THE JON SPENCER BLUES EXPLOSION Orange
  CATHEDRAL Forest of Equilibrium
  THE BAND The Last Waltz
  RORY GALLAGHER Photo-Finish
  YES Close To The Edge
  BANCO DEL MUTUO SOCCORSO Darwin!
  THE MARSHALL TUCKER BAND The Marshall Tucker Band
  GARY MOORE Still Got The Blues
  THE CULT Sonic Temple
  JOE WALSH & BARNSTORM The Smoker You Drink, The Player You Get

archivo

 

THE JON SPENCER BLUES EXPLOSION “Orange” (1994)

La década de los '90 fue una de las más interesantes para el rock. Los esquemas anteriores se iban haciendo pedacitos y bandas de todo el planeta empezaban a mezclar géneros, a redescubrir la música, a cambiar de estética. Quienes no supieron adaptarse al cambio no tuvieron más remedio que abdicar delante de una legión de jóvenes bandas que se apropiaron del estandarte de la innovación y la creatividad. Los Jon Spencer Blues Explosion eran una de estas jóvenes bandas.

Catalogados como “punk blues”, “garage rock”, “noise rock” y un montón más de etiquetas, los JSBX (abreviatura que utilizaré a partir de ya mismo) pusieron a prueba la capacidad de la crítica musical para etiquetarlos. Y es que esta gente siempre hizo la música que les salía de ahí abajo. Sin ningún tapujo, sin ningún miedo, sin ser leales a nadie más que a ellos mismos. Música en estado puro, y espectáculo, mucho espectáculo.

“Orange”, su tercer lanzamiento, sigue siendo hoy en día su disco más vendido -si es que eso tiene alguna importancia- y probablemente sea mi favorito. La influencia del rock and roll clásico, del blues, del grunge y del rock alternativo son patentes, pero todo ello está revolucionado, elevado a su máxima potencia y aparentemente desmadrado. Los temas, mayoritariamente cortos, oscilan entre el blues rock y el punk, pero incorporando teclados, un órgano, un solo de batería resultón o un slap salvaje. El tono de la voz va cambiando según la canción, los riffs son machacones, heavies en algunos casos, y los medios tiempos se asemejan a la calma antes de la tempestad, antes de la explosión de Jon Spencer, del desmadre y la caña por doquier.

Las canciones desestructuradas y un ambiente muy bluesy ocupan el cuerpo del disco, pero los JSBX eran bestias salvajes en sus arrebatos de intensidad y caña: así la potencia inicial de “Bellbottoms” o “Ditch” (ojo al saxo) se va relajando con los temas que siguen -joyas como “Very Rare”, “Cowboy”, o “Blues X Man”-, hasta recuperarla en “Flavor” y “Greyhound”, el tema más sui generis del disco. La música de los JSBX es fresca, muy atrevida, y puede presumir de tener un uso constante de incorporaciones ajenas al género que, sin embargo, cuajan la mar de bien.

Flirteos con el hip hop, el funk o incluso con la música disco son el pan de cada día en los discos de JSBX, tres jóvenes que, no lo olvidemos, estaban obsesionados con la música negra. En “Orange”, todo el disco parece una larga jam session, una música espontánea y visceral pero tocada con la cabeza y aliñada con efectos muy desconcertantes. A mi parecer este es un disco que caracteriza a la perfección el espíritu de los '90: revuelta contra la música lineal, mucho gamberrismo y total despreocupación por pertenecer a un género definido.

“Orange” sea quizás el disco más “equilibrado” de los JSBX. En sus lanzamientos posteriores, la banda quiso, en un sentido u otro, explorar un camino ya abierto con este disco: el de la contundencia, el de la experimentación, el del punk... “Orange” es un disco que mezcla estos géneros con maestría y obtiene un resultado óptimo: que al escucharlo te lo pases bien, pero que al reescucharlo te empieces a plantear si esta banda no merece mucho más reconocimiento...

 

Jaume “MrBison”


 

CATHEDRAL “Forest of Equilibrium” (1991)

En Coventry, ciudad del centro del Reino Unido, se pueden ver todavía hoy las ruinas de una catedral bombardeada por la aviación nazi. Cuando uno la ve no puede evitar recordar un monumento colosal, grandioso, una creación hecha para imponer la fe a los disidentes. Una construcción de una belleza sin par, pero a la vez terrorífica e imponente, de un contraste similar al que se experimenta al escuchar a la Banda -con mayúsculas- de la susodicha ciudad.

Cathedral es uno de los grupos ingleses más interesantes de la historia del Rock. Su primer disco, este “Forest of Equilibrium”, constituyó un pilar fundamental para el género que acabó llamándose Doom Metal. Bien es cierto que no fueron los inventores del sonido, pero sí los que le dieron un molde, una hoja de ruta, los que lo dotaron de autonomía. Con razón más de uno los enmarca dentro de “la segunda oleada de Doom”. Los grupos anteriores del género -a saber, Pentagram, Candlemass, Witchfinder General, Trouble y Saint Vitus, entre otros- estaban enraizados en Black Sabbath, en Judas, o incluso en géneros como el Punk y el Rock psicodélico. Cathedral consiguió actualizar ese sonido y tener un ojo puesto en el Death Metal, tendencia que muchos grupos acabaron por adoptar junto con el imaginario cristiano (los australianos Paramaecium, por ejemplo).

Por decirlo de algún modo, Cathedral fueron los primeros que dejaron de mamar del pecho materno y aprendieron a andar ellos solitos. Cuando uno escucha su sonido, no duda ni un instante en señalar la influencia de los de Birmingham, pero a la vez hay que concederles un carácter único, un sonido muy suyo que deja boquiabierto a la primera escucha. Si sorprenden hoy en día, el mérito se multiplica al pertenecer a los primeros noventa, y especialmente a Inglaterra, donde este género era casi desconocido.

La influencia de los géneros extremos, que justo despegaban en la época, es de vital importancia para entender bien este disco. La experiencia ganada con Napalm Death sirvió a Lee Dorrian para elaborar unas líneas vocales muy duras pero bien adaptadas a la atmósfera de los temas; del mismo modo, Adam Lehan, fan confesado de Venom, tenía muy presente el Metal extremo a la hora de elaborar el sonido de la banda. Finalmente, el hecho de que fuera editado bajo Earache Records también nos vuelve a situar en medio de la escena extrema.

Dorrian ha renegado alguna vez de las etiquetas con las que los críticos pretendían encasillar su música: los de Coventry recuerdan a bandas muy dispares, algunas de ellas contemporáneas y otras ya leyendas en su época, adaptando todos los elementos para crear un muro sonoro muy sólido, bien compaginado, y por encima de todo, muy estático. Escuchar “Forest of Equilibrium” es como nadar con ropa, como si la gravedad subiera de golpe. Los temas son lentos con honrosas excepciones (“Soul Sacrifice”), cargados de riffs muy pesados y un ritmo muy marcado. La voz, a ratos gutural, se escucha al mismo nivel que las guitarras, sin destacar ni sobrepasarlas. Se atreven con introducciones acústicas, con flauta y acompañamientos de guitarra clásica. Y las letras, señores, son un tema aparte: mórbidas y depresivas, vale la pena tenerlas presente para entender el disco en su totalidad. La banda incluso cuela un poema de David Park Barnitz en la letra de “A Funeral Request”.

En resumen, “Forest of Equilibrium” es un disco bastante minimalista en los medios pero que consigue lo que busca: que al escucharlo te metas de lleno en esa vieja catedral de Coventry, escuchando las bombas cayendo desde el cielo, catapultándote en las tinieblas... como los riffs del disco.

 

Jaume “MrBison”


 

THE BAND “The Last Waltz” (1978)

Hay veces que cuando uno se pone a escribir tiene la sensación de que el tema que está tratando le viene grande. En este caso, no es que tenga la sensación, es que tengo la certeza. Es difícil hacer una reseña de un disco de esta categoría, así que, antes que nada, me veo obligado a ser un poco obvio y explícito: este disco hay que escucharlo. Si no, de poco servirá leer esto. Y es que, al menos para mí, este artefacto tiene algo de inefable.

También es menester aclarar otra cosa: Este triple disco es una banda sonora. Fue concebido como complemento al soberbio film de Martin Scorsese -sobran las presentaciones- con el mismo título, y este film, a su vez, fue concebido como una especie de recuerdo de la última actuación del grupo. Pues bien, si este disco “in memoriam” es solamente el sonido de toda aquella actuación, si nos faltan las imágenes, no hace falta ni decir que el filme es también obligatorio de tener. Pero esto es una reseña de un disco, así que me centraré en la música y obviaré los “mezzo figura”, los planos americanos y los travelings, que para esto ya hay otros que entienden más. Pero para que os hagáis una idea de la envergadura de la película, diré al respecto que se filmó con cinta de 35 milímetros, cuando en la época todos los conciertos, por importantes que fueran, se filmaban con cinta de 16, con posterior ampliación.

Pero hablando ya de música, se comenta por Canadá que “it's better to burn out than to fade away”, y uno supone que eso fue precisamente lo que pensaba La Banda después de sus constantes tropiezos en los años ‘70. Peleas internas, malas críticas, pingües ventas... quién iba a decirle al bueno de Robertson que su recién conocido Martin Scorsese, que por entonces sólo había hecho tres películas, podría inmortalizar para siempre su último directo -que no disco, pues el grupo todavía llegó a editar uno más, “Islands” (1977), con la formación original. El susodicho concierto se hizo en San Francisco, la víspera del Día de Acción de Gracias de 1976, fiesta de especial significado para los yanquis. Los veinticinco dólares de la entrada indignaron a más de uno, pero visto con perspectiva, yo habría vendido mi alma por ver aquello. Y hubiera hecho un buen negocio, creedme.

Como iba diciendo, para 1976 La Banda estaba ya más bien rota. Sus miembros se habían embarcado en aventuras en solitario y lo poco que grabaron juntos fue un pelín cuestionable: su single “Georgia On My Mind”, una versión de un tema de los años ‘30 que acabó por ser el himno de ese Estado, lo grabaron para la campaña presidencial de Jimmy Carter. La canción, por cierto, acabó siendo incluida en el “Islands” (1977), del que ya os he hablado.

Pues bien, con este percal sobre la mesa los managers de La Banda debían de estarse tirando de los pelos, porque lo que es vender discos hacía tiempo que no se conseguía. Fue el conocido productor Bill Graham quien decidió montar un tinglado de dimensiones considerables para cerrar bien la caja. Y vaya si lo consiguió, aunque él dijera lo contrario.

He dicho “tinglado de dimensiones considerables” porque eso se ajusta más a lo que ocurrió esa noche que decir que hubo un “concierto de rock”. Y es que los cuatro mil asistentes, antes del concierto, disfrutaron de la tradicional cena con pavo y unos valses. Los músicos, como era de esperar, disfrutaron de la tradicional raya de cocaína -se comenta que para la película tuvieron que editar la nariz empolvada de un Neil Young eufórico-, y arrancaron con el último vals de la orquestra, que precisamente es la canción que abre el disco y que le da nombre.

El resto es historia. Por ese orden, desfilaron Howard Johnson, Ronnie Hawkhins, Dr. John, Bobby Charles, Paul Butterfield, Muddy Waters y dos de sus músicos, Eric Clapton, Neil Young, Joni Mitchell, Neil Diamond, Van Morrison (se ve que no tuvo mucho éxito el hombre, así que cuando nadie le seguía se decretó un descanso y subieron unos poetas a recitar versos). Después del descanso, siguió la fiesta: Bob Dylan, Ringo Starr, Ronnie Wood...

Clásico tras clásico, los temas de The Band son el origen de buena parte de la música de los ‘70. En más de una ocasión las guitarras ceden el protagonismo al saxo, instrumento más adecuado para el estilo del grupo, como recién salido de un campo de algodón sureño. Es difícil destacar alguno, pero a nivel personal tengo que decir que “It Makes No Difference” es de esos temas que le ponen a uno la piel de gallina y le hacen saltar la lagrimilla. Y sí, también está la conocida “The Weight”, electrizada para la ocasión. Los tres CDs que componen el disco -cuatro en la reedición de 2002- son todos una auténtica delicia, en definitiva.

“We're gonna have a party now, thank you for coming” es la frase que abre la primera Jam Session del disco, nada menos que con Ringo, Levon, Clapton, Wood, Young, Dr. John y Steve Stills. La segunda jam, más conseguida y de un poco más de nueve minutos, constituye un ejemplo de cómo compaginar bien los egos de las bestias que había en el escenario. Aquel carnaval, como diría La Banda, se cerró con “Don't Do It” a modo de himno.

Leo en un fanzine del ‘77 que me ha servido de bibliografía para la reseña -bastante más fiable que lo que pone en internet- que la fiesta siguió mucho tiempo más en el hotel donde se hospedaban tan distiguidos invitados, que, por cierto, por lo que se ve no cobraron ni un céntimo por el concierto.

El disco alcanzó el número 16 en Billboard 200 y a día de hoy le hace una seria competencia al Concierto para Bangladesh en cuanto a mejor directo de la historia. El sonido es bueno, la variedad de estilos es más que evidente, y los temas... bueno, sólo diré que la mitad de músicos que tocaron fueron a la despedida por aquello de “noblesse obligue”. Se podría decir que fueron al concierto de La Banda por el mismo motivo por el que tú o yo iríamos a la boda de un hermano mayor.

Sintetizando un poco: “The Last Waltz” te transporta a ese show de tal modo que hace que desees haber nacido antes, un poco antes, sólo para haber podido estar ahí.

 

Jaume “MrBison”


 

RORY GALLAGHER “Photo-Finish” (1978)

Lunes por la mañana, me voy a trabajar. Con toda la semana por delante, con un sueño encima considerable, alguna legaña y un poco de mal humor, me subo al coche. Voy tarde. Saco un cigarrillo, el primero del día, y me doy cuenta de que me he dejado el mechero en el comedor. Maldigo en voz baja. «Menudo día me espera», me digo, y empiezo a buscar el viejo Zippo de mi padre por el coche, a ver si hay suerte. Nada de nada, hasta que se me ocurre abrir la guantera. Entonces veo algo que no me esperaba: un disco. ¡La hostia! y eso que pensaba que lo había perdido, pero ahí seguía, olvidado. Tres, quizás cuatro años llevaba ahí dentro. Lo meto en el reproductor, y mientras salgo del garaje con “Shin Kicker” de fondo, aparece el sol y me pongo a sonreír de oreja a oreja. “Well, it's a shin-kick morning / Gotta kickstart the day / Wind up my machine and I'll be on my way...”

Elegir el mejor disco de Rory Gallagher es una tarea más que ardua. “Photo-Finish” es un disco bueno, muy bueno, pero “Rory Gallagher” (1971), “Tattoo” (1973), o cualquiera de sus insuperables directos le pisan los talones. Quizás éste no tenga la energía o el renombre de otros títulos de su discografía, pero los temas son excepcionales y muy variados. En mi opinión es un muy buen disco para empezar a escuchar a este genio de la guitarra, y constituye una significativa muestra de lo que es capaz.

Irlandés de toda la vida, el Sr. Gallagher no tuvo nunca ningún problema para empaparse de la música tradicional americana, del mismo modo que lo hicieron otros vecinos suyos, como el ínclito Phil Lynott. Guitarrista de rock con un ojo puesto en el blues, sus temas oscilan entre estos dos géneros y, muy importante, pone por delante a las canciones antes que a él. Con esto quiero decir que no os esperéis virguerías guitarreras al estilo Vai o Malmsteen (vade retro!)... Gallagher es “la música por la música”: los temas están pensados para que sean buenos, no para su lucimiento personal.

Y hablando de temas, este disco tiene unos cuantos bastante interesantes. Desde el rock and roll más fiestero de “Shin Kicker”, el blues sublime de “Brute Force And Ignorance”, la divertida “Cruise On Out” (parece sacada del tercero de Zeppelin, ¿a que sí?), el riffazo de “The Last Of The Independents”, el solo de “Fuel To The Fire”... y bueno, no hace falta ni decir que con “Shadow Play” el bueno de Rory acaricia el mismísimo cielo.

El disco está grabado en Alemania con Chrysalis Records, compañía británica bastante popular en la época y con mucho olfato. La correcta producción cede el protagonismo al trío formado por Gerry McAvoy (bajo), Ted McKenna (batería) y el bueno de Rory, que se ocupa de la guitarra, la voz, la harmónica y ¡la mandolina!. “Juke Box Annie”, el último tema, es un buen ejemplo de cómo usar este instrumento en el rock de forma discreta y correctísima.

Aparco el coche. Feliz como una perdiz, salgo, cierro y me dirijo al estanco, donde mi jefe me mira un poco sorprendido. No me dice nada por llegar tarde, creo que le he contagiado mi felicidad. Luego todo el día con “Cruise On Out” en la cabeza, tarareando, diciendo «buenos días» y dando conversación a los clientes. La mañana se me pasa volando, y cuando cerramos para ir a comer, mi jefe me vuelve a mirar con cara de estar alucinando.

- ¿Qué pasa? -pregunto.

- No sé si te has dado cuenta, pero no has fumado en toda la mañana... -me dice, y me doy cuenta de que lleva razón.

Ahora el que alucina soy yo. Le digo con socarronería que ya le contaré mi secreto, y mientras voy andando hacia el coche no paro de repetirme una frase: «este disco se merece una reseña».

 

Jaume “MrBison”


 

YES “Close To The Edge” (1972)

Hace tiempo leí en una entrevista con uno de mis escritores favoritos una de estas sentencias lapidarias que le marcan a uno. Nada más lejos de mi intención que hablaros de literatura, pero la idea me pareció tan extrapolable al campo de la música que, mira por donde, ahora me veo empezando una reseña con esta reflexión: es difícil ser objetivo con una cosa cuando la tienes muy cercana. A veces el tiempo ayuda a reposar las ideas, a verlas con otros ojos, y a desprenderse de los vínculos emocionales que inevitablemente asociamos a casi todo. En este caso, a un disco de rock.

El escritor en cuestión lo decía refiriéndose a su infancia -y a cómo había podido escribir sobre ella sólo cuando tenía ya 60 años-, y la verdad es que cuando pongo este disco no puedo evitar recordar la mía, o al menos la parte final de ella, rozando la pubertad. “Close To The Edge” es un disco que me ha acompañado desde que descubrí la Música con mayúsculas, porque la música con minúsculas ya la conocía de sobra: cancioncillas de la radio, Los 40 Principales y los éxitos de algún cantante con más pectorales que neuronas. Sin embargo, recuerdo perfectamente estar largas tardes de domingo dándole al replay con este disco que, por algo que desconozco, me tiene como hipnotizado.

Servidor, antes de saber de la existencia de este plástico, había escuchado aquella copla ochentera de este mismo grupo que reza “see yourself / you are the steps you take / you and you - and that's the only way”, y los tenía por un grupo más de empalagoso pop-rock que, sin embargo, resultaba atractivo precisamente por eso mismo. Quién me iba a decir que lo que me esperaba bajo los tonos verde musgoso de la portada sería un disco que me iba acompañar -siempre inserido en un discman más que amortizado- al instituto, a los paseos en coche con mis padres o a casa de mis amigos, impaciente por enseñarles lo que yo consideraba que sería un auténtico descubrimiento en sus vidas musicales.

“Close To The Edge”, según dicen por ahí, es el álbum más ambicioso de la banda, en el sentido en que constituye un auténtico atrevimiento editar algo así en el ‘72. Claro que los gigantes Yes no podían quedarse atrás: Genesis, Camel y King Crimson les pisaban los talones con lanzamientos muy suculentos, así que esta máquina de hacer música apuntó bien alto y creó algo que, más que Rock progresivo o sinfónico, formaría parte de aquella Música con mayúsculas de la que os he hablado. El disco, no cabe duda, traspasa fronteras y se nos presenta incluso hoy como un “rara avis” difícil de clasificar.

Dividido en tres temas de larga duración, la “chicha” está contenida en las partes instrumentales, aunque la voz también esté cuidadísima, como recién salida del mejor conservatorio. Los flirteos con el jazz -fijáos en la línea de bajo- o la música clásica son constantes -algo que ya habían ensayado en su anterior trabajo, “Fragile” (1971), también excelente, con “Cans And Brahms”-, así como las canciones desestructuradas que desembocan en largos desarrollos instrumentales sin fin aparente, hasta que, tachán, el estribillo vuelve a nosotros como un bumerán. Teclados, coros, guitarras acústicas... los 37 minutos del disco lo tienen todo.

Que un pot-pourri de tales dimensiones saliera bien es mérito de los grandes músicos que formaban la banda: Jon Anderson (voz), Steve Howe (guitarra), Chris Squire (bajo), Rick Wackerman (teclado) y Bill Bruford (percusión) son unas auténticas bestias pardas, dotados de una excelente técnica y, todavía mejor, de buen gusto. El disco no se pierde en virtuosismos y prefiere sustituir el espectáculo por la immersión en melodías recurrentes, en la experimentación y en el eclecticismo.

Consultando algunos fanzines de la época compruebo cómo el disco fue recibido como una reconsagración merecida y como un reto a los Genesis y sobre todo a ELP, quienes, por decirlo de algún modo, llegaron y triunfaron casi sin proponérselo. Bien al contrario, los Yes consiguieron hacerse un renombre en este género emergene disco tras disco, sin prisa pero sin pausa.

No hace falta ni decir que no vale escucharlo una vez, decir “está bien” y volverlo a guardar. Si bien hay discos que uno escucha por decir que los ha escuchado, hay otros que más bien se asemejan a una especie de modelo con el cual contrastar todo el resto de la música. Escuchar “Close To The Edge” sólo un par de veces es hacerle un flaco favor. Del mismo modo, “Fragile” (1971), “Tales from Topographic Oceans” (1973), o incluso el polémico “Tomato” (1978) deben adscribirse a esta misma categoría.

Más allá de lo que significara para mí, el disco triunfó como la Coca-Cola entre los amantes del género y se ha convertido en un clásico ineludible. Incluso ahora que ya han pasado unos años desde que lo descubrí, tengo la sensación de que me cuesta ser objetivo con él, de que lo tengo muy cercano, especialmente cuando escucho la guitarra de “And You And I” o las voces dobladas de “Close To The Edge”.... lástima que también sigo acordándome de aquella copla ochentera que rezaba “you are the steps you take”, y de los pasos que acabó tomando la banda. Ya sabéis, en casa del herrero...

 

Jaume “MrBison”


 

BANCO DEL MUTUO SOCCORSO “Darwin!” (1972)

Ciertos países, ciertas regiones, por algún motivo, mantienen el monopolio del Rock. Cuando uno piensa en Rock and Roll, le vienen a la cabeza músicos americanos; si piensa en Rock Progresivo, pensará en músicos ingleses; si piensa en Black Metal, se acordará de los países nórdicos, y así sucesivamente. Pero cuando uno piensa en el Mediterráneo, le vienen a la cabeza el aceite de oliva, el buen vino y el sol, y poco más. Craso error.

Sin llegar a las grandes alturas de Yes o de Genesis, en Italia se han facturado grandísimos grupos de Rock Progresivo, fuertemente influenciados por sus compañeros ingleses pero con un carácter único y elementos inéditos en el género, como la influencia de la ópera. Desde Le Orme hasta Area, Italia, también en la música, se caracteriza por una exquisitez y un eclecticismo que ya nos vendrían bien aquí. Los Banco del Mutuo Soccorso eran uno más en la variada escena musical de la época, pero con una capacidad tal de hacer buenos discos (porque al final eso es lo que cuenta) que los distanció del resto en sobremanera.

El disco que nos ocupa, “Darwin!”, el segundo en su discografía, es una pieza fundamental para entender bien el género: cambios de tempo, mucha experimentación, variedad de instrumentos y canciones largas. Su temprana fecha acentúa su mérito, obligatorio de reconocer, y lo coloca entre los grandes del género, en su mayoría reseñados en esta sección.

“Darwin!” es ante todo un álbum conceptual, centrado en nuestro planeta y en el evolucionismo del famoso científico homónimo. Las letras están en italiano, pero lo que realmente hace único este plástico son sus desarrollos instrumentales, con protagonismo del teclado, el órgano y el piano. Estos instrumentos los tocaban los hermanos Nocenzi, verdaderos pilares de la banda en su época dorada. La gran voz de Di Giacomo, muy operística, adorna el plástico en sus partes vocales y le da un toque de sentimentalismo -en el buen sentido- muy envidiable.

El disco ofrece momentos para todo; la épica de “Cento mani e cento occhi” (ojo a las guturales del final), el jazz de “Danza dei grandi rettili” (bastante popular en Italia), o la delicia de “L'evoluzione”, que supura influencias por los cuatro costados... todos los temas, todos, mantienen el nivel y ganan con las escuchas.

La producción, a cargo de Dischi Ricordi -no confundir con el sello homónimo que edita música clásica- no es nada del otro mundo, pero en ningún momento empequeñece el gran trabajo de los músicos. No estaría de más que se hiciera una buena reedición que llegara a estas tierras... me consta que hay una de 1991, pero es limitada y el sonido tampoco es que mejore mucho. Por pedir que no quede.

La banda, todavía activa, ha cambiado de miembros constantemente, pero sin Todaro a la guitarra y sin uno de los hermanos Nocenzi, Gianni, que se lanzó a una carrera en solitario, la banda vive de recopilatorios, directos recuperados y demás material inédito de sus primeros años.

En resumidas cuentas, un discazo tremendo de una banda que mereció muchísima mejor suerte.

 

Jaume “MrBison”


 

THE MARSHALL TUCKER BAND “The Marshall Tucker Band” (1973)

La historia del Rock Sureño es parecida a la de cualquier otro género mixto: llena de buenos músicos, buenos discos, mucho talento y buen gusto, pero pocos recursos y contados éxitos. Y es que a pesar de ser un tipo de música susceptible por su calidad de tener un gran público y mucho renombre, nunca llegó a despegar más allá de sus fronteras del modo que lo hicieron el Jazz o el Rock and Roll. Estos géneros, entre otros de misma procedencia, gozan de numerosos artistas fuera de Estados Unidos. Sin embargo, es francamente difícil encontrar un grupo de Rock Sureño fuera de América que haya triunfado.

Fue en medio de esta marginalidad y aparente indiferencia de las grandes discográficas que nació este género. Básicamente consiste en electrizar una música ancestral, que podemos remontar a los campos de algodón y a las bandas de hillbilly (violín, banjo, guitarra acústica y poco más). Todo ello, evidentemente, está profundamente teñido de blues, de country, de soul y de gospel, y en general de toda la música negra. La variedad de instrumentos es notable, dando gran importancia a la melodía y con preferencia por los medios tiempos.

Dentro de un género tan abigarrado y profundamente enraizado en la tradición más genuina, las variantes abundan y las preferencias por un estilo u otro son constantes. He elegido este disco para reseñar principalmente porque es una obra maestra, pero la cantidad de artistas y bandas representativas del género nos ofrecen un cuadro mucho más completo de lo imaginable a priori. Como iré detallando, los Marshall Tuckers se basan sobretodo en el gospel y el hillbilly, pero dentro de la eclosión del género podemos encontrar a grupos más blueseros (The Allman Brothers), otros más azucarados (38 Special), y otros más duros (Black Oak Arkansas). No puedo dejar de recomendar las reseñas en esta misma web de los dos primeros grupos que he nombrado.

Pues bien, si nos ceñimos a los Marshall Tuckers y al disco que nos ocupa, el primero, nos encontramos frente a una música muy suave, melódica, sobretodo acústica pero muy ecléctica. El disco ofrece momentos para todo, desde la emotiva “Can't You See” (puro gospel adornado con piano), la dulce “See You Later, I'm Gone” (no sé por qué, este tema siempre me ha recordado una puesta de sol, mira tú), o la bluesera “Ramblin”', hasta “Hillbilly Band”, que sobrepasa la etiqueta de homenaje para convertirse en un auténtico himno, todo un desafío si quieres mantener los pies quietos. “Take the Highway”, el tema que abre, es quizás el mejor del disco, muy rockero y con unos desarrollos instrumentales dignos de admirar.

Los hermanos Caldwell se encargaron de las composiciones, del bajo y de las guitarras, mientras que Doug Gray era la voz principal. George McCorkle era el segundo guitarra; Paul Riddle se ocupaba de la percusión, y el polivalente Jerry Eubanks tocaba los instrumentos menos rockeros del disco, es decir, los de viento. La muerte de Tommy Caldwell en 1980, y el abandono de su hermano poco después, propiciaron un cierto bajón en la calidad de la banda al desprenderse de sus raíces más íntimas. Sin embargo, cualquiera de los discos de los ‘70 es digno de ser escuchado atentamente.

La influencia de todos los estilos que he numerado es notable, y la voz de Gray (excepcional en todo el plástico) destila un acento muy típico de la zona. La producción, a cargo de Capricorn, ya desaparecida, es limpísima en todo momento y harmoniza todos los instrumentos.
Aquí en España el disco no pasó desapercibido del todo. Algunos fanzines y revistas se hicieron eco de este y de los demás lanzamientos del género en su momento, pero, como ya he dicho, esta música nunca llegó a calar hondo por estas tierras -de hecho, ni siquiera en Europa, a excepción de un par de éxitos de los Lynyrd Skynyrd.

Una pequeña reflexión para terminar. Siempre me ha resultado sorprendente que, en medio de los años setenta, surgiera un género que, adoptando las nuevas técnicas y estilos de hacer música, se empapara de toda la tradición autóctona y la actualizara. Y cuando digo tradición autóctona me refiero a la música más remota, más originaria de esas tierras: música de los inmigrantes negros, de los campesinos, de los vaqueros, etc. Hoy en día sería realmente complicado encontrar músicos de éxito que se esforzaran por conectar con su pasado más auténtico. Quizás por eso a buena parte de la música actual le falte un poco de soul... ya me entendéis.

 

Jaume “MrBison”


 

GARY MOORE “Still Got The Blues” (1990)

La sugerente portada muestra a un niño que simboliza a Gary Moore en sus comienzos con su amada guitarra (una Gibson Les Paul). Un póster de Hendrix preside la habitación y en el suelo varios de sus vinilos favoritos.

Desde la primera canción del disco los estremecedores solos se suceden pista tras pista (muchas de ellas versiones). Pronto nos topamos con dos de los cortes por las que Gary Moore será más recordado: “Walking By Myself” (versión del tema de Jimmy Rogers) y “Still Got The Blues”. En el primero, demuestra la crudeza y garra con la que puede llegar a interpretar cualquier versión con la que se ponga, y en el segundo nos seduce hasta el embeleso.

Se suceden blues de todos los colores: más agresivos, más rápidos, más lentos… pero todos tienen un denominador común: el sentimiento que transmite con su guitarra. Las letras tocan temáticas habituales en el blues, como por ejemplo, la del bluesman perdedor y sin dinero pero con pasión por la música (en “King Of The Blues”).

Si a este disco le sumamos las colaboraciones de mitos como Albert King, Albert Collins o George Harrison, el resultado es una verdadera joya que cualquier aficionado al blues debería escuchar. La anécdota y único lunar posible de esta grabación podría ser que el archiconocido solo de “Still Got The Blues” fue denunciado por plagio por la desconocida banda alemana Jud´s Gallery (de su canción “Nordrach”) a la que los tribunales dieron la razón. Moore dijo que jamás había escuchado a este grupo, lo que parece probable. Gary, nos dejas, but I've still got your blues for me (pero todavía tengo tu blues para mí).

 

Rubén Ramis


 

THE CULT “Sonic Temple” (1989)

Como un peldaño más en una larga escalera, el disco que me dispongo a comentar es solamente un pequeño extracto de la rica discografía de una máquina de hacer música perfectamente engrasada llamada The Cult. Eclécticos y camaleónicos, estos ingleses son probablemente el mejor ejemplo en toda la historia del Rock de cómo conseguir una envidiable madurez musical a través de una evolución absolutamente espectacular. Y es que aunque se siguen encontrando los toques góticos y pop que tanto abundaban en sus primeros trabajos, este “Sonic Temple” representa el clímax de una banda que consiguió ir cambiando su sonido en cada disco sin perder un ápice de su identidad.

Las etiquetas siempre les fueron pequeñas a estos gigantes, y así lo volvieron a demostrar en el año de salida del disco, nada menos que 1989, fecha considerada por muchos como “el principio del fin”. Sin embargo, y aunque el Hard Rock más tradicional estuviera iniciando una lenta decadencia, este trabajo claramente enmarcado en este género consiguió destacar por su enorme calidad y situó a la banda en el sitio que se merecía.

El sonido del grupo está profundamente arraigado en el Rock más clásico, y aunque Ian Atsbury (voz) haya renegado más de una vez de la década de los sesenta, las guitarras zeppelenianas y la voz a lo Jim Morrisson son marcas de la casa a lo largo del plástico. El sonido es excepcionalmente duro para lo que nos tenían acostumbrados, superando aquel Rock and Roll más fiestero de su anterior obra, “Electric” (1987), y los temas son mayoritariamente lentos, para lucimiento del mencionado Atsbury.

El resto de la banda lo componían Billy Duffy (guitarra), amante de los punteos psicodélicos y de los tupés engominados, Jamie Stewart (bajo, teclados), que abandonaría el grupo el año siguiente, y Mickey Curry (batería), correctísimo en todo momento. La producción corría a cargo de un joven Bob Rock, que por aquel entonces ya apuntaba maneras.

Los temas son excepcionales y nos ofrecen momentos para todo, desde la caña y frescura de “Fire Woman” o el estribillo machacón de “American Horse” -con un Atsbury pletórico-, pasando por la emotiva “Sweet Soul Sister” o la guitarra entrecortada de “Soldier Blue”... aunque “Sun King”, el tema que abre, se lleva la palma en mi opinión: después de una introducción que va “in crescendo”, oímos una guitarra que se va acelerando hasta llegar a un estribillo sencillo pero resultón. En el solo Duffy nos muestra sus capacidades, y el puente nos vuelve a evocar la introducción.

A lo largo del disco, The Cult practican una música directa, tradicional en cuanto a la estructura, sin inventar nada, sin descubrir la pólvora, pero tampoco les hace falta. Lo que les diferencia del resto de bandas es el tremendo resultado que les sale.

Jaume “MrBison”


 

JOE WALSH & BARNSTORM “The Smoker You Drink, The Player You Get” (1973)

La música americana siempre ha estado de moda en Europa, ya sea para catapultarla hasta lo más alto o para dejarla a la altura del betún, pero también es verdad que algunos artistas se resisten a gozar de la misma popularidad en ambos continentes. Este es el caso de Mr. Walsh y su banda, los Barnstorm, que seguramente sean unos desconocidos para más de un lector hispano. Sin embargo, si nombro a los Eagles, es posible que hasta el más despistado se vaya situando; efectivamente, el bueno de Joe fue guitarrista de una de las bandas más míticas del Rock de todos los tiempos, pero antes de eso se lanzó a una aventura en solitario que, como se verá, dio jugosos frutos.

Después de marcharse de James Gang, Walsh formó la banda Barnstorm y editó un disco homónimo en el '72, que estaba cargado de sentimiento pero alejado de los sonidos más rockeros y eléctricos. El año siguiente, él y su banda (nótese su omnipresente protagonismo, ya patente en la portada) grabaron el segundo, que iba a ser el último, ya que después se disolvieron y Walsh continuó “en solitario”. El disco en cuestión, que es el que nos ocupa, es tremendo de principio a fin, y no hay duda de que le sirvió como reivindicación de buen gusto y estilo para entrar después en los Eagles.

Si se me permite, haré una comparación con la música clásica. Se dice que las óperas de Richard Wagner eran un espectáculo que ponía a prueba la paciencia del público dada su larga duración, de tal modo que solía advertirse a los oyentes que, para gozar de la ópera, en más de un caso bastaba con sus aperturas, que eran un significativo extracto de todo lo demás. Con este disco pasa más o menos lo mismo: cuando escuchas “Rocky Mountain Way” por vez primera, piensas que este plástico ya no te puede ofrecer nada más, y en parte es cierto. El tema es tan rematadamente bueno que eclipsa el resto del disco. Claro que, pasada la excitación inicial, los 35 minutos de esta obra dan para mucho más. Veamos.

Una de las cosas que suelo pedir a los discos considerados clásicos es que sean eclécticos. Esto era algo bastante usual en los '70, pero por algún motivo que escapa a mi comprensión dejó de serlo en los '80, dando como resultado que te comprabas un disco y te quedabas sin tu dosis de balada, de instrumental, de experimental, de Rock and Roll, etc. Creo que esto hay que recuperarlo, sobretodo porque hay que entender los discos como una obra compacta, autónoma, y por lo tanto tiene que haber de todo en ellos. Hacer quince temas iguales no es hacer un disco, y eso lo sabían muy bien los Barnstorm y su líder.

Esto lo digo porque “Book Ends” y “Wolf”, los temas que siguen, son el contrapunto perfecto a la caña del primer tema. Son temas lentos, con mucho feeling, que consiguen mantener la atención del público. “Midnight Moodies” es la instrumental, y señores, ¡qué instrumental! Los instrumentos son variados, cosa que siempre se agradece, aunque la canción se me hace un poco corta. “Happy Ways” es, sin duda, la canción “rara” o experimental; la mezcla de estilos es evidente y constituye una fuente de inspiración para bandas posteriores (me vienen a la cabeza los Living Colour, por ejemplo). “Meadows” recupera el tono inicial, pero añadiendo unas acústicas sublimes. “Dreams” y “Days Gone By” son otros ejemplos de genio y “savoir faire”; incluir el piano en ellas es un grandísimo acierto. El disco se cierra con “Day Dream (Prayer)”, una cancioncilla con unas segundas voces muy bonitas.

En todos los temas se nota la mano invisible del polifacético Joe Vitale (percusión, piano, flauta), que estoy seguro se merece buena parte del mérito. Y es que además de ser un todoterreno, este hombre tiene toda la pinta de ser un genio componiendo.

En resumidas palabras, un disco redondo de principio a fin y un tesoro aún por descubrir para mucha gente.

Jaume “MrBison”

 

 

 

 

 

A   B   C   D   E-F   G-H   I-J   K-L   M

N-Ñ   O-P   Q-R   S   T   U-V   W-X   Y-Z