BLACKFOOT + 69 REVOLUCIONES – Viernes 1 de abril de 2011, Sala Penélope (Madrid)

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Era la primera vez que los míticos Blackfoot se pasaban por España y, aunque de los originales sólo quedan el bajista Greg T. Walker y el guitarrista Charlie Hargrett (Recordemos que Rick Medlocke es el actual frontman de Lynyrd Skynyrd y que Jackson Spires falleció en 2005), no todos los días se tiene la oportunidad de ver en directo a un grupo histórico como ellos, que forma parte de la banda sonora de la vida de muchos de nosotros, con algunos de los mejores discos de la historia del Hard Rock como “Strikes” (1979), “Tomcattin’” (1980), “Marauder” (1981), o “Siogo” (1983), con una fuerza en directo (en sus mejores tiempos) impresionante que quedó plasmada en aquel mítico “Highway Song Live” de 1982, que participaron en históricos festivales como, por ejemplo, aquel de Reading’82 en el que también estuvieron Barón Rojo… en fin, que estamos hablando de uno de los grupos de culto para muchos de nosotros sin ninguna duda.

Todo esto es razón suficiente para que la actuación prevista para el 1 de abril en Madrid gozara de unas condiciones dignas, para que el digno público que iba a disfrutar de tan digna e histórica banda quedara con la sensación de haber visto al grupo que queríamos ver y que la inversión de nuestro dinero, ganado dignamente, tuviera una respuesta del grupo, del local, del sonido, del ambiente y de la profesionalidad de sus promotores que no hubiera dudas sobre la dignidad de cada uno. Sin embargo esto último es lo que, al terminar la actuación, la inmensa mayoría de los allí presentes nos cuestionábamos. De hecho, cuando salimos del concierto la frase más repetida fue “si lo se no vengo”.

Ni dignidad, ni profesionalidad ni nada de nada. La noche del 1 de abril quedará para la historia de los allí presentes como “lo que pudo haber sido y no fue”. Un desastre en todos los sentidos, tanto por lo cutre de la sala como por el horroroso sonido, la falta de profesionalidad del grupo, de los técnicos y de todo bicho viviente responsable de aquello. Nos mataron la ilusión, acabaron con el mito, rompieron todos los esquemas a los allí presentes y de repente pasaron de estar en el Olimpo reservado a los grupos históricos, a codearse con el grupo más vulgar de cualquier barrio de cualquier ciudad. Entre la sala, el promotor y los cálculos económicos del grupo (o de su manager, da igual) hicieron que nos diéramos un batacazo emocional de dimensiones considerables. Así es que, o vuelven y nos ofrecen un show en condiciones en una sala digna en la que se nos trate como personas, o Blackfoot dejarán en Madrid y para los restos una huella “imborrable”.

A las 19:30 h., hora prevista de apertura de puertas, estábamos por allí no más de una docena de personas. Para quienes no conozcan la sala Penélope, decir que es un recinto pequeño, con un mini-escenario frente a dos columnas que molestan bastante, y que es sitio habitual de concentración de parte del pijerío madrileño. A pesar de sus reducidas dimensiones no se llenó. Ni siquiera había merchandising, excepto del grupo telonero, lo que contribuyó a que el ambiente fuera nulo. Escenografía austera a más no poder, backline de 69 Revoluciones que pensaba yo (inocente…) que cambiarían para el grupo principal y una frialdad que pocas veces había vivido antes de la salida de un gran (a priori) e histórico grupo. Vale que la música de ambiente no contribuyera, que la media de edad fuera muy elevada y faltara algo de energía, que se mezclaran por allí moteros de imagen sureña, heavies, padres de familia y algún que otro curioso (poquísimas chicas, por cierto), pero aquello parecía un duelo más que un concierto de Rock. 

Con bastante retraso empezaron 69 REVOLUCIONES, un sexteto madrileño que presentaba su tercer disco titulado “Nº 4” y que sale a la venta el próximo 11 de abril (cuanto número… xD). El sonido empezó siendo horroroso para pasar a ser simplemente malo en la segunda canción y quedarse en regular a partir de la tercera. Sin embargo, aunque esto deslució bastante su actuación, lo peor fue lo lineal de su propuesta, Rock and Roll con tintes Pop que se hizo monótono y pesado. Les sobraron los últimos 20 minutos y terminaron hartando al personal.

El grupo empezó echándole ganas, pero hubo bastantes momentos en los que las caras de los músicos lo decían todo, y es que la frialdad con la que fueron recibidos por el escaso público que estaba atendiendo al escenario se mantuvo prácticamente durante toda la actuación. No había definición en las rítmicas con lo que se perdía el contraste entre la Telecaster y la Les Paul, que le hubiera dado algo de color al asunto. Tampoco se escuchaba el bombo de la batería y si acaso hubiera que destacar algo sería la inicial “Todo vale”, “Tantas las ganas” o “A través del cristal” que fueron de lo mejor de una actuación de 50 minutos que se hizo demasiado larga. Fue la segunda vez que los vi en directo, y me dio la sensación de que han perdido caña por el camino. En cualquier caso, que tengan suerte. 

Lo de BLACKFOOT fue de juzgado de guardia. Ni siquiera se trajeron su backline, supongo que para ahorrar costes, pero si un músico profesional no impone tocar con su propio sonido antes que ganar pasta (o no palmar demasiado) es que de profesional tiene poco. Esto, junto a las manos y orejas del técnico de sonido, el equipo de sonido (que estaba petando) y la acústica de la sala, se tradujo en que el sonido final fue catastrófico, peor imposible.

A las 21:53 salen al escenario, aún con la música de fondo. Kurt Pietro, el batería, se sienta y prueba sonido (¡!) mientras el resto del grupo le mira. Greg T. Walker toquetea el cabezal del Ampeg de bajo. Mike Estes, el otro guitarrista y cantante (ex–Lynyrd Skynyrd), prueba su micro, que está bajísimo de volumen, y se estudia el amplificador que le ha tocado en suerte (¡!). Mientras tanto, el público asiste atónito a tamaña chapuza y se va muriendo el mito del gran grupo que se suponía íbamos a ver y escuchar. Ya sin emoción, 8 minutos después del espectáculo bochornoso al que asistimos, se deciden a lanzarse al abismo de lo improvisado y la suerte, destrozando literalmente “Good Morning”.

El bajo era una pelota sonora molesta que lo ensuciaba todo. La guitarra de Charlie Hargrett no se escuchó ni en esa canción ni en ninguna otra durante toda la actuación. Fue el colmo. Era un batiburrillo sónico de voces ahogadas, bajo sin definición, bombo inexistente y coros sin efectos que convirtieron aquello en un suplicio. Quien no conociera perfectamente las canciones no se enteró de nada, porque había que esforzarse bastante para intuir por dónde iban.

En “Wishing Well” no mejoró el sonido. Entre ellos se miraban y decidieron seguir adelante confiando en que el técnico hiciera algún milagro, pero no llegó. En “Morning Dew” uno de los Crash de la batería se cayó y estuvo bastante tiempo sin poder ser utilizado, aunque para lo que sonaba dio igual que estuviera como que no. El bajo seguía sin comprimir, con mucha cola, nada redondo, sin definición y guarreándolo todo. La guitarra de Hargrett sólo se escuchaba cuando él mismo se subía el volumen en el amplificador, que parecía sonar “a pelo”, pero mantenía la sonrisa permanente. No sé si se reía por no llorar, porque se lo pasaba bien, por intentar agradar o directamente se estaba riendo de nosotros. Tal era el mosqueo general que daba igual, estábamos deseando que aquello acabara.

“I Got A Line On You”, “Baby Blue”, “Fox Chase”, “Left Turn On A Red Light” y otras, un solo de bajo y batería… pero nada. Iban pasando los temas y seguía todo igual, sin poder escucharse nada, con el público frío y el grupo contagiado por los problemas, aunque intentando agradar en lo posible, cosa que no conseguían. El timbre de la voz de Mike Estes es muy parecido al de Rick Medlocke, algo que se agradeció en lo poco que se pudo intuir de lo que cantaba y que queda como de lo más destacable en lo positivo. También habría que hacer mención al oficio de Greg T. Walker con su instrumento, a pesar del horroroso sonido, y con sus perfectos coros.

Para el final de la actuación habían reservado “Fly Away” en la que se escuchó algo la guitarra de Charlie Hargrett y que fue coreada por el público (personalmente eché de menos los teclados de Ken Hensley en la versión del “Siogo”), “Highway Song” también muy bien recibida y “Train Train” para acabar la primera parte, que duró poco más de una hora. Charlie ya había hecho algún amago de dolor de espalda que, pensaba yo, formaba parte del espectáculo, pero nada de eso. En el único bis que ofrecieron (solicitado con poco entusiasmo, por cierto), una versión del sobado “Crossroads” y que podrían haberse ahorrado perfectamente (con el fondo de catálogo que tiene esta gente, ¿realmente tienen que ofrecernos esa versión?) tuvo que sentarse porque su espalda no le aguantaba más en posición vertical. Insisto, lo mejor que les/nos podía pasar era que se terminara ya y afortunadamente ocurrió tras una hora y cuarto de (des)concierto. Creo que es la primera vez que me alegro de que una actuación dure tan poco.

Las conclusiones a las que se llega en caliente son varias, entre ellas que cualquier grupo galáctico, con los medios cutres de que dispone el resto de mortales, los convierte también en mortales. También ocurre el caso contrario: se puede hacer de un grupo mediocre un fenómeno de masas, pero ese es un tema que quizá desarrollemos algún día en algún Editorial. Otra conclusión es que, por muchos años que pasen, a los rockeros seguirán tratándonos con desprecio, como consumidores de tercera categoría, como si la dignidad estuviera reservada exclusivamente a otro tipo de grupos o de gente. Personalmente aguanté hasta el final porque tenía que escribir esta reseña con criterio, pero encantado me hubiera largado de allí a la tercera canción.

Perdí el tiempo, el dinero y la ilusión por un grupo del que me esperaba muchísimo más. Lo dicho, si lo se no voy.

Texto: Alvar de Flack

Fotos: Carlos Guillén “DIOforever”