D
| DANZIG Danzig II - Lucifuge (1990) |
| DARK TRANQUILLITY The Gallery (1995) |
| DAVID BOWIE The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars (1972) |
| DAVID LEE ROTH Eat'em and Smile (1986) |
| DEATH Leprosy (1988) |
| DEATH Symbolic (1995) |
| DEEP PURPLE Made in Japan (1972) |
| DEEP PURPLE Come taste the band (1975) |
| DEEP PURPLE Perfect Strangers (1984) |
| DEF LEPPARD Hysteria (1987) |
| DESTRUCTION Eternal devastation (1986) |
| DIMMU BORGIR Enthrone darkness triumphant (1997) |
| DIO Holy Diver (1983) / The last in line (1984) |
| DISSECTION Storm of the light's bane (1995) |
| DOGS D'AMOUR In the Dynamite Jet Saloon (1988) |
| DREAM THEATER Images and words (1992) |

DANZIG
“Danzig II – Lucifuge” (1990)
Seguro que más de uno se estará preguntando que quién es este grupo que se merece ocupar plaza en la categoría de clásicos, y es que hablar de Danzig es hablar de una de esas bandas que no ha conseguido atravesar la difícil barrera de la segunda fila (y seamos sinceros, dudo que a estas alturas lo consiga). Pues bien, vamos a situarnos.
Tras dar carpetazo a episodios históricos como Misfits o Samhain, el musculoso y excéntrico vocalista Glenn Danzig decidió que ya era hora de dar rienda suelta a sus inquietudes musicales, que lógicamente excedían de lo realizado en las citadas aventuras siniestro-punks. Ni corto ni perezoso se rodeó de una banda de forajidos, a saber Eerie Von (bajo), John Christ (guitarra) y Chuck Biscuits (batería), formación a la que tildaría simple y llanamente con su nombre. Su carta de presentación fue “Danzig I”, un excelente trabajo que presentaba a una banda de hard rock puro y duro y de claras connotaciones siniestrocultistas, y que contenía lo que ha llegado a convertirse en el tema bandera del grupo, “Mother” (versioneado por los mismos Metallica en numerosas ocasiones, los cuales siempre se han manifestado fervientes seguidores tanto de Danzig en solitario como de sus antiguas formaciones).
Dos años después de su debut discográfico aparecía este “Danzig II – Lucifuge”, producido por el afamado Rick Rubin, que seguía con lo iniciado en el primero pero si se me permite con más acierto, conjugando estilos tan variopintos como el doom o el gótico y culminando en un hard rock oscuro y barroco, y con un Glenn Danzig que se presenta como la reencarnación luciferina del Elvis más decadente. Por cierto, que no se me pase la presentación del plástico: ojito tanto con la portada, mostrando el pecho del fornido vocalista sujetándose el crucifijo, como la contraportada, guiño descarado al primer álbum de los Doors (¿afinidad tal vez?).
El disco se abría con la cruda “Long Way Back From Hell”, un corte de puro hard rock directo y sin contemplaciones y con un Danzig que ya avisa a voces de quién es el jefe. Y sin finalizar la distorsión del último acorde de guitarra entra “Snakes Of Christ”, de letra anticlerical (como todas), más marchoso y de riffs persistentes. A continuación “Killer Wolf”, un tiempo lento y denso para lucimiento del vocalista y una letra también bastante “killer”. “Tired Of Being Alive” es toda una declaración de principios (paganos, claro), de comienzo suave y de catarsis final, mientras que “I’m The One” es un tributo personal al rey del rock and roll, y es que no puedo evitar imaginarme a Elvis dando quiebros de cintura y agitando el tupé al compás de las acústicas.
“Her Black Wings” es otro de esos tiempos relajados y de lucimiento vocal, tema del cual se grabó un impresionante videoclip (oscurito, igual que el tema). Un punteo gótico abre lo que es para mí uno de los pelotazos del disco (y de la carrera de este personaje), “Devil’s Plaything”, un canto descarnado que te eriza el vello tanto por la música como por la letra (“love is a flame, a devil’s thing, a violent storm about to be born”). “777” es un corte peculiar, bien por su estructura (guitarras a pelo y a continuación acompañamiento, y se repite el proceso) bien por su letra (de frases cortas y apocalípticas). Con “Blood And Tears” sale de nuevo a relucir el ego de Glenn, una tierna balada que se presta a ensalzar las cuerdas vocales del cimerio vocalista, y que deja patente que el resto son una banda de mero acompañamiento (acompañan bien, eso sí). El disco se cierra con “Girl” (y venga tirar de pulmones) y el sabbathico “Pain In The World”, todo un homenaje a la banda de mr. Iommi & Co. en el que Chuck Biscuits aporrea los timbales que da gusto.
No sé muy bien por qué he elegido este segundo disco y no otro, ya que cualquiera de los cuatro primeros trabajos de la banda me habría servido (los siguientes “Danzig III – How The Gods Kill” y “Danzig 4” no tienen desperdicio), pero lo que sí tengo claro es que uno tenía que caer por aquí. Del resto de su discografía paso un tanto, ya que a partir de “Blackacidevil” (1995) el sonido se fue mecanizando y me dejó de llamar la atención (al menos como lo anterior).
Sólo añadir para los que no supieran del grupo hasta hoy o que simplemente no se hayan parado a escucharlo, que si gustan tanto de sabores clásicos como The Cult (el timbre de Ian y Glenn siempre se me han asemejado) como de cosas más “esotéricas” (por llamarlo de alguna manera) pueden encontrar un hallazgo en esta banda. Los seguidores del grupo seguro que me entienden. De todas formas por probar...
David Fernández “Bubba”

DARK
TRANQUILLITY
“The
Gallery” (1995)
Si
tuviera que elegir una de entre la vorágine de bandas extremas surgidas la década
pasada en la fría Escandinavia esa sería Dark Tranquillity, y si hubiera que
extraer uno de los trabajos claves y más representativos tanto del grupo como
de esa nueva ola de transgresoras formaciones ese sería “The Gallery”. Y
es que el trabajo que nos ocupa, como bien muestra la portada de Kristian Wåhlin,
es un auténtico laberinto sonoro en el que se dan la mano por un lado los
estilos más extremistas del metal, el black y el death, y por otro las
corrientes más progresivas de dicho género.
A
principios de los noventa, mientras en Noruega se sucedían todos los hechos
relacionados con el Inner Circle y la quema de iglesias, en la vecina Suecia
arrancaban unos cuantos jóvenes a los cuales todo aquello les sobrepasaba por
completo y a los que lo único que les llenaba era tocar cada vez mejor y ver
el fruto de ello plasmado en disco. De entre esas formaciones sobresaldrían
unos técnicos At The Gates, unos heavylones In Flames (provinientes de las
cenizas de Ceremonial Oath, de donde también saldría el conocido Oscar
Dronjak, aunque eso es otra historia) y, cómo no, una fusión de ambos con un
curioso nombre, Dark Tranquillity.
En
1993 se presentaron al mercado discográfico con “Skydancer” (fue
precisamente este trabajo el que animó a Jesper Stromblad a salir de los
citados Ceremonial Oath y a formar una banda que practicara ese estilo que
fundía tan bien las corrientes más agresivas con el heavy clásico), al que
siguió el mini CD “Of Chaos And Eternal Night”, ya con una mejora
considerable en el sonido y con las pinceladas de lo que sería su siguiente
obra maestra, el trabajo que nos ocupa.
“The
Gallery”, grabado en los conocidos estudios Fredman de Fredrik Nordström
(actualmente en los noveles Dream Evil), vio la luz en la primavera/verano de
1995 bajo el sello blacker Osmose Productions, el cual abandonarían tras su
siguiente “The Mind’s I”, según la propia banda porque ya no se sentían
a gusto encasillados dentro de un género tan acotado. El disco, como no puede
ser de otra forma, era una maravilla de la cabeza a los pies. Era como si el
espíritu de unos Dream Theater hubiera entrado en el cuerpo de unos Immortal.
Ese cruce tan brutal tenía un nombre, y no era otro que el de Dark
Tranquillity (no en vano encuentro bastante similitud entre los suecos y los
neoyorkinos, tanto en la personalidad como en el propio nombre).
No
podría ni sabría destacar ningún tema por encima de otro en este caso,
porque desde el que abre, “Punish My Heaven”, extraído en su día como
single para una recopilación del sello Wrong Again Records llamada “W.A.R.
Compilation”, hasta el cierre con “...Of Melancholy Burning”, todas y
cada una de las piezas contenidas en el plástico mostraban la misma línea de
brutalidad y elegancia a la par; la rapidez prototípica del black (esas
quintas de guitarra a toda pastilla y la caja de la batería machacada como si
de un percutor se tratase) se quebraba con unos cambios de tiempo más propios
de unos Queensrÿche que de cualquiera de los alfeñiques de la patria
vikinga, la voz de Mikael Stanne mostraba un desgarro y una fuerza inusual
–tanto que el propio Jesper Stromblad requeriría de sus servicios para
“Lunar Strain”, el debut de In Flames-, contrastada dulcemente tanto por
los punteos en los descansos como por esporádicas voces femeninas (“The
Gallery”), y la presencia del thrash y el heavy metal de corte más clásico
era evidente en los riffs principales (“Silence, and the Firmament Withdrew”,
“The One Brooding Warning”). En fin, estaría hablando y alabando el disco
horas, pero tampoco es cuestión de aburrir.
Un disco grande, que impactó en su día (a la hora de hacer la reseña ojeaba algunos fanzines y revistas especializadas de la época y la nota no baja del sobresaliente) y que sigue creando escuela. Una excelente muestra de cómo hacer música brutal, técnica y con elegancia, cosa de la que no muchos pueden presumir. Si buscas algo que combine todo eso este es tu disco.
David Fernández “Bubba”

DAVID BOWIE “The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars” (1972)
David Bowie es una de esas figuras capitales de la historia del Rock que tienen difícil pasar desapercibidas. Su visión excesiva de todo lo que crea le hacen ser un personaje imposible de ignorar, o se le ama o se le odia o, incluso, ambas cosas. Lo del camaleón no es gratuito, es algo que se ganó desde el principio. Imprevisible, inquieto y snob hasta decir basta, su obra no puede clasificarse dentro de éste o aquel cajón y eso en Bowie ha sido siempre una cualidad que le ha hecho ganar muchos fans, tantos como los que ha perdido por el mismo motivo. De todas maneras sea donde y como sea, siempre ha dejado su impronta de calidad y genialidad como denominador común a todo lo que toca.
En 1972, el mismo año que su amigo y también por la época “indefinido” Lou Reed edita “Transformer”, David Bowie se embarca en su proyecto más ambicioso. Una especie de Ópera Rock rebosante de lirismo y épica urbano-espacial. Una historia extravagante que en manos de otros hubiera quedado ridícula: la llegada a la Tierra de un alienígena de sexualidad ambigua anunciando el fin del mundo que se convierte en estrella del Rock, para terminar siendo asesinado por su propia fama -¡Y todavía hay quien cree que las drogas no son buenas!- Para llevar a cabo tamaña historia cuenta con el talento de Mick Ronson y la ayuda, aunque no sale en los créditos, de Rick Wakeman. De Mick Ronson creo que todo lo que se diga es poco: Mano derecha de Bowie, colaborador de Lou Reed en la gestación del mencionado “Transformer” e integrante de la Rolling Thunder Revue de Bob Dylan, ¡casi nada!
Sin preámbulos ni tediosas introducciones, la obra se inicia con un órdago de épica y emotividad llamado “Five Years”. Un in crescendo intenso capaz de dejar exhausto a cualquiera, que desemboca en “Soul Man”, un tema calmado pero exquisito, lleno de detalles, desde los armónicos de Mick Ronson hasta el saxo del propio Bowie, que sirve como descanso artificial del oyente. Con “Moonage Daydream” (I´m an alligator, I´m a mama-papa comin´ for you. I´m the space invader, I´ll be a rock´n´rollin bitch for you) y, sobre todo, “Starman”, Bowie nos regala dos de los mejores estribillos nunca escritos y que son el emblema de todo el disco, la parte más reconocible. A partir de ahí van alternándose coplas tranquilas, como “Lady Stardust”, una preciosa balada con Bowie meciéndose sobre un piano, con otras que podríamos catalogar de “Punk primigenio” como “Hang On To Yourself”, con la que abrían los conciertos de la posterior gira y de la que estoy seguro que el amigo Johnny Rotten oyó hasta la saciedad. Por su parte “Ziggy Stardust” y su precioso comienzo de arpegios, nos devuelve al camino de la épica. El telón lo baja, y de que manera, “Rock´n´Roll Suicide”, otro tema que va de menos a más para terminar con un Bowie dejándose el pellejo cantando “you´re not alone, gimme your hands”. Aunque el trabajo habría que verlo como un todo, no como un conjunto de canciones. No sería posible entender unas sin otras.
“Ziggy Stardust” ha sido considerado por muchos el mejor disco del siglo XX. Yo lo veo exagerado, pero sí que es verdad que, aparte de ser un disco con una calidad fuera de toda duda, ha sido uno de los más influyentes. No obstante lo verdaderamente importante es poder sumergirte en la epopeya narrativa, llena de altos y bajos, de este alienígena ambiguo y excesivo que es David Bowie y su alter ego Ziggy Stardust. Más de uno se sorprendería.
Pedro Salinas “Pears”

DAVID LEE ROTH “Eat´em And Smile” (1986)
Corrían
buenos tiempos para Van Halen. El grupo se había hecho un nombre entre los
mejores a base de grandes discos y largas y exitosas giras por los USA. Eddie
Van Halen estaba considerado unánimemente como uno de los mejores y más
innovadores guitarristas de la escena rockera y el grupo destilaba frescura y
calidad por todas partes. Los discos se vendían como churros, los conciertos
se llenaban hasta la bandera... todo perfecto.
David
Lee Roth siempre representó la parte más festiva del grupo, él ofrecía la
imagen y Eddie Van Halen la calidad interpretativa. O eso se suponía.
Tras
la publicación de “1984”, Van Halen batió todos sus records de ventas.
Tras la gira, el grupo se tomó un pequeño respiro y David Lee Roth aprovechó
para sacar un mini-LP de cuatro temas, medio de coña, llamado “Crazy from
the heat” con versiones del tipo Frank Sinatra. Y cuál no sería su
sorpresa cuando esas canciones, sobre todo “California Girls” y “Just a
Gigoló” empezaron a sonar en la radio y a convertirse en un acontecimiento.
Ese mini-LP vendió lo inimaginable, y lo que empezó siendo un proyecto poco
menos que para pasar el rato, se convirtió en la deserción de Van Halen y el
comienzo de su carrera en solitario.
Para
ello lo primero que tuvo que hacer era buscar una banda competente. Y aquí el
señorito David Lee Roth demostró tener un ojo impecable. Reclutó a un joven
guitarrista muy hábil llamado Steve Vai que tras haber estado haciendo el
loco con Frank Zappa, había sustituido con éxito a Malmsteen en los
Alcatrazz de Graham Bonnet, y que tenía el suficiente talento y la suficiente
técnica como para hacer olvidar a Eddie Van Halen. Para el puesto de bajista
se fijó en un espectacular instrumentista llamado Billy Sheehan, componente
por entonces de un grupo llamado Talas que había sacado varios discos sin que
hubiera ocurrido nada demasiado relevante con ellos. Y para el puesto de batería
contó con Gregg Bissonette, desconocido hasta la fecha pero con una calidad
que no desmerecía en absoluto la de sus compañeros
Con
tanto talento reunido, lo más conveniente era lo que David hizo: darles
libertad. En el disco se les ve (se les oye, mejor dicho) pletóricos, dando
todo de si mismo y con constantes momento de lucimiento personal para todos y
cada uno de ellos.
El
disco arranca de forma espectacular: “Yankee Rose” comienza con un diálogo
entre la voz de David Lee Roth y la guitarra de Steve Vai. Cuántas veces
hemos visto la voz imitando una guitarra, pero en este caso es Vai quien hace
“hablar” a su guitarra en una de las intro más originales que yo haya
escuchado nunca. El disco entero desprende frescura por todas partes, todos
los temas son hits en potencia, hay momentos de caña y rocanrol acelerado,
como en el “Shy Boy” rescatado de los Talas de Billy Sheehan o “Elephant
Gun” al lado de canciones del típico rock festivo que tanto le gusta a
David Lee Roth, como “I’m easy”. Sobre todas ellas sobresale una
impresionante versión del clásico “Tobacco Road” que nos termina de
convencer de que estamos ante un grandísimo disco. Para terminar el álbum,
un típico tema a lo Frank Sinnatra: “That’s life”, en la misma onda que
siempre ha caracterizado al carismático cantante.
Sabedor
del gran cartel que Van Halen tenía en Sudamérica, David Lee Roth sacó una
versión de este disco íntegramente cantada en español. Su título:
“Sonrisa Salvaje”. Es muy curioso oírle cantar con ese acento gringo. En
España se vendieron las dos versiones, con notable éxito de ventas.
Lástima
que esa gira no pasara por nuestro país. Tuvimos que esperar al año
siguiente, presentando “Skyscrapper”, aún con Steve Vai pero ya sin Billy
Sheehan, sustituido por Matt Bissonette, hermano del batería. Aún así tengo
un recuerdo imborrable de aquel concierto, con un Vai pletórico y un show
“genuinamente americano”.
Totalmente recomendado

DEATH
“Leprosy” (1988)
Como
no puede ser de otra forma los pioneros del Death Metal no podían faltar en
esta sección de clásicos y lo hacen con lo que fue su segundo disco y para
muchos el mejor de la banda, no en vano pienso que no sólo es el mejor disco de
la banda, sino que es el mejor disco de Death Metal que han escuchado mis oídos,
el disco data del que para muchos fue el año de “oro” del Heavy Metal con
clásicos como el “Seventh Son...” de Maiden, “Keeper 2” de Helloween,
“Kings of Metal” de Manowar, etc. La formación que grabó este disco fue:
Terry Butler en el bajo, Bill Andrews en la bateria y Rick Rozz en la guitarra
junto con el líder del grupo Chuck Schuldiner en la guitarra y voz, después de
la edición de éste disco entró a formar parte del grupo por Rick Rozz el
“multigrupo” y buen guitarrista James Murphy.
El
disco se abre con el tema que le da título “Leprosy” en el que ya desde el
principio sabes lo que te vas a encontrar en el resto, una banda con un sonido
muy cuidado y porque no decirlo, técnicamente de lo mejor que te puedes
encontrar en el género (la mayoría de bandas de Death Metal carecían de técnica)
¡ojo! no por ser más dada a la técnica o múltiples cambios de ritmos le
quitan fuerza, al contrario, Death lo tiene todo, Leprosy empieza con un inicio
muy machacón al que sigue un gutural de Chuck y unos ritmos que incluso los que
van a 300 por hora son
totalmente definibles y comprensibles!, solos cuidados,
en fin toda una delicia de 6 minutos para los oídos, “Born Dead” es el siguiente tema, con unas guitarras
muy heavies sobre todo las del sólo que viene después de la primera estrofa y
una batería ultramachacona (aunque esto lo puedo generalizar en todos los
temas), “Forgotten Past” es otro de los temas “grandes” con un inicio
que me recuerda mucho a los Kreator, al que le siguen numerosos cambios de
ritmos, “Left to Die” se abre con un solo al que le sigue de nuevo la
machacona batería de Bill Adrews y un desgarrador grito de Chuck, en el que en
éste tema le pone una voz mucho más agónica (aun si cabe), al loro con el
cambio de ritmo de después del estribillo, “Pull The Plug” y “Open Casket”
son
otros de los temas clásicos, me recuerdan mucho al primer tema “Leprosy”,
sobre todo “Pull The Plug”, en “Open Casket” vuelve otra voz la voz más desgarrada
de Chuck y me
encanta la parte lenta del tema con esa voz ¡Dioses! Y la vuelta a la velocidad
es todo un orgasmo!, “Primitive Ways” es otra de las que va en la línea marcada durante todo el disco en el que no hay que perderse la parte machacona
de la mitad del tema y para finalizar tenemos “Choke On It” que empieza
“lento” para volver a las típicas guitarras con que Chuck tanto nos
deleita, esta vez además de la voz gutural le ha añadido algo de chorus con lo
que da una sensación de catacumba total ¡aun no he mencionado el buen hacer de
Terry Butler! bueno, pues lo hago ahora, un bajista de Death Metal está muy
limitado en el género y no te puedes esperar grandes alardes, pero Terry no lo
hace nada mal y en este tema me encanta como suena.
En
fin, si te interesa el estilo yo te recomiendo totalmente este disco, si lo
tienes, ya sabes de lo que te hablo y se te ha pasado desapercibido yo le daría
otra escucha que, créeme, merece la pena. ¡ánimo Chuck! ¡Death forever!
Agustín Galiana “Aguskill”

DEATH
“Symbolic” (1995)
Recuerdo como si fuera ayer cuando “Symbolic”, el esperado sexto trabajo de estudio de los Death de Chuck Schuldiner, irrumpió en el mercado discográfico. Es más, me acuerdo como si hubiera pasado hoy mismo estar esperando impaciente con la radio enchufada a que la neurona del Pirata le recordara que ese día tenía que estrenar el nuevo trabajo de la banda. Por fin, tras una ardua espera y demás desvaríos del viejo de la pata palo sonó “Sacred Serenity”, y rápidamente mis dudas y mis sospechas a la par se vieron despejadas de un plumazo: Death proseguían el viaje emprendido en “Human”, que no tenía otro destino que el de ahondar cada vez más en la melodía sin dejar de lado, eso sí, la brutalidad que les había caracterizado todos esos años atrás.
Y es que esperar ‘lo nuevo’ de Death era algo así como un rito o celebración religiosa, que compartían tanto fans como músicos y crítica en general. No en vano Chuck Schuldiner puede considerarse un poco el ‘padre’ de la vertiente más brutal del metal, y si bien no vamos a aventurarnos en asegurar que fue el mismo nombre de la banda el que acuñó el del propio género (habría que pedir permiso a Possessed y a su “Seven Churches”, entre otros), desde luego tuvo algo que ver.
Con “Individual Thought Patterns”, el bueno de Chuck, junto al ex Sadus Steve DiGiorgio (bajo), el ex Dark Angel Gene Hoglan (batería) y el mismísimo Andy LaRocque, mano izquierda de King Diamond (guitarra), demostró que en eso del Death Metal también hay sitio para el lucimiento personal y la demostración técnica, y quizá por ello en este “Symbolic” regresaron un tanto a las raíces de todo (¿Death Metal? ¿Thrash? ¿Heavy? poco importa...). Esta vez Chuck se metió en el estudio de la mano de Jim Morris y bien respaldado de nuevo por Gene ‘el pulpo’ Hoglan y unos menos conocidos Kelly Conlon al bajo y Bobby Koelble a la segunda guitarra. ¿El resultado? Un disco para la historia.
Lo cierto es que no fueron pocos los que tildaron a Death de comerciales e incluso de vendidos por editar un disco como este, aunque sigo sin imaginarme a un “Symbolic” colándose en los 40 principales. Obviamente se trataba del sector más purista, que no alcanzaba a comprender cómo una de las bandas pioneras de la brutalidad se hacía cada vez más accesible y dinámica. Todo tiene su lógica. Chuck siempre había ido un paso por delante, y el intentar aferrarse a un género tan opaco como el Death Metal le hubiera acarreado una muerte (musical) demasiado prematura, como su propio nombre indica. Lo que nunca imaginamos es que otra muerte, la más cruda y real, nos privaría al poco tiempo de seguir disfrutando de este genio, incomprendido por unos y aclamado por otros.
¿Temas? Todos eran sobresalientes, desde el riff de apertura de “Symbolic”, rápidamente roto para que Hoglan destrozara literalmente su kit de batería a golpe de caja y doble bombo, hasta “Perennial Quest”, que cerraba majestuosamente el plástico. “Zero Tolerance” guardaba pasajes inolvidables, de innumerables quiebros pero sin perder el norte, y la oscuridad de “Empty Words” todavía me encoge cada vez que la escucho (esas “almas perdidas” con la voz agónica de Chuck desgañitándose, vive dios), ahora más si cabe que el primer día. “Sacred Serenity” era todo un alegato Thrash, de riffs persistentes y estructura pegadiza, mientras que “1000 Eyes” era un vuelo fugaz de estribillo tan fácil como memorable (el contraste de esas sobrias melodías de guitarra con la batería salpicando por debajo es difícil de olvidar). Y si bien “Misanthrope” pasaba algo desapercibida, el barroquismo de “Without Judgement” y la apoteósica “Crystal Mountain” (con esos punteos en los descansos) demostraban de nuevo esa perfección llena de pequeñas y conscientes imperfecciones, que hacían más jugosa y amena si cabe la escucha.
Como muchos de vosotros sabréis, Chuck Schuldiner fallecía el 13 de diciembre del 2001 a causa de un tumor cerebral, interrumpiendo así de manera tajante la carrera tanto de Death como de sus demás proyectos paralelos (Control Denied). Desde ese día el mundo del metal perdió a uno de sus hijos predilectos. “Symbolic” es una buena manera de recordarle.
David Fernández “Bubba”

DEEP
PURPLE
“Made in Japan” (1972)
Verano del ’72, en Munich celebrando olimpiadas, y mientras tanto el Mark II de los Purple (Ian Gillan -voz-, Ritchie Blackmore -guitarra-, Jon Lord -teclas-, Roger Glover -bajo- e Ian Paice -batería-) que se dan una vuelta por la tierra del sol naciente por aquello de promocionar su más reciente LP “Machine Head”, su obra cumbre en estudio y que vio la luz aquél mismo año. Como resultado de la grabación de sus conciertos en Osaka (15 y 16 de agosto) y Tokio (17 de agosto) nació lo que ha sido el disco en directo más vendido en la historia del rock.
La cara A se abre con “Highway star” a toda velocidad, clásico entre los clásicos, que mejora sensiblemente a la versión en estudio el citado “Machine Head”. En realidad todas las versiones de este disco tienen más fuerza que en estudio, por aquello de la espontaneidad del directo y una miaja más de mala leche que le echaron. Sigue con “Child in time”, tema de 12 minutos y pico de constantes y característicos duelos Lord-Blackmore “made in Purple” (otro claro ejemplo es “Lazy”) deja paso al riff más coñazo de la historia de la guitarra: “Smoke on the water”, que por otro lado sigue siendo la canción de hard rock quizá más conocida.
Si hubiera “discos de texto”, igual que libros, “The Mule” o lo que es lo mismo, la Ludwig de Ian Paice habría escrito aquella tarde en Tokio el solo más “consultado” por quienes gustan de aporrear parches con dos baquetas. Muy inspirado. Con “Strange kind of women”, asistieron los nipones a otro duelo, esta vez Gillan-Blackmore, con la voz de Gillan en pleno apogeo. Quizá esta sea el tema donde más se luce, además del “Child in time”, con demostración de capacidad pulmonar incluida.
Los casi 20 minutos de “Space Truckin’” ponen fin a este disco, referente e inspiración de muchos grupos posteriores a la hora de grabar sus discos en directo. Disco que, por cierto, apareció en el mercado en formato de doble en directo como alternativa a la -durísima- competencia, que se afanaba aquél año por parir obras en estudio super-curradas, como Pink Floyd (Dark side of the moon), Jethro Tull (Thick as a brick), Yes (Close to the edge) o E, L & P (Pictures at an Exhibition).
Solo las auténticas obras maestras como esta pueden seguir estando vigentes 30 años después.
Salud.

DEEP
PURPLE “Come taste the band” (1975)
“My mama showed me how to rock in the cradle...” Con esta clara declaración de principios comienza uno de los discos más injustamente olvidados en la historia de esta banda: Come Taste The Band, el disco más rockero de Deep Purple. Sin Gillan, sin Glover y sin un Blackmore que estaba buscando el arcoiris, en 1975 no había un solo mortal sobre la faz de la tierra que hubiese apostado un duro por la carrera de Deep Purple. Aunque hacía poco tiempo se habían sacado de la manga el potente “Burn” (y el siguiente Stormbringer), demostrando que con Coverdale habían superado la ruptura del Mark II, la huída de Blackmore parecía el golpe definitivo. Sin embargo con lo que no contaba nadie era con la llegada de un semidesconocido Tommy Bolin (provenía de la banda Taste). Un guitarrista sensacional e irrepetible, que suplía su falta de técnica con eso que algunos llaman “feeling”, y que nadie sabe lo que es pero que siempre suena de muerte. A todo esto hay que sumar el galáctico Glenn Hughes, con más protagonismo que nunca, y la pareja Paice/Lord; toda una garantía.
“... but I learned how to roll along”. Comin´ Home abre el disco y es una clara muestra de lo que va a ser el resto, dejando patente que Bolin va a imponer su personalidad con la guitarra y no va a ser un mero calco de su predecesor, con un Coverdale más “soulero” que nunca y con unos teclados de Lord llenos de alegría.
“She was a juke-box dancer, a blue eyed gypsy queen.” Lady Luck, sería todo un clásico de la banda obligado en todos los conciertos sino fuera porque Gillan no canta temas de la época Coverdale. Pocas canciones te hacen mover el cuello y los pies de la manera que ésta lo hace aunque es en Gettin´ Tighter cuando Glenn Hughes asume el protagonismo y puedes dar fe de que deja su impronta, con una “paradinha” funk/soul a mitad de tema a la que le sigue un magistral solo de Bolin.
“Love
child, driving me wild...”
La
dupla Coverdale/Bolin vuelve a funcionar a las mil maravillas para darnos otro
clásico; Love Child es una canción, como todo el LP, rebosante de energía y
sentimiento. Sin embargo si hay un clásico por excelencia en este disco ese es,
sin duda, la colaboración entre Coverdale y Hughes, dos monstruos que juntos
parieron You Keep On Moving, una de las mejores canciones de la historia.
Puro
sentimiento, puro Rock and Roll.
Come Taste The Band es un disco perfecto, con una banda perfecta, que sabe lo que quiere y sabe como hacerlo. Donde todos juegan su papel dándolo todo de si mismos. Desgraciadamente es un disco que muchas veces queda sepultado en la impresionante discografía de la banda (¿la banda más grande del planeta?) y pasa desapercibido para muchos (supongo que la negativa de Gillan, cosa compresible, a tocar estos temas ha ayudado). Desde luego es el disco que menos suena a Purple, incluso menos que el “Rainbownico” Slaves & Masters que grabaron años después con Tuner. Quizá hubiera sido mejor que le hubieran cambiado el nombre a la banda, no lo sé, pero eso poco importa ya.
“I
keep singing the same old song...”
Perico Salinas “Pears”

DEEP
PURPLE “Perfect Strangers” (1984)
Deep Purple. La leyenda. De forma casi unánime son considerados el grupo más grande del hard rock de todos los tiempos. Su aportación al mundo de la música traspasa los gustos de unos y otros para ingresar por derecho propio en los libros de Historia de la música, siendo influencia decisiva a miles de grupos de generaciones posteriores.
La historia primigenia, desde la fundación del grupo por Jon Lord con el primitivo nombre de Roundabouts hasta el fin de su primera etapa a mediados de los ‘70, fue una historia de discusiones, enfrentamientos, malos modos y disputas que propiciaron una inestabilidad constante en la formación de la banda, causados por el mal temperamento de sus componentes, en especial los constantes enfrentamientos entre Gillan y Blackmore. A pesar de ello, la producción de discos fue siempre alta, con una calidad innegable que a lo largo de los años se han convertido en clásicos imperecederos.
De todas aquellas formaciones, sin duda la más mítica fue la llamada “Mark II”, la que grabó el legendario “Made in Japan”, considerado como uno de los mejores discos en directo de la historia del rock, si no el mejor. Este disco elevó a los altares (musicalmente hablando, claro...) a los cinco integrantes del grupo: Ian Gillan, Richie Blackmore, Jon Lord, Ian Paice y Roger Glover.
La historia es bien conocida. Poco tiempo después, Gillan y Glover son sustituidos por David Coverdale y Glenn Hugues, y al año siguiente es Blackmore quien toma las de Villadiego, ocupando su puesto Tommy Bolin mientras el grupo agonizaba.
La exitosa trayectoria posterior de los miembros de Deep Purple no hizo sino engrandecer la leyenda del grupo madre, y las ansias de todo el rockerío de ver de nuevo unido al Mark II crecían y crecían...
En 1984, casi por casualidad, todos los factores se pusieron de acuerdo para favorecer esa reunión:
Por un lado, los Rainbow de Richie Blackmore y Roger Glover estaban pasando su peor momento desde su inicio. La etapa más comercial de la banda, con Joe Lynn Turner a la voz, había arrancado con fuerza con discos como “Difficult to Cure” y “Straight between the eyes”, pero el tercer disco de esa etapa, “Bent out of shape”, no había conseguido calar en los seguidores de la banda. El nivel de ventas y de asistencia en la gira americana (que no llegarían a terminar) cayó estrepitosamente. Primer escollo superado.
Ian Gillan había abandonado su proyecto en solitario, tras un puñado de buenos discos que tuvieron mucho éxito en Gran Bretaña pero que apenas traspasaron sus fronteras. El desastroso intento de formar parte de Black Sabbath terminó con el fracaso del disco editado (“Born again”) y de su posterior gira, precipitando el fin de esta efímera unión. Segundo traba eliminada.
Jon Lord había consolidado su carrera post-Purple en una de las bandas resultantes, Whitesnake, con notable éxito. Pero, tras la edición de “Saints and Sinners”, David Coverdale, líder indiscutible del grupo, decidió dar un giro total en el estilo del grupo, adaptándose a las nuevas corrientes que venían sobre todo del otro lado del Atlántico. Un concepto totalmente nuevo del grupo en el que un teclista del estilo de Lord no tenía cabida. Quedaba libre.
El último eslabón de la cadena, Ian Paice, huido poco antes de las filas de Whitesnake, se encontraba plenamente integrado en la banda de Gary Moore, en aquel entonces en el punto más alto de su carrera. Paice ya había avisado al malhumorado guitarrista irlandés de que acudiría a una reunión de Deep Purple si esta se producía.
Una
vez que todos los planetas se alinearon, la noticia corrió como la pólvora
por los mentideros del rock-business. Hoy estamos acostumbrados a reuniones de
grandes bandas separadas años antes. Quizás esta reunión de Deep Purple fue
la primera, y la que más revuelo levantó. El encuentro en una finca
campestre inglesa incluso fue filmada e incluida en el videoclip de la canción
“Perfect Strangers” del nuevo disco. ¿Conseguirían aparcar las viejas
rencillas lo suficiente para trabajar juntos? Habían pasado 10 años, tiempo
suficiente para aparcar el hacha de guerra. Sólo quedaba confiar en que la
vieja magia volviera a surgir y que el nuevo disco colmara las expectativas.
Recuerdo perfectamente el estado de ansiedad que recorría mi cuerpo cuando llegué a la tienda a por el disco, el mismo día que se ponía a la venta. En el trayecto en Metro a mi casa saqué el plástico protector del vinilo, admiré la carátula, me fijé en las fotos interiores (muchas y variadas) y empecé a disfrutar del disco, aún antes de oírlo.
Llegué a mi casa, no dije ni hola y puse el vinilo en el tocadiscos. A todo volumen, por si había dudas. Simplemente con escuchar la introducción de “Knockin’ at your back door” ya sabía que mis expectativas habían sido colmadas. Lo habían vuelto a hacer, 10 años después. La intro de Lord, seguida del contundente bajo de Glover y la atronadora entrada de Paice se me clavaron en el cerebro, y aún no han salido. Deep Purple consiguen algo prácticamente imposible: No sólo construyen una canción de primerísimo nivel y la convierten en clásico nada más escucharla, sino que además logran que cada uno de los músicos brille con luz propia tomando su papel protagonista.
Esta canción justifica por sí sola el precio del disco, pero no venía sola. El resto de temas confirman la magnitud del disco. “Under the gun”, “Nobody’s home”, “Mean Streak”... colman mis expectativas. El grupo suena moderno (estamos hablando de 1984) y apenas quedan rastros del sonido Purple de los ’70. Más al contrario, hay una clara influencia de los últimos Rainbow, arrastrada por Blackmore y Glover, aunque no se quedan ahí. Blackmore se muestra más sofisticado que nunca, algo que ya había demostrado en la última etapa de Rainbow, huyendo de los largos solos y consiguiendo innovar con cortos e intrincados solos que dejan patente su gran clase. La participación del maestro Lord es decisiva, dejando su impronta en cada uno de los surcos del disco. Ian Paice está en el mejor momento de su carrera, y su técnica, pareja a su energía, convierte su participación en una exhibición. El punto más crítico de la banda iba a ser Ian Gillan. Meses antes habíamos tenido que sufrir su falta de facultades con Black Sabbath y su rendimiento era una incógnita. Pero el maestro Gillan por fin comprendió que debía olvidarse sus exhibiciones vocales de los ’70 y realiza uno de los trabajos más completos de su carrera.
La segunda cara del vinilo se abría con otro tema que estaba destinado a convertirse en un clásico absoluto de la carrera de Deep Purple. “Perfect Strangers”, como el disco. De nuevo tras una introducción de Jon Lord, ante nosotros tenemos un medio tiempo intenso y glorioso, con una interpretación de todo el grupo rayando la perfección, desde las perfectas líneas vocales de Gillan, la fuerza de Paice, la clase de Blackmore, el sustento de Glover y la maestría innegable de Lord. Desde entonces este tema no se ha caído de su set en directo.
“Gypsy’s kiss” es otro cañonazo, rocanrol rápido con lucimiento de Gillan y con una parte intermedia “made in Blackmore” y un solo de guitarra seguido de uno de Lord que imprime el verdadero sello Purple a lo que estamos escuchando.
El disco se completa con la sentida balada “Wasted sunset” y la extraña “Hungry Daze”, quizás el único tema que baja algo el nivel en el disco.
La posterior edición en CD trae dos temas nuevos: “Not responsible” de evidente menor calidad que el resto.
La
gira de este disco produjo la primera venida en la historia de Deep Purple a
España, con un concierto que fue precedido de una gran expectación, pero que
deparó varias sorpresas no muy agradables. El concierto de Madrid, acompañados
de Mountain (que hacían toda la gira europea) y, para las fechas españolas,
de los catalanes Zeus, se suspendió la misma tarde del concierto por una afonía
galopante de Gillan, dándonos a todos con un palmo de narices. El concierto
se recuperó al final de la gira, ya sin Mountain, y con un Gillan en
condiciones mínimas. El show fue brillante por parte de unos pletóricos
Lord, Paice y Glover, pero con Gillan intentando que la voz le llegara a la
garganta y con un Blackmore pasando de todo. Al final, en los bises, la
conocida historia: Richie Blackmore que no quiere salir al escenario, y
tenemos la oportunidad de presenciar un histórico, por lo extraño, “Smoke
on the Water” sin guitarra, tocando Jon Lord el riff principal con su
Hammond.
Perfect Strangers: ¿El mejor disco en estudio de toda la carrera de Deep Purple? Posiblemente sí. Al menos para el que suscribe.

DEF LEPPARD “Hysteria” (1987)
Parecía que no iba a llegar nunca, pero al fin se publicó. Tras el accidente que costó un brazo a Rick Allen, lejos de entrar en crisis de esas que acaban con toda una carrera musical, el grupo se puso las pilas y le echó imaginación al asunto. Le fabricaron una batería especial adaptada a su minusvalía y cambiaron sensiblemente la orientación de su música y por consiguiente las necesidades rítmicas.
Con la entrada de Phil Collen a la guitarra en el anterior “Pyromania” (1983) ya se apuntaba en temas como ‘Photograph’ o ‘Rock of ages’ una predisposición a fabricar hit-singles consumibles por un amplio sector del mercado. Esa fue la línea a seguir cuatro años después y ese fue el resultado final, un disco lleno de temas millonarios pero no por ello exentos de calidad a todos los niveles. Solo faltaba un tema capaz de entrar en listas y que hiciera de cuña para que entrase el resto, “Love bites” era el indicado. Balada sentida que hizo su trabajo perfectamente.
Lo demás fue coser y cantar. Los temas más digeribles como ‘Animal’, ‘Pour some sugar on me’, ‘Armaggedon it’ o ‘Run riot’, llenos de melodías pegadizas, coros por todos los rincones, batería y guitarras no tan agresivas, etc. tenían, en definitiva, los ingredientes necesarios para hacer de este disco uno de los más vendidos de la historia. Y si además tenemos en cuenta el boom que supusieron discos y grupos contemporáneos como Europe con su “The final countdown” y Bon Jovi y su “Slippery when wet”, quedaba claro que la imagen también había que retocarla. No se llevaba el heavy-guarro, así es que aseando que es gerundio, ya me entendéis.
Con esto no quiero decir que el disco no fuera de heavy metal, claro que lo era, pero los conceptos estaban cambiando. Es el disco con la que quizá sea la producción más pulcra que se hubiera dado hasta la fecha, aún con el handicap y el reto de ser aceptado por los fans de la NWOBHM ya que supuso una rebaja en sus pretensiones metálicas, pero superó la prueba con creces y fue aceptado plenamente.
Los Def Leppard más clásicos se pueden escuchar en ‘Women’ que era el tema que abría el disco, o en ‘Gods of War’ muy del estilo también del “Pyromania”. El más guitarrero podría ser ‘Don’t shoot shotgun’, el más flojo ‘Excitable’ por los arreglos casi funkies. ‘Rocket’ tiene una base un tanto curiosa para un grupo de estas características (Rick Savage y su bajo se salen), y dos medios tiempos brillantes como son ‘Hysteria’ y ‘Love and affection’, geniales, especialmente la voz de Joe Elliott.
Con “On through the night” (1980) y “High’n’dry” (1981) fueron creciendo y asentándose hasta llegar al “Pyromania” (1983), pero fue con este “Hysteria” con el que definitivamente se convirtieron en un grupo de primera fila, y el propio disco en un mito en la historia del rock. Después vino la muerte de Steve Clarke en 1991 y la grabación posterior del siguiente Lp “Adrenalize” con el grupo convertido en cuarteto y a modo de continuación del “Hysteria”, pero ya nada fue igual, ni siquiera con la incorporación más tarde del gran Vivian Campbell.
Disco para la historia.
Salud.



DESTRUCTION
“Eternal Devastation” (1986)
SODOM
“Agent Orange” (1989)
KREATOR
“Coma Of Souls” (1990)
Ahora
que las tres formaciones clásicas y pioneras del Thrash alemán (y europeo por
extensión) vuelven por sus fueros (todas tres con unos aplastantes discos bajo
el brazo, a cual más bestia -como si se hubieran puesto de acuerdo, vamos-), y
aprovechando que van a girar juntas a partir de este mismo mes de Diciembre (¿pasarán
por aquí o nos dejarán con las ganas?), no está de más echar la vista atrás
y repasar lo que fueron discos claves en la ya larga trayectoria de estas tres
bandas abanderadas del Thrash germano.
Y
empezamos por Destruction, la banda liderada por el bajista/vocalista Marcel
Schmier, que ha regresado a los ruedos tras una década de inactividad discográfica,
desde “Cracked Brain” (1990, para el cual no prestó su colaboración el
citado vocalista) hasta su anterior “All Hell Breaks Loose” (2000), que los
devolvió a la más rabiosa (y nunca mejor dicho) actualidad del panorama metálico.
En
“Eternal Devastation”, su segundo larga duración tras el primerizo
“Infernal Overkill” (1985) y el brutal Ep “Sentence Of Death” (1984),
conformaban el trío junto a Schmier el guitarrista Mike Siffringer y el batería
Thomas Senmann “Tommy”, de los cuales únicamente queda el primero en la
actual formación del grupo.
Lo
bueno del caso es que el disco no goza de una producción digna de elogio
precisamente (la verdad es que sólo lo he escuchado en vinilo, que es en el
formato que lo tengo, pero no creo que en la versión CD la cosa mejore
ostensiblemente), eso sin contar con las voces chillonas de Schmier, que junto a
las afiladísimas guitarras de Mike dan lugar a un sonido estridente a más no
poder. Pero ¿a quién le importa? Puede que precisamente ese fuera el secreto
de que Destruction se alzara por derecho propio a co-liderar la corona de lo que
se vino a llamar Thrash Metal europeo, en contrapartida al que se venía
haciendo por aquel entonces en los States (con bandas de sobra conocidas como
Metallica, Megadeth, Anthrax, Slayer o Testament, y otras de menos renombre como
Dark Angel, Exodus, Sacred Reich, Flotsam & Jetsam, Death Angel o los Vio-lence
del ahora Machine Head Rob Flynn). Lo cierto es que temas como el apoteósico
“Curse The Gods”, “Life Without Sense” (que dio nombre precisamente al
disco en directo de la banda), “United By Hatred” o “Eternal Ban” nos
han hecho, nos hacen y de seguro nos harán agitar el cuello como verdaderos
posesos.
Otro
de los nombres que sin duda se te viene a la cabeza cuando hablamos del Thrash
elaborado en el viejo continente es el de Sodom, la banda del incombustible Tom
Angelripper (una curiosidad: la verdadera ‘causante’ del nombre del grupo
fue la madre de Tom, la cual le ‘sugirió’ la idea al zagal una de las veces
que entró a su cuarto y le encontró cabeceando con Venom y
Motörhead...
“santo Jesús, esto parece Sodoma y Gomorraaa”... ).
El
disco, cuarto de su carrera y uno de los más conocidos, goza de una producción
aplastante (Harris Johns, Musiclab Studios, Berlin), y se abre con tres auténticos
trallazos como son “Agent Orange”, “Tired And Red” o “Incest”, para
dar paso al célebre medio tiempo de “Remember The Fallen” (un homenaje a
los caídos en combate). Destacable es también la andanada sónica de “Ausgebombt”,
uno de los temas más conocidos del grupo, que se sale un poco de la línea de
los anteriores (en onda más heavy, donde se puede apreciar la influencia de
Motörhead),
dando paso a otra pieza thrashica, “Baptism Of Fire”, para seguir de nuevo,
y ahora con más claridad, con un tema que podría haber firmado el
propio Lemmy Kilminster, “Don’t Walk Away”, esta vez más festivo (y con
el que se
cierra el disco).
Componen
la formación (trío, cómo no) el mencionado Tom Angelripper (bajo/voz, también
conocido por sus trabajos en solitario), Chris Witchhunter (batería) y Frank
Blackfire (guitarras), el cual abandonaría la nave tras este disco para unirse
precisamente al grupo (y al disco) que nos ocupará a continuación. Por último
destacar la excelente portada del genial Andreas Marschall (no comment), que
también se ocuparía de la del siguiente disco que comentamos (si es que el
mundo es un pañuelo...).
Pues
ese disco no es otro que “Coma Of Souls”, el quinto elepé
(como se solía
decir antes) de esa criatura llamada Kreator. Tras dos fieros comienzos (“Endless
Pain”, “Pleasure To Kill”) y dos discos digamos ‘de transición’
(“Terrible Certainty”, “Extreme Aggression”), en los que compaginaban la
potencia de antaño con la velocidad algo más controlada, llegó la madurez y,
lo que es para mí, la obra cumbre del grupo (aunque este último “Violent
Revolution”...).
Con
unas guitarras acústicas y una melodía de guitarra eléctrica a la par se abría
“When The Sun Burns Red”, que inmediatamente rompía la atronadora batería
de Ventor y la voz desgarrada de Mille Petrozza, alma mater indiscutible del
grupo. “Coma Of Souls” te atronaba con un incesante doble bombo y unas
guitarras destripantes a cargo de Frank Blackfire, mientras que “People Of The
Lie” (para la cual se grabó un video) era un tema aparentemente más
accesible (que no flojo) y con una letra de esas en las que Mille escupía por
su boquita...
“World
Beyond” mantenía la caña de antaño (tuca-tuca-tuca), “Terror Zone”
complicaba algo más las estructuras (podemos hablar incluso de Thrash
progresivo), al igual que “Agents Of Brutality” o “Material World
Paranoia” (los acérrimos al piñón fijo ya empezaban a echar pestes), pero
“Twisted Urges” y “Hidden Dictator” devolvían la calma al sector más
bruto. “Mental Slavery” cerraba el plástico, con un riff cansino que abría
y cerraba de la misma manera el tema (y el disco).
Es
obvio que todos y cada uno de los discos de la banda de Essen son una referencia
clara y obligada en el estilo, ahí están temas como “Tormentor”, “Flag
Of Hate”, “Pleasure To Kill”, “Under The Guillotine”, “Terrible
Certainty”, “Toxic Trace”, “Extreme Aggression”, “Love Us Or Hate Us”,
etc. etc. para atestiguarlo, pero quizá haya elegido este “Coma...” porque
supuso una evolución lógica y coherente con respecto a anteriores trabajos, y
los desmarcó del resto del rebaño, de los cuales la inmensa mayoría seguía
repitiendo esquemas e ideas que no harían sino quemar el género (¿cuántos
quedan ahora?).
Lo
dicho, tres bandas emblemáticas en lo concerniente al género thrashico
europeo, pero no las únicas. Ahí estaban (o están) muchas otras como Coroner,
Celtic Frost, Sabbat, Tankard, etc., que contribuyeron con ellas a crear un
estilo que muchos de nosotros hemos disfrutado a lo largo de todos estos años.
A su debido tiempo (y en la medida de nuestras posibilidades, claro está) todas
tendrán su hueco en nuestra humilde página. Como bien rezan Destruction en su
último trabajo: Thrash til’ death!!!
David Fernández “Bubba”

DIMMU BORGIR “Enthrone Darkness Trimphant” (1997)
Los
noruegos Dimmu Borgir, tras haber sacado un álbum y algún EP, se terminaron de
dar a conocer con este disco publicado en 1997, contando aún con su formación
inicial. Apostaron por un estilo propio y acertaron. No demasiado bestia ni
demasiado cargante, pero atmosférico y profundo, lleno de profesionalidad y
virtuosismo, como toda banda de black metal que se precie.
Comienza
el primer tema, “Mourning Palace” con el teclado. Éste adopta un sonido
característico y peculiar a lo largo de todo el disco. Adquiere ya, desde el
principio, su toque oscuro, siniestro, pero hermoso al mismo tiempo. Bonitos
juegos de ride y teclado, guitarra potente y voz desgarradora. Melodías de
guitarra y teclado muy pegadizas.
El
segundo tema, “spellbound (by the evil)”, es apoteósico. Realmente da
sensación de terror, de agobio. Bastantes cambios de ritmo, con partes
ambientales más lentas y otras con un doble bombo apabullante. El teclado
adopta aquí un aire de lo más sofisticado.
“In
deaths embrace” comienza muy potente, pero con una melodía de fondo que te
estará sonando en la cabeza todo el día. Un ritmo de batería muy original y,
por supuesto, sus constantes cambios de ritmo que te transportan del relax más
melancólico a la hiperactividad agresiva, sin olvidar ni por un momento el
toque ocultista y siniestro.
Bestialidad
absoluta nos invade con “Relinquishment of spirit and flesh”, el siguiente
corte. Batería aceleradísima,
voz desgarrada, unas veces tirando a grave y
otras veces tirando a aguda; guitarra muy potente y el teclado apenas hace melodías,
prácticamente todo ambiental. Toda una descarga de rabia y adrenalina donde,
disculpen mi atrevimiento, pero la batería no tiene nada que envidiarle a
Nicholas (Cradle of filth).
Un
poco en la línea de éste van a ser los siguientes temas: “The night
masquerade” o “Tormentor of Christian souls”. Parece que le han cogido el
gusto a la caña y no la sueltan... aunque hay cambios de ritmo y alguna voz
femenina que le da un toque de distinción. Puede que me equivoque, pero hay
partes que me suenan muy heavies, heavy muy cañero, pero heavys al fin y al
cabo.
La
entrada apoteósica del siguiente tema puede que le dé nombre, “Entrance”,
canción variadísima donde las haya, parón de voz y teclado, acelerón de
batería con teclado melancólico... Buenísima!
Los dos siguientes temas son del estilo y la caña de las anteriores. Son “Master of disharmony” y “Prudences fall”. Y para cerrar el disco, una “balada” preciosa: “Succubus in Rapture”. La historia de este animal que absorbe energía del sexo te encandila; ya no sólo el relato, sino la canción en sí. Con cambios de ritmo pero sin demasiados acelerones, partes ambientales de voz y teclado o teclado sólo con batería (sublime) se mezclan con heavies y emotivas melodías de guitarra.
Desde luego fue un buen empuje para la banda y, vistos sus comienzos, no me extraña que ahora estén donde están.
Clara González Lobo (Kiky)


DIO
“Holy Diver” (1983) “The last in line”
Tras soportar las fuertes personalidades de los guitarristas de sus dos bandas anteriores (Rainbow y Black Sabbath), por fin “la voz” del heavy decidió montárselo por su cuenta. Para ello, una vez grabado el “Live Evil” se llevó del brazo al batería Vinnie Appice también en Sabbath, y reclutó un par de jóvenes músicos en las personas de Jimmy Bain (bajo) y Vivian Campbell (guitarra ex–Sweet Savage). El objetivo era poder desarrollar al 100% su personalidad como vocalista y ser el centro de atención aprovechando el tirón de su paso por las dos legendarias formaciones.
Pero DIO no era solo el cantante, fue una formación estable hasta la -inoportuna- marcha de Vivian Campbell a Whitesnake, incluso se reforzó para los siguientes “The last in line” y “Sacred heart” con Claude Schnell, otro ex–Sabbath a las teclas. Con estos ingredientes, lógicamente el sonido tenía que ser mezcla de Rainbow y Sabbath, con la aportación heavy de los primeros 80 de Campbell, y eso es lo que hay dentro de este disco, sonido clásico con algunos arreglos de teclas a cargo del propio Ronnie, guitarras que en ocasiones recuerdan a ritmos del difunto Randy Rhoads (este tío creó escuela) de solos agresivos (distinto de lo que hace ahora Campbell en Def Leppard), el ejemplo más claro es “Don’t talk to strangers”.
“Stand up and shout”, la abre el disco, es caña a toda velocidad para subir la adrenalina. “Holy diver” junto a “Rainbow in the dark” son los dos clásicos dentro de este clásico, imprescindibles en directo. El resto de temas son composiciones en la misma línea, haciendo un disco muy homogéneo pero nada aburrido, con Dio cantando con más rabia que en sus trabajos anteriores, con voz poderosa pero sin forzar, dando la sensación de ir “sobrao”.
La continuación del primer LP fue “The last in line”. El mismo concepto, el mismo sonido, la misma banda (a excepción de Claude Schnell), temas en la misma onda (9 en cada disco), portada con la misma temática, etc. pero para nada repetitivo. El estilo de Dio estaba definido, y este disco fue la consagración.
Se
aprecia a un Campbell algo más maduro, en la misma línea del anterior, pero
con más destreza en solos y ritmos. “We rock” es buena prueba de ello (ese
DIO FOR EVER). “The last in line” es un tema que recuerda algo más a
Sabbath, sobre todo por la línea de bajo y el ritmo de cadencia pesada, “I
speed at night” es el corte veloz del disco, “One night in the city” es típicamente
Dio y “Mistery” tiene unos arreglos de teclas que redondean el sonido. Cierra
el disco “Egypt (the chains are on)” con aires exóticos claramente Rainbow
(“Gates of Babylon”).
Si el primero sirvió para el lucimiento de Ronnie James Dio con la complicidad del resto del grupo, en este segundo el protagonismo es a medias Dio/Campbell, porque el trabajo de guitarra repito que es de quitarse el sombrero, otra vez sobre una base de bajo y batería absolutamente compenetrada y otra vez con arreglos de teclas, las justas, sin empalagar. Lo dicho, la mezcla perfecta entre los Rainbow clásicos, y los Black Sabbath de comienzos de los ochenta.
Salud

DISSECTION
“Storm Of The Light’s Bane” (1995)
Ahora que la extinta década de los 90 forma ya parte del recuerdo no podemos hacer más que recrearnos en él, y no cabe duda de que al hablar de la vertiente metálica más oscura y brutal como puede ser el black metal un capítulo ineludible son los suecos Dissection.
Lamentablemente y para desdicha de numerosos headbangers de todo el globo, la carrera del grupo se vio truncada por ciertos hechos que muchos conoceréis, que se resumen en la comisión de asesinato por parte de su líder Jon Nodtveidt y su posterior encarcelamiento (actualmente sigue cumpliendo condena, que presumiblemente concluirá a finales de esta década, momento en el cual proseguirá la carrera del grupo –al menos eso afirma su líder-), dejándonos un breve pero preciado legado a los que gustamos de los sonidos más infernales.
Ya con un reconocido prestigio en la escena underground del momento y tras un sorprendente debut (“The Somberlain”, 1994), Jon Nodtveidt (guitarra solista, voz), Johan Norman (guitarra rítmica), Peter Palmdahl (bajo) y Ole Ohman (batería –curiosamente expulsado tras la edición del disco-) se meten de nuevo en el estudio de la mano del todopoderoso Dan Swano y graban lo que ha llegado a convertirse con el tiempo en una de las obras más aclamadas de la música extrema.
Tras una fría ilustración (Necrolord) que nos presenta a la muerte a caballo (y que me recuerda horrores a la del “Mirror Mirror” de los Guardian –claro, que de haber copiado alguien habrían sido Hansi & Co.-) se esconden unas composiciones no menos gélidas. El disco lo conforman ocho cortes de una fiereza descomunal y de un odio contenido que tira de espaldas, pero en todo momento aderezado de un sorprendente sentido de la melodía que hace de esta edición una obra magna. Sólo con escuchar la insistente melodía de guitarra acompañada de timbales de lo que sirve de intro, “At The Fathomless Depths”, sientes como el frío nórdico empieza a adueñarse de tu alma. Y sin más dilación entra lo que es para servidor uno de los mejores y más representativos temas de black/death de todos los tiempos, “Night’s Blood”. Por dios, ¡qué tema! Lo tiene todo: fuerza, brutalidad, agresividad, melodía, letra, cambios de tiempo... en fin, me ahogo. Al loro con las guitarras acústicas del interludio y la narración de Jon, que va in crescendo con unas melodías netamente heavymetaleras para desembocar nuevamente en la parte inicial. Apoteósico.
Más directo se presenta “Unhallowed”, con una batería a golpe de caja que aturde los sentidos y un doble bombo que quita el hipo (hay que ver cómo juega con él mr. Ohman -¿qué haría para que le diesen puerta?-), y un Jon que escupe como un auténtico demonio. Otro tema a destacar por su tempo es “Where Dead Angels Lie” (del cual se extrajo un EP en relieve muy curioso, el cual contenía algún tema inédito y el clásico “Anti Christ” de Slayer), de aire pausado pero de una fuerza descomunal, y con las guitarras constantemente dibujando melodías diabólicas en quintas, aderezadas éstas con algún que otro solo simple pero tremendamente efectivo. Lo dicho, puro arte (básico, pero arte). “Retribution – Storm Of The Light’s Bane”, “Thorns Of Crimson Death” y “Soulreaper” siguen con la tónica de los anteriores (tampoco vamos a insistir en detalles), mientras que el piano de “No Dreams Breed In Breathless Sleep” pone el broche de oro y el descanso a tan fiera descarga.
Como ya digo, es una pena que el fanatismo y la sinrazón acabara (o al menos interrumpiera) la carrera del grupo, ya que nos dejó con un sabor de boca raras veces visto en un estilo tan cerrado en sí mismo y tan encasillado como es el Black Metal. Dos ediciones posteriores, “The Past Is Alive” (reedición de temas viejos y demos de la banda) y el directo “Frozen In Wacken”, han servido para mantener la llama viva hasta el momento, esperemos que no acabe por apagarse. Jóvenes seguidores de Cradle Of Filth y Dimmu Borgir, ¿a qué esperáis?
David Fernández “Bubba”

THE DOGS D´AMOUR “In the Dynamite Jet Saloon” (1988)
Corría
el año 1988, la escena rockera mundial estaba dominada por la música que provenía
de U.S.A.. El gusto de los seguidores del rock en su vertiente mas
dura se debatía entre el thrash metal que se imponía en los círculos mas
puristas y el hard rock melódico que triunfaba en las listas de éxitos y vendía
millones de discos, gracias a sus melodías, estribillos pegadizos y
baladas que ponían tiernos a muchos.
El
rock británico se encontraba en horas bajas, al menos en cuanto a popularidad
y ventas, solo los grandes nombres ya consagrados conseguían mantener el tipo,
pero algo se cocía en los territorios de Drake. Cuatro tipos maquillados
hasta los dientes y con pinta de dormir abrazados a una botella de Jack
Daniels intentaban abrirse paso.
Su
nombre no dejaba de ser curioso, “The Dogs D’amour” y su música se
alejaba de modas estandarizadas, para buscar el el baúl de los recuerdos, un
regreso a las raíces del antaño adorado British Rock, ese sonido tan característico
de bandas como los Stones o los Small Faces, así como el hard
rock de toda la vida.
Poseían
ese aspecto de rockstar decadente, mas acorde a un Johnny Thunders o al Steven
Tyler mas yonki, que a la nueva hornada de glammies tipo Poison. Tras haber
editado en 1984 el álbum “the state we’re in” y en el mismo año 88
“(Un)authorised bootleg album” junto a algún que otro E.P., lanzan la que
seria su carta de presentación a nivel mundial, “In the dynamite jet saloon”,
un disco que aun sigue vigente, destilando sudor y alcohol por los cuatro
costados.
En
ese momento, los “perros del amor”, estaban capitaneados por Tyla, voz y
guitarra, junto a Jo Dog a la otra guitarra, Steve James al bajo y Bam Bam
(si, como el hijo de Pablo Marmol y Betty) a la batería.
Diez
temas con sonido clásico, sin grandes alardes de técnica, que por otra parte
tampoco necesitaban y esa voz de Tyla, ronca y alcohólica que los dejaba en
tierra de nadie en ese momento, aunque hoy hubiesen sido portada de alguna que
otra revista que me viene a la cabeza, no en vano son reconocidos como
influencia por gente como Backyard Babies o Hellacopters y toda la escudería sueca del rock and roll.
Canciones
que hablaban de desamor, soledad y múltiples borracheras se escapaban entre el
aliento a Jack Daniels de Tyla y el rasgueo de cuerdas de Jo Dog, junto a
frases ya míticas como aquella de “God created the woman but the Devil
invented the blues”.
En
fin, buen hard rock & roll, temas como Debaunchery, I don’ t want you to
go o Last Bandit destacaban sobre el resto.
Los
“perros” consiguieron hacerse un hueco en el corazón de muchos, aunque
injustamente nunca llegarían a la primera división del rock mundial, a pesar
de seguir editando discos como “A graveyard of empty bottles (89)”,
“Errol Flynn/King of the thieves (89)”, “Straight (90)”, “More unchartered heights of disgrace (93)” y “Happy ever after
(01)”.
Así
mismo, Tyla editaba varios discos en solitario, y uno junto a Spike, cantante
de Quireboys en 1996, formando los Spike & Tyla’s hot knives y editando
el álbum “Fragantly yours”.
Actualmente
tiene fijada su residencia en Barcelona y de vez en cuando se planta en el
escenario acompañado única y exclusivamente de su guitarra, dando una
magistral lección de rock and roll, algo que si podéis no deberíais perderos,
así como resucita de vez en cuando a los Dogs, como le hemos podido ver hace
poco abriendo para Alice Cooper. También ha editado un libro llamado “The
personification of wisdom and beastliness”, donde relata su vida en la música, sus
alegrías y decepciones con el negocio musical.
Como
dirían los Stones, es solo rock and roll, pero me gusta.
Carlos (Anaxides)

DREAM THEATER
“Images And Words” (1992)
Dream Theater son de esas bandas admiradas y alabadas tanto por público como por crítica, aunque está claro que, como en todos los casos, no todos sus trabajos gozan de la misma calidad y originalidad. No obstante, y creo que en este aspecto existe una opinión casi unánime, “Images And Words” significó el punto más álgido de la carrera de estos MÚSICOS con mayúsculas, el cual no han podido superar hasta la fecha (pese a grandes trabajos posteriores como “Awake” o el más reciente “Scenes From A
Memory”).
“Images And Words” es de esos trabajos que ganan con cada escucha, debido sobre todo a la extrema complejidad de los temas que lo componen. Pero lo importante es que, y ahí radica la relevancia de este trabajo, no se trata de un compendio de temas ultracomplejos de mera demostración de técnica, de complicación porque sí; este disco es una perfecta muestra de cómo combinar técnica y sentimiento de la mejor forma, cosa que muchos parecen no entender (no basta con demostrar que se toca bien, hay que saber componer y estar dotado de un gusto exquisito para parir una obra como la que nos ocupa). La verdad es que a la hora de destacar algún tema sobre otro se me hace prácticamente imposible: desde el fuerte comienzo con “Pull Me Under” hasta la extensa “Learning To Live” todo, absolutamente todo, es de una calidad y de una exquisitez musical raramente vista en una banda de Heavy Metal. Si temas extensos como “Take The Time”, “Metropolis - Part I” (que puede servir como perfecto extracto de lo que es el disco en sí) o “Under A Glass Moon” rozan la perfección musical, otros como “Surrounded” (qué arte!), “Wait For Sleep” o la deliciosa “Another Day” no tienen nada que envidiarles, formando en conjunto lo que es ya todo un clásico del Heavy Metal
progresivo.
Si desconoces a la banda o más concretamente este trabajo te animo a que lo escuches; pero ojo, aquí si que no vale una somera escucha por encima y si te he visto no me acuerdo... Creo que el tiempo y la dedicación que emplearon John
Petrucci, James LaBrie y cia. en elaborar esta obra de arte bien merece un poco del nuestro.
David Fernández “Bubba”