I-J
| IN FLAMES Subterranean (1994) |
| IRON MAIDEN Iron Maiden (1980) |
| IRON MAIDEN The Number of the Beast (1982) |
| IRON MAIDEN Seventh Son of a Seventh Son (1987) |
| JAYHAWKS, The Rainy Day Music (2003) |
| JETHRO TULL Broadsword and the Beast |
| JOHN MAYALL Blues Breakers with Eric Clapton (1966) |
| JOURNEY Frontiers (1983) |
| JUDAS PRIEST Discografía completa |

IN FLAMES “Subterranean” (1994)
Hablar de In Flames en la actualidad es hablar de uno de los “grandes” de la música extrema. Grandes trabajos como “The Jester Race”, “Whoracle” o su más reciente “Clayman” lo avalan. Pero estos abanderados del Death melódico sueco, como todo hijo de vecino, tuvieron su génesis, y ahí es donde vamos a ir a parar.
Si bien “Lunar Strain” fue un más que notable primer trabajo (en el cual puso las voces otro ‘personaje’ del género, el Dark Tranquillity Mikael Stanne), este “Subterranean”, que sirve de mini CD-puente entre el anterior y el más conocido “The Jester Race”, nos abrió los ojos a los que, por aquel entonces, ya estábamos algo aburridillos de grupos-copia de Helloween y similares (imaginad ahora...) y veíamos como el Death más clásico empezaba a repetir clichés en demasía.
Recuerdo cuando escuché por primera vez los teclados de la intro de “Stand Ablaze” (el mejor tema que hayan grabado nunca estos cabrones) y, seguidamente, esa avalancha de quintas y dobles bombos, llenos de armonía y melodías evocadoras, en fin, se me llena la boca... Era como meter en una cocktelera la rabia del Thrash, las melodías del Heavy clásico (véase Helloween, Accept, Iron Maiden, Judas...), la contundencia del Death y las voces del Black. Ya digo, lo mejor de cada estilo en uno. Como curiosidad decir que el bueno de Oscar Dronjak (sí sí, el larguirucho guitarrista de Hammerfall) berreó en el celebrado tema.
“Everdying”
(aparecido en su día en el primer volumen recopilatorio del sello Wrong Again
Records) era un tema tan elaborado como brutal (aspectos ambos que echo en falta
últimamente), con interludio y cierre de guitarras acústicas y una fiereza
descomunal, sin duda de lo mejor del plástico. Le seguía el homónimo del
disco, “Subterranean”, con partes alegres y oscuras en igual proporción, de
estructura enrevesada, con unas melodías 100% nórdicas y un Henke Forss
(vocalista de sesión, el cual no seguiría en el grupo –de hecho el único
que queda de aquella formación es Jesper Strömblad, alma mater de la banda-)
vociferando cual diablo encabronao...
“Timeless” era la pieza instrumental (ni batería, ni voz, ni bajo, las guitarras acústicas ‘a pelo’), que servía a modo de ‘tregua’, para volver a la caña de nuevo con el que cierra, “Biosphere”, con un comienzo de melodías muy marcadas, muy suave, que se va rompiendo paultinamente, tornándose en un trallazo con numerosos cambios de tiempo, aunque eso sí, acicalados con las melodías del comienzo. Una pasada.
No
nos engañemos: es obvio que muchos se quedarán con los In Flames actuales, lo
cual también es lógico, puesto que han madurado como músicos, han consolidado
un sonido y ahora conocen mucho mejor sus instrumentos, pero la potencia y la
frescura de este trabajo hablan por sí mismas. Sólo me resta recomendar
encarecidamente la escucha de este mini CD a aquellos que se lo hayan estado
perdiendo hasta ahora. El capítulo In Flames no empieza con “Whoracle”...
David Fernández “Bubba”

IRON MAIDEN “Iron Maiden” (1980)
La explosión de la NWOBHM a principios de los 80 vino propiciada por un grupo de músicos que ofrecían una alternativa al punk reinante en aquellos días. Los incombustibles Saxon, Judas Priest, que llevaban por aquel entonces algunos años dando guerra pero que se les encasilló dentro de este genero a raíz de obras como “British steel”, los rockeros Samson y los que nos ocupan, Iron Maiden, se erigieron como los abanderados de esta nueva generación de artistas que a posteriori influenciarían a muchos otros que mantuvieron vivo, en mayor o menor medida, el espíritu de la new wave.
Paul DiAnno, Steve Harris, Dave Murray, Dennis Stratton y Clive Burr fueron los artífices del debut discográfico de la eterna “dama de hierro”. Pese a que más tarde darían el salto definitivo al estrellato en la escena metálica gracias a las giras mundiales de “The number of the beast”, “Piece of mind” y “Powerslave”, “Iron Maiden” es considerado todavía por los antiguos fans como el mejor trabajo de la carrera de Maiden. Y sobran razones de peso para apoyar esta afirmación. El sonido de la grabación que tanto horroriza a Steve Harris resulta en realidad transmitir una magia indescriptible cuando la aguja del tocadiscos se posa sobre el vinilo y los primeros acordes de “Prowler” te transportan a otra dimensión. La voz desgarrada de Paul DiAnno dotaba de vida propia a las ocho canciones y, aunque siempre haya sido criticado por parte de la prensa especializada, “Iron Maiden” debe gran parte del reconocimiento que obtuvo al carisma de este personaje. Como prueba irrefutable, ahí tenemos “Remember tomorrow”, donde Paul guía cada pasaje de forma magistral, o “Running free”, con ese tono de hooligan cervecero que el bueno de Bruce Dickinson no logró alcanzar jamás. El dúo formado por Murray y Stratton convierte en gloriosos los punteos, riffs y cualquier nota que salga de esas guitarras. Por su parte, Harris y Burr (injustamente olvidado) sustentan las bases de los temas y realizan una labor encomiable. Es aquí donde encontraremos muchos de los clásicos que todo buen seguidor de la “doncella” agradece escuchar a cualquier hora como “Phantom of the opera”, los citados “Running free”, “Prowler” y “Remember tomorrow”, la instrumental “Transylvania” y la que ha cerrado la primera parte de cada show de Harris y compañía desde entonces hasta nuestros días, “Iron Maiden”. No hay que olvidarse en ningún caso de la oscura “Strange world” y de “Charlotte the harlot”.
Escoger el mejor disco de Iron Maiden de entre su discografía es una tarea ardua, además de subjetiva. Pero no menos cierto es que poco se puede decir ante un clásico como este, excepto que corras a poner el cassette o vinilo y dejes que “Prowler” te ponga la carne de gallina una vez más.
J.A. Puerta

IRON MAIDEN “The Number of the Beast” (1982)
Tercer LP del grupo, marcado por la expulsión de Paul DiAnno en septiembre de 1981 y el fichaje del ex–Samson Bruce Bruce, más conocido posteriormente como Bruce Dickinson, que se encargó de las voces del grupo a partir de este disco. Se grabó en los “Battery Studios” de Londres en enero de 1982 bajo la producción de Martin Bich y salió a la venta en marzo de ese año, con una de las mejores obras de Derek Riggs como portada.
Independientemente de que se considere o no el mejor de su discografía, este disco fue recibido con expectación por ver si Bruce podía hacer olvidar a DiAnno, y no defraudó. En poco tiempo introdujo a Iron Maiden en el grupo de cabeza del heavy mundial, del que no ha vuelto a salir. Y es que este disco está lleno de temas clásicos imprescindibles en directo, como el que da título al disco o el primer single “Run to the hills”.
Los textos siguen la línea de ficción marcada por los dos discos anteriores, hablando sobre historias tenebrosas y en algún caso continuando relatos iniciados en el primer LP, como el caso de “22 Acacia avenue” (siguiendo el hilo de “Charlotte the Harlot). La base musical es heavy metal de la escuela NWOBHM, con duelos de guitarra sobre riffs machacones, el bajo de Harris en primer plano -como siempre- y la batería de Clive Burr muy limpia, con mucho ride y en ocasiones abusando de los timbales, como en “The prisoner”, donde el ritmo durante el solo no lo marca la caja sino los aéreos, y que además cuenta con una introducción de batería tras el “we want information...” famoso que hace que este tema sea al más Burr-o. (je, je, chiste) de todos.
“Invaders” y “Gangland” quizá sean los temas menos conocidos del disco. Son canciones rápidas, muy heavies, algo atípicas del sonido Maiden más purista en lo que se refiere al ritmo y estructura, pero con los duelos de guitarra típicos Murray / Smith y el bajo de Harris inconfundible. No son de las que marcaron la línea posterior del grupo, más cercano al estilo de “Children of the damned” o “Hallowed thy by name”, de hecho ésta última no suele faltar en el set-list de Iron Maiden.
El negocio musical -Maiden-business- también estaba de estreno con la creación de “Sanctuary music” (Rod Smallwood + Andy Taylor), y empezó a crecer y multiplicarse en forma de billete verde, y se empezaron a ver millones de camisetas con la portada del disco, y ese año encabezaron Reading, y etc...etc... Es decir, el espaldarazo definitivo, y fueron felices y comieron caviar hasta los años noventa, pero eso después...
Salud

IRON MAIDEN “Seventh Son Of A Seventh Son” (1988)
De entre toda la discografía de Maiden quedarse con un sólo disco es una tarea imposible, pero a mi juicio opino que Maiden tocaron techo con éste disco, el “Seventh Son” les supuso liderar el festival de Donnington en el ´88, año en el que se parieron auténticos clásicos para nuestros oídos, y es que el cartel no tenía desperdicio ahí estaban aparte de Maiden los Kiss, Guns & Roses, Dave Lee Roth y Megadeth que yo recuerde, éste festival agregó la friolera de 107.000 personas!!!, record absoluto en toda la historia del mítico Donninton.
Agustin
Galiana “Aguskill"

THE JAYHAWKS “Rainy Day Music” (2003)
The Jayhawks entrarían dentro de ese movimiento que ahora los gafapastas lectores del Ruta llaman, es posible que hasta acertadamente, llaman “Americana”. Nosotros lo llamaremos Rock a secas, de raíces americanas sí, pero no seremos nosotros los que le demos cancha a otra, otra más, etiqueta pretenciosa que posiblemente confunda más que aclare. Rock con un gusto exquisito por las melodías vocales (una constante a lo largo de toda su carrera), con una preponderancia de lo acústico sobre lo eléctrico y con una elegancia y una clase fuera de lo normal capaz de noquearnos en sólo tres acordes y un par de estribillos.
Formados hace ya la friolera de veinte años en Minneapolis, de donde también son personajes como Dylan o Prince (o como quiera que se haga llamar ahora), editaron su disco debut en 1986 y este “Rainy Day Music” de hace un par de años es el séptimo de su carrera. Una carrera que despega definitivamente cuando fichan por el sello American, propiedad del rey midas Rick Rubin y graban, con George Drakoulias a los botones, dos de sus obras maestras: “Hollywood Town Hall” de 1992 y “Tomorrow The Green Grass” de 1995, demostrando al mundo que la pareja Gary Louris - Mark Olson eran una de las más talentosas de la pasada década. Desgraciadamente Olson no tardó en abandonar al grupo dejando a Louris como único líder aunque éste, con la ayuda de gente como Kraig Johnson y Tim O´Reagan no sólo aguantó el tipo sino que mantuvo el nivel en los siguientes discos, especialmente en este “Rainy Day Music” que ahora estamos comentando.
Hay discos buenos pero pasajeros, de una sola parada, de esas en las que no bajas del tren y te quedas mirando el paisaje y otros, los buenos de verdad, que son de ida y vuelta, discos a los que muchas veces, sin motivo aparente, volvemos a recurrir no ya para mirar el paisaje sino para sentirlo, olerlo, impregnarnos de lo que vemos, de lo que oímos... de lo que sentimos.
Ya desde los arpegios iniciales de “Stumbling Through The Dark” la melódica melancolía que nos acompañará a lo largo y ancho del disco se apodera de nosotros gracias a la voz de Louris que haciendo de perfecto maestro de ceremonias se encarga de presentarnos el sonido de la banda. Le siguen una caravana de medios tiempos de estribillos gloriosos como “Tailspin” o “The Eyes of Sarah Jane”, baladas desgarradas como “All The Right Reasons” o la Springsteeniana (etapa “Nebraska”, nada de alegrías) “You Look So Young” y suaves empujones rockeros como la maravillosa “Come To The River” que en un “in crescendo” imparable nos lleva al éxtasis y al delirio. Así hasta contabilizar la nada despreciable cantidad de catorce himnos, varios más en la edición especial.
Detalles innumerables de narración imposible en una reseña, decenas de fraseos de guitarra, acústicas, segundas voces, instrumentos como el acordeón y por encima de todo la riqueza de las melodías (no me canso de hablar de ellas) y el buen hacer a la hora de plasmarlas hacen de este disco un clásico en toda regla, quizás le falte la perspectiva del paso del tiempo pero la vida es demasiado corta como para esperar veinte años para proclamar un clásico, amén de que me juego los cuartos a que este trabajo con el tiempo mejora.
Con la certeza que “Rainy Day Music” es uno de esos discos que gustarán a cualquiera con un mínimo sentido del buen gusto y que sea capaz de sorprenderse a si mismo a través de la música termino no sin antes recomendarlo a todo el mundo. Desde luego este disco es el vehículo perfecto para sentirnos bien con nosotros mismos.
Pedro Salinas “Pears”

JETHRO
TULL “Broadsword And The Beast” (1982)
Hay otros quizá más importantes en su carrera, es cierto, “Aqualung”, “Thick as a brick”, “Minstrell in the gallery”, “Bursting out”... pero este disco supuso el reconocimiento de un grupo por parte de un colectivo, es decir, fue el trabajo más heavy de Jethro Tull hasta la fecha, justo en el momento de la explosión metálica en todo el mundo, y también de la adaptación de grupos clásicos a los nuevos sonidos.
Desde
1980 aproximadamente, con la edición del LP “A” ya se venía observando
un cambio hacia composiciones menos extensas. Lo primero que impactó del
supuesto cambio fue la portada, muy currada y en la línea también de lo que
se estaba haciendo en el género. Pero una vez puesta la aguja encima (que
tiempos!) se podía apreciar un ligero sacrificio del sinfonismo anterior en
pos de una estructura algo más (que no mucho) cuadriculada, con mayor
agresividad en las guitarras y voces, siempre dentro del sinfonismo clásico.
No se convirtió de repente en un grupo de heavy metal con este disco, pero si
se empezó a ver su logo en muchas espaldas.
Hubo
de todo, críticas y alabanzas, pero no pasó desapercibido. Se iban
incorporando al catálogo heavy temas como “Beastie”, “Broadsword” o
“Fallen on hard times”, aunque en realidad no fueran canciones-tipo, sino
más bien un tipo de hard rock sinfónico que entraba bien a los más
avanzados, especialmente por el buen hacer de Martín Barre, uno de los
guitarristas más respetados del mundillo.
El
resto de la banda lo componían Gerry Conway (batería), Dave Pegg (bajo) y
Pete John-Vettese (teclas), además de Ian Anderson (voz, flauta y teclas) auténtico
alma del grupo como sabéis, que hicieron de este un trabajo por el que no
parece pasar tiempo. Influencia reconocida de grupos posteriores como
Marillion, que junto a los grandes del sinfonismo de los setenta han servido
de escuela para los nuevos grupos de rock progresivo o sinfónico actuales.
1982
fue un año clave para la música en general, gracias a la publicación de
grandes discos como este. A alto volumen os va a sorprender a más de uno,
fijo. Ningún seguidor del género debería perdérselo.
Salud.

JOHN MAYALL “Blues Breakers with Eric Clapton” (1966)
Si pensamos en Blues en seguida nuestras cabecitas se van derechas a los grandes del género de raza negra, a esos Muddy Waters, B.B. King, John Lee Hooker o Robert Johnson, y hacemos bien, pero el Blues, tal y como lo entendemos hoy en día, no sería lo mismo sin una generación de jóvenes británicos de raza blanca que, a mediados de los sesenta, se obsesionaron con él y reividincaron con fuerza a todos los grandes anteriormente mencionados. Nombres ilustres como Eric Clapton, Peter Green, Jimi Page, Brian Jones, Mick Taylor, John Mayall, Mick Fleetwood.... Grupos como Fleetwood Mac con Peter Green y Mick Fleetwood, Yardbirds por donde pasaron Jeff Beck, Clapton o Page o los Blues Breakers de John Mayall que también fue una de las canteras más prolíficas de las que abastecían la escena Inglesa.
John Mayall, nacido en 1933 en Macclesfield, llevaba unos años intentando meter la cabeza en el mundillo con escaso éxito, tocando con bandas como Blue Syndicate hasta que editó, en vivo, el fantástico “John Mayall Plays John Mayall”, aunque el éxito de verdad le llegaría más tarde cuando conoció a Mike Vernon, productor, y Eric Clapton con los que sacaría al mercado este “Blues Breakers With Eric Clapton” llegando al número seis de las listas inglesas. Junto a estas dos bestias pardas el disco lo grabaron John McVie y Hughie Flint.
Como era habitual en la época, el disco era un “fifty fifty” entre composiciones propias y otras de gente tan prestigiosa como Ray Charles, Otis Rush, Fredie King o Robert Johnson, en total una docena de coplas de Blues de alta escuela que ha convertido el disco en el clásico que es hoy.
Algún día quiero hablar de Mr. Clapton más detenidamente. Un tipo que no por ser hoy un “meapilas” totalmente “maisntream” hay que quitarle mérito alguno. Son cosas que defendería con gusto con los puños pero que en este caso el trabajo de “Manolenta” es tan sublime que no haría ni falta. Ahí están, por nombrar algunos, los nombres de Cream, Blind Faith o Derek & The Dominos. Su aportación en este disco, huelga decirlo, es fundamental. Para la ocasión utilizo una Gibson Les Paul Sunburst (de segunda mano) y un amplificador Marshall que, estaba claro, suenan a gloria bendita, dándole a las canciones un toque poderoso y compacto que se agradece.
Lo de imprescindible sobra, lo sabéis, lo de básico se queda corto. Podéis agenciaros algún viejo vinilo de vuestro tío o vuestro padre, bajároslo de la red o, como he hecho yo, disfrutadlo en la edición de lujo que acaba de salir al mercado donde viene el disco en mono, como se editó originalmente en 1966, la edición stereo que se lanzón tres años más tarde y un segundo disco con grabaciones de diferentes conciertos y sesiones (no faltando las clásicas de las BBC).
Sea como sea, cuando mueras y toques a la puerta del Infierno será mejor que lo tengas taladrado a fuego en tu cabeza. Avisado quedas.
Pedro Salinas “Pears”

JOURNEY
“Frontiers” (1983)
Cuando hablamos de AOR, a uno se le vienen a la mente muchos nombres, pero sin duda uno que no falta es el de Journey. Si analizamos detenidamente lo que significa Adult Oriented Rock y lo comparamos con la evolución de los gustos a medida que pasa el tiempo, la verdad es que la jodía etiqueta los viene bien y entiéndase esto en sentido positivo.
El caso es que mucha gente entiende por AOR ese tipo de rock pegajoso de estribillo fácil y armonías suaves que no sube la adrenalina más que a los que ya están de vuelta, craso error. Este disco no es nada de eso porque, aun sin ser el más contundente de su carrera (este honor se lo podrían llevar “Captured (live)” (81) o “Escape” (82)) sí es bastante contundente, supongo que debido a la adaptación metálica que requería el momento. Recordemos que estamos en los primeros ochenta y que este disco nació en pleno auge de la NWOBHM (“Piece of Mind” de Iron Maiden, “Pyromania” de Def Leppard o “Power and the glory” de Saxon) y en el meollo de la réplica americana (Kiss con su “Lick it up” o Metallica inventando el thrash con “Kill ‘em all”).
El concepto del disco es bastante futurista en varios sentidos: En primer lugar, la música está muy tratada en estudio, quiero decir que tiene unos efectos (sobre todo reverbs) que ahora podrían parecer exagerados, pero que crearon una especie de puente entre el rock potente y las nuevas tecnologías aplicadas al sonido que vendría después. En segundo lugar, las letras son también futuristas, por ejemplo “Rubicon”, la que cierra el LP, que habla claramente de posturas a adoptar en el futuro inmediato, se supone que -en sentido figurado- con respecto al cruce de caminos entre el hard rock y su público, o todos los públicos (El siguiente LP “Raised on Radio” fue lo más blandito que hicieron). Y en tercer lugar la propia portada y su famoso androide azul, que sin ser una virguería consiguió su objetivo de atraer como si fuera un cebo.
Pero por si fuera poco también fueron pioneros en esto de los video-juegos relacionados con los músicos y su música. Yo recuerdo estar escuchando este disco y a la vez jugando con un juego de esos de máquina de 5 duros (¡que tiempos!) llamado “Journey”, que consistía en que los cinco miembros del grupo tenían que rescatar sus instrumentos de las garras del androide de la portada, es decir, Steve Perry su micro, Neal Schon su guitarra, Ross Valory su bajo, Steve Smith su batería y Jonathan Cain sus teclados. También recuerdo que yo siempre empezaba por Steve Smith (saltaba sobre tambores hasta llegar al kit), pero no se me daba nada bien. Era más una excusa para escuchar el disco que otra cosa. Al final acababa echando a la de los marcianos (“Space Invaders” era, no?).
Y con respecto a la música que hay dentro del disco, pues se trata de rock hecho por músicos de gran calidad, sin poder hablarse de heavy metal aunque en aquella época todo se podía englobar bajo este paraguas. Es más bien un tipo de hard rock en el que predominan los trabajos de voces y de teclados y de ritmos a medio tiempo. Los cortes más duros pueden ser “Back talk” con un ritmo de batería que no sale de los timbales y un solo de guitarra muy agresivo, “Chain reaction” donde el que se sale es Steve Perry y que tiene un solo de teclas que parece sacado de la Guerra de las Galaxias, y “Edge of the blade”, que combina muy bien la contundencia con la melodía. Para que os hagáis una idea (los que no hayan escuchado nada de esta gente), esta última me recuerda bastante a “Eye of the tiger” de Survivor (si, si, la de la banda sonora de Rocky III).
Pero la estrella del disco era la balada “Faithfully”, radiada hasta la saciedad y una de las que caía fijo en las discotecas a la hora de las “lentas”. “Send her my love” también es de ese estilo. “After the fall” y “Troubled child” son temas que podrían servir de arquetipo de AOR, entendido como he comentado al principio, temas suaves para el lucimiento del cantante (que se luce, dicho sea de paso). La que da título, “Frontiers” tiene un ritmo sincopado que le da un aspecto extraño, y “Separate ways (worlds apart)” tiene todos los ingredientes de Journey.
Con el paso del tiempo se ven las cosas de forma distinta, ya lo decía al principio. Si estas canciones tuvieran algo más de guitarra y la batería no estuviera tan diluída no habría (me refiero a los ambientes metálicos) quien tuviera duda de que se trata de un disco de heavy, pero de ese que abarca todos los estilos. Aquí no hay dobles bombos ni guitarras cabalgando, pero hay poderío.
Será AOR o dejará de serlo, pero es un orgullo que a uno le guste este grupo.
Salud.