
| A Touch Of Evil (2009) |
| Nostradamus (2008) |
| Angel of Retribution (2005) |
| Live in London (2003) |
| Demolition (2001) |
| '98 Live Meltdown (1998) |
| Jugulator (1997) |
| Painkiller (1990) |
| Ram It Down (1988) |
| Priest... Live! (1987) |
| Turbo (1986) |
| Defenders of the Faith (1984) |
| Screaming for Vengeance (1982) |
| Point of Entry (1981) |
| British Steel (1980) |
| Unleashed in the East (1979) |
| Killing Machine (1978) |
| Stained Class (1978) |
|
Sin
after Sin (1977) |
|
Sad
Wings of Destiny
(1976) |
|
Rocka'
Rolla (1974) |

JUDAS PRIEST “A Touch Of Evil” (2009)
Absurdo disco en directo de un grupo que vive de las rentas desde hace ya bastante tiempo. A menos que se trate de lavar la cara diciendo con él algo así como “hemos publicado una castaña en estudio pero tranquilos, que en directo seguimos siendo Judas Priest”, no tiene sentido publicar un disco en directo cuando ya se tienen varios, mucho más completos, de los últimos años. Es que ni siquiera se trata del disco de una gira, sino que está grabado en diferentes actuaciones entre 2005 y 2008, como si se tratara de material aprovechable de otros proyectos en directo desechados, o algo así (no lo sé, sólo lo intuyo).
Otra posibilidad es que usen este disco en directo para demostrar que los nuevos temas incluidos en “Nostradamus” suenan muy bien en directo. Tampoco lo sé, es una suposición, pero si fuera así tampoco consiguen nada incluyendo un tostón del calibre de “Messenger Of Death” y una mediocridad como “Prophecy” que, a la sazón, es de lo poco salvable de su último disco en estudio. Y no lo consiguen porque, aunque el disco en general tiene buen sonido, ya no hay quien se crea que eso que está sonando son ellos en directo. Es como el cuento de la zorra y las uvas. En cualquier caso, son los dos momentos más bajos de un disco en directo totalmente prescindible.
El resto del relleno son clásicos como “Riding On The Wind”, “Painkiller”, “Eat Me Alive” o “A Touch Of Evil”, además de otros de los menos comunes en sus conciertos, como “Between The Hammer And The Anvil”, “Beyond The Realms Of Death”, “Dissident Agressor” y “Hellrider”. También incluyen “Judas Rising” que usan para abrir el disco a modo de grito de guerra tras la debacle de “Nostradamus”.
Los temas suenan bien, ya digo, y están empalmados como si fuera una sola actuación y, claro, lo escuchas y es Judas Priest, especialmente cuando los clásicos hacen olvidar los nuevos. Por supuesto que siempre es bueno escuchar a un grupo en directo (¡¡¡pero en directo!!!) pero esto no es lo que podría ser. Creo que hubiera sido preferible un disco en directo que plasmara lo que te puedes encontrar en cualquier concierto de la gira de un grupo que ‘defiende’ su grabación en estudio, porque de esta forma es como un coitus interruptus que, salvo para curiosos, completistas y amantes de los discos en directo, como el abajo firmante, no tiene demasiado aliciente.
Alvar de Flack

JUDAS PRIEST “Nostradamus” (2008)
Son uno de los grupos más grandes de la historia del Rock, eso ya lo sabéis. Cuando una banda tan legendaria edita un nuevo disco, siempre se abre el eterno dilema entre la conveniencia de una continuación (incluso repetición) del exitoso estilo ya conocido o la apertura de una nueva vía creativa.
En el caso que nos ocupa, y cuando lo más fácil hubiera sido hacer un disco que repitiera todos los esquemas que hicieron grande a Judas Priest, la banda nos ofrece este “Nostradamus”, que no tiene nada que ver con los Judas Priest que se comieron el mundo en los ’80, sino que este disco se revela como un pomposo álbum conceptual, lo que unido a una orquestación presente en buena parte del disco, por momentos se asemeja más a la banda sonora de película de espadazos (“War” es el mejor ejemplo) que a un disco pensado a llevar al directo. Todas estas circunstancias producen un rechazo inicial, las primeras escuchas nos provocan un sentimiento de “estos no son mis Judas, que me los han cambiado”. Apenas hay temas que enganchen a las primeras de cambio y más de la mitad del doble disco lleva un tempo lento y cadencioso. Esto, para un disco tan extenso (doble CD, con 100 minutos de música), confiere al disco una aridez que hay que esforzarse por superar.
Sin embargo, si se insiste sobre el disco, se le saca mucho partido. Más que nunca en la discografía de Judas Priest, “Nostradamus” exige varias y atentas escuchas. Como sucede con todos los discos conceptuales, este trabajo ha de tomarse como un todo, siendo difícil extraer hit-singles de los que llenan recopilatorios, y difícilmente tendrán cabida en hipotéticas giras venideras. Los 23 temas del disco incluyen multitud de intros, temas enlazados, orquestaciones, pasajes de piano (cortesía del maestro Don Airey) que producen buenas sensaciones si se le presta la atención adecuada. Quizás sea el disco más complejo de la carrera de Judas Priest, algo que rompe con casi todo lo anterior, de ahí el rechazo de muchos de sus históricos seguidores.
Con estas premisas, la banda se ha debido amoldar esta nueva concepción de su música. Instrumentalmente, cada uno de los músicos tiene menos oportunidades de lucimiento. Tipton y Downing siguen demostrando su gran calidad, pero lo hacen en dosis más limitadas. Aún así, no faltan los duelos de guitarra en el que alternan solos de mucho mérito. Scott Travis está muy contenido en todo el disco y apenas tiene momentos en los que puede desplegar su potencia, pero cuando lo hace sigue demostrando su poderío. Sobre Ian Hill poco que decir, siempre a la sombra y siempre básico en el sonido de la banda.
Mención aparte merece Rob Halford. Muy criticado en los últimos años por sus limitaciones vocales, parece haber entendido que los tiempos de “Painkiller” están muy lejanos y son irrecuperables, y en todo el disco mantiene una tesitura más pausada, evita las demostraciones a las cuales ya no puede llegar y se dedica a cantar, modulando su voz, sin intentar aquellos agudos que hace tiempo le son imposibles. Y puedo decir que, una vez entendido esto, Rob Halford canta mejor que nunca. Su aportación al disco es una de las sorpresas más agradables que me he llevado desde las primeras escuchas de “Nostradamus”.
La concepción del disco recomienda su escucha completa, con atención y de principio a fin. Aún así, hay temas que destacan, como “Pestilence And Plague”, “Persecution” o “Alone”, así como el arreón final con “Nostradamus” y “Future Of Mankind”, tabla de salvación de quienes busquen enlaces con el pasado de la banda.
Judas Priest han cuidado la presentación al máximo, a la altura de la magnitud del proyecto, con una calidad excelsa y un extenso libreto que nos permite seguir con interés la historia que se desarrolla en el disco de principio a fin.
“Nostradamus” es, por lo tanto, un disco que sobre el que hay que insistir para extraerle todo su jugo. Si eliminamos nuestros prejuicios sobre el cambio experimentado en relación a sus discos más aclamados, disfrutaremos de este nuevo trabajo de la mítica banda británica.

JUDAS PRIEST “Angel Of Retribution” (2005)
Pues
sí, aquí están de nuevo Halford, Tipton, Downing, Hill y Travis (¿alguien
lo puso en duda?), si no la formación más clásica de la banda sí la clásica
más reciente, en parte porque juntos grabaron la última gema del grupo, a
saber “Painkiller” (1990).
Pues
eso, que estar están, ¿pero cómo están? Bien, gracias. Y digo bien porque
eso me ha parecido el disco tras las pertinentes escuchas (nada de juicios a
la ligera), un trabajo de aprobado alto, aunque tampoco más.
Aparentemente
“Angel Of Retribution” es un disco conservador, y dentro de su
conservadurismo hay para todos los gustos, o mejor dicho, para todo tipo de
fans del grupo (porque si no te gustan no hacemos ná), desde los de la era más
retro (“Sad Wings Of Destiny”) hasta los más powermetaleros (“Painkiller”).
Así, cortes como el que abre, “Judas Rising”, tan obvio como brutal y
efectivo, o el cortante “Hellrider”, de perenne doble bombo, falsetes
marca de la casa e incluso apoteosis final a lo Carmina Burana, podrían
aparecer perfectamente en el último trabajo del Sacerdote con Halford al
micro, mientras que otros como el guitarrero “Deal With The Devil” (esos
falsetes son más propios del alumno King Diamond que del maestro Rob Halford)
o la enervante y saxoniana “Worth Fighting For” suenan a la era más clásica
del grupo, sin duda de lo mejor del plástico.
“Revolution”
por una parte hace las veces de tempo robótico y futurista (“Love Bites”,
“Blood Red Skies”), y por otra parece como si “Metal Gods” se hubiera
colado en “Demolition” como por arte de magia (hasta ahí han guiñado el
ojo). “Angel” se hace eco de los pasados “Beyond The Realms Of Death”
(ese comienzo...), “Before The Dawn” (...esas acústicas...) y “Here
Come The Tears” (...y ese tono lacrimógeno), y sin embargo no repite (Halford
está muy acertado con su timbre en relax), y “Demonizer”, con ese
comienzo a lo “Blood Stained” (y esos estallidos finales... ¿de Ripper?),
y “Wheels Of Fire”, que me recuerda horrores a aquel “Cualquier Noche
Sale El Sol” de Obús (¿los maestros sonando a los discípulos?), suponen
los puntos más bajos del redondo, aunque tampoco desagradan.
Con
todo y con eso, y para que luego no los tachen de autoplagio, se permiten dos
licencias como “Eulogy” y “Lochness”, el primero apoyado básicamente
en teclas y bastante curioso, que sirve de entrada al segundo, sin duda el
tema más largo de toda la trayectoria de Judas, de cadencia hímnica y oscura
pero algo falto de chicha.
La
banda está como siempre, las guitarras suenan poderosas y clásicas a la vez
(Roy Z ha dado en el clavo con la producción en general), con detalles en según
qué fragmentos bastante sorprendentes (eso a estas alturas ya es decir
mucho), y la batería de Scott Travis sin duda da mayor juego que la otrora de
Holland, todo un pulpo. Ian Hill (number one!) como de costumbre,
desapercibido, y Rob Halford... pues correcto, y sin duda mucho mejor en los
tonos medios que en los altos (avisando para el directo). Aun así, en estudio
sigo prefiriendo al Metal God que a Tim Owens, porque aunque sus pulmones y su
garganta ya no sean lo que fueron, la versatilidad de su timbre y sus posibles
recursos siguen doblegando a los de su alumno, mucho más lineal y estridente
que el padre del falsete ensamblado.
Por
último señalar, sobre todo para los que aún degusten de ir a por la novedad
a su tienda habitual, que la primera tirada de Angel Of Retribution viene en
edición de lujo, cuidado digibook con letras y lo mejor del caso, un DVD
adicional con la entrevista de turno y un generoso fragmento de lo que fue su
pasada actuación en la plaza de toros de Valencia, en aquel Metalmania
Session 2004 en plena gira de reunión. Si eres de los que acudiste a lo mejor
te llevas una sorpresa (alguno ya nos la hemos llevado).
Y
hablando de giras, visto lo visto ahora sólo queda aguardar a la inminente,
esperemos que TODOS estén a la altura.
Bubba
Hemos
recuperado a Judas Priest. Afortunadamente se acabó la ‘etapa Owens’, los
“Demolitions” y los “Jugulators”. Personalmente pienso planteármelo
como con la ‘etapa Blaze’ en Iron Maiden, haré como que nunca existió,
como si trazara un puente entre 1991 y 2005 por encima del torrente de despropósitos
que han supuesto estos últimos años. ¿Para qué conformarte con una copia
cuando puedes tener el original?, pues eso mismo.
Cuando
escuché por primera vez este “Angel Of Retribution” llevaba toda una
retahíla de comentarios a cuestas sobre lo cascao y lo pasado de rosca que
estaba Halford, los ‘gallos’ de los directos, el abuso de los falsetes,
los cambios de melodía para no pifiarla en los agudos... en fin, que iba
bastante predispuesto a escuchar un disco lleno de parches de laboratorio,
pinchazos para retocar y otras ‘artes’ de estudio. Sin embargo, las
sensaciones que me produjo la escucha detenida del disco fueron las de los
mejores momentos del grupo, como si estuviera escuchando a Judas Priest... y
es que claro, son Judas Priest.
Esto,
que puede parecer una perogrullada, no es tal si tenemos en cuenta que durante
10 años largos han estado divididos haciendo el canelo. Unos con un sucedáneo
de metal god dando una imagen patética de sí mismos, otro inventando
grupos en los que estaba fuera de sitio y plegando velas en su última etapa.
Creo que la reunión ha sido, de momento, fructífera. Es para estar
contentos: Hemos recuperado a Halford, el logo (con algún guiño al
“Painkiller” en la “t” de Priest) y buena parte del sonido del grupo.
Podría decirse que el tema que inicia el disco “Judas rising” resume
perfectamente el resultado.
Por
haber, hay hasta temas que podrían entrar perfectamente en el “Screaming”
o el “Defenders”, como “Worth fighting for”, algo impensable hace tan
solo un par de años. Se han atrevido hasta con una especie de balada in
crescendo titulada “Angel” y con otra pieza tranquila a la antigua usanza
llamada “Eulogy”, para lucimiento de la voz de Halford con acompañamiento
de teclados y guitarra, un lujo.
El
resto del disco intenta (y consigue) seguir una línea más “Painkiller”,
excepto la última “Lochness”, 13 minutos y pico de epicismo sin
precedentes en su discografía y un tanto pueriles, todo sea dicho.
La
presentación también va acorde con el concepto formando un todo indisoluble
e indispensable (pasa de downloads). Digipack con DVD, cuyos 40 minutos
de entrevistas y actuaciones en la plaza de toros de Valencia no desvelan nada
nuevo sino todo lo contrario: clichés tipo ‘el fúrbol es asín-son once
contra once-no hay enemigo pequeño-cuando la pelotita no quiere entrar...’.
Eso sí, las imágenes dejan ver las arrugas al natural, y es que ya tienen
una edad.
Lo
dicho, hemos recuperado a Judas Priest y regresan con un buen disco. Por
muchos años más.
Alvar de Flack
La
vuelta de Dios al Cielo, o lo que es lo mismo, de Satán al Infierno, aunque
para muchos nunca se fue. Es difícil grabar un disco como éste,
absolutamente todo el mundo pendiente del nuevo de Judas, dando carpetazo a la
era Ripper Owens.
Presentación
de lujo en Digibook, la portada me gusta, el Ángel metálico con ese fondo
sobrio de color negro y por supuesto, la vuelta del logo clásico del grupo.
Por poner algún pero a la presentación he de decir que echo de menos alguna
foto.
Halford,
Tipton, Downing, Hill y Travis se han sacado de la manga un excelente disco.
En líneas generales es un disco actual de Judas Priest, recogiendo y
actualizando sus sonidos clásicos, y ahí nos encontramos con temas como
“Deal whith The Devil”, “Wheels Of Fire” o “Worth Fighting For”
que son un claro ejemplo de lo dicho anteriormente, pues veo a estos tres
temas como los más ochenteros. Obviamente la etapa cañonera del
“Painkiller” está bien representada con el inicial “Judas Rising” y
“Hellrider”, que son precisamente de los que más me gustan del disco y
que pueden ser la bomba en directo. También nos encontramos con
“Demonizer” , un tema más en la onda Ripper Owens, una muy buena balada
“Angel” y un tema largo y denso y con un riff muy Sabbathico llamado “Lochness”,
con un estribillo que desde que lo escuché por primera vez aún no me lo he
quitado de la cabeza, muy del estilo “United”. La canción que no me
encaja es “Revolution”, muy sosa.
No
me ha gustado las diversas alusiones en las letras a canciones antiguas “Painkiller”,
“Blood Red Skies”, “The Sentinel”, “Stained Class”, quizá con una
hubiese sido sufiente.
Halford
canta muy bien dentro de sus posibilidades, ha bajado considerablemente el
nivel de agudos y la verdad es que me gusta, no creo que tenga problemas en
llevar las canciones de este “Angel Of Retribution” al directo.
También
se incluye un DVD con un reportaje de lo bonito que ha sido el juntarnos de
nuevo y aquí no ha pasado nada (como me ponga a mirar revistas viejas...) con
canciones ¿en directo? grabadas en el festival “Metal Mania” que se
celebró en Valencia, y que la verdad es que tanto el sonido como la voz de
Halford no fue que lo que realmente vimos/escuchamos en dicho festival.
Agustín Galiana “Aguskill”
Sin
duda era una de las reuniones más esperadas de todos los tiempos. La traumática
marcha de Rob Halford tras el exitoso Painkiller y la posterior mediocre
trayectoria tanto de Halford como de los reformados Judas Priest no hizo más
que aumentar la leyenda sobre la esta formación. Ni siquiera el acertado
repuesto de Halford en la banda con la inclusión de Tim “Ripper” Owens
pudo con el mito, debido al bajo nivel compositivo que demostraron el dúo
Tipton-Downing en ese período.
Tras
años de descalificaciones y desprecios mutuos, se impuso nuevamente el
“donde dije digo digo Diego”, y sus caminos han vuelto a confluir. Cuando
se confirmó la noticia, se abrió la veda para especulaciones de todo tipo
sobre el estado vocal de Rob Halford y sobre la línea que seguiría el
esperado disco de reunión. La gira de calentamiento que trajo al grupo a España
(Valencia y Barcelona) despejó algunas dudas: Rob Halford anda muy justito de
voz y la reunión no ha sido por amistad, precisamente, dada la frialdad
mostrada en escena entre sus componentes.
Y
por fin tenemos el disco en nuestras manos. Cualquiera hubiéramos apostado a
que sería un intento de reverdecer viejos laureles a costa de intentar
repetir el
“Painkiller”
o incluso alguna de sus leyendas anteriores como
“Screaming
for Vengeance”
o
“British
Steel”,
pero afortunadamente no ha sido así. Por supuesto, hay muchos elementos que
recuerdan a los Judas Priest clásicos, no podemos olvidar que se trata de los
mismos músicos, pero no se parece a ningún disco en concreto y a todos a la
vez. Sea o no motivada por motivos económicos, la reunión ha funcionado.
El
resultado no deja de sorprenderme. Por un lado, cada canción parece sacada de
un período diferente de la historia de Judas Priest. Sin embargo, han
conseguido que el disco suene compacto pese a esta variedad, y a causa de ella
suena ameno y atractivo. Si bien, algunas de ellas podrían considerarse un
paso lógico desde Painkiller (“Judas Rising”, “Demonizer”, “Hellrider”),
no faltan canciones con más melodía que podrían haber sido editadas en
discos como Turbo (“Worth fighting for”), Defenders of the Faith (“Deal
with the Devil”) o British Steel (“Wheels of Fire”). Incluso hay una
balada llamada “Angel” que rememora aquellos viejos tiempos del Sad Wings
of Destiny.
Para
el final me he dejado lo peor y lo mejor. Lo peor, sin duda, “Revolution”,
elegida como single (que me lo expliquen, por favor), un tema que no dice
nada. Y lo mejor, la extensa “Lochness” que cierra el disco, una maravilla
de más de 13 minutos con claras influencias de sus paisanos Black Sabbath y
que me tiene encandilado.
Todo
el grupo brilla a buen nivel. Uno de los interrogantes, la voz de Rob Halford,
aprueba el examen con nota, aunando elegancia y poderío como en sus mejores
tiempos. Dentro de unos días sabremos si este rendimiento lo puede mantener
en directo. Pero eso ya será otro cantar (nunca mejor dicho) y os lo
contaremos en otra sección.
Visto
lo visto, y oído lo oído, un gran disco que no hará sino aumentar la
leyenda sobre esta formación.
Negar
la evidencia es absurdo: Los Judas Priest de los últimos años estaban más
perdidos que Kevin Costner. Ni “Jugulator” ni mucho menos “Demolition”
son discos que estén a la altura ni de la historia, ni de lo que la gente
demanda de la banda, ni “Ripper” Owens, por mucha voz que tenga y muy bien
que cante, es Halford. Técnicamente y, sobretodo, en directo, puede que le dé
mil patadas pero Halford tiene algo que no tiene él, llámalo carisma,
actitud, o llámalo como quieras pero la expectativa que crea uno y otro no es
la misma, aunque tampoco vamos a dejar que Owens cargue con el muerto. Nada
puede reprochársele al americano excepto haber cantado a las mil maravillas
las mediocres coplas que le sirvieron Downing y Tipton, verdaderos culpables
del bajón de grupo tanto a nivel de popularidad como musical. Así que como
dos más dos son cuatro y más a la hora de hacer caja, que las facturas son
muy malas cuando hay que pagarlas, creo que nadie dudaba a estas alturas del
campeonato que la reunión estaba más que cantada y que sólo la vuelta de
Halford, que tampoco llevaba una carrera en solitario para tirar cohetes, podía
/ puede devolverles al sitio que les corresponde.
Intentemos,
dentro de lo posible, ser justos y honestos con el nuevo trabajo de Judas
Priest. Olvidemos todo el marketing y el bombo (publicidad para idiotas
incluida) de la reunión, dejemos a un lado que Halford en directo parece un
gallo con almorranas y obviemos, aunque sólo sea un momento, que posiblemente
se estén, sino lo han hecho ya, convirtiendo en una parodia del ahora tan
aclamado “True Metal” (yo creo que Rob tiene hasta calzoncillos con
tachuelas) y de si mismos y centrémonos en el jodido disco con los menores
prejuicios posibles, si es que esto es factible.
Lo
primero que me vino a la cabeza cuando lo escuché fueron dos ideas totalmente
contradictorias. La primera es que a este disco se le podría aplicar
perfectamente el dicho popular de “demasiado arroz para tan poco pollo”.
Un disco irregular, con momentos realmente brillantes, pocos, pero en general
demasiado soso y falto de chicha e inspiración en ocasiones. La otra idea, la
que va en otro sentido, es que “Angel Of Retribution” es uno de los
mejores discos de metal clásico, de Heavy Metal del de toda la vida, de los
últimos años y que, lejos de regrabar un nuevo y mediocre “Painkiller”
como hubiera sido lo fácil, han vuelto a dar un paso adelante y, con la
inestimable ayuda de Roy Z (al César lo que es del César), han modernizado
el sonido que los hizo grandes en la primera mitad de los años ochenta
reinventándose por enésima vez. Desde luego han superado con creces
cualquier cosa que hayan grabado en los últimos quince años y eso ya es
bastante.
Desde
la inicial y comercial “Judas Is Rising” (con homenaje incluido al “Sad
Wings Of Destiny” en la introducción) y la siguiente “Deal With The Devil”
los recuerdos de la etapa 80–86 son más que evidentes. Recuerdos matizados
y modernizados, algo que siempre ha sido una constante en la banda. Además
parece como si el grupo, sobretodo Halford, por fin fueran conscientes de sus
limitaciones (muchas) y se dedican a tocar dentro de sus posibilidades y así,
quitando algunos punteos algo desbocados, Downing y Tipton se dedican a los
que mejor saben hacer: Tocar riffs simples pero potentes y efectivos, y
Halford cantar en tonos donde su garganta no hace el ridículo (en directo lo
agradecerá).
Mucho
más moderna aparece “Revolution” (single) donde me parecen, con todos los
respetos a los santos padres, Led Zeppelin pasados por la turmix del señor
Manson (sí, acabo de decir una blasfemia del tamaño del Canadá). Luego
vienen coplas que si bien no son malas sí son, siempre en mi opinión,
bastantes mediocres. “Worth Fighting For”, sin ser nada especial, viene
bien porque se levanta un poco el pie del acelerador y este cambio es algo que
se agradece después de los tres primeros cortes pero sin embargo
“Demonizer” (la más Painkilleriana, con recuerdo en la propia letra) es
de la “sin chicha ni limoná”, de esas que si están bien y si no pues
también (relleno se ha llamado siempre), supongo que habrá hasta quien se
haya emocionado pero a mí me ha dejado bastante indiferente. Eso sí, tengo
que reconocer que me encanta el punteo de esta canción.
Dejemos
el “Painkiller” del demonio a un lado, que ya está bien con el dichoso
disco, y volvamos la vista a hace veinte años y nada mejor para hacerlo que
“Wheels Of Fire”, un tema con una voz melódica sobre un riffs de puro
Heavy Metal que más bien parece sacado de las sesiones del “Screaming...”
o del “Defenders...”. “Angel” y “Eulogy” son dos buenos temas
lentos pero que dicen más bien poco y creo que con uno sólo que hubieran
incluido iban que se mataban. El que sí que me sobra seguro es “Hellrider”,
seis minutos de “Heavy - Pestiño” manido y sobado capaz de aburrir
al mismo “Metallian”. Y ya que hablamos de pestiños y torrijas sigamos
con “Lochness”, un tema más pesado que el monstruo del lago y que sería
bastante más interesante si le quitáramos ¡¡DIEZ MINUTOS!! de los casi
catorce que dura. ¿En qué coño estaban pensando? Con tres o cuatro minutos
hubiera quedado más que aceptable pero los 13:22 que dura se me hacen,
sinceramente, insoportables y soporíferos.
Si
hoy en día alguien todavía se pregunta si “Angel Of Retribution” es un
buen disco mi respuesta es que depende de las expectativas y deseos de cada
uno. Yo creo que sí, que en líneas generales y con los matices arriba
comentados, podemos decir que es un buen disco pero sólo eso, que no es poco,
que no es ninguna obra maestra y ni siquiera uno de los mejores de la banda
aunque quizás la pregunta fuera ¿alguien pensaba que iban a hacer otra obra
maestra? Yo desde luego no y bastante sorpresa me he llevado porque esperaba
mucho menos. Al menos es el mejor disco de los últimos 15 años.
Pears

JUDAS PRIEST “Live in London” (2003)
Dos
tramos de gira, una locura de conciertos dados que abarca desde el 8 de junio de
2001 hasta el 25 de agosto de 2002 y decenas de países visitados. Judas Priest
se han recorrido muchos kilómetros de carretera para apoyar “Demolition” y “Live in London” no es más que el testigo de este tour de force.
Grabado en el londinense Brixton Academy el 19 de noviembre de 2001, condensa más
de dos horas de música en vivo, a las que se añaden tres minutos y medio con
selecciones diversas del DVD editado del mismo show como aliciente de compra.
La presentación es correcta:
un texto de introducción sin más y algunas fotos de los integrantes de la
formación completan el continente; lo mejor es la funda plateada que
envuelve el doble compacto. En el apartado de sonido y ejecución, la
grabación se me antoja sencillamente aplastante y de una calidad
incontestable. Casi te puedes sentir transportado al mismo lugar del evento,
con “Ripper” lanzando puñetazos al aire mientras pasea orgulloso su
figura corpulenta.
Entremos
sin más demora a despedazar este “Live”, cuarto en la carrera de los
británicos con más años de experiencia en el universo metálico. Veinticinco
temas conforman ambos discos, habiendo espacio tanto para clásicos como para
alguna licencia a la nueva hornada de temas de la época Owens.
De
los históricos, cabe destacar aquellos temas en los que “Ripper” se
crece en la interpretación, añadiendo registros altos allí donde no los había
y dando razones de peso para argumentar que en las circunstancias actuales su
mentor no alcanzaría tal nivel en compañía de sus antiguos colegas. “Metal Gods”,
“Victim of changes” o “The Ripper” dan fe de tal condición. Igualmente, la agresividad extra que aporta el
frontman en las canciones más contundentes aprovechando la poderosa garganta
que lo avala, se materializa en “Grinder” y las dos piezas de “Jugulator” escogidas para la ocasión.
“Ripper” mantiene el tipo con gran dignidad y se muestra respetuoso y fiel a las versiones originales (“The sentinel” y “Beyond the realms of death”, por ejemplo). No obstante, otras no pueden desligarse de la personalidad vocal chulesca y arrogante de Halford, sin la cual apenas son concebibles. “Heading out to the highway”, “A touch of evil”, “Running wild” o “Turbo lover” carecen de un algo subjetivo que no se plasma a través de una simple garganta poderosa.
Pese a no resistir comparación alguna con los viejos himnos de la banda, “Blood stained” y “Burn in hell” son tremendamente efectivas a la hora de calentar a la concurrencia con las piezas más explícitamente duras que jamás hayan firmado el dúo Tipton-Downing. “One on one” va directa a la yugular, transparente y por ello propicia para el directo. La que mejor ha quedado, en mi opinión, ha sido “Feed on me”, cuya adaptación en vivo me ha reconciliado con el tema. “Hell is home” también suma puntos en vivo, aunque no termine de convencerme del todo.
Algunos
números son idénticos a los que el grupo gastó en “'98 Live meltdown”,
como la dimensión acústica que adopta “Diamonds and rust”, la comunión
público-banda en “Green manalishi” o la parte imprescindible del set: “Breaking
the law”, “Painkiller”, “Living after midnight”, “Electric eye”, “Hell bent for leather”
y “You've got another thing coming”. Las sorpresas que deparan al oyente
se centran en pistas que hace tiempo habían desaparecido del repertorio
habitual: “Turbo lover”, “Desert plains” y “United”.
A nadie le amarga un dulce y menos de la talla de éstos.
La publicación de dos dobles álbumes en directo en giras consecutivas confirman el buen estado de salud del que goza Judas Priest o, al menos, de la confianza que la banda ha depositado en su joven cantante. A su favor hay que declarar que presenta un legado de clásicos junto a alguna de las nuevas incorporaciones que nunca falla en una voz excepcional como la de Owens y que se trata de un trabajo completo y bien equilibrado en cuanto a repertorio, mejor que su predecesor en tanto que recoge una sola actuación. En su contra, destacaría que, dado el antecedente cercano de “Live meltdown”, puede parecer en cierta manera conservador y poco arriesgado, siendo una jugada fácil con la que apagar la sed de los fans. Al tener en cuenta la distancia temporal y la diferencia de etapas de los míticos “Unleashed in the East” y “Priest…live!”, esta sensación se acrecienta enormemente.
J. A. Puerta

JUDAS PRIEST “Demolition” (2001)
Las comparaciones son odiosas y eso es lo que le ocurre a “Demolition” cuando sale a relucir el nombre de Halford y de su “Resurrection” de hace un año. Parecía que Tipton había tomado buena nota de las expectativas que los fans de los Priest tenían acerca de su nuevo álbum y de la conveniencia de reorientar su sonido hacia el metal más clásico, del que ellos mismos son máximos estandartes. Sin embargo, más de uno nos hemos llevado un chasco al comprobar que este nuevo trabajo no sólo sigue la línea de su antecesor, sino que profundiza en ella, tratando de llevar el estilo de Judas Priest por los derroteros más vanguardistas. Ello no significa que se hayan convertido en una banda de nu metal (faltaría más), pero su obsesión por querer definir lo que supuestamente va a ser el heavy metal de este nuevo milenio, acercando lo que era “Painkiller” a los sonidos más propios de unos Machine Head o Pantera o inspirándose en muchas de las tendencias que ahora rompen, hace aguas por todas partes. En primer lugar, la banda, al igual que en “Jugulator”, ha hecho acopio de una producción y unos esquemas que nada tienen que envidiar a los de las formaciones que despuntan en estos momentos, consiguiendo una adaptación admirable a los tiempos actuales. No obstante, y es hora de que Tipton sea consciente de ello antes de que sea demasiado tarde, gran parte de los seguidores de las nuevas tendencias no están interesados en este reenfoque de Judas y menos aún sus antiguos fans, que no acaban de comprender bien el giro que le han dado a su carrera. En segundo lugar, se hace evidente que, a pesar del acierto con que la banda abordó sus incursiones en otros terrenos (como el primer “Rocka Rolla” o los posteriores “Point of Entry” o “Turbo”), en esta etapa las composiciones no dejan de ser más que correctas, siendo en ocasiones simples revisiones actualizadas del metal machacón y pesado que se popularizó en los noventa y que todavía perdura (algo más agresivo, eso sí), sin aportar nada destacable al género. En último lugar, y como punto positivo, cabe destacar el trabajo que ha hecho “Ripper” Owens, cuya voz es lo mejor que podemos encontrar en el disco por su riqueza y diversidad (es una pena que se vea supeditada a unos temas que dicen más bien poco).
En cuanto al contenido, hay que matizar que esta vez han optado por incluir algo más de variedad, sin llegar a los extremos de caña continua de “Jugulator”, lo que se agradece en parte, si tampoco supone una mejora por sí sola. Así, la fuerza y la potencia de trallazos como “Machine man” (que abre el álbum y ha sido lanzado como primer sencillo del mismo), “One on one”, “Jekyll and Hyde” (donde lo más destacable es la adaptación del timbre de “Ripper” en ciertos fragmentos al de Laine Staley, y es que en algo se notan los gustos del chico) , “Bloodsuckers” (que parece una nueva versión de “Bullet train”, aunque no tan lograda), “Cyberface” (con una primera parte más sosegada y con guiños a las maneras de Jerry Cantrell que desconciertan) o “Devil digger” se quedan en simples anécdotas ya que no transmiten sensación alguna, ni un pequeño resquicio de feeling de la vieja época. Tras escuchar una y otra vez estos cortes, uno acaba con un sentimiento de frialdad que no colma las exigencias mínimas que se puedan esperar de un trabajo de los británicos, más cuando han tardado tanto tiempo en decidirse a editarlo. Otro aspecto negativo es la simpleza de los solos. A pesar de la originalidad de éstos gracias al uso de unos efectos muy “cibernéticos” (ampliable al sonido de las guitarras en general), dan la impresión de estar ahí casi por obligación, como si rellenasen las canciones superficialmente. Un ejemplo está en “Feed on me”, una canción que recupera el espíritu de los Judas más cercanos al heavy americano y que podría haber sido un temazo de no ser por un estribillo francamente malo y el solo tan vacío que lo acompaña. Idéntico son los casos de “In between” y “Hell is home”, cuyo comienzo es prometedor con Owens acaparando el protagonismo absoluto, pero que luego se torna monótona y algo soporífera debido a unos riffs que parecen haber estado inspirados (desafortunadamente) en las sesiones de “Load” de Metallica.
En otra onda nos topamos con los medios tiempos, que posiblemente sean los que más se salvan en “Demolition”. En un intento de emular sus temas más accesibles, “Close to you” tiene una base que mama de “(Take these) chains on”, “Blood red skies” o alguna pieza de “Turbo”. Aún encontrándolo incompleto para formar parte de esos subclásicos, convence y resalta en comparación con el resto del disco. Por su parte, “Lost and found” suena bien y agrada a la primera escucha por la calma que le otorgan las guitarras acústicas predominantes durante todo el tema.
En la recta final se destapan con “Subterfuge”, cuyo ritmo de guitarra frenético toma lo suyo del metal industrial de Ministry o de los más recientes Rammstein y desemboca en un estribillo fácil de recordar con cierto gancho. Cerrando, nos damos de frente con “Metal Messiah”, una composición muy extraña, en la que “Ripper” experimenta con su propia voz y en la que el estribillo está hecho a la medida de los degustadores del heavy europeo tan en boga actualmente. Es curiosa y acabaría siendo de mis favoritas si no fuera por como la alargan innecesariamente, llegando a aburrir esperando un final que parece interminable.
Se les reconoce el esfuerzo que han hecho por tratar de marcar el camino que seguirá el heavy metal en los años venideros, pero creo que se han equivocado. Y es que la mayoría de estas canciones tienen el inconveniente de no resistir el paso del tiempo, algo que ya ocurriera con gran parte del material de “Jugulator”. No incorporan los matices ni las melodías características que dejen entrever la firma indiscutible de los Priest. Si el regreso de Rob Halford se materializa finalmente, suplicaremos para que la química entre éste, Tipton y Downing vuelva a surgir como en los viejos tiempos porque, de no ser así, mucho nos vamos a arrepentir. Finalizando tal y como empecé, es imposible comparar “Demolition” con “Resurrection” porque simple y llanamente no hay color.
J. A. Puerta

JUDAS
PRIEST
“’98
Live Meltdown”
(1998)
¿Quién
iba a pensar que después de “Jugulator” los Judas editarían un disco en
directo? Pues no creo que mucha gente, de hecho estoy convencido que editaron
el disco para callar las bocas de aquellos que pedían a gritos la vuelta de
Halford, y nada mejor que hacerlo que demostrando la valía de Tim “The
Ripper” Owens en directo.
Sospechoso
es que no hayan fotos del grupo en directo, ya que las que contiene el CD son
de la sesión fotográfica del “Jugulator” como también sospechoso es que
no se diga donde fue grabado el doble CD.
Tan sólo el inicio con “The Hellion”, “Electric Eye” y “Metal Gods” Tim ya demuestra que la plaza que dejó Halford estaba vocalmente muy bien cubierta. Tim cumple a la perfección el suplir a toda una leyenda del Heavy Metal e incluso se podía permitir el lujo de mejorar varias canciones, caso de “Rapid Fire” donde Tim demuestra todo el poderío de su garganta sacando sus mejores agudos, pero donde realmente se sale es en la semi-acústica “Diamonds & Rust”, posiblemente la canción que más veces he escuchado de este directo y de la que estoy seguro la hicieron de esta forma para darle a Owens la oportunidad de lucirse.
El
repertorio se basa en auténticos clásicos del grupo entre los que destaco
canciones que nadie se imaginaba que fueran cantadas con otra voz que no fuera
la de nuestro Metal God como “The Ripper”, la fantástica “Beyond The
Realms of Death”, “The Green Manalishi”, “Victim Of Changes” o la
sensacional “Night Crawler” junto con cinco canciones del “Jugulator”,
entre las que destaco una gran versión de “Death Row” y “Burn In Hell”.
Otro
de los subidones del directo viene en su parte final, con “You’ve Got
Antoher Thing Coming”, “Hell Bent For Leather” y ese inmejorable fin de
fiesta con “Living After Midnight”.
Al directo tan sólo le encuentro un bajón con nombre “Painkiller”, único tema en el que Tim no da la talla, y en el que al principio del mismo podemos escuchar la Harley robada a Rob.
Muy buen sonido, duro, metálico y potente, unido a una buena producción y una voz prodigiosa hacen de éste un gran directo, del que obviamente no lo puedo comparar con sus directos predecesores.
Como curiosidad decir que es un repertorio muy parecido al que posteriormente tocarían los Priest con la vuelta de Halford al grupo.
Agustín Galiana “Aguskill”

JUDAS
PRIEST “Jugulator”
(1997)
7
Años después de publicar “Painkiller”, con Tim “Ripper” Owens
sustituyendo a su ídolo Rob Halford, se atrevieron a publicar este engendro
en el que cualquier parecido con Judas Priest era puñetera coincidencia. No
quedaba ni rastro del grupo, el cambio fue brutal. “Painkiller” ya supuso
una reorientación de su música un tanto más agresiva, pero con
“Jugulator” le dieron una vuelta de tuerca más al sonido borrico.
Caña
burra sin contemplaciones, a veces sin mesura, casi industrial, eso era el
nuevo sonido: Un trabajo vocal sobresaliente por parte del nuevo, quien dejaba
a la altura del betún a su predecesor y maestro, una batería demoledora como
el trabajo más bestia de Scott Travis, sonidos gruesos de guitarra, melódicamente
nulo, solos anárquicos más efectivos que técnicos y, sobre todo, temas que
procedentes de otros podrían conformar un disco aceptable, pero que viniendo
de Tipton, Downing y Hill y llamándose Judas Priest hacían de este disco un
truño decepcionante.
Desde
el punto de vista de un seguidor-tipo de los Judas clásicos, cada corte parecía
exactamente igual al siguiente, como si hubiera sido grabado en blanco y
negro, monótono, sin melodía, sin matices, sin nada de nada, una absoluta
castaña. Desde otro punto de vista, más adaptado los sonidos extremos quizá,
el disco era un auténtico bombazo sonoro. Por supuesto lo más duro que habían
hecho hasta el momento, pero aparte de eso, era la demostración de que son
los maestros inspiradores también de grupos que triunfaron con propuestas más
heavies, tipo Pantera o Metallica.
Por cambiar, lo hicieron hasta de logotipo. La portada -horrorosa- iba en consonancia con el interior, había que desechar todo lo que recordara al calvo, como reafirmando la nueva identidad del grupo. Fue la constatación de la crisis ocurrida desde la marcha de Rob Halford, decadencia que se vio agravada con el siguiente lanzamiento en estudio, “Demolition”, con el que tocaron fondo.
“Bullet trains” y “Cathedral spires”, curiosamente los dos últimos, eran los temas más inspirados de un disco que, analizado en el contexto histórico de Judas Priest, es preferible olvidar, pero que por sí solo podría ser un excelente ejercicio de metal moderno. Personalmente lo tengo por ahí en la estantería, muerto de asco, aunque hoy me lo he puesto para hacer esta reseña y no parece tan inaguantable como cuando lo compré.
Alvar de Flack

JUDAS
PRIEST “Painkiller”
(1990)
Recuerdo cuando me pasaron este álbum recién salido del horno. Por aquel entonces el intercambio a gran escala era simplemente impensable, así que o tenías a alguien a mano con algunos cuartos más que tú o había que recurrir al ya jurásico método del intercambio por correo, dichosos tiempos aquellos.
El
caso es que “Painkiller” cayó en mis manos sin más presentación que la
del soporte (Sony HF 60), y por más que me aseguraron que era lo último de
Judas Priest mis orejas y yo no nos acabábamos de creer que aquello fuera de
los padres de “Living After Midnight” y “Breaking The Law”, para qué
engañarnos. La pista definitiva, como no podía ser de otra forma, Robert
Halford, porque ningún otro hombre, mujer o bestia viviente sobre la faz de
la Tierra podía emitir los alaridos que nuevamente había registrado el
‘Metal God’ en su último trabajo con Judas Priest, a la postre el
definitivo.
Y
es que todo en “Painkiller” se presentaba novedoso y asquerosamente
atractivo: la portada, nuevamente a cargo de Mark Wilkinson (“Ram It
Down”), era llamativa como hacía mucho (“Sad Wings Of Destiny”,
“British Steel”), con un jinete metálico (The Painkiller)
sobrevolando la Tierra y el estigma de Judas postrado en ella. El sonido, sin
perder la esencia del grupo -voces agudas, riffs afilados y una potente y ágil
base rítmica-, se elevaba a un grado superlativo, enmarcado perfectamente en
el ámbito del Power Metal, entendido como tal el Heavy de corte más duro y
contundente (mera etiqueta para diferenciar lo heavy de lo más
heavy), gracias en parte a la entrada del ex Racer X Scott Travis tras los
parches -otra de las novedades-, que junto a la vertiginosa velocidad del
dueto Tipton-Downing dotó al sonido de una mayor precisión y brutalidad aún.
Por
su parte, en esta ocasión cuentan tras los controles con uno de los
productores del momento, Chris Tsangarides (Tygers Of Pan Tang, Black Sabbath,
King Diamond, Yngwie Malmsteen, Helloween o nuestros Barón Rojo, mismamente),
que dota a la producción de un mayor realismo en el sonido, distinguiendo
perfectamente todos los instrumentos y dejando una sensación de crudeza y
pulcritud sin precedente hasta la fecha.
A
diferencia de otros muchos trabajos de la banda, en “Painkiller” no se
detectan a priori singles de cara a la galería, si bien el descomunal
“Painkiller” o el más comercial “Touch Of Evil” sirvieron de carta de
presentación del disco. El álbum, al menos para el que suscribe, se presenta
como un todo, una auténtica apología a la brutalidad y a la melodía que
pinchar de principio a fin y tiro porque me toca (“One Shot At Glory”). Y
es que si bien temas como “Hell Patrol” (esa caja!), “All Guns
Blazing” (vivan los falsetes...) o “Metal Meltdown” (...y los estallidos
vocales) aisladamente parecen no decir mucho (en el repertorio Priest las hay
mucho mejores, es cierto), en su conjunto son todo un alegato de cómo
practicar Heavy Metal a mil por hora a base de riffs incendiarios y gargantas
al borde de la explosión (“...about to explode, It’s coming at ya”).
Con todo y con eso hay momentos espectaculares y especialmente reseñables, caso de las entradas de batería y guitarra en “Painkiller” y “Leather Rebel” respectivamente, el doble pedaleo del hacha Scott Travis en “Night Crawler” y las dobles melodías de guitarra de Glenn Tipton y K.K. Downing en la parte central del tema (eso es Epic Power Metal y lo demás son tonterías), los riffs persistentes en la anticlerical “Between The Hammer & The Anvil” o el broche de oro con la instrumental “Battle Hymn” y la majestuosa “One Shot At Glory”, de cadencia algo más lenta y con mensaje subliminal antibelicista incluido. Mención especial se merece “Touch Of Evil”, un medio tiempo aparentemente más accesible que el resto en el que Tipton se explaya que da gusto (según Kerry King el guitarrista definitivo del Heavy Metal) y Halford da rienda suelta a sus instintos más bajos, como ya hiciera en “Love Bites” o “Turbo Lover”. De lujuria.
Lamentablemente
para los fans, una serie de circunstancias encadenadas como el juicio público
de la banda por inducción al suicidio en una de sus letras (“Better By You,
Better Than Me”), la irrupción con la nueva década de nuevas corrientes y
subestilos como el Grunge y el Crossover y las ansias del ‘Metal God’ de
explorar los susodichos acabarían con la salida de éste de la banda, con
Fight como nuevo proyecto metálico y con el multiusos Scott Travis de la
mano. De esta forma, la banda, huérfana de padre espiritual editaría el
recopilatorio “Metal Works 73-93”, entrando de lleno en una etapa de
inactividad total que se rompería con la llegada del vocalista Tim Owens,
aunque eso, como suele decirse, ya es otra historia.
Independientemente de que “Painkiller” suene mejor o peor que los discos clásicos del grupo o de que el feeling en las canciones esté más ausente que antaño (yo no lo creo), lo que es innegable es que supuso un paso más allá en la carrera de Judas Priest, sobre todo por lo inesperado del sonido y por el bajón que significó el mediocre “Ram It Down”, que no colmó del todo las expectativas del público. A día de hoy, y con toda una década y media a las espaldas, el disco sigue sonando increíble, con una personalidad que tumba, y es obvio que toda una generación de power-clons le deben todo a su sonido.
¿El último gran clásico del Heavy Metal? Yo diría que sí.
Bubba

JUDAS
PRIEST “Ram It Down”
(1988)
Seguramente no es el disco más representativo de la
carrera de los Judas, seguramente no es lo que se considere un clásico de la
banda, pero para mí es un muy buen disco.
La portada ya deja patente lo que Judas buscan en
este álbum, un puñetazo y dejar las cosas claras después de la absurda polémica
que supuso su disco predecesor “Turbo”, con un sonido mucho más metálico
y muy cercano a lo que sería su disco posterior “Painkiller”, es lo que
yo llamo un disco bien situado en el tiempo, o sea, que recoge los coletazos
del “Turbo” y nos acerca a lo que vendría después, “Painkiller”. Por
cierto, es el inicio de las portadas de Judas en tonalidades azules.
Y ahí tenemos claros ejemplos de guitarras metálicas
y riffs poderosos desde el inicial grito agudo de Halford con el tema título
“Ram It Down” que contiene uno de los solos más vertiginosos y
posiblemente de los que más me gustan de Judas Priest, muy buen trabajo de
K.K. y Glenn, como curiosidad decir que la canción la llegué a escuchar en
los 40 en su día, aunque no la pusieron en su totalidad.
Deleitarse escuchando el solo inicial de Glenn en
“Heavy Metal” es algo que he hecho en más de una ocasión, una canción
en la que es cierto que se me hace algo repetitivo el estribillo y que no sería
la única declaración de principios en el disco, pues también nos
encontramos con “I’m A Rocker” y que plasma perfectamente lo que os decía
al inicio de la reseña, un perfecto cruce entre “Turbo” y
“Painkiller”, por cierto. ¿He oído el estribillo de “I’m A Rocker”
en “Leather Rebel” os es mera coincidencia?
Lo mejor del disco está sin duda en su parte central
con otro puñetazo en toda la cara llamado “Hard As Iron”, una de las
canciones más cañeras de la banda y con un estribillo acojonante donde me
encanta la voz de Halford, destacaría también el uso de efectos de explosión
en el tema, dotando al mismo con mucha más fuerza si cabe, sobre todo en la
parte central, pelos de punta oiga. Después del trallazo viene un tema más
pausado, pero no por ello menos bueno, y es que “Blood Red Skies” podía
estar perfectamente en “Turbo”, relájense y escuchen sobre todo la voz de
Rob Halford, digna de elogio en la parte acústica y en el estribillo, ¿he
dicho antes la expresión pelos de punta? Aplíquenla aquí también, es el
tema más largo del disco, casi ocho minutos.
¿Hay alguien que no haya escuchado el clásico de
Chuck Berry “Johnny B. Goode”?, pues los Judas se atreven a darle su
propio sonido y actualizarla, ciertamente el único parecido con el de Chuck
Berry es la letra, ya que en la música no tiene absolutamente nada que ver,
¿se le puede llamar a esto versión? Hombre, no lo sé, pero lo que si os
aseguro es que fue una de las canciones que más escuché del “Ram It
Down” en su época.
¿Y qué hace que este disco no se considere de lo
mejorcito de la banda? Pues tristemente nos encontramos con dos canciones de
relleno y totalmente sobrantes, y que son precisamente las dos últimas: la
macarra “Love You To Death” y la que siempre he tenido atragantada
“Monsters of Rock”, juntándolas con otras que no son malas, ni mucho
menos, pero que no tienen ese don de destacar como “Love Zone” o “Come
And Get It”.
Muy buen disco, con Judas volviendo a reafirmarse en
los sonidos más metálicos. Por cierto, el disco fue el último en el que
aparece en los créditos de baterista el polémico Dave Holland.
Agustín Galiana “Aguskill”

JUDAS
PRIEST “Priest… Live!”
(1987)
Tras la
publicación de “Turbo”, Judas Priest se embarcaron en una ambiciosa gira
llamada “Fuel for life Tour” que les llevó a recorrerse medio mundo,
incluida España, acompañados de los Warlock de Doro Pesh. En esta gira no
escatimaron esfuerzos para ofrecer un espectáculo tanto sonoro como visual al
máximo nivel, con columnas de fuego y robots móviles, que pudimos disfrutar
en su día aquellos que acudimos, por ejemplo, al madrileño estadio Román
Valero, y que quedó inmortalizado tanto en video como en audio en este
“Priest... live!”, y que astutamente han rescatado recientemente en el DVD
“Electric Eye” (comentado también
aquí, para no perder la costumbre).
En
concreto, los conciertos grabados para la posteridad fueron los del 20 de
junio de 1986 en The Omni de Atlanta (Georgia) y del 27 del mismo mes en el
Reunion Arena de Dallas (Texas), demostrando el tirón que Judas Priest había
consolidado ya en Estados Unidos.
Por
supuesto, la formación más clásica de Judas Priest: Rob Halford, Glenn
Tipton, K.K. Downing, Ian Hill y Dave Holland daban forma al line-up más
estable de toda su historia.
Dicen
que los discos en directo suelen marcar el fin de una época, sirven de colofón
a un período concreto en vida de un grupo. En el caso de “Priest... live”
esta premisa se cumple a rajatabla, ya que el repertorio se basa
exclusivamente en canciones publicadas después de la edición de “Unleashed
in the East”, el anterior disco “en directo” de la banda. En concreto,
el disco que presentaban en directo, “Turbo”, es el más representado con
5 temas, seguido por “Defenders of the Faith” (4), “British Steel”
(3), “Screaming for Vengeance” (2) y “Point of Entry” (1). Llama la
atención la no inclusión de ningún tema de la etapa anterior.
El
grupo suena de forma excelente, “sospechosamente” excelente, y es que según
cuentan las malas lenguas, el disco fue retocado en estudio más de lo
recomendable, sin llegar al fraude de “Unleashed in the East”. Sin
embargo, el sonido del público es bastante mediocre, sin pasar, en la mayoría
de los casos, de un griterío de fondo sin orden ni concierto (nunca mejor
dicho) y sin apenas interacción con el grupo, lo que acentúa la sensación
artificial en la escucha.
El
tema que abría el concierto, y por lo tanto el disco, es “Out in the
Cold”, perfecto para iniciar un show. La mayor elegancia y menor agresividad
de un disco como “Turbo” es reflejada perfectamente. Los temas, los
movimientos y vestuario de los músicos muestran un giro hacia terrenos menos
rabiosos y más maduros, algo que muchos de sus antiguos fans no les
perdonaron, y que hicieron replantearse al grupo el cambio de timón efectuado
al año siguiente.
No
hay duda que todos los grandes hits de la primera mitad de los ’80 estaban
reflejados: “Breaking the Law”, “Rock you all around the World”, la
espídica “Freewheel Burning”, “The Sentinel” (¿de qué me suena a mi
ese título?), “Living after Midnight” y una larga versión de “You’ve
got another thing comin’”, cuyo juego vocal con el público es una de las
pocas ocasiones en que podemos disfrutar de unos arreglos diferentes con
respecto a las versiones del público, ya que el resto de temas suelen
mantener la misma estructura, salvo una mayor velocidad en su ejecución, así
como tampoco hay solos ni exhibiciones de cara a la galería.
Tras la edición de este disco, Judas Priest se tomaron un descanso en el que replantearon la dirección de la banda, y al año siguiente volvieron más agresivos, pero eso... ya es otra historia.

JUDAS
PRIEST “Turbo” (1986)
A mediados de
los años ’80 Judas Priest eran considerados el estandarte del Heavy Metal.
Amados y admirados por todas las corrientes metálicas del momento, complacían
tanto a las corrientes más duras como a las más asequibles del metal de la
época.
Sus
tres últimos discos (“British Steel”, “Screaming for Vengeance” y
“Defenders of the Faith”) eran considerados unánimemente los pilares básicos
del Heavy Metal más standard. Sus fans eran legión en todo el mundo y el único
defecto que se les podía achacar era un cierto inmovilismo en un estilo que
ellos habían creado.
Y
precisamente eso es lo que debieron pensar los propios componentes del grupo,
y se propusieron un nuevo cambio para el nuevo disco. Más que una evolución
iba a ser una revolución, basada en unos parámetros muy definidos.
La
irrupción de las nuevas tecnologías en el rock, y más concretamente en el
heavy metal, era ya un hecho, y quisieron aprovecharlas en su beneficio,
incluyendo guitarras sintetizadas, dando un sonido mucho más “moderno” y
avanzado. Los temas nuevos seguían siendo directos en la más pura escuela
Priest, aunque habían perdido un punto de agresividad a favor de una mayor
atención a la melodía y los arreglos. Incluso la imagen visual de la banda
sufrió una transformación, añadiendo algo de colorido al cuero con el que
seguían vistiendo y unos diseños de vestuario mucho más elegantes,
incluyendo una melenita de Rob Halford que dulcificaba su imagen agresiva de años
anteriores.
Todos
estos cambios fueron mal recibidos por gran parte de sus seguidores, que les
acusaron de haberse traicionado a ellos mismos, y reclamando la mayor dureza y
contundencia perdida con el cambio. El blanco de la mayoría de las críticas
fue la utilización de guitarras sintetizadas, símbolo de otros estilos de música
totalmente opuestos y que en la década de los ’80 estaban totalmente
enfrentados. El disco era bueno, sí, pero no sonaba a Judas Priest, o al
menos, a la férrea idea de cómo debía sonar Judas Priest. Este mismo camino
fue elegido en este mismo año por Iron Maiden en su “Somewhere in Time”,
pero incomprensiblemente el disco de la Doncella se libró de tan duras críticas.
Hubo
de esperar muchos años para que, con la perspectiva del tiempo, se valorara a
este disco en su justa medida. Porque, debates sobre el tipo de sonido aparte,
este es un grandísimo disco. El inicio con “Turbo Lover” marca de
principio todos los cambios previstos para el disco: predominio de guitarras
sintetizadas que dulcifican unos riffs totalmente metálicos y una melodía de
voz muy asequible, con un Rob Halford que huye de gritos histéricos para
modular su registro vocal en unos parámetros cómodos pero eficaces. En
cristiano, que estaba cantando mejor que nunca.
Glenn
Tipton y K.K. Downing están comedidos, fuera de exhibiciones innecesarias,
trabajando para las canciones más que para su lucimiento personal, si bien no
es difícil apreciar su talento y depurada técnica, sobre todo en el caso de
Tipton.
Ian
Hill da al grupo la base necesaria, sin aspavientos ni salidas de tono, pero
sin fisuras (como siempre, vamos) y Dave Holland se encuentra muy cómodo con
la bajada de intensidad y de tempo de este disco.
Hay
un bueno puñado de canciones con una calidad innegable que no tienen nada que
desmerecer a otros clásicos del grupo: “Locked in”, “Private
Property”, “Parental Guidance”, “Hot for love”, “Reckless” y
“Rock you all around the World” (sobre todo ésta última) tenían todos
los ingredientes para convertirse en auténticos himnos de la banda. Directos,
asequibles y que se instalan en nuestra cabeza a las primeras escuchas.
“Wild nights, hot & crazy days” es la única canción que baja el
nivel y que podría sonar a relleno.
Me
he dejado para el final (conscientemente) la mejor canción del disco: “Out
in the cold”. Gloriosa, inmensa, elegante... El comienzo es atronador, con
sonido de sintetizador (para ira de muchos), y la entrada perfecta de Dave
Holland a la batería forman el inicio perfecto para un concierto, como
demostraron en la gira posterior (grabada en el siguiente disco, “Priest...
Live!”) y da paso a un majestuoso tema en el que todos los músicos dan lo
mejor de sí mismo en favor de un feeling absoluto, con un Rob Halford
elegante (no me cansaré de decirlo), sobre todo en el estribillo, en el que
se dobla a sí mismo. La instrumental parte central es intensa, con un solo
muy técnico a cargo de Glenn Tipton. De esas canciones que por sí mismas
valen más que la discografía completa de otros grupos.
Este disco me maravilló desde el día que salió, y tuve que escuchar muchos comentarios negativos motivados por los prejuicios sobre el innovador sonido que emplearon. Ahora, 20 años después, me llena de satisfacción ver como, una vez más, el tiempo pone las cosas en su sitio y “Turbo” es considerado como uno de los grandes clásicos del Heavy Metal.
A muchos os parecerá extraño el ver este álbum de Judas Priest en el apartado de clásicos si tenemos en cuenta que no es representativo de su trayectoria y que supone un paréntesis en toda la amalgama de poderoso heavy metal que los de Birmingham siempre han estado orgullosos de encabezar. No obstante, el hecho de que constituya un punto y aparte en su estilo característico, asentado durante el primer lustro de los 80 gracias a “British steel”, “Screaming for vengeance” y “Defenders of the faith”, nos ayuda a apreciar la capacidad del quinteto a la hora de interpretar su música de diferentes maneras y llegar a un público mayoritario sin perder un ápice de calidad. De hecho, lo habían intentado antes, quizá no tan abiertamente, con “Point of entry” pero el resultado no fue satisfactorio. “Turbo” fue grabado por la formación más duradera de Judas Priest con el inigualable Rob Halford a la voz, los míticos Glenn Tipton y K.K. Downing a las guitarras, Ian Hill al bajo y Dave Holland a la batería. La exitosa gira mundial bajo el nombre de “Fuel for life tour” que siguió a su lanzamiento les llevó a editar el álbum en directo “Priest...live!”.
“Turbo” consiguió dotar al heavy metal de los Priest de unos temas claramente comerciales, sencillos de recordar y accesibles a las grandes masas. “Rock you all around the world” fue el ejemplo más visible, convirtiéndose en una pieza imprescindible en sus shows de entonces por su estribillo pegadizo. “Locked in” es más afín al esquema clásico del grupo, rock potente y directo, siendo el tema más fuerte de este álbum. “Turbo lover” atrapa desde el inicio con la voz de Halford en primer plano en todo momento. La sobriedad de “Out in the cold” esconde una energía contenida que explota en aquel arranque de “Priest...live!” (todavía estremece la figura de Rob Halford apareciendo desde detrás del escenario de forma ceremoniosa en el video durante este tema). Al grito de “Wild nights (hot & crazy days)” se desarrolla uno de los himnos más festivos de los Priest y “Reckless” como colofón es una de esas canciones con un feeling enorme cuyo triste e injusto destino es el olvido.
No podré negar que los Priest atesoran más de un trabajo clasificable como clásico, pudiendo añadir “Painkiller” a los tres citados arriba, y que “Turbo” es la excepción dentro de su discografía. Aún así, la habilidad que los británicos demostraron tener para cautivar la atención de la gente ajena al mundo del rock y el metal e introducirlos en el mismo debe ser valorada en gran medida. Al menos, ese es mi caso y no puedo ocultar el cariño especial que le tengo a este disco. Supongo que algo así nos ocurre a todos con algunos álbumes, ¿verdad?
J.A. Puerta

JUDAS PRIEST “Defenders Of The Faith” (1984)
Una
vez oí decir a alguien que “Freewheel Burning” representaba exactamente
lo que es el Heavy Metal, tanto musical como letrísticamente hablando, y no
pude más que darle la razón. De eso hace ya mucho tiempo, y no hace tanto
llegó a mis oídos que dicha persona perdió la vida en un accidente en
carretera, a lomos de una motocicleta concretamente, supongo que efectivamente
acopló las palabras de aquella vieja copla a su filosofía de vida y acabó
pagando por ello.
Anécdotas
trágicas aparte, lo que es innegable es que tanto el corte que abría aquel
“Defenders Of The Faith” como el resto de temas y el propio título del
disco rezumaban puro y genuino Heavy Metal, y a la vez consolidaban un sonido
ya clásico y servían de fiel espejo en el cual mirarse las generaciones
venideras.
La
portada, al igual que las de su predecesor (“Screaming For Vengeance”) y
sucesor (“Turbo”), corría a cargo de Doug Johnson, y en ella se mostraba
a un ser mitad máquina mitad bicho llamado The Metallian, que además de
amenazar con arrasar con todo (luego repetirían con The Painkiller) daba
buena cuenta de la afición de Tipton y compañía por los cómics de
ciencia-ficción.
El
disco, producido por Tom Allom y mezclado en los DB Recording Studios y en los
Bayshore, ambos en Miami (Florida), proseguía con la línea dejada en
“Screaming For Vengeance” y mantenía en todo momento el vertiginoso listón
de aquél, ya con la formación bien asentada (Rob Halford voz, Glenn Tipton y
K.K. Downing guitarras, Ian Hill bajo y Dave Holland batería) y con el mundo
entero atento a la jugada.
El
antes mencionado “Freewheel Burning” y “Love Bites” servían de carta
de presentación del disco (singles creo que lo llaman), el primero todo un
alegato speedico de cómo practicar Heavy Metal, de guitarras incendiarias y
estallidos vocales imposibles (Halford manda), y el segundo un medio tiempo épico
y futurista que ya vaticinaba lo que podría venir en el futuro (“Turbo”),
con una letra de esas que en boca del ‘Metal God’ sonaba más pendenciera
todavía (“now you are mine, in my control”). Por cierto, los video-clips
acompañaban que era un gusto, para revisitar en estados anímicos bajos.
Pero
había más, por supuesto. “Jawbreaker” era potente y quedona a la vez,
con unos duelos entre Tipton y Downing espectaculares, un doble bombo
atronador por parte de Holland y unos falsetes finales de Halford de los que
hacen afición. “Rock Hard Ride Free” era toda una declaración de
principios, como el disco (“rock hard, ride free, all day, all night... rock
hard, ride free, all your life”), impresionantemente simple y simplemente
impresionante, “Some Heads Are Gonna Roll” era un curioso préstamo del
cantautor Bob Halligan Jr., al igual que hicieran con las pasadas “Diamonds
And Rust” y “The Green Manalishi”, y “Night Comes Down” hacía las
veces de power-ballad de esas que crean escuela. Orgásmico.
El
parco “Eat Me Alive” bajaba un tanto la media del trabajo, pero ésta subía
enteros por momentos con el apoteósico “The Sentinel”, de comienzo
espectacular (doblando guitarras), estribillo épico (“Sworn to avenge,
condemn to hell, tempt not the blade all fear the Sentinel”), interludio mítico
(“...the figure stands expressionless, impassive and lone, unmoved by this
victory and the seeds of death he's sown”) y catarsis final, con unos agudos
inalcanzables por parte de Rob. Como dato curioso señalar que no se incluyera
este último en el doble recopilatorio “Metal Works” pero sí el primero,
cosas de la vida.
Cerraba
el plástico una compuesta “Heavy Duty/Defenders Of The Faith”, de
cadencia hímnica la primera parte y coros finales la segunda, ambas fundidas
de tal forma que parece sólo una. Si al acabar la pieza no tenías el puño
en alto, o no eras heavy o no te corría sangre por las venas (o las dos
cosas).
Ese mismo año se presentaban en la piel de toro por primera vez con el disco bajo el brazo, y dos décadas más tarde unos jóvenes inquietos rendían tributo cibernético tanto a aquel disco en particular como al estilo que acuñaron sus padres en general. Que dure.
Bubba

JUDAS
PRIEST “Screaming for Vengeance” (1982)
La
música tiene la facultad de, entre otras cosas, evocar recuerdos de
situaciones, momentos etc. Los que me trae este disco son tan importantes que
intentar centrarme solo en el contenido va a ser tarea complicada, con lo cual
ni lo intento. Este es, probablemente, el disco más difícil de reseñar para
mí. Solo me salen dos palabras y además van entre signos de interjección,
de modo que no las reproduciré.
Yo
rondaba los 16 años. Pelo largo, camiseta de Motörhead a todas horas, si
acaso tapada por una cazadora vaquera llena de chapas de Rainbow, MSG o Barón
Rojo y un gigantesco patche en la espalda con el logo de -mis- Saxon. Cuando
tocaba separarme de mi segunda piel para ser lavada, tomaba el relevo una de
Obús con el logo del primer LP igualmente querida (y añorada, snif). De esta
guisa íbamos uniformados, sí. Eran otros tiempos y el ‘uniforme’ te
situaba clara y orgullosamente en el terreno heavy.
¿He
dicho heavy?, exacto, HEAVY. En
la España de 1982 era bastante novedoso y venía impulsado, sobre todo, por
el auge de la NWOBHM y su traducción al castizo en forma de Barones, Obuses y
Leños.
Entendíamos
aquello como una forma distinta de ver la música, fuera de la oficialidad, de
la morralla que nos cayó con ‘la movida’, del punk guarrindongo, de las
canciones de usar y tirar, de la música poco energética y pastelera... Yo
quería (todos queríamos) situarnos en una zona distinta, decirle a todo el
mundo que nos gustaba ‘otra cosa’, cuanto más duro y rápido mejor. ¿Eres
heavy o tecno?, esa era la pregunta. Eso era ser heavy en 1982, y de ahí
que el uniforme, en principio, no significase alienación sino todo lo
contrario.
La
cuestión heavy empezó a moverse por estas tierras el año antes con
la aparición de los primeros LPs de Barón Rojo y Obús, influidos por lo que
se cocía en Europa, los clásicos británicos de todos conocidos o lo que venía
de yanquilandia. No quiere decir esto que no hubiera otras manifestaciones
rockeras previas, sino que las que había no encajaban en el estereotipo. Una
aproximación al heavy hispano de la época podrían ser los debuts de Pánzer
(“Al pie del cañón”) y Mazo (“Mazo”), la transformación de Coz
(“Duro”) y las segundas partes de Barón Rojo (“Volumen Brutal”) y Obús
(“Poderoso como el trueno”) por poner algunos ejemplos. Ya iba habiendo
ambientillo.
Aquel verano fue el de Iron maiden estrenando cantante en “The Number of the Beast” y Scorpions sonando como nunca en “Blackout”, pero sobre todo fue el verano del “Rock & Ríos”, que aglutinó a poperos y heavies en torno a un buen disco en directo hecho aquí, una gira impresionante y un ambiente como nunca lo hubo. En lo personal experimenté un cambio de residencia que significó también la entrada en el mundo ‘actualizado’ de la música gracias a programas como el “Mariscal Romero Show” y alguno de emisora local pero igualmente ‘informado’. Eso fue clave, es como si toda la vida estuvieras mirando por el ojo de una cerradura y, de repente, abrieran la puerta desde dentro.
Y desde fuera se escuchaba a Vicente Romero pinchar a UFO, Atomic Rooster, Diamond Head, Krokus, Budgie, Alvin Lee... “...y lo nuevo de Judas Priest... You’ve got another thing coming, ouyeaaah...”
- ¡Joder! -con perdón- “¿esto qué es?” -me dije-
y acto seguido (bueno, al día siguiente) salí corriendo con mis cuatro perras a una tienda de discos en la que días antes me había dejado los cuartos en el “Abominog” de Uriah Heep. ¡Y lo tenían! Por el camino de vuelta iba pensando que se acabó fumar en un par de meses mientras contemplaba la portada, simple, atractiva por lo llamativo del color, con una especie de águila/ave fénix (The hellion) en vuelo picado, metálico (I’m made of metal...) y robusto, de semblante amenazador, obra de Doug Johnson pero a mí me daba lo mismo, ni sabía quien era ni me importaba un carajo, quería escuchar lo de dentro.
- “Cuidado chaval...!!!”
- “Perdone señora...” -craso error, era un tío-
- “Si es que están atontaos con tanta música y con esos pelos...” escuché a mis espaldas mientras me apuraba el penúltimo Ducados de la temporada.
Llegué
a casa sin decir ni hola, quité la funda con cuidado, puse el chisme a dar
vueltas y escuché la primera cara con ídem de lelo total, mirando la portada
y la contraportada alternativamente (como si me estuviera abanicando) y
mirando en el interior por si hubiera letras, fotos... pero nada. Quien me iba
a decir a mí que días después los vería por primera vez, ni fotos ni
leches, al natural.
Cerré la boca, y mientras le daba la vuelta a aquello me acordaba del “Point of Entry”. A mí me gustó pero a la crítica no. Este me estaba gustando más, muchísimo más, ¿le gustaría a la crítica? ¿tendría yo el gusto en salva sea la parte? También me daba lo mismo. Cuando terminó la segunda cara, unos instantes de recogimiento, sólo roto para soltar la siguiente reflexión:
-
“¡Hostias!”
(*)
Me levanté de la silla y me dirigí al frigorífico (¿dónde si no?). A la vuelta inicio de nuevo, más tranquilamente, la primera cara. “The Hellion” hace que se escuche desde los abismos insondables de la cocina de mi casa ese estribillo que dice:
-
“...baja esa músicaaaa...!!!”
No
reacciono. Escucho esas guitarras dobladas y trato de imaginármelas de fondo
mientras el grupo sale a escena. De repente y sin espacio físico ¡zas!, “Electric
eye”. Me sentía como si le estuviera poniendo los cuernos a mi novia
(los Saxon del “The Eagle has anded (live)”), porque aquello me gustaba más
que a un tonto una tiza. Pero la cosa se agudizó con “Riding on the wind”,
impresionante demostración de poderío que me dejó, como diría yo, ¿totalmente
anonadado?... sí, algo así. Absorto, incrédulo y moviendo la cabeza de
forma frenética, todo a la vez, una especie de ejercicio malabarístico que
me dejó secuelas en los músculos del pescuezo durante una semana.
A esas alturas de disco ya me había percatado de que Rob Halford estaba cantando a pleno pulmón, sin tirar de falsete, al menos no como en el “British Steel” o “Stained class”. Ocupaba el centro clarísimamente. “Bloodstone” me hacía emitir sonidos por primera vez desde (*), una especie de “blaaastoun” repitiendo un estribillo que se me clavó en la mente y no desapareció hasta días después. “(Take these) chains” sonaba después mientras iba leyendo en la contraportada las únicas reseñas sobre la grabación, ya que no había encarte interior. “Ingeniero: Louis Austin. Grabado en Ibiza Sound Studios, Ibiza, España...”
-
¡Coño! ¿grabado aquí?,
¿y a cuento de qué se van Leño y Barón Rojo a grabar a Inglaterra...?
No
salía de mi asombro. El disco no tenía altibajos, era homogéneo, uniforme,
compacto, sonaba como un tiro... y sobre todo me transmitía sensaciones que
eran difícilmente igualables, ni siquiera “Princess of the night” aguantó
como mi canción favorita del mundo mundial, pero eso viene en la segunda
cara. Mientras, “Pain and pleasure” remataba la primera de forma
antológica. Todo perfecto.
La
segunda empezaba como la primera, con poderío. En “Screaming for
vengeance” Halford era difícilmente igualable. Esos agudos y con esa
potencia no me sonaban de haberlos escuchado ni a él mismo, pero cuando
estaba dándole vueltas al asunto empezó sin solución de continuidad “You’ve
got another thing coming”, la que me hizo salir corriendo, la que tuvo
el honor -hasta hoy- de destronar a la princesa de la noche como la
protagonista de mi banda sonora particular. Todos, Halford, Tipton, Downing,
Hill y Holland, todos absolutamente hacen un trabajo de 10. La batería, la
melodía, la línea de bajo machacona, las rítmicas... todo. Perfecta, o eso
me parecía a mí. No me cansa 23 años después, y mira que la di caña eh?
Sonó en las emisoras en programas dispares como la gran baza del disco,
aunque si hubiera ‘cazado’ a algún despistao, se hubiera topado de bruces
con un disco de heavy metal, qué digo, con EL disco de Heavy Metal!!. Menudo
susto para su cuerpo.
“Fever”
enganchaba otra vez con el estribillo, y era el preludio perfecto para el
final del disco con “Devil’s child”, en plan AC/DC. Esta segunda
vuelta me dejó mejor sabor de boca que la primera, y volví a ponérmelo. Y
así durante varios días seguidos, era lo único que escuchaba, casi lo
quemo.
“Screaming
for vengeance” supuso muchas cosas: fue el resurgimiento de los inventores
del Heavy Metal, a quienes les iban comiendo el terreno tras el “Point of
Entry”, fue el inicio de su -para mí- mejor época con la aparición
posterior del “Defenders of the Faith”, “Turbo” y el remate final con
“Painkiller” (obviemos el “Priest... live!” por cuestiones de sonrojos
incontrolados), fueron dejando un reguero de discos y grupos tras ellos que
supusieron el renacimiento del Heavy Metal, fue y sigue siendo el centro y los
momentos álgidos de sus directos... hasta Primal Fear se atreven a copiar
descaradamente el águila (y el estilo) y nadie les dice ni pío! (por lo del
águila... chiste malo xD).
En
fin, que cuando vuelvo a escuchar (ahora, por ejemplo) el disco, vuelvo a
trasladarme a una época que viví intensamente y que dejó huella. Por muchos
años que pasen, creo que será difícil de olvidar, y si acaso tengo dudas me
planto el “You’ve got...”, que todavía tiene efecto bífidus por la
pata abajo.
Salud.
Alvar de Flack


JUDAS
PRIEST “Point of Entry”
(1981)
“British
Steel” supuso para Judas Priest alcanzar las más altas cotas de popularidad
que nunca antes habían tenido. Fue un disco lleno de himnos fácilmente
reconocibles, que convirtieron al disco en la Biblia metálica del momento.
Estos precedentes aumentaban la presión. El grupo sabía que crítica y público
iban a mirar con lupa el próximo trabajo y la comparación se antojaba
inevitable.
“Point
of entry” fue grabado en los “Mediterráneo Studios” de Ibiza, propiedad
del batería Dave Holland y junto al productor Tom Allom, quien ya había
trabajado con ellos en “Unleashed in the East” y “British Steel”. Sin
embargo no superó la prueba, y pronto se convirtió en uno de los discos más
injustamente tratados de toda su discografía.
De
él se dijo de todo, que era menos correoso que el anterior, que se acercaba
al Pop-Rock... Lo cierto es que contenía canciones menos facilonas, mucho más
maduras, con todas las características identificables del estilo Judas Priest
y que muchas de ellas con el tiempo se han convertido en clásicos, como
“Heading out to the Highway”, “Desert plains” o la despistante
“Turning circles” con su inusual intro y su parte central (a-ha,
a-ha...).
La
voz de Halford estaba en perfecto estado de forma, aunque también recibió críticas
(un poco peregrinas, todo sea dicho). Sólo hay que escuchar la parte central
de “On the run”, con agudos de reventar cristales, para darse cuenta de la
capacidad vocal del chaval en aquel momento. Otra crítica que llegué a leer
en alguna revista fue la presunta ‘copia’ del estilo Kiss en “All the
way” como muestra de la falta de imaginación de la banda. Mi impresión
personal cuando escuché el disco y esta canción en particular fue que,
efectivamente, podría ser de Stanley/Simmons, pero más bien parecía que se
estaban buscando excusas para tirar por tierra un trabajo de alto nivel sólo
por el hecho de no tener canciones susceptibles de dar la brasa en las FMs, y
las que se le acercaban resultaban todavía demasiado heavies para los
delicados oídos de los pinchadiscos (ahora diyeis...).
El
sonido no estaba tan deslabazado como en discos anteriores. Este disco suena
mucho más compacto en parte gracias al buen trabajo con las bases y el toque
personal de Tom Allom con las guitarras, acentuado luego en el “Screaming
for Vengeance”.
Yo no encuentro desperdicio en el disco, y desde luego no creo que sea el peor de su discografía como también se ha dicho, ni mucho menos. Todo lo contrario, creo que “Point of Entry” es uno de los trabajos más serios del grupo en toda su historia, solo oscurecido por el empecinamiento de la industria y los medios en compararlo con el anterior. “Don’t go”, “Hot rockin’”, “Solar angels” (otro clásico) o “Troubleshooter” son puro Judas Priest, para quien le interese la parte menos comercial de la banda.
Alvar de Flack

JUDAS
PRIEST “British Steel”
(1980)
El disco definitivo. “British Steel” fue, sin duda, el disco que consagró a Judas Priest en la élite del Heavy Metal mundial, en unos momentos de plena euforia del estilo. Coincidiendo con el inicio de la década, el Heavy Metal de guitarras afiladas y agresivas abrió una brecha con el Hard Rock que se había hecho hasta entonces. Y no sólo a nivel musical, sino también visual. Se impuso la parafernalia de cuero negro y tachas frente a la anterior imagen heredera de los hippies años ’70.
Una nueva generación de rockeros iba a tomar esta década, y “British Steel” era su carta de presentación, representando el espejo al que a partir de entonces iban a mirarse los nuevos grupos. Por tanto, la importancia de este disco va mucho más allá de su calidad musical, sino que fue una nueva referencia, un punto de partida sobre el cual el Rock iba a evolucionar a partir de entonces.
Tras la edición de “Unleashed in the East”, y buscando una estabilidad en el seno de la banda, buscaron un batería que estabilizara ese puesto en el grupo, algo que no se había conseguido hasta entonces. Y lo encontraron en la persona de Dave Holland, que provenía de una banda llamada Trapeze, cuna de muy reconocidos músicos como Mel Galley (posteriormente en Whitesnake) y Glenn Hughes, del que no me voy a poner a contar su currículum a estas alturas.
Plenamente integrados en la multinacional CBS, el disco consigue triunfar plenamente tanto en Europa como en Estados Unidos, ya que consigue reunir todos los factores propicios: buenas canciones en el difícil equilibrio entre comercialidad y dureza propia del Heavy Metal, un gran sonido y un apoyo de la Compañía, que ve en el naciente Heavy Metal una sólida fuente de ingresos.
El disco arranca raudo y veloz con “Rapid Fire”, la canción más rápida y cañera del disco, cuyo tempo es una excepción, ya que el resto de temas están compuestos con un metrónomo más relajado. Pronto se advierten las grandes virtudes del disco: La batería de Dave Holland suena de lujo, las guitarras de K.K. Downing y Glenn Tipton están acopladas a la perfección, Ian Hill sustenta al grupo desde su segundo plano habitual e incluso encuentra sus momentos de lucimiento personal, y Rob Halford es ya considerado como el mejor cantante de Heavy Metal del momento, adquiriendo el apodo de “Metal God” debido precisamente a la segunda canción del disco.
Todos los grandes discos tienen un tema estrella. Este tiene dos: “Breaking the Law” y “Living after midnight” son considerados desde entonces como dos de los clásicos del Heavy Metal de todos los tiempos. Directas, sencillas pero efectivas a la vez, han liderado los gustos de todo amante del Heavy Metal hasta nuestros días, y ya van 25 años desde su edición, y convirtiéndose lógicamente en piezas inamovibles de sus conciertos.
Pero el disco rezuma calidad en cada surco, cada tema puede ser considerado un clásico en sí mismo. Grandísimos temas en todas las direcciones, directos como “Don’t have to be old to be wise”, intensos como “The Rage”, puro Heavy Metal como “Steeler” o ese himno llamado “United” (plagiado por nuestros Ángeles del Infierno como “Unidos” en su “Diabolicca”) hacen de este disco tan variado como imprescindible.
La influencia de Judas Priest en general y de este disco en particular fue tan intensa que a partir de este momento, todo grupo de Heavy Metal que se preciara lucía look de cuero y tachas como “los Judas”, la mitad de los cantantes imitaban a Rob Halford y los riffs de Downing y Tipton eran imitados hasta la saciedad en cada rincón del planeta.
Definitivamente, sin Judas Priest y sin este British Steel, el Heavy Metal hoy sería diferente.

JUDAS
PRIEST “Unleashed in the East” (1979)
A finales de los ’70, Judas Priest ya era una banda muy grande. Habían dejado definitivamente atrás las influencias de sus vecinos Black Sabbath que en mayor o menor medida les habían acompañado en sus primeros pasos, y habían definido ya su propio estilo de guitarras afiladas y voces agudas que cientos de grupos copiarían a partir de entonces.
Era la hora de grabar un disco en directo, los fans lo pedían a gritos. Y por supuesto, en Japón, lugar obligado de peregrinación para toda banda que se preciara en aquellos años ‘70. Y efectivamente así lo hicieron, cogieron los bártulos, se plantaron en el lejano Oriente para grabar lo que sería su primer disco en directo... ¿o no?
Pues no. Lamentablemente este directo es más falso que una moneda de 3 euros. Este disco no tiene en directo ni los aplausos, está grabado íntegramente en un estudio londinense, cosa que no se refleja en ninguna parte del disco, por supuesto, sino que muestran un “Live in Japan” que aparece en la parte inferior en caracteres que imitan la escritura japonesa. Tampoco hay ninguna foto del supuesto concierto, únicamente la portada y contraportada nos muestran a la banda posando en un escenario, y con el curioso detalle de que en ambas fotografías se oculta hábilmente la figura del batería, ya que Les Binks no formaba parte ya del grupo en el momento de editarse el disco, confirmando que el puesto de batería ha sido siempre el empleo más inestable del grupo a lo largo de su historia. El resto, los de siempre: Glenn Tipton, K.K. Downing, Ian Hill y un pletórico Rob Halford en uno de los mejores momentos de su carrera.
Para disfrutar del disco hay que ignorar todo lo anterior, hacer de tripas corazón y “creernos” que es un directo real. Si lo conseguimos, nos encontraremos con un discazo como la copa de un pino. Por supuesto, no hay errores, momentos de duda o equivocaciones. No podía ser de otra forma.
Tanto el repertorio como su ejecución es de sobresaliente. Toda una colección de clásicos de la etapa setentera de la banda, más las versiones convertidas al Heavy Metal de “Diamonds and Rust” de Joan Baez y “The Green Manalishi” de Fleetwood Mac, que con el tiempo han llegado a hacer suyas.
El disco alcanza momentos realmente memorables como “Sinner” o “Victim of Changes”, con Rob Halford pletórico y un trabajo de Glenn Tipton y K.K. Downing tan impresionante que desde entonces este trabajo a dos guitarras ha sido libro de cabecera para todos los grupos de Heavy Metal. Estos dos temas, junto con “Genocide” (con una introducción guitarra/batería absolutamente fantástica) y “Tyrant”, con una nueva exhibición vocal a cargo de Halford y un clinic a cargo de Tipton y Downing de cómo deben doblarse guitarras en un grupo de Heavy) cierran un disco absolutamente imprescindible en su discografía y en la de todos los amantes del heavy metal clásico.
Este disco lleva 20 años en mi estantería, y aunque reconozco que me llevé una desilusión cuando me enteré de la cruda verdad sobre las circunstancias de su grabación, la enorme calidad que atesora terminó compensando el disgusto, y sigue estando entre mis discos “en directo” preferidos. Espero que a ti te ocurra lo mismo.

JUDAS
PRIEST “Killing
Machine” (1978)
El año 1978 contó con la fortuna de ver dos discos de estudio de Judas Priest, única vez de tal hecho en la historia de la formación hasta el día de hoy. “Killing machine” se editó en octubre de dicho año, producido por James Guthrie (que ya produjera con el grupo la versión de “Better than you, better than me” en su anterior disco), y co-producido por la banda.
El álbum es uno de los más destacados de la época de los ´70 del grupo, y para servidor es uno de los primeros en mi lista particular de todos los trabajos del quinteto. Fue el primer disco que tuve de ellos, comprado en cinta original a mediados de los ´80. Nada más escucharlo quedé impactado por las incendiarias guitarras del dúo Downing - Tipton, la efectiva base rítmica de Binks y Hill, y la grandiosa voz de Halford. Lo escuchaba una y otra vez, y desde su adquisición realizo la extraña tradición de escuchar esa cinta tras las campanadas de año nuevo. Uno, que es más raro que una gallina con colmillos.
La portada contaba de nuevo con un rostro y también con el logo que aparecía en “Stained class”, pero con la nimia diferencia de que el actual poseía un pico más en la línea inferior de la palabra Judas, y una línea más corta entre las dos palabras del nombre del grupo. Roslav Szaybo una vez más estaba tras el diseño de la portada, corriendo la fotografía de manos de Bob Elsdale. En ella se deja entrever la nueva indumentaria que el grupo había adquirido, las ropas hippies se iban olvidando y se adoptaba el cuero y las tachuelas (especialmente Rob Halford, con su atuendo mezcla de militar alemán y sadomasoquista), creando así un estilo que más tarde influenció a miles de bandas y a seguidores del Heavy Metal.
Dejaban atrás la inclusión de temas largos para componer temas directos, de poco más de cuatro minutos como mucho. La duración total del disco ronda los 35 minutos en diez cortes. En “Killing machine” hay un legado de excelentes temas del más puro y genuino Heavy Metal, como los cinco primeros (la cara A del vinilo, o del cassette): “Delivering the goods”, una de las mejores canciones de este trabajo y de toda la carrera de los británicos; “Rock forever” (single, con “The Green Manalishi”; y como promo con “Hell bent for leather” y “Beyond the realms of death”), pura declaración de principios con esas buenas armonías de guitarras; “Evening star” (single, con “Beyond the realms of death” en directo en la cara B), con comienzo baladístico, para desembocar en otro buen tema; “Hell bent for leather”, un himno que aún forma parte del repertorio del grupo, se dice que el título está sacado del remake “Rawhide” por los Blues Brothers, cuando dicen: “Rain, wind and weather / Hell bent for leather...”; “Take on the World” (segundo single, con “Starbreaker” en vivo), el “We will Rock you” de Judas. Luego en lo que era antes la cara B del vinilo, abre la sexual “Burnin´up”; el tercer corte es la genial “Running wild”, resaltando las guitarras rítmicas (¡la de grupos que luego fueron influenciados!). “Killing machine” y “Evil fantasies” son composiciones más lentas y más machaconas que la mayoría de las que forman el álbum. Como era habitual en los lanzamientos del grupo en aquella época, no falta la balada, la preciosa “Before the dawn” (single, con “Rock forever”).
Judas Priest filmaba sus primeros videos promocionales. Los temas elegidos fueron “Take on the world”, con dos versiones, una en directo y otra del programa televisivo “Top of the Pops” en playback; “Killing machine”, “Rock forever”, y “Evening star” (del “Top of the Pops”).
El álbum, que alcanzó el 34º puesto en las listas británicas, fue lanzado en USA en febrero de 1979 para que coincidiera con la gira por aquel territorio, con algunos cambios en su edición norteamericana. Se añadió una versión para ser editada en single para las emisoras yankees, el tema elegido fue “The Green Manalishi (with the two-pronged crown)”, original de Peter Green y sus Fleetwood Mac. Tema que la banda, al igual que “Diamonds and rust”, hizo suyo, y aún lo siguen tocando en directo en la actualidad. También se cambió el título del disco, Columbia Records consideraba el nombre violento, así que se decidió titularlo “Hell bent for leather”.
Giraron por U.K. desde finales de octubre a finales de noviembre de 1978, “X Certificate Tour”, abriendo sus conciertos Lea Hart. A mediados de diciembre hicieron dos fechas en USA. Luego en enero de 1979 tocó gira por Japón, donde se grabó el directo “Unleash in the East” (1979). Y más giras por USA, U.K., otra vez USA, Europa... acompañando a Ufo, Angel, Pat Travers, Kiss, AC/DC...
Judas Priest con lanzamientos como el comentado y sus descargas en vivo, iban directos a convertirse en una de las mejores bandas de Heavy Metal de la historia.

JUDAS
PRIEST “Stained Class”
(1978)
Según
muchos, uno de los más grises de su discografía junto con “Point of
entry”, según otros (entre los que me encuentro) el padre de la New Wave Of
British Heavy Metal, el disco que puso la carga cuya explosión fue
posteriormente detonada por “Killing machine”. Los límites por arriba y
por debajo de este movimiento no están fijados pero, en mi opinión, la
verdadera importancia de “Stained class” radica en este hecho, cuestión
aparte es que en la comparación con el resto salga ganando o no.
“Sin
after sin” gozó de una buena producción gracias a las manos de Roger
Glover. Pasar de ese estatus al que descendieron con la chapuza de Dennis
McKay fue uno de los factores que más contribuyó a tirar por tierra este
disco que, sin embargo, contenía muy buenas canciones.
Les
Binks no era Simon Phillips, pero el inicio de “Exciter” era de esos que
hacían darle al botón del “rewind” una y otra vez. Recuerdo el shock
que nos produjo al grupejo de colegas la primera vez que lo escuchamos en el
radio-cassette, brutal. No estábamos acostumbrados a escuchar cosas tan espídicas,
y se convirtió en el top-1 de los hogares más heavies de la zona. Hubo un
tiempo en que en el mundo metálico existía “Exciter” y lo demás, y no
solo por la famosa intro de batería, la guitarra rítmica también creó
escuela.
Por
mucho que las malas lenguas despotricasen del LP, éste contenía algunos de
los arquetipos del Heavy Metal y clásicos de la banda. La propia “Stained
class” con Halford exagerando falsetes, o “Beyond the realms of Death”,
la joya del disco junto con “Exciter” y que aún hoy sigue presente en el
set-list del grupo en directo. También incluyeron una versión de Spooky
Tooth titulada “Better by you, better than me” que algunos tacharon de
sacrílega y otros de hortera, y otros temas que recordaban más a la primera
época como “Heroes end”, un buen corte que perdió toda la fuerza por
culpa del sonido o “Saints in hell”, clon de “Cheater” (“Rocka’
rolla”). “White heat, red hot”, “Invader” y “Savage” son los
tres temas que completan el disco, cada una de ellas supone la definición
exacta del sonido particular de Judas Priest y fuente de inspiración, como he
dicho al principio, de cientos de grupos británicos contemporáneos.
En
febrero de 1978, fecha de publicación del disco que nos ocupa, el Rock se
manifestaba en muchos de los grandes grupos de la historia en forma de buenos
trabajos, muchos de ellos auténticos clásicos, pero siempre se hablaba de
Rock, Hard Rock, Rock and Roll, Punk-Rock (Pistols en pleno apogeo), etc.
“Stained class” era Heavy Metal con las diez letras. ¿Quién más hacía
Heavy Metal? ¿Qué otro disco de Heavy Metal podría hacerle sombra?,
evidentemente Judas Priest eran los padres del estilo, y como dicen por un
lugar de cuyo nombre no quiero acordarme: “...a ver si vas a enseñar a
tu padre a hacer hijos...”. En este caso, vale la canasta.
Es difícil sobresalir entre tanto buen trabajo. El error consiste en comparar en lugar de analizar cada obra en solitario. Los altibajos son cosa normal en grupos de larga trayectoria y prolífica producción, pero muchas veces ni los altos son tan altos ni los bajos son tan bajos, más bien son consecuencia de los análisis poco rigurosos del mercado, traducidos en términos de ventas y otros parámetros que poco tienen que ver con la calidad del producto. No quiero decir con esto que “Stained class” sea de lo mejor de Judas Priest, pero es un gran disco de Heavy Metal al que los amantes de la NWOBHM le debemos mucho.
Alvar de Flack

JUDAS
PRIEST “Sin after
Sin” (1977)
Bajo la enigmática portada de Bob Carlos-Clarke, y volviendo a utilizar el logo de su anterior lanzamiento, los de Birmingham editaban en abril de 1977 “Sin after sin” (título sacado del tema “Genocide” perteneciente a su anterior y último trabajo con Gull Records). Este suponía el tercer larga duración de la banda, pero el primero con su nuevo Sello, CBS / Columbia Records. Con la firma con la nueva Compañía ascendían en su carrera, contando con más presupuesto y mayor apoyo. Les asignaron de productor a Roger Glover (por aquel entonces el bajista ya había abandonado Deep Purple y había producido a Nazareth, ELF, y Rory Gallagher, entre otros), que junto con la banda, dio forma al sonido del álbum.
Además
de los cambios contados también hubo novedades en el quinteto. Alan Moore
abandonaba su puesto tras los tambores, utilizando al baterista y
percusionista de sesión Simon Phillips, recomendado por Glover. Los músicos,
junto al productor, ensayaron el material en los Pinewood Studios de Londres.
Ya con todo preparado, entraban a los Ramport Studios londinenses (propiedad
de The Who), y en tan sólo una semana de enero de 1977 registraban el disco
que llegó a alcanzar en las listas británicas de ventas el puesto 23º y en
el Billboard norteamericano el 17º.
“Sin
after sin” no es un disco que se nombre habitualmente entre los favoritos de
los británicos, pero no cabe duda que siguió cimentando el buen camino y las
bases de lo que luego se llamaría Heavy Metal, comenzado en su anterior
lanzamiento. Puede que este no tenga las magníficas composiciones de aquel,
pero no cabe duda que encontramos excelentes temas como “Sinner”,
“Starbreaker”, “Here come the tears”, y “Dissident agressor”, sin
olvidarnos de la versión de “Diamonds and rust”.
El
disco arranca con una guitarra (como si fuera un motor) de “Sinner”, canción
que formó parte del repertorio en directo entre el periodo 1979 - 1983, en la
gira del “Defenders of faith” (1984), y en la del “Ram it down”
(1988), y que servidor tuvo la oportunidad de escuchar cuando presentaron
dicho trabajo en el “Rockódromo” de la Casa de Campo de Madrid, junto a
los valencianos Sable y los germanos Bonfire. Tema extenso (se acerca a los
siete minutos) en el que las guitarras de Glenn Tipton y K.K. Downing lucen de
maravilla, además de la excelente voz de Halford, que quedaba por primera vez
satisfecho de como quedaba su voz grabada en un disco.
La
segunda pieza es la emotiva “Diamonds and rust”, versión del tema de la
cantautora Joan Baez, que los británicos llevaron a su terreno y la hicieron
suya, siendo un clásico de su repertorio. Anteriormente la grabaron en demo
para Gull Records (siendo utilizada en la versión en CD del “Sad wings of
destiny” como extra, además de aparecer en recopilatorios de los dos discos
con la Compañía), volviendo a grabarla para este disco y ser editada como
single (con “Dissident agressor” en la cara B) en mayo de 1977.
“Starbreaker”,
con tan sólo decir el título impacta. Una de las mejores canciones de Judas,
sin el reconocimiento merecido por el público, ni por la banda, que tan sólo
la tocaron en vivo entre 1977 – 1979. Puro Heavy Metal excelentemente hecho,
con una contudente base rítmica de Hill y Phillips, acompañando las técnicas
y efectivas guitarras y la gran voz (los agudos del final son un ejemplo a
seguir para los que quieren alcanzar registros altos). Base para las futuras
bandas de Thrash Metal.
La
cara A del vinilo se cerraba con “Last rose of summer”, pieza relajada sin
mayor transcendencia.
Al
inicio de la cara B nos encontrábamos con “Let us prey”, corta
instrumental que utilizó el grupo en el año de edición del disco como
apertura grabada para sus conciertos. A la cortísima intro le sucede “Call
for the Priest”, con rápidas guitarras (¿raíces del Speed Metal?).
“Raw
deal” guarda aún las influencias iniciales del quinteto. Tema largo que no
es uno de los destacables del disco, aunque mejora en su parte final.
Y
llegando al cierre del álbum no pudieron elegir de mejor manera los dos últimos
temas. “Here come the tears” es una de las mejores (para mi) baladas del
grupo, triste y oscura, con un poco de guitarras acústicas y unas notas de
piano tocadas por Tipton. Halford “teatraliza” cantando de manera
inconmensurable, comunicando como muy pocos lo hacen de manera bárbara lo que
dice la letra con su voz. Y si tras esta nos quedamos un poco tocados
emocionalmente no tardamos en ponernos como motos con “Dissident
agressor”, pura brutalidad y violencia heavy metalera, destilando rabia y
agresividad sonora, y que incomprensiblemente la banda nunca llegó a tocar en
directo, con un Halford que se sale cantando, respondiéndose de un altavoz a
otro, y unas guitarras que destellan calidad de riffs, encargándose del solo
Downing. Pienso que al igual que “Starbreaker”, una de las bases para el
Thrash Metal, muestra de ello lo tenemos años después en las versiones que
hicieron Slayer (¡matadora!), y Forbidden.
Se
invitó a Phillips a realizar la gira con el grupo, pero este declinó la
oferta, para ir de gira con Jack Bruce Band. Así que se volvió a cambiar de
baterista, entraba Les Binks (ex Fancy y habiendo participado con Roger Glover
en el disco de este, “The butterfly ball” de 1974) e hicieron entre abril
y mayo una gira por U.K. (en algunos conciertos abriendo para Status Quo).
Luego en junio hacían su primera gira por USA, abriendo para Reo Speedwagon y
Foreigner, en festivales tocando junto a Ted Nugent, Led Zeppelin... y en
octubre abrir para AC/DC en Zurich (Suiza).
Un álbum que en su conjunto no alcanza el reconocimiento de otros más conocidos y consagrados del Sacerdote, pero que cuenta con fabulosas piezas que deberían ser mucho más valoradas. Prueba a pecar, no te arrepentirás de haber entrado en el lado oscuro.

JUDAS
PRIEST “Sad Wings of
Destiny” (1976)
Heavy Metal. Nada mejor que estas dos palabras para poder describir el contenido de esta obra maestra y atemporal de los británicos. Todos y cada uno de los adjetivos que puedan aplicársele a esas dos palabras, a ese género musical, pueden hacerse extensivas y aumentadas a “Sad Wings Of Destiny”. Un disco en el que Downing y Tipton hacen sonar sus guitarras más metálicas de lo que nunca nadie lo había hecho hasta ese día mientras que la voz de Halford está tan afilada como la cuchilla de Jack the Ripper, y donde Judas Priest se quitan de encima el estigma de Black Sabbath y superan con creces su titubeante debut. Los clichés, los tópicos, las exageraciones, la simplicidad e infantilidad de unas letras a veces apocalípticas y otras que simplemente, como en el caso de “Victim Of Changes”, se comentan por si solas de lo manidas que son, y, en definitiva, todo lo que años más tarde sería la definición del Heavy Metal se dan citan, algunas por vez primera, en este disco editado hace casi treinta años y que es necesario reivindicar, no ya por ser mejor o peor que otros posteriores sino precisamente por eso, por ser anterior a todos ellos, por su condición de pionero en muchas cosas (y deudor en otras que también hay que decirlo) y, claro está, por su inmensa calidad en cada una de sus coplas.
La apertura con “Victim Of Changes”, un complejo tema de casi ocho minutos con una parte central sobrecogedora que todavía hereda muchos guiños a Black Sabbath y una banda pletórica es, por derecho propio, uno de los grandes clásicos del grupo que no falta en casi ninguno de sus conciertos. Por el contrario, esto último es lo único que tiene en común con “The Ripper” porque, aparte de ser otro gran clásico de la banda, aquí la banda se muestra directa, precisa y agresiva como el bisturí de Jack el Destripador. Sin duda una de las mejores interpretaciones de Rob Halford en toda su carrera.
“Dreaming Deceiver” es un medio tiempo reposado, lleno de reminiscencias de los Sabbath más tranquilos (aunque Halford no es Ozzy ni Ozzy es Halford) y que enganchan perfectamente (en realidad es un mismo tema divido en dos partes) con “Deceiver”.
Un descanso con “Prelude” y vuelta a la carga con otro clásico como “Tyrant” con Halford doblándose las voces de manera extraordinaria y unos guitarras, como siempre a lo largo y ancho del disco, tan simples y básicos como inspirados.
“Genocide” mantiene sobradamente el listón con otra andanada de Heavy Metal con un curioso interludio donde una voz en off (otro detalle más de lo que luego harían decenas de bandas) nos anuncia, aunque sólo sea casualidad, el nombre del próximo lanzamiento de la banda. El siguiente es el tema raro, por decirlo de alguna manera, del disco. Y es que “Epitath” es de todo menos lo que te esperas de una canción de Judas Priest. Halford bordando una triste letra sobre un precioso y melancólico piano. Desde luego uno de los temas menos conocidos de la banda y que sin embargo es todo un placer para los oídos. Y para terminar, pues otro clásico porque “Island Of Domination” es el colofón perfecto para un trabajo perfecto con Halford desgañitándose una vez más sobre un estupendo riff.
Podríamos dividir las etapas de la banda por décadas, por cantantes o, medio en broma, por los diferentes logotipos que el grupo ha tenido hasta la fecha (curioso esto de los logotipos) e incluso, ya apurando la broma hasta la exageración, por la puñetera cruz (¡cosa más fea!) que sale por vez primera en este disco colgada del cuello del ángel.
Tonterías aparte, está claro que la época de apogeo, éxito y mayor inspiración de la banda fue la correspondida entre 1980 (“British Steel”) y 1986 (“Turbo”), años donde pulieron definitivamente su estilo y alcanzaron un estatus de banda realmente grande, pero eso no es óbice para dejar a un lado su extenso y buen trabajo desarrollado en los años setenta, donde discos como éste y los siguientes dejaron el terreno bien abonado para su coronación en los ochenta como auténticos reyes del Heavy Metal.
Pears

JUDAS
PRIEST “Rocka’ Rolla” (1974)
Tras
unos años de cambios constantes en el seno del grupo, Robert Halford (voz), K.K. Downing (guitarra), Glenn Tipton (guitarra), Ian Hill (bajo) y John Hinch
(batería) publican este primer LP, marcado por la influencia evidente de
grupos vecinos, especialmente con las aportaciones oscuras de sus paisanos
Black Sabbath, la psicodelia de Led Zeppelin o las dobles guitarras de
Wishbone Ash a medio saturar.
Era
un momento de gran creatividad rockera en Gran Bretaña, con aportaciones en
forma de disco de Deep Purple, Uriah Heep, UFO, Queen, Rolling Stones etc. o
el nacimiento de otras bandas como Bad Company. En ese contexto, Judas Priest
tomaron prestados los elementos necesarios de cada uno y los mezclaron
convenientemente para fabricar un estilo que no era nuevo pero que resultaba
algo más pesado y repetitivo.
Como
atractivo especial contaban con la versátil y potente voz de Rob Halford,
quien daba muestras de su poderío cada vez que tenía ocasión. Hay que tener
en cuenta que la competencia a nivel de cantantes era dura: Paul Rodgers, Ian
Gillan, Robert Plant, Freddie Mercury... todos en plenas facultades. “One
for the road” dejaba claro desde el principio que no estábamos ante otro
Ozzy.
El disco contaba con riffs de guitarra que perfectamente podían proceder de la SG de Toni Iommi, la mencionada “One for the road”, “Winter” (podría haber entrado en el “Paranoid” sin problemas) “Never satisfied” o la paranoia guitarrística llamada “Winter retreat”. Prácticamente todo el disco está envuelto en una especie de ambiente tenebroso (que debía darlo el agua de Birmingham...). Otros temas, sin embargo, tenían más matices al introducir elementos de contraste, como las guitarras limpias y los cambios de ritmo que recordaban al blues rock de unos Wishbone Ash en “Run of the mill” o “Dying to meet you”.
No
estábamos, por lo tanto, ante un grupo que entrara como un elefante en una
cacharrería, todo lo contrario. Sin tener definida su personalidad ya se
adivinaba un cierto protagonismo de la voz, arropada por guitarras potentes
que serían con el paso del tiempo el arquetipo del naciente heavy metal, pero
dejando entreabierta la posibilidad de sonar para oídos menos entrenados,
para los cuales “Rocka’ rolla” era el tema estrella, mucho más
accesible que el resto.
No
es un disco que haya tenido un especial reconocimiento, aunque ha ganado con
el tiempo, una vez fijado definitivamente su sonido y despojados de todo
intento de copia de sus paisanos Sabbath. Más de treinta años después puede
ponerse en el reproductor de CD sin miedo a sonar hortera, y eso no todo el
mundo puede conseguirlo.
Alvar de Flack