de la formación original. Sherpa y Hermes Calabria abandonan la formación de forma poco amistosa, y los hermanos De Castro continúan con el nombre, con un baile de músicos que continúa hasta el día de hoy, editando regularmente discos que no consiguen, en ningún caso, despertar en mi las mismas emociones que aquellos 5 primeros trabajos.

Continúo viéndolos en directo regularmente, con todas y cada una de las formaciones que han completado Barón Rojo en estos años. Además, mi pertenencia a The Sentinel me permite primero conocer a Ángel Arias, bajista durante década y media de la banda, y luego a Carlos de Castro, a quienes hice sendas entrevistas que están publicadas en la web. Largas charlas cordiales que en el caso del menor de los Arias desembocó, además, en una amistad que hoy día se mantiene.

Poco a poco, el bajo nivel de los discos se fue trasladando a los directos. A pesar que se mantienen de sus grandes clásicos, la voz de Carlos de Castro no es la más adecuada para cantar los temas de Sherpa. Aún así, en los primeros años esos conciertos cumplen más o menos las expectativas.

En los últimos años, la cuesta abajo es imparable. Sus conciertos son cada vez más mediocres y todos asistimos apenados al estado actual de Barón Rojo. Quién les ha visto y quién les ve. Los viejos fans del grupo les vemos con lástima. Los no tan fans, con indignación.

conciertos2016_baronrojo_1709bMítico barón, ¿dónde quedó el vuelo fugaz de tu gran avión? La actuación en Rocktiembre ha sido la gota que ha colmado el vaso. Objetivamente quizás no haya sido peor que cualquier otra actuación en los últimos años, pero hubo dos elementos que les han sentenciado: La enorme repercusión del evento y que, a diferencia de sus propios conciertos, el numeroso público presente no había ido expresamente a verles a ellos, por lo que eran menos proclives a “perdonar” los errores.

Por todo lo anterior, la situación actual de un grupo que ha sido tan importante en mi vida me duele especialmente. Es tarde para olvidar estos años malos y quedarme sólo con la primera etapa, aunque nunca la olvidaré. Desconozco cuánto tiempo más los hermanos De Castro intentarán alargar el vuelo del Barón y yo no soy nadie para recomendarles nada. Pero para mi he asistido ya a su epitafio como grupo. Me gustaría ver a estos músicos en otros proyectos en los que recobren la ilusión y nos hagan a nosotros, el público, recobrar la confianza en su talento. Hoy por hoy, por desgracia, sólo insisten en el error.

El punto final definitivo no creo que tarde en llegar. O sí, quién sabe, depende de las ganas de los hermanos de Castro y, sobre todo, de que sus conciertos sigan teniendo afluencia. Yo me bajo del carro ya. No me queda más paciencia, está agotada.

Llegó el final, cesó el clamor. La magia se desvaneció. Pero a pesar de ello, siempre estaré agradecido a Barón Rojo por todo lo que significó en mi vida.

Santi Fernández «Shan Tee»